La última petición
«No voy a volver nunca a casa» suspiraba pesadamente Eugenio, retorciéndose de dolor en aquella camilla interminable, donde las sábanas parecían de papel. Sus pensamientos nadaban entre fragmentos imposibles: las calles mojadas de Valladolid, la sonrisa de Leonor perdiéndose tras la ventana de un tren, un anillo envuelto en papel de periódico y una certeza, atravesándole con frío. «No volveré a ver a Leonor. Quería pedirle matrimonio No me ha dado tiempo. ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?»
No se preocupe tanto sonrió la enfermera, con una gracia extraña y antigua, notando la palidez del chico que acababa de llegar en una ambulancia amarilla. Todo irá bien, de verdad.
Lo dudo articuló Eugenio, casi en susurros.
A su alrededor, las voces del hospital flotaban como campanas bajo el agua, mientras unos celadores llevaban una camilla al quirófano y fuera, en el pasillo, el eco de unos zuecos bailaba un fandango fantasmagórico.
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Eugenio tenía auténtica aversión hacia los hospitales; era un odio aprendido, casi genético. Desde pequeño, aquellos lugares servían solo para que doliera todo lo posible, como si los doctores fueran alquimistas de la pesadumbre. Lo recordaba bien: aquella vez en la clínica infantil del barrio de Parquesol, cuando una enfermera con moño le sacó sangre del dedo y le espetó, divertida:
Pero bueno, Eugenio, ¿a qué vienen esas lágrimas? Si ya eres mayor, pronto irás al colegio. No llores como una niña, ¡que no es para tanto!
Él miraba aquellas agujas como lanzas medievales y pensaba que era mejor huir, fundirse con el abrigo de su madre, correr tras las palomas de la Plaza Mayor. Pero no le dejaban. Y la vergüenza no era tanta como el dolor y la rabia de un dedo herido y una infancia atropellada por batas blancas.
«No quiero volver nunca más», se repetía, mientras su madre le intentaba razonar:
Los médicos están para curarte, cariño, para que vivas bien y mucho No hay que tenerles miedo.
A lo que Eugenio pensaba de mala gana: «Pues que se curen ellos, que a mí no me molesten más.»
La vez del dentista no fue mejor, aunque el recuerdo llegaba como una niebla amarga. Le metieron a la fuerza y, cuando extrajeron su muela, el grito se escuchó hasta en la fuente de Campo Grande. No, aquello no era sitio para nadie.
Por eso, de adulto, Eugenio evitaba los hospitales como quien evita las tormentas en Semana Santa. Pero las casualidades (o ese duende revoltoso que mueve las cosas en Castilla) hicieron que, por culpa de un apéndice enloquecido, acabara en el hospital Río Hortega.
Leonor, con su voz de soltera de mirada honesta, lo había visto retorcerse y no dudó.
Llamo al 112, no tienes opción. Eso es apendicitis, me pasó igual de cría.
A la fuerza, Eugenio acabó en Urgencias, entre azulejos y olores a betadine. Y su cabeza se llenó de visiones: cirujanos entrando en su «mundo interior», camillas que pasaban con pacientes cuyo camino terminaba allí, el sonido de la nada vibrando en los fluorescentes.
No te preocupes volvió a decir, como una frase suspendida en el aire, la enfermera con el pelo recogido a la antigua. La operación de apendicitis es sencilla. Has llegado a tiempo, no habrá complicaciones.
Y así fue. Lo anestesiaron bajo la luz blanca, y cuando despertó, tenía la impresión de flotar sobre un campo de trigo, donde las agujas eran amapolas que no dolían. Lo subieron a planta esa misma noche, y durmió como si una ronda de gigantes le protegiera.
Al amanecer, notó una presencia más en la habitación, un hombre mayor, desvaído entre las sábanas.
«Seguro que se pone a contarme su vida», pensó Eugenio con fastidio. No quería hablar, solo silencio y sombra. Ni llamó a Leonor, que debía de estar preparando un café en algún rincón del mundo. Un escueto mensaje de móvil Estoy bien, no te preocupes bastó.
El plan, claro, era otro: esa misma noche pretendía pedirle matrimonio a Leonor en un restaurante, bajo el rumor de unos guitarristas que tocarían «Clavelitos» solo para ella, y un camarero-traidor aparecería con un plato donde reposaba, envuelto en servilleta, el anillo. Pero al destino le gustaba esconder espejos y cambiar los muebles de sitio.
Sorprendentemente, el anciano no resultó ser charlatán. Saludó con un susurro y pasó el día discando compulsivamente desde su antiguo Nokia; nadie contestaba a sus llamadas, y cuando se quedó sin batería, las lágrimas le empañaron los ojos. Eugenio sintió vergüenza: ¿por qué juzgaba sin conocer?
