Límites de paciencia
Querido diario,
Hoy ha sido uno de esos días en los que la tristeza se me ha quedado pegada como la lluvia fina de Madrid en noviembre. He quedado con Sergio después del trabajo en nuestro café habitual de La Latina, y al verme la cara no ha tardado ni un sorbo en preguntarme qué me pasaba. No le ha hecho falta mucha perspicacia para adivinar que Marta sí, Marta tenía algo que ver. ¿Has discutido otra vez con ella? ¡No te preocupes, las mujeres son así! Hoy discuten, mañana no pueden vivir sin ti, soltó medio en broma, como siempre.
No me apetecía nada hablar del tema, así que apenas logré murmurar: Lo hemos dejado. Sergio se quedó de piedra, los ojos como platos, la taza de café suspendida en el aire. Nos conoce a los dos, siempre ha dicho que Marta y yo éramos la pareja perfecta. Me vio cambiar tanto por ella: las flores, los restaurantes, los planes culturales… desde ir a exposiciones en el Prado, donde nunca me habría visto antes, hasta estrenar domingos de teatro en la Gran Vía. Recuerdo cómo mis amigos Sergio entre ellos bromeaban con que poco más y me veían haciendo cola para ver zarzuela con mi suegra. Todo, por ella.
Sergio estaba alucinado. Tío, ¿pero todo lo que has invertido? ¿El piso al que te ibas a mudar? ¿Y ahora qué?. No quería sonar a reproche, lo sé, solo le podía la preocupación. No supe qué responderle. Bajé la mirada, fingí revisar algo en el portátil y simplemente me dejé ir, ajeno al bullicio de la cafetería.
Por dentro, una tempestad. Uno cree que se ha resignado y, de pronto, se da cuenta de que la herida sigue abierta. Duele, y mucho. Porque a Marta la he querido de verdad. Sin mirar si me salía caro, sin calcular molestias. Tal vez por eso siento ahora esta especie de vacío, de derrota. Solo querría que todo el mundo me dejase en paz, aunque solo fuese por una tarde.
·····
Conocí a Marta por casualidad en un Mercadona cerca de Cuatro Caminos. Ella salía de la oficina y yo, con prisa para llegar a casa. La vi moverse entre los pasillos, llenando el carrito de verduras, pescados, yogures lo de siempre para la semana. Cuando llegó a la caja, de la cesta salieron tres enormes bolsas. La pobre suspiró resignada, pensando en la odisea de llevarlas andando hasta su piso, a un par de paradas de metro. Intentó pedir un Cabify y nada, el móvil insistía: No hay coches disponibles.
Tuvo que dejar las bolsas en el suelo; se secó la frente con el dorso de la mano, y justo entonces la miré sin querer apartar la vista. Solo llevaba una botella de agua y un paquete de café. Me acerqué casi sin pensarlo: Si quieres, te acerco en el coche. Está aquí cerca.
Ella se resistió al principio con eso de qué corte, pero las manos le temblaban del esfuerzo. Vale pero, eso sí, ni se te ocurra pedirme café, que no invito, me soltó, en tono de broma. Yo me reí, porque ya me había conquistado su sentido del humor.
La llevé en coche hasta el portal de su edificio. Apenas diez minutos de charla, pero nos reímos como si nos conociéramos de siempre. Me dio su número, en un papel del bloc de la compra. Al día siguiente la llamé e improvisamos una cena en un restaurante muy bonito de Chueca, con música en vivo, por donde siempre hay buen ambiente. No sé en qué momento se activó la magia, pero los meses siguientes pasaron volando: paseos por el Retiro, cenas improvisadas, sorpresas pequeñas pero constantes cada semana era mejor que la anterior.
Un día pensé en proponerle que se viniera a vivir conmigo al piso nuevo que casi tenía terminado en Arganzuela; era grande, luminoso, con sitio de sobra. Me imaginaba el sofá compartido, su risa llenando el salón, las visitas improvisadas al Rastro los domingos. Estaba decidido.
Y entonces, en una de nuestras cenas de aniversario en aquel restaurante donde empezó todo, la noté diferente. Silenciosa, jugueteando con la cuchara en el postre, casi ausente. Hasta que de repente, bajando la voz, lo soltó casi sin atreverse a mirarme: Nunca te lo conté porque no sabía si esto iba a ir a algún lado, pero tengo un hijo, Diego. Siete años. Y jamás le podría dejar de lado. Es lo más importante de mi vida.
Mi primer pensamiento fue irracional, lo admito: ¿Tendrá pareja aún?. Pero en cuanto dijo aquello del niño, sentí un alivio tonto, me salió una sonrisa. Marta, pensaba que me ibas a contar que estabas casada. A mí me encantaría tener un niño en casa, sería estupendo. Ni lo dudé: Podemos vivir juntos los tres, tengo espacio de sobra.
Ella, sin embargo, no compartió el entusiasmo. Movió el plato, apartó el tenedor, suspiró y me miró con una seriedad que desarmaba. Diego lo pasó fatal cuando su padre desapareció. Muy mal. Aún le cuesta entender que no va a volver. No quiero que vuelva a sufrir.
