Un compromiso por agenda
Inmaculada estaba sentada ante su escritorio, inmersa en las tareas de la oficina. Delante de ella reposaba una montaña de documentos: balances, facturas, albaranes de entrega. Los clasificaba con meticulosa atención en diferentes carpetas, comprobando números, anotando en su agenda. El despacho, bañado por los rayos del sol que jugaban entre las lamas de la persiana, respiraba quietud: solo de vez en cuando se filtraba el rumor sordo de alguna conversación proveniente de la sala anexa o el incesante repiqueteo de las teclas en alguna mesa vecina.
Fue entonces cuando el móvil dio un brinco con un tono agudo: la sobresaltó y, dejando los papeles a un lado, lo tomó del escritorio. En la pantalla aparecía Mamá. Inmaculada frunció el ceño, extrañada. Su madre siempre llamaba al anochecer, nunca tan temprano como las tres de la tarde. ¿Acaso habría ocurrido algo serio?
Deslizó el dedo y contestó.
Inma, hija, ¿puedes venir ahora? la voz de su madre sonaba inusualmente apremiante, una vibración nerviosa que Inmaculada captó al instante. Es muy importante.
Algo se tensó dentro de ella. Se enderezó en la silla, retiró los documentos, que ahora parecían estorbarla.
¿Qué ocurre? intentó sonar serena, aunque en su voz ya se colaba la inquietud. ¿Te encuentras mal?
No es nada de salud aclaró su madre con prisa, como si quisiera disipar de inmediato cualquier temor. Pero hace falta que vengas. Es urgente.
Durante un segundo, Inmaculada barajó mentalmente sus pendientes. El día aún estaba a medio terminar, pero el tono de su madre dejaba claro que rechazar no era una opción.
Vale, salgo en cuanto pueda dijo, mirando el viejo reloj del despacho. En una hora estoy allí.
Mejor si puedes venir antes la voz se hizo más bajita, crispada. Es que… tenemos gente esperando.
Esa frase quedó flotando: tenemos gente esperando. Inmaculada frunció el ceño. ¿Quiénes serían? Miles de posibilidades desde un asunto de herencia hasta alguna riña vecinal absurda le cruzaron por la cabeza, pero no insistió en que le explicara más por teléfono.
Guardó deprisa las cosas carpetas, agenda, el móvil y la cartera al bolso, se enfundó la chaqueta y fue hasta el despacho de su jefe. Antonio era comprensivo y la dejó ir sin más preguntas. Corriendo ya de camino al ascensor, abrió la app del taxi, marcó la dirección de sus padres y confirmó el viaje. Mientras esperaba, volvió a llamar a su madre para preguntarle si necesitaban algo, pero solo obtuvo un lacónico: Nada, solo ven.
En la acera, la ansiedad le corroía el estómago. Apenas llegó el taxi, subió y, de nuevo, no pudo evitar consultar el reloj cada poco. Fuera desfilaban los barrios de las afueras de Valladolid los edificios de ladrillo, el resplandor chillón de algún cartel de frutería, el soplo verde de plazas sembradas de chopos. Pero Inmaculada apenas veía nada: dentro de su cabeza la inquietud era un vendaval.
¿Habrían despedido a su madre de la farmacia? ¿Habría pasado algo con tía Amparo? Quizá era algo de algún primo lejano. Nada le parecía suficiente para la urgencia de esa llamada.
Tras cuarenta minutos, el taxi la dejó ante el portal. Inmaculada pagó quince euros y unos céntimos, y subió las escaleras de dos en dos. Cuando iba a sacar su llavero, la puerta del piso se abrió antes de que llegara a meterle el metal a la cerradura.
¡Por fin! la madre la agarró del brazo y la arrastró dentro a toda prisa. Ven, corre.
Nada más cruzar el umbral, un olor a bollos de vainilla recién horneados la asaltó, un aroma que siempre había significado fiesta, cumpleaños o buenas noticias, nunca prisas ni tensión.
Con gesto desconfiado, se descalzó y avanzó hacia el salón.
¿Mamá, pero qué pasa? preguntó desde el marco de la puerta.
Y se quedó clavada. Sentados a la mesa, sobre un mantel blanco, estaban Tomás y tía Amparo. Tomás el hijo de la mejor amiga de su madre; aquel chaval al que, desde los seis años, Inmaculada llamaba para sí “el empanao”, sonreía con torpeza, retorciéndose el cuello de la camisa como si le apretara. A su lado, tía Amparo relucía como si estuviera en una boda, feliz hasta el rubor.
Hola, Inma intentó mostrarse seguro él al ponerse de pie. Cuánto tiempo.
Sí, años… y otros tantos podían pasar soltó ella, cruzándose de brazos, intentando parecer impasible. Mamá, ¿para esto era tanta prisa?
La madre ni se inmutó. Acomodó el mantel, después una servilleta, luego volvió al mantel, visiblemente nerviosa.
Cariño, lo hemos hablado Amparo y yo… Os conocéis desde pequeños, sois independientes, estáis ya en edad
¿Y? la miró Inmaculada fijamente, cada vez más incrédula. ¿Eso qué tiene que ver conmigo? Mamá, he dejado mi trabajo a medias, me fui del despacho, ¿y todo para esto?
