La salida de la tía
No vas a ir vestida así dice Víctor, sin ni siquiera mirar atrás. Está de pie ante el espejo del recibidor, acomodándose la corbata azul marino de seda, la que compró el mes pasado por una cantidad de euros que Julia descubrió de casualidad, buscando el recibo del frigorífico. Hablo en serio.
Víctor, es el décimo aniversario de tu empresa. Diez años. Soy tu mujer.
Precisamente. Por fin se gira hacia ella, y en su mirada hay algo que a Julia le corta la respiración. No es ternura, sino reconocimiento. Esa mirada la conoce, solo que nunca había querido ponerle nombre. Eres mi mujer. Por eso te pido que te quedes en casa.
¿Por qué?
Él suspira, con ese tedio cargado de desprecio tan suyo, que significa: haces preguntas tontas y estoy perdiendo el tiempo contigo.
Julia. Van a estar mis socios, gente seria. Puede que incluso prensa.
¿Y eso?
Tú calla, busca la palabra y al final la encuentra. Eres una tía. ¿Lo entiendes? Una mujer corriente. Con ese vestido azul de botones. Allí van mujeres que parecen otra cosa.
Julia se queda en la puerta de la cocina, con el paño descolorido en las manos, recién secadas. Observa a su marido intentando entender en qué momento esto llegó a ser normal. En qué momento dejó de pedir explicaciones ante ese tipo de palabras.
¿Vas con Elena?
Él ni se inmuta. Eso asusta de verdad. Ni enfado ni desconcierto, solo mirada fija y fría.
Elena es mi asistente. Se ocupa de la organización.
Víctor.
No empieces, Julia.
Solo he preguntado.
No solo has preguntado. Coge la chaqueta, la sacude con su elegancia habitual. Insinúas. Como siempre. Estoy harto de tus insinuaciones.
Julia deja el paño en el reposabrazos del sillón. Muy despacio. Nota que le tiemblan las manos y no quiere, bajo ningún concepto, que él lo vea.
Vale contesta. Vale, Víctor.
Así me gusta. Se vuelve a mirar en el espejo y queda satisfecho. ¿Y los niños?
Clara está en casa de una amiga, Lucas en la universidad, volverá a las ocho.
Dile que no haga ruido, que llegaré tarde.
La puerta se cierra. Julia se queda en el recibidor, rodeada del aroma a colonia de él, que antes le gustaba y ahora le resulta ajeno, caro y extraño.
Va a la cocina, pone a hervir agua para el té. Observa cómo el vapor asoma por la boquilla del hervidor y piensa que, hace veintitrés años, se casó con un hombre que la miraba de otra forma. Entonces le gustaba cómo reía. Decía que su risa era como una campana. Julia, entonces, se sonrojaba.
El agua hierve. Prepara el té y se queda mirando cómo el sobre va tiñendo el agua con remolinos oscuros.
Tía. La ha llamado tía.
Tiene cincuenta y dos años. Ni cien ni ochenta. Cincuenta y dos y, en realidad, no está mal. No es una belleza de revista, pero tampoco es lo que él le acaba de hacer sentir con esa palabra. Tiene buen pelo, castaño oscuro, casi sin canas, porque se cuida. Sus manos saben hacer de todo: hornear una empanada, remendar una cortina, consolar a un hijo a las tres de la madrugada o desenredar papeles de la gestoría de su marido cuando, al fundar Monolito, no entendía nada de números y le pedía ayuda.
¿Quién lo ayudaba entonces? ¿Quién pasaba noches con sus facturas?
Tía. Manda narices.
No llora. Las lágrimas están cerca, nota la presión en el pecho, pero no llegan. Tal vez porque no es la primera vez. La primera fue hace tres años, con aquel Podrías vestir mejor. Entonces se dolió. Luego se fue acostumbrando. Luego asintió. Y ahora está sola en la cocina, y su marido se ha ido al aniversario de su empresa sin ella, con Elena, que tiene veintiocho años y ni tartas caseras, ni trapos descoloridos, ni veintitrés años de vida compartida.