Pasaron unos minutos en silencio, hasta que Eugenio no pudo más y se sentó en el borde de la cama, preguntando si todo iba bien.
No logro localizar a mi hijo suspiró el hombre, apellidado don Fermín Gutiérrez. Me trajeron aquí con un infarto, y los médicos dicen que necesitan operar, pero no sé si llegaré a la mesa.
Le contó a Eugenio el motivo de su melancolía: hacía medio año que su hijo Pablo apenas le hablaba, desde que discutieron por una herencia y por llevarlo (o no) a una residencia. Fermín solo tenía un perro, Chispa, que le esperaba en la calle.
Le he intentado pedir a mi hijo que cuide de Chispa si me pasa algo O que le busque alguien bueno. Pero solo quiere vender la casa, y no coge el teléfono.
¡Tonterías! animó Eugenio, recordando las palabras de su madre. Los doctores están para alargar la vida. Ayer a mí me quitaron el apéndice y aquí estoy, ni tan mal.
Fermín sonrió, pero su mirada era la de quien ha visto siete inviernos seguidos.
Chispa apareció en mi vida un 23 de abril, Día de Castilla, día de mi cumpleaños. Fue entonces cuando mi mujer (que en paz descanse) se me apareció en sueños: llevaba del abrazo una cuerda, y al otro lado tiraba ese perro, ansioso por llegar hasta mí. El mismo día, encontré a Chispa atado bajo la lluvia, junto a la iglesia. Nadie lo reclamó nunca y acabó siendo mi compañero de retiro, el gran secreto de mi vejez.
Eugenio escuchaba, y a medida que Fermín hablaba, la historia del perro, la soledad, el anhelo, dibujaban arabescos extraños encima de los azulejos del techo. Esa noche, Eugenio soñó con una calle desierta, una sombra de perro que buscaba a alguien, y él siempre iba detrás, como quien sigue un hilo invisible.
Se despertó en sobresalto: Fermín jadeaba, boqueando por aire, la mano en el pecho.
¿Llamo al médico? preguntó Eugenio, corriendo a su lado.
No aún Hazme un favor. Llama a Pablo, mi hijo. El número está ahí, en la mesilla. Si puede venir, quiero despedirme. Y si no, que al menos procure un hogar para Chispa. Así al menos me iré tranquilo
Con manos temblorosas, Eugenio buscó el papel, marcó, y dijo:
¿Eres Pablo? Soy el compañero de habitación de tu padre, don Fermín Gutiérrez Está muy mal, dice que vengas, que quiere verte.
¿Pero se va a morir ya o qué? ¿En qué hospital está? preguntó Pablo sin mucho ánimo.
Río Hortega, tercera planta, habitación 314.
Eugenio dejó el teléfono, buscó a una enfermera medio dormida, a la que explicó lo urgente. Cuando volvió, Fermín apenas respiraba. Eugenio le cogió la mano, hablándole al oído, pidiéndole que resistiera un poco más.
Pero el corazón del viejo se paró antes de que llegase el médico, antes de cualquier solución posible. Los celadores vinieron, arrastrando su camilla sin prisa, igual que en su primer sueño.
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Al día siguiente, Pablo llegó un hombre de prisas y ojeras y Eugenio le contó:
Su padre ha muerto en mis manos.
Mejor, así descansó dijo Pablo sin mirar a nadie. Por lo menos no me ha dado la tabarra como hacen los viejos, ¿eh? Hay gente que se pasa años tirada en la cama y todo es un engorro Yo tengo mi familia, mi curro, en fin Mejor así, sí.
Su padre insistía mucho en que cuidase a Chispa Es su última voluntad.
¿El perro? ¡Bah! Lo recogió de la calle y nunca le hizo ningún favor. Al final todo es la casa, y eso es lo que importa, la venderé cuanto antes.
Eugenio, con asco, le devolvió el viejo móvil del padre y el papel doblado con el número. Pablo ni se despidió; solo cerró la puerta y desapareció, quedándose el cuarto vacío de todo, menos de ausencias.
Eugenio se quedó largo rato pensando en la extrañeza de la fortuna: tan caprichosa, tan seca. Y el perro, pensaba, se quedará allí solo, en una casa de piedra a las afueras, sin que nadie le eche cuenta. Daba igual: Pablo vendería la casa, y el animal Dios sabrá.
Aquella noche volvió a soñar: Fermín caminando por las calles de Valladolid, el alma hecha un charco, gritando el nombre del perro, y ni una respuesta. Eugenio lloraba en el sueño, como hacía años que no lloraba despierto.