Intervino entonces tía Amparo, sonriente:
Mi Tomás ha madurado mucho, tiene trabajo fijo en la Junta, ya vive solo… Muy formal, todo muy de ley.
Solo queríamos que charlarais tranquilamente finalmente la madre la miró, pero evitando sus ojos. Para que os conozcáis mejor.
A Inmaculada le ardió la sangre. Otra vez el método de toda la vida: empujarla en brazos del chico correcto, como si no supiese ella bien lo que quería o no quería para su propia vida. Intentó ser diplomática, pero la contención le duró poco.
Mamá, agradezco que te preocupes por mi vida. Pero decido yo. No me lo puedes organizar.
Tomás rojo como un tomate intentó suavizar:
Inma, mujer, tampoco hace falta ponerse así. Solo charlar, ¿no? Siempre me pareciste maja. Y… bueno, también tengo mi encanto, supongo.
¿De verdad quieres hacer esto? le espetó sin apartar la vista. Nunca has sido mi tipo. No voy a fingir que podríamos tener algo más allá de decirnos hola si nos cruzamos.
Tomás apartó la mirada y se restregó el cuello como si le faltara el aire.
No perdemos nada intentándolo… Yo sí tengo interés, de verdad, me gustaría que lo intentáramos.
Inmaculada cerró los ojos un segundo.
Tomás, eres buen tipo, de verdad. Responsable, estás asentado. Pero esto… No se siente así de la noche a la mañana ni porque lo decidan otros.
Poco a poco, toda la rigidez del disgusto empezó a dejarla. Aquello era un disparate.
Me marcho se colgó el bolso al hombro. Lo siento, mamá, pero prefiero hablar claro a fingir que esto me importa lo más mínimo.
¡Inma! su madre intentó frenarla, tendiéndole la mano. Por favor, no te enfades, solo queríamos lo mejor para ti…
No, mamá, hablemos luego. Cuando estés lista para escucharme y no para ponerme una función. Tengo que regresar al trabajo. Y por favor, no vuelvas a hacer esto: me has tenido angustiada.
Salió del portal antes siquiera de que terminaran de llamarla. La calle olía a tierra húmeda; había dejado de llover hacía unas horas y el aire fresco parecía lavar la rabia.
¿Por qué su madre no podía entenderlo? ¿Por qué intentar siempre emparejarla? Inmaculada lo tuvo claro desde pequeña: nunca querría a alguien como Tomás, tan inseguro, tan dependiente de su madre. No importaba su trabajo ni sus planes de pensiones. Lo suyo era buscar a alguien capaz de tomar las riendas, de mirar de frente y no aguardar órdenes de su propia madre.
Torciendo hacia la plaza del Viejo Coso, se perdió entre bancos embarrados, charcos, niños corriendo, abuelas compartiendo chismes al sol y parejas mayores en los bancos. Trató de no mojar las zapatillas. De nuevo el móvil vibró: Mamá.
Inma, ¿por qué te has marchado así? la voz de la madre sonaba dolida, casi lastimada por aquel portazo invisible. Iba a ser solo una charla…
Mamá, no puedo salir con Tomás solo porque vosotras lleváis toda la vida de amigas respondió tranquila, caminando despacio. Esto es algo serio. No puede decidirse como quien decide ir al cine.
Nadie te obliga a casarte… replicó la madre, subiendo el tono. Solo charlar, nada más. Es buen chaval, tiene estudios, trabaja, no sale de copas. Un marido como Dios manda…
Sí, bueno, si ese es el objetivo. Pero mamá, eso no es suficiente.
¿Y entonces, qué es suficiente? ahora la voz sonaba cansada, como de haberlo discutido mil veces. Llevas tres años sin pareja, no sales, no se te conoce novio. ¿A qué esperas?
No espero se sentó en un banco. Simplemente no quiero a cualquiera porque toca según vuestra agenda. Si surge, perfecto, pero que sea elección mía.
¿Y tu elección es trabajar todo el día, cenar sola con la tele y no ver a nadie más que tus compañeros? la madre mordía las palabras, amarga. Yo solo quiero que seas feliz.
Y yo ya lo soy. O al menos, lo intento. Me gusta la vida que tengo y la persona que soy, aunque a veces parezca que no a todo el mundo y se quedó mirando cómo un niño intentaba hacer flotar un barquito en un charco. Mi felicidad no pasa por estar con el primero que pasa.
En la línea hubo un largo silencio, de fondo el zumbido de electrodomésticos.
Vale, lo siento si te he presionado la madre hablaba apenas en susurros. Solo me da miedo que algún día estés sola, cuando yo ya no esté.
Lo entiendo, de verdad. Y te lo agradezco. Pero, por favor, no me montes más andamios. ¿Sabes los mundos que me hice antes de llegar?
Prometido la notó sonreír, aliviada. Eso sí, si algún día conoces a alguien de esos, avísame la primera, ¿eh?
Eso está hecho Inmaculada se levantó, arreglando el bolso. Ahora tengo que irme. Un beso.