Fuera anochece despacio. Mayo, cálido, con olor a azahar viniendo del patio. Julia termina el té, friega la taza y se acerca al armario.
En el fondo, tras los abrigos de invierno, cuelga un vestido. Granate oscuro, de terciopelo, comprado tres años atrás en las rebajas del Corte Inglés. Se lo probó una vez en casa. Víctor lo vio, torció el gesto: ¿Dónde vas tú con eso? Demasiado llamativo para tu edad. Vulgar. Lo guardó en una bolsa, a punto de regalarlo, pero no lo hizo.
Ahora lo saca. Lo sacude. El terciopelo es suave, cálido, vivo. Julia se lo coloca delante y se mira al espejo.
No. No es una tía.
Desde el recibidor se oyen las llaves. Lucas. Escucha cómo deja los zapatos, la chaqueta en el sillón y va directo a la cocina.
¿Mamá, hay algo de cenar?
En la nevera hay albóndigas, caliéntatelas.
¿Por qué estás ahí con el vestido?
Julia se vuelve. Lucas la observa desde la puerta, alto, los pómulos de su padre, pero sus propios ojos, grises, algo cansados. Está en primero de carrera y le está costando, lo lleva notando meses: encorvado, como si cargara algo pesado.
Me lo pruebo contesta.
Es bonito. Va a la cocina, busca una cazuela. ¿Y para cuándo, te lo pondrás?
Julia duda un momento.
No lo sé. Tal vez nunca.
Lucas vuelve con el plato, se sienta, la mira con una seriedad adulta, impropia para su edad.
¿Papá se ha ido al evento?
Sí.
¿Solo?
No responde de inmediato. Cuelga el vestido en el respaldo de la silla.
Lucas…
Mamá, lo sabemos. Lo dice bajito, sin rabia, como quien enuncia un hecho. Clara también lo sabe. Lo sabemos desde hace tiempo.
Ahí sí vienen las lágrimas. No escandalosamente, solo se le atascan en la garganta y pasa unos segundos mirando por la ventana, ya negra.
¿Cómo lo sabes? pregunta al fin.
En primavera los vi juntos, en una cafetería en la Gran Vía. Él no me vio. Lucas come sin levantar la mirada. Pensé que era trabajo. Pero no. Era obvio.
No me lo dijiste.
¿Y qué hubieras hecho tú?
Buena pregunta. ¿Qué habría hecho? Fingir que no sabe. Como ha hecho los últimos tres años, viendo señales, convenciéndose de que es otra cosa, que su imaginación es demasiado fértil. Psicológicamente, la mujer de más de cincuenta acaba temiendo la verdad. Eso lo ha entendido tarde, y es doloroso.
No lo sé admite.
Yo tampoco lo sabía. Él la mira. Mamá, te queda muy bien ese vestido. De verdad.
Julia contempla a su hijo, al niño al que le contaba cuentos, le enseñó a atarse los zapatos, llevaba al colegio con bocadillos en la mochila. Diecinueve años. Adulto, ve más de lo que ella quisiera.
Gracias dice.
Después de cenar, Julia llama a Clara. Viene a las diez, entra en casa con mochila rosa, oliendo a perfume ajeno de abrazo reciente.
¿Mamá, estás bien? Clara, quince años, la examina con la rapidez infalible de los adolescentes. ¿Papá te ha dicho algo?
Siéntate dice Julia. Tenemos que hablar.
Se sientan las tres en la mesa de la cocina, toman té. Julia les cuenta. No todo, pero lo suficiente. Lo que ha dicho Víctor. Lo del vestido. Lo que piensa de Elena y, a la vista de la cara de los hijos, ve que no iba desencaminada.
Clara escucha mordiéndose el labio, como hace siempre cuando algo le duele o está a punto de llorar.
¿Papá te llamó tía? repite cuando Julia termina.
Sí.
Eso… Clara niega con la cabeza. Eso es muy injusto.
Muy injusto asiente Julia.
Mamá, ¿vas a salir? ¿Alguna vez?
Julia mira el vestido, aún colgando del respaldo.
No lo sé.
