De odio al amor, solo hay un paso
A Lucía Cebrián la he odiado desde primero de primaria por su delgadez innata. Esa flaca maldita era, sin embargo, mi mejor amiga.
El repetidor y desastre de Fernando Morales ya en tercero de la ESO nos puso motes. A Lucía la llamaba Lucía la Marquesa. Cada vez que entraba en clase, Fernando juntaba las manos como si tuviera un manguito y tarareaba en voz alta:
¡Cinco minutos, cinco minutos! ¿Eso es mucho o poco?
La cara de Lucía se iluminaba en una sonrisa de esas de autosuficiente. Caminaba despacio por entre los pupitres, moviendo sus caderas huesudas de un lado a otro.
Yo, en cambio, intentaba meterme siempre en clase pasada la campana, medio agachada, como si nadie pudiera verme. Pero claro, a veces no colaba. Y cuando no, el tarugo de Fernando gritaba:
¡Bueeenaaasssss tardes, Lucía Georginaaaa!
Y ahí no acaba, porque se ponía a cantar desafinado:
Desde lejos viene bajando el río Manzanares…
Mi cara ardía como si me hubiera abrasado. Me saltaban las lágrimas y empapaban ese pecho nada propio de una chica. Lucía me defendía. Lanzaba sus libros a Fernando, lo llamaba imbécil y se reía con esa alegría que solo tienen quienes son conscientes de su belleza. Todos sabían que Fernando estaba colado hasta el tuétano por Lucía. Y nadie entendía por qué la cabritilla Lucía Cebrián era amiga de la vaca Lucía Sanz. Sanz era yo.
Y yo tampoco sabía por qué era amiga mía. Ella se enfadaba e intentaba explicarlo, acabando siempre por gritarme:
¡Eres tonta, Sanz! Que sacas todo dieces pero no entiendes que las amigas no se eligen por el cuerpo ni por tener ojos bonitos. Tú eres buena persona. Luci, por favor, ¿qué más da el cuerpo? ¡Mira cuántos famosos hay rellenitos y les quiere todo el mundo!
A mí los famosos me daban igual. Es que el mundo me daba igual. Sólo me importaba Morales. Y Morales sólo se fijaba en Lucía. Yo lo veía como la miraba a ella. Y a mí, en cambio, siempre me daba la espalda. Igual que la gente da la espalda a un mendigo cuando no tiene suelto y no quiere soltar un billete. Así mismo. O se burlaba de mí, o ni me miraba.
Antes de Navidad le rogué a mis padres cambiarme de colegio. Mi madre entregó los papeles y me dio de baja en secretaría. Después de las vacaciones, me esperaba una vida nueva. De la antigua solo quedaba Lucía.
Eso sí, mi amiga me montó el pollo del siglo. Se enfadó, me llamó traidora y salió pegando un portazo. Pero se le pasó en cinco minutos. Volvió y, no sé por qué, se puso a tocar el timbre como una loca.
Abrí la puerta de golpe, más feliz que unas castañuelas y me quedé petrificada. En el rellano estaba Morales. Con cara de cabreo, la cazadora abierta, sin gorro y lleno de nieve.
¿Pero tú qué estás haciendo, Sanz? ¿Qué es eso de cambiarte de cole a mitad de curso? ¡Quedan cinco meses para la selectividad y tú te vas corriendo! ¡Te estoy hablando, Sanz!
Yo no oía nada de lo que decía. O mejor dicho, lo oía pero no entendía. Solo pensaba en retener ese instante para siempre: Fernando Morales en la puerta de mi casa. Más guapo que todos los galanes de las telenovelas. Cachetes rojos del frío, ojos brillantes. Y con ese subidón, yo de golpe me vine arriba y le solté sarcástica:
¿Qué pasa? ¿Te da miedo no encontrar otra tía boba para hacerle bullying?
¿Perdona? ¿Tú sabes lo difícil que es encontrar a otra como tú, Sanz? ¡En todo el planeta no hay nadie tan idiota! gritó Morales apretando los dientes. Me cogió del brazo, me sacó al rellano y me abrazó.
¡No! No fue un abrazo normal. A la gente se la abraza con dulzura. Aquello fue otra cosa. Había desesperación en ese gesto, como si quisieran quitarle algo y él no pensara soltarlo. Me apretaba la cabeza contra su pecho, sobre el jersey de lana que picaba. La otra mano firme en mi espalda. Prácticamente me tenía atrapada. Pero lo curioso es que yo no tenía miedo, era puro bienestar. Como en los sueños bonitos. O como cuando imaginas algo que crees imposible. ¿O podría ser posible? ¿Se habrá dado cuenta de cómo me siento? Ay, solo de pensarlo me entró miedo y me puse a llorar a moco tendido. No podía parar. Cuando ya no tenía lágrimas, me empecé a calmar. Y entonces noté que, ahora sí, Morales me abrazaba de verdad, con una dulzura nueva, y me acunaba como si fuera una cría.
Llora, Luci. Cuando tengas ganas, llora. Mi madre siempre dice que es bueno llorar. Bueno, y también dice que soy bobo. Que si alguien te gusta, hay que decírselo claro y sin rodeos. Luci, por eso estoy aquí. Soy un capullo, sí. Pero me gustas, ¿me oyes? Y encima me das vergüenza. Tú eres de matrícula, vas a estudiar Medicina, y yo si consigo plaza en el módulo de automoción me doy con un canto en los dientes.
¿Y si tus padres no te dejan salir conmigo? ¿Para qué necesita su hija un torpe como yo? ¡Pero no soy tonto! No me gusta nada de senos ni cosenos… Quiero ser mecánico, me chiflan los coches y tú.
¿Y Lucía Cebrián?
¿Que qué pasa con Lucía? Lucía será testigo en nuestra boda, ¡ya lo verás! Levanté la cabeza, me quedé mirando esos ojos y susurré:
Te odio
¡Perfecto! Del odio al amor solo hay un paso. ¡Acabarás queriéndome! Me dijo, y se echó a reír.
Han pasado treinta años.
Nunca celebramos el aniversario de boda en sí. Lo que celebramos es el día que empezó nuestra familia. Hoy, el trigésimo. Al principio éramos dos. Luego se unió la niña. Cuatro años después, fuimos cuatro, con la niña y el niño.
Esta noche volvemos a reunirnos con los más cercanos. Mi hijo vendrá con su novia. Espero a mi adorada Lucía, mi amiga de siempre, con su marido y su hijo. Solo que mi hija no estará esta vez en la mesa. Desde ayer está ocupada con algo importante: toda la noche preparó su regalo para nosotros. Esta mañana dio a luz a una niña, Lucía Cebrián, haciéndonos abuelas a Lucía y a mí.