Le aseguré que lo entendía, que iríamos paso a paso, que yo quería ser parte de sus vidas pero solo si estaban listos los dos. Yo mismo no tenía ni idea de cómo sería convivir con un niño; mis primos son bebés todavía y la verdad, ni los amigos están aún en esa fase. Pero me convencí le quise convencer de que sería capaz. Y así lo repití en alto.
¿Y si vienes a dormir a casa alguna noche?sugirió Marta, a modo de ensayo. Mi madre vive conmigo, pero no molesta. Lo juro.
Pensé en la típica madre sobreprotectora, metiéndose en todo, como esos clichés tan clásicos, pero Doña Rosario resultó ser todo lo contrario: amable, de trato discreto, cariñosa pero sin entrometerse jamás. Siempre tenía una palabra gentil para mí, nunca preguntas incómodas ni gestos de desaprobación.
Pero con Diego eso ya era otra historia. El niño, en cuanto cruzaba conmigo la entrada, se ponía serio, los brazos pegados al pecho, sin hablarme más de lo justo. Al principio se limitaba a desaparecer, encastillado en su habitación, ignorando mis intentos. Más adelante empezó con trucos algo más pesados: me manchó los zapatos favoritos con témpera roja vaya usted a saber de dónde sacó los botes, rompió mi camisa de lino esa que usaba para reuniones importantes, y un día hasta me volcó la infusión en el portátil, milagro que solo se estropease el teclado.
Marta siempre ponía la misma excusa: Es un niño, necesita tiempo. Es difícil para él. Y yo asentía, intentando sobreponerme al mal humor, al cansancio. Al principio. Pero cada vez me resultaba más difícil. Me esforzaba, quería de verdad hacerme un hueco, y solo recibía rechazo tras rechazo.
La gota que colmó el vaso llegó un viernes, ya entrada la noche. Me preparaba para acostarme, cuando Diego apareció con un bote de lejía en la mano. Antes de que pudiera reaccionar, vació el frasco sobre la cama. El olor a cloro era insoportable. Miré la colcha, las sábanas empapadas De repente, sentí que me hervía la sangre.
Me acerqué, cogí el cinturón que había dejado en la silla y lo plegué en la mano, como si fuera a darle un escarmiento. No era mi intención de verdad, pero en ese momento era puro desahogo. Diego, al ver el movimiento, pegó un alarido y fue corriendo a buscar a su madre.
Mamá, ¡quiere pegarme!, gritó histérico. Marta reaccionó de inmediato. Le abrazó con fuerza y me miró con una mezcla de ira y desconfianza. ¡Álvaro, ¿cómo se te ocurre?! ¡Es solo un niño! ¡Una travesura! Nada más Si le tocas, te denuncio.
Me contuve como pude. Por dentro quería explotar y, sin embargo, todo me parecía absurdo. Era yo el enemigo en esa casa, el que sobraba. Cogí mi maleta y comencé a recoger mis cosas a toda prisa.
Al final, el malo soy yo, musité mientras guardaba la ropa. Cuando te eche lejía en el café, luego no digas que no te avisé.
Marta, sorprendida, no sabía si enfadarse más o suplicar que me quedara. Álvaro, espera, ¿a dónde vas? ¿Y lo nuestro?.
Me dieron ganas de reírme. ¿Qué nosotros, Marta? Si ni siquiera ves lo que pasa. Tu hijo hace cuanto le da la gana y tú solo le justificas. Yo he intentado ser paciente. No ha funcionado.
Diego, detrás de su madre, me miraba sin un asomo de arrepentimiento, solo desdén. Sabía que había ganado.
En ese momento, Doña Rosario asomó por el pasillo. Me miró y sentí comprensión en su gesto, ni enfado ni reproche. Te entiendo, hijo Si hasta yo lo tengo difícil con el crío. Me voy a dormir, que se las arregle sola.
Por fin salí al fresco de la calle. Caminé por las aceras casi vacías, las farolas reflejándose humedecidas sobre los adoquines. Dentro tenía un nudo en el estómago: rabia, impotencia, tristeza. Sabía que lo correcto era marcharme. Pero no por eso dolía menos.
Pensaba en Diego, en lo que suponía la ausencia del padre, la vida de su madre, la llegada de un extraño. Pero, ¿dónde está el límite entre la pena y la crueldad? Porque él no solo se portaba mal, intentaba herirme a propósito. Y lo consiguió. Marta nunca fue capaz de ponerle freno.
Al cruzar la Plaza de España, repasé cada recuerdo: nuestra primera charla en el supermercado, las risas en la Gran Vía, los sueños de una familia juntos. Pero la vida pesa y los sueños no sobreviven cuando falta la voluntad de ambos.
No era mi sitio, me dije. Quizá algún día encuentre a alguien que me quiera de verdad, que quiera construir una familia de verdad. Ahora toca curar esta herida. Aunque no, no es fácil de aceptar.
Mañana llamaré a Sergio. Necesito hablar, salir, despejarme. Todavía duele. Pero la vida continúa, aunque hoy cueste tanto creerlo.