Esa noche duerme mal. En su lado grande de la cama, piensa en lo vivido. Veintitrés años. Una juventud entregada a esa casa, a sus hijos, a ese hombre. Dejó el trabajo tras nacer Lucas. Antes era costurera en un taller reputado del centro de Madrid, muy apreciada por su jefa, Carmen Sáenz, quien le repetía: Tienes manos de oro, Julia. Luego Víctor dijo: No hace falta que trabajes, yo te mantengo. Y ella le creyó. ¿Por qué no? Entonces realmente lo hacía y Julia pensaba: Esto es una buena vida.
Buena vida. Da vueltas en la cama y mira el techo oscuro.
¿Y ahora qué sabe hacer? Coser. Cocinar. Llevar una casa. Ser invisible. Eso le salía bien.
No. No caerá en eso. Sabe coser, y no es poca cosa. Tiene manos y cabeza, veinte años de experiencia interrumpida, sí, pero seguía cosiendo para sí misma, sus hijos, la vecina Amparo, que siempre decía que los vestidos de Julia eran mejores que los de tienda.
Las ideas giran en círculo. Duerme y despierta, duerme y despierta. A las dos y media la puerta se cierra de golpe. Víctor vuelve. Lo oye en el baño, luego tumbado a su lado, sin una palabra, enseguida respirando hondo.
Julia tarda en cerrar los ojos.
Por la mañana él se va pronto, apenas prueba el café.
Esta semana tengo lío, no me esperes a cenar.
Puerta. Silencio.
Julia se sirve café y se sienta en la ventana. Llueve fino fuera, los árboles del patio encharcados, las hojas brillan. Bebe y piensa. Serenamente, casi desapasionada, y eso ya es raro. Quizá el dolor, pasado cierto umbral, se convierte en algo duro y simple.
La cena de gala es el viernes. Hoy es martes.
Tres días.
Coge el móvil y escribe a su amiga Teresa. Teresa Alcántara fue contable de la empresa años, luego se fue pero mantuvo algo parecido a la amistad. Lista, práctica, sin fantasías.
Teresa, ¿nos vemos hoy?
Responde al instante: Claro. ¿En la cafetería La Moraleja a las tres?
Julia responde: Hecho.
Se sientan en la pequeña cafetería de la esquina, dos manzanas más allá. Teresa llega con su chaqueta gris, pelo cortísimo y ojos atentos. Escucha, sin interrumpir, solo alza una ceja cuando Julia dice tía.
¿Sí? dice Teresa. ¿Así te lo dijo?
Así.
¿Y lo de Elena, lo sabías?
Lo intuía hace tiempo. Lucas me lo confirmó ayer.
Teresa gira la taza.
Julia. Te diré algo, no te enfades.
Dime.
Yo ya lo sabía. La mira. Cuando trabajé en Monolito, hace dos años. Les vi juntos más de una vez. Dudé si decírtelo. No lo hice. Pensé: no es asunto mío. Ahora veo que me equivoqué. Perdona.
Julia calla un instante.
No pasa nada, Teresa. Ya da igual.
¿Y qué vas a hacer?
Julia alza la mirada.
Voy a ir a esa cena.
Teresa la observa unos segundos, luego asiente despacio.
¿Con tus hijos?
Sí.
¿Sabes que va a ser delicado?
Lo sé.
¿Sabes que se va a enfadar mucho?
Lo sé.
Teresa guarda silencio.
Bien. ¿Qué necesitas?
Julia sonríe por primera vez en días.
Que alguien me peine. Yo sola soy un desastre.
El jueves por la noche, Clara le está peinando frente al tocador. Despacio, con ese mimo de los hijos en momentos importantes. Julia tiene el pelo espeso, hasta los hombros, lo retocó ligeramente el día anterior, solo para igualar el color.
¿Mamá, tienes miedo? pregunta Clara.
Un poco.
Papá se va a enfadar.
Probablemente.
¿Y tú, qué vas a decir?
Nada dice Julia, mirándose al espejo. No diré nada. Sólo entraré.
Clara prende la última horquilla, se aparta para mirar el conjunto.