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Tras recibir el alta, Eugenio llegó a casa sumido en pensamientos, por lo que Leonor no tardó en notarlo:
¿Te pasa algo? Estás tan raro
Es que en el hospital compartí cuarto con un hombre mayor, Fermín. Murió. Tenía solo a su hijo (un pieza, por lo que vi) y un perro. Me preocupa no saber nada del animal.
¿Y no se lo quedó la familia?
El hijo está a otra cosa, ni sabe ni quiere saber. Le importa la casa, nada más. Hasta delante mía llamó a una inmobiliaria para ver si podía vender rápido. Qué tristeza de gente.
¿Y si intentamos localizar al perro? propuso Leonor, con un brillo soñador en el pelo. Si está por ahí, lo adoptamos. Me encantaría tener un perro.
¿De verdad no te importa? preguntó Eugenio, un poco incrédulo.
¿Importar? ¡Al contrario! Sería maravilloso sacar a pasear juntos a nuestro Chispa.
Eugenio casi la besa allí mismo, pero recordó el pequeño problema de no conocer el domicilio exacto:
Pero ni siquiera sé la dirección. ¿Y si preguntamos en el hospital? Llevaré una caja de pastas y una tableta de turrón, seguro que alguna enfermera amable se apiada
Efectivamente, el poder balsámico del turrón y el café obraron milagros. La administrativa del hospital, tras una sonrisa y la historia breve, les escribió discretamente la dirección en un papel.
En menos de una hora, bajo un cielo castellano de nubes lentas, llegaron a la casa de Fermín, en el barrio de La Overuela. No había perro a la vista, solo una verja y silencio. Una vecina se asomó, con delantal.
¿Buscáis a alguien? Aquí ya no vive nadie.
Somos amigos de Fermín. Murió en el hospital.
¡Ay, el pobre! Qué buen hombre El hijo, ya pensaba yo, ni digno le ha hecho el entierro como debe hacerse. Y respecto al perrillo, desde que murió su amo, Chispa no se separó de la puerta, tumbado esperando. Pero el hijo lo cogió y se lo llevó, gritándole mucho, no sé a dónde. Ya no vuelve por aquí.
¿Y cómo era el perro?
Pequeño, pelo canela y orejas muy grandes, como de duende. ¡Ah, tengo una foto!
La mujer les mostró la imagen de Chispa en el móvil. Leonor sonrió.
Es un corgi, una ricura. Si sabéis dónde llevarlo, avisadnos.
El hijo dijo que lo daría en adopción, pero seguro que lo dejó en cualquier parte A los animales nunca les ha tenido aprecio.
Dieron las gracias, y se fueron, tristes. En el fondo sabían que Chispa podría estar por cualquier lado o, con suerte, en una familia cariñosa, aunque lo dudaban.
Dieron vueltas al barrio, preguntaron a paseantes por perros encontrados, sin éxito. Pablo ya no contestó al teléfono: los había bloqueado. Ya no había hueco para milagros.
Habrá que pensar que Chispa está bien dijo Leonor en un intento de fe. Al menos lo intentamos.
Pero la vida, a ratos, parece escuchar.
Al volver hacia la ciudad, atascados por un corte de tráfico (un desfile de gigantes y cabezudos cruzaba la vía), decidieron desviarse por una antigua carretera. De repente, Leonor frenó.
¡Mira! Sus ojos clavados en la cuneta. ¿Ese no es Chispa?
Detuvieron el coche. Ahí estaba, pelo canela, orejas alertas, tumbado junto a una bolsa de plástico. Eugenio lo llamó, titubeando.
¡Chispa! ¡Chispa, ven!
El perro les miró primero como se mira a las estatuas en el museo, pero enseguida, oliendo la mano de Eugenio, el recuerdo de Fermín volvía entre sus dedos. El perro movió el rabo, bajó la cabeza, y se dejó acariciar; los ojos húmedos, pero brillando.
Ambos, Eugenio y Leonor, lloraron un poco. Ella abrazó al perro, y en ese gesto cabían todos los sueños posibles.
Esa noche, ya en casa, Eugenio miró a Chispa dormir en el sofá, moviendo las patas, soñando con campos infinitos. Se levantó, sacó la cajita del anillo (al fin), y sin esperar restaurantes ni guitarristas, se arrodilló ante Leonor.
¿Quieres casarte conmigo aquí, ahora, sin más?
Por supuesto, Leonor dijo que sí y el mundo fue de pronto, aunque solo un instante, lo más parecido a un milagro castellano.
Dicen que, en sueños, Chispa visita a Fermín, cruzando plazas doradas y campos de trigo, contándole que todo está bien, que sus manos huelen a hogar, y que ya nunca más estará solo.
Y así termina la historia. O tal vez empieza.