Guapísima dice. Mamá, eres guapísima. Siempre lo has sido, se te había olvidado.
Julia se vuelca a abrazar a su hija, largo, de verdad. Clara se sorprende pero la abraza fuerte.
El vestido granate está sobre la cama. Terciopelo, suave. Julia se lo pone despacio. Cierra la cremallera por detrás con ayuda de Clara. Se mira en el espejo.
La mujer que la observa no es desconocida. Es la que fue antes de empezar a ceder.
El maquillaje se lo hace ella misma. Sutil, lo justo. Máscara, barra de labios terracota, la de siempre. Pendientes de ónix, regalo de su madre.
Mamá llama Lucas desde el vestíbulo. El taxi viene de camino.
Voy.
Coge el bolso pequeño, negro, antiguo pero bueno. Sale al recibidor.
Lucas la mira.
Madre mía.
Madre mía repite Clara.
Julia se pone el abrigo. Las manos aún tiemblan un poco, lo nota. Lo ralentiza adrede. Tranquila. Solo tranquila.
Vamos dice.
El hotel Estrella del Norte es de los buenos. No el mejor, pero queda bien. Víctor lo eligió por imagen: salón grande, techos altos, catering propio. Julia estuvo allí una vez, hace ocho años, en una boda. Recuerda el suelo de mármol y la lámpara del vestíbulo.
El taxi los deja en la puerta. Julia sale primera, respira el aire templado de mayo, con olor a tilos.
Mamá susurra Lucas. Estamos contigo.
Lo sé toma la mano de Clara. Vamos.
Ya hay varios rezagados entrando deprisa con acreditaciones en la solapa. Julia camina tranquila. El encargado de recepción se acerca.
Buenas tardes, ¿para la gala de Monolito?
Sí, soy la esposa de Víctor Salazar. Son nuestros hijos.
Duda un segundo, asiente.
Segundo piso, salón Ámbar.
El salón Ámbar está lleno. Gente arreglada, copas de cava, aroma a perfume caro y a canapés calientes, risas cerca del bar, música de fondo. Julia se detiene en la puerta y siente miradas sobre ella. Es extranjera allí, lo sabe. Todos conocen a Víctor Salazar, a su entorno, algunos quizás a Elena. Nadie conoce a la esposa.
¿Ves a papá? susurra Clara.
Todavía no. Julia otea el salón. Lo buscaremos.
Víctor está en la pared del fondo, junto a una mesa con aperitivos. Habla con dos hombres mayores, uno de ellos es don Jorge Mendoza, socio veterano, corpulento, cabello blanco, mirada pesada. Víctor le respeta. O le teme. Julia nunca distinguió la diferencia.
A su lado está Elena.
Julia la ve por primera vez, aunque la imaginaba. Joven, alta, de vestido azul ceñido y peinado perfecto. Muy guapa. Julia lo aprecia sin amargura, como el tiempo: guapa, veintiocho años. Su mano descansa en el antebrazo de Víctor con una naturalidad que duele más que cualquier palabra.
Allí está papá dice Clara, la voz serena. Con esa señora de azul.
Julia avanza.
Cruza el salón sin prisa. Varias personas se apartan, la miran. No desvía la mirada, solo mira hacia la mesa del fondo, hacia ese hombre.
Víctor la ve a tres metros. Su gesto cambia de golpe. Boca entreabierta, luego tensa. Ojos fríos.
Julia dice muy bajo. ¿Qué haces aquí?
Vengo al aniversario de tu empresa contesta, igual de baja y serena. Diez años. Una fecha importante.
Jorge Mendoza la mira y se sorprende, calidez en su voz:
Señora Julia, cuánto tiempo Está usted estupenda.
Buenas noches, don Jorge. Usted igual.
Elena da un paso atrás, la mano desaparece del brazo de Víctor.
Entonces Clara, detrás, se adelanta. Quince años, ojos oscuros, espalda recta. Mira a Elena con esa claridad de los niños, tan incómoda para los adultos.
Papá dice Clara, sin alzar la voz, pero lo bastante fuerte para que otros escuchen. ¿Por qué la estabas abrazando? No es mamá.
El ambiente cambia. Alguien baja la música. Los acompañantes de Mendoza se miran, una mujer de perlas gira la cara.
Víctor palidece, pese al bronceado.
Clara empieza. Es por trabajo, te lo explico
Papá, no soy una niña. Clara habla igual, tranquila. Lucas y yo lo sabemos hace tiempo.
Lucas está a su lado, callado, manos bajadas. Mira al padre, sin hablar.
Jorge tose, deja la copa.
Víctor dice, en ese Víctor va todo: reproche, pausa y lo que vendrá. Veo que tienes temas familiares. Hablamos después.
Asiente a Julia, con una cortesía antigua, y se va. Sus amigos le siguen.
Elena dice en voz bajísima:
Voy a revisar el catering.
Desaparece.
Quedan Víctor y Julia, y los hijos. Él la mira con un gesto que antes Julia llamaba cansancio y ahora comprende distinto. No es ira ni hastío. Es desconcierto. No sabe qué hacer.
Julia gruñe, ¿eres consciente de lo que has hecho?
He venido al aniversario de tu empresa repite. Diez años. Es importante.
Toma una copa del camarero. Cava, burbujas subiendo.
Podrías haberte quedado en casa, como te pedí.
Podría responde Julia. Pero no lo he hecho.
Le mira. En ese instante, algo se coloca por fin en su sitio. No rabia, no triunfo. Claridad. Le mira a él, en su traje caro, gemelos de oro, la corbata que fue el principio de todo, y solo piensa: cuántos años perdidos, en vano.
Brindaré por tu empresa dice. Y me iré. Los niños están cansados.
Se gira hacia los hijos:
Vamos susurra.
Avanzan hacia la salida, sintiendo las miradas a la espalda: curiosas, compasivas, críticas. Todo tipo. A Julia le da igual. Bueno, no: pero ya no duele más que todo lo anterior.
En la puerta, Lucas le ofrece el brazo.
Has sido valiente dice.
Solo he venido contesta ella.
Has venido. Eso es ser valiente.
En casa, Julia cuelga ordenadamente el vestido, se lava la cara, se acuesta. Y por primera vez en semanas duerme bien. Duerme largo y profundo, hasta las nueve.
Lo que vino después fue lento, pero inevitable, como el deshielo de la primavera. No al día siguiente, sino en las dos semanas que siguieron a la cena. Julia lo fue sabiendo por Teresa, que aún tenía contactos, y por Clara, que vio un mensaje en el móvil del padre mientras cargaba la batería.
Jorge Mendoza se negó a firmar el nuevo proyecto. No fue directo, ni dramático, como hacen los listos: sólo llamó después y dijo que necesitaba pensar más. Para don Jorge la familia tenía importancia, y lo que vio esa noche le hizo perder el respeto por Víctor. No que tuviera amante; eso lo entiende la gente. Sino que la llevara a una cena pública, en vez de a su esposa. Eso era faltar al hogar, al orden. Y don Jorge no toleraba eso.
Pronto otros siguieron su ejemplo. Las conversaciones empezaron, el consejo de administración de Monolito hizo preguntas incómodas. Salió a la luz que algunos contratos recientes no seguían el procedimiento habitual. Diferente a vestidos y Elenas, pero lo uno estaba ligado a lo otro.
Elena desapareció de Monolito a las tres semanas: sin escándalos, dimisión propia, se fue. Víctor anduvo días con semblante de quien ha perdido el suelo.
Poco después, vino a casa y se sentó. Julia le puso el plato y se fue a otra habitación. Él estuvo mucho rato en la mesa, suspirando.
Por la noche la llamó.
Julia. Tenemos que hablar.
Vale acepta ella. Pero dime antes: ¿quieres hablar de verdad o que te escuche sin más?
Al principio él no entendía la diferencia. Luego sí. Bajó la mirada.
Perdóname dijo.
Julia estaba tranquila, manos sobre el regazo. Observaba a su marido y pensaba: ya es tarde. No por rencor. Sino porque el perdón exige algo vivo, y lo suyo ya estaba seco, entre años y aquella palabra: tía.
Te oigo dijo.
No era perdón. Él lo comprendió.
El tema del divorcio lo sacó Julia un mes después, a su ritmo, asesorada por abogado que le encontró Teresa. Repartieron la vivienda, los hijos se quedaron con ella. Víctor solo en eso no discutió.
Mientras tanto, Julia abrió un taller. Pequeñito, dos habitaciones, cerca. Lo pensó mucho: una panadería sería más fácil en cierto modo, pero las manos le pedían aguja y tela, lo otro lo llevaba en la sangre. Su antigua jefa, Carmen Sáenz, ya jubilada, contestó enseguida: Tardaste diez años en decidirte, Julia.
Se sintió bien y triste. Hace diez años no se habría atrevido. Ahora sí.
Los primeros meses costaron. Poco dinero, pocos clientes, largas jornadas, terminando con dolor de espalda y tiza bajo las uñas. Clara venía a hacer los deberes, comía bocadillos en una mesita, de vez en cuando preguntaba por las telas. Se le daba bien elegir colores, los miraba largo rato y hacía comentarios de una madurez inesperada. Julia lo anotó en la memoria.
Lucas tenía su propio proceso. Víctor intentó acercarse, lo llamaba, concertaba encuentros. Lucas iba, volvía callado. Un día dijo:
Quiere que le entienda.
¿Y tú?
No sé cómo entender a un hombre que se avergüenza de su propia mujer. Lucas mira la calle. Tú nunca fuiste Tú eras normal. Siempre fuiste normal.
Gracias, hijo.
En serio.
Lo sé.
Calla un poco.
Tengo problemas con Paula, mi chica.
Julia le mira.
Dice que, después de todo esto, teme cómo seré como padre. Teme repetir lo mismo.
Eso no es culpa tuya, Lucas.
Ya. Ella no lo ve así.
Julia busca las palabras.
Dale tiempo. Que lo vea por sí misma. Las palabras no valen aquí, solo el tiempo.
Él asiente, poco convencido. El asunto con Paula trajo más vueltas, y Julia lo vivía con silenciosa ansiedad, pero no se entrometió. Sabía que los hijos necesitan su propio espacio para arreglarse solos. Lo supo tarde, pero lo supo.
El taller fue creciendo despacio. Al año logró clientas fijas, al año y medio llegaron los primeros encargos de vestidos de novia, difíciles pero bien pagados. Julia contrató a una ayudante, otra Elena no la anterior, joven, habilidosa, de carácter fuerte, pero encajaron bien. Trabajaban con complicidad de gestos.
Teresa a veces venía, tomaban té entre patrones e hilos, hablaban de lo importante en la vida de mujeres de cincuenta: salud, hijos, prioridades. Un día Teresa dijo:
¿Sabes por qué me gustas? Porque no tienes rabia.
Tengo enfado, a veces confiesa Julia.
Enfado, no rabia. La rabia destruye, el enfado pasa.
Julia lo piensa y está de acuerdo.
A los diecisiete, Clara decide que quiere ser diseñadora. No lo grita, no exige; simplemente un día puso sus bocetos ante su madre. Julia los revisó con calma, vio vida, errores, pero también talento.
Esto es lo tuyo le dijo.
¿No te molesta?
No. Es tu vocación, tú lo sabes mejor que yo.
Clara sonríe, cálida.
Mamá, has cambiado.
¿He cambiado?
Antes preguntabas: ¿Qué dirá papá? ¿Qué dirá la gente? Ahora no preguntas.
Julia observa a su hija.
Lo aprendí tarde.
No es tarde cierra la carpeta. Estás bien.
Es lo mejor que ha oído en años. Mejor que halagos o flores: estás bien, dicho sin filtro.
A Víctor apenas le ve. A veces recoge a los niños o trae algo olvidado. Su aspecto varía: algunos días mantiene el tipo, otros no. Sabe, por amigos, que Monolito tiene nueva dirección y Víctor ocupa ahora algún puesto intermedio. Es un descenso, sí. Pero Julia ya no le dedica ningún pensamiento. Tiene su vida.
El tercer verano tras el divorcio es bueno. Largo y cálido. El taller se traslada a un local más grande, ya son tres modistas. Julia por las noches se sienta en el balcón de su nuevo piso alquilado, otro cambio difícil pero necesario, toma té y mira el atardecer. No cada noche, pero cuando se permite ese rato, nota algo sencillo: está bien. No feliz al modo de los libros: bien. Tranquila. Cansada. Pero bien.
Ese otoño, él viene.
Lo ve a través del escaparate del taller, sentada con su café sobre un nuevo diseño. Víctor está ante la puerta, dudando. Julia nota el envejecimiento en él. No solo tiempo, sino otro desgaste, de quien ha perdido la seguridad. Hombros ligeramente caídos, el traje bueno, pero pasadito de moda.
Julia sale a recibirle.
Víctor le dice, pasa.
Se sientan en la salita del taller, la de atender clientas. Una mesita, dos sillas, un jarrón seco. Ella le sirve té.
¿Qué tal? pregunta él.
Bien responde. Mucho trabajo.
Me han dicho. Has salido adelante. La mira. Eres fuerte.
Ella no responde. Solo sostiene la taza con ambas manos.
Julia Él vacila. Quería decirte lo he pensado.
¿Lo has pensado?
Fui injusto. Mucho. Lo veo ahora.
Víctor.
No, déjame terminar. Alza la vista. Fuiste una buena esposa. Llevaste la casa. Cuidaste a los hijos. Yo no lo valoré. O sí, pero lo daba por hecho. Creía que era lo normal. Me equivoqué.
Julia le mira. A ese hombre maduro, algo gastado, ve en él al Víctor por el que se casó, al que la llamó tía, al que se quedó mirando la nada tras irse Elena. Todos son el mismo, eso lo sabe.
Te escucho le dice.
Pensé calla. No, es absurdo.
Dímelo.
Pensé que, tal vez No empezar de cero, no. Pero vernos. Hablar. Estoy solo, Julia. Completamente solo.
Silencio.
Julia deja la taza. Mira por la ventana: nubes grises, hojas en el suelo, una bici atada. Luego lo mira a él.
Víctor dice. No te guardo rencor. De verdad. Eso ya pasó. Me duelen los años, no tú. Haberlos perdido de esa manera. Eso.
Julia.
Déjame acabar lo dice suave, pero firme. No estás solo. Tienes a los hijos. Siempre los tendrás. No son menos tuyos por lo ocurrido. Pausa. Pero yo no puedo ser lo que has venido a buscar. No sé si buscas conversación, costumbre, o no sentirte solo. No puedo.
¿Por qué?
Lo piensa. No para herir, sino para ser precisa.
Porque, por fin, soy yo misma. No lo dice con dramatismo, solo como un hecho. Y ha costado mucho llegar hasta aquí. No quiero retroceder.
Él guarda silencio, mirando la taza intacta. Luego asiente. Solo una vez.
Lo entiendo.
Sé que lo entiendes.
¿Y los niños?
Con los niños estarás bien dice Julia. Eso es tu tarea ahora. Busca estar. Habla con ellos. Lucas lo ha pasado mal, pero está abierto. Solo tienes que venir de verdad.
Víctor se pone en pie. Se arregla la chaqueta; ese gesto de siempre, que ella conoce.
Te sienta bien el vestido dice de repente.
Julia baja la mirada. Ese día lleva otro, azul marino, cuello sencillo, hecho por ella el invierno pasado.
Gracias dice.
Él sale. Julia oye la puerta abrirse y cerrarse. Silencio.
Permanece unos minutos sentada. Hay tranquila frialdad en la sala, las flores secas, el té ya frío, sus bocetos en la mesa.
Luego se levanta, lava la taza, vuelve a su mesa, toma el lápiz y se inclina sobre un nuevo diseño.
Asoma Elena por la puerta.
Julia, la próxima clienta ya ha llegado.
Sí dice Julia. Dile que espere un minuto.
Elena asiente y cierra la puerta.