Cuídate mucho, hija.
Colgó y levantó la vista hacia un cielo abierto: las nubes se apartaban, dejando ver una franja azul y transparente. Los últimos rayos dorados pintaban las cornisas y los tejados antiguos mientras el murmullo de la ciudad unas risas de chicas que cruzaban la acera, el ladrido de un perro persiguiendo a su dueño componían una vida tan normal y ajena al drama doméstico que estuvo a punto de reír. Se preguntó por qué tanta gente gasta energías ajustando las vidas de los demás a esquemas que no les pertenecen.
Pasaron los días. Inmaculada se sumergió en el ritmo agotador de la agencia, volcada en preparar un nuevo proyecto. Salía con el alba y volvía de noche, solo le daban tregua los breves recesos para un té y un pincho en la cocina de la oficina.
Sin embargo, al volver a casa, cuando el edificio dormía y las farolas parpadeaban en la calle, las escenas del compromiso programado regresaban como un martilleo. Recordaba la decepción de su madre, la sonrisa forzada de Tomás, la esperanza ingenua de tía Amparo. No sentía culpa, pero sí una punzada de amargura: si al menos su madre la entendiera sin que tuviera que alzar la voz.
El viernes, repasando el correo, leyó la invitación de Marcos, un compañero del trabajo: celebraba su cumpleaños en un bar cerca de la Catedral. Habrá gente genial, música, buen ambiente. Vente, que desconectas. Dudó: ¿abriría por fin la rutina y el cansancio? Pues ¿por qué no?. Tecleó un Allí estaré.
La fiesta era en uno de esos bares con ladrillo visto y muebles de madera; pequeño, pero con encanto: fotos en blanco y negro, lámparas viejas, cojines de colores junto a las ventanas. Inmaculada llegó cuando ya el local bullía, un aroma cálido de café y canela llenaba el aire, y entre las conversaciones flotaba un jazz suave.
Reconoció a Marcos, que la saludó con un abrazo y la recibió con entusiasmo. Tras intercambiar un par de palabras, la llevó hacia un rincón junto al ventanal.
Ve allí, que te van a caer bien. En cuanto pueda, me uno le dijo.
Ella cogió una copa de mosto que le ofrecía un camarero y se acercó a la mesa, donde los presentes compartían anécdotas. Se sentó, saludó sonriente y poco a poco, se dejó contagiar por la risa ajena.
¡Hola! un chico de sonrisa franca se le acercó, sentándose a su lado. ¿Tú eres Inmaculada, la de proyectos? Yo soy Lucas, del departamento de analítica.
Sí, esa misma le devolvió la sonrisa. Encantada.
Te vi en aquella reunión con GlobalCom dijo él, cordial. Yo colaboré con los datos. Hacía los modelos de riesgos para vuestro tema.
Empezaron a hablar y la charla se fue animando: Lucas sabía mucho del trabajo, pero, sobre todo, era divertido, escuchaba, preguntaba lo justo y medía sus bromas para arrancar carcajadas. Sin quererlo, Inmaculada se sorprendió sintiéndose cómoda, soltándose con él más de lo habitual.
Más tarde, el local se fue llenando aún más y la mesa de al lado rompió en una risa colectiva escandalosa. Lucas le señaló la puerta con la barbilla:
¿Salimos a respirar un poco? Aquí dentro ya no se os oye.
Asintió. Fuera, la noche era limpia, con un fondo de ciudad quieto y lejanas estrellas titilando encima. Se apoyaron en una barandilla, viendo pasar a la gente por la acera.
¿Y en tu tiempo libre, qué haces? quiso saber él.
Leo, paseo Cuando puedo, cine. Poco más: a veces me gustaría viajar, pero la oficina me absorbe casi todo el año. ¿Y tú?
Yo sí viajo mucho, suelo hacer alguna escapada cuando puedo. El año pasado estuve en Salamanca, por ejemplo: la Plaza Mayor por la noche es mágica.
¡Adoro Salamanca! se animó ella, y él empezó a contarle historias y estampas de calles empedradas, de tapeo y viejas librerías.
¿Dónde te gusta a ti desconectar? preguntó Lucas.
Donde esté el mar La brisa, el olor a sal, las olas contestó, evocando el último verano en las Rías Baixas. Lástima que no pueda escaparme más.
Eso hay que arreglarlo guiñó Lucas, con ligereza. El próximo verano vamos juntos, ¿qué te parece?
Inmaculada quedó un segundo sin saber qué responder, después sonrió de verdad:
¡Vaya propuesta!
Yo soy muy directo Lucas no se cortó en su franqueza. Me gustas. Así de simple. Me gustaría conocerte mejor.
En sus ojos había solo ilusión y sinceridad, sin asomo de prisa ni disfraz de galanteo. Ella asintió, soltando al fin el peso de la costumbre.
Vale, pero con calma.
Como tú digas. ¿Un café mañana?
Perfecto.
Al regresar tarde esa noche a casa, aún con la chaqueta colgada al brazo, sonó el móvil. Mamá. Esta vez, Inmaculada contestó sin titubeos.
¿Inma, qué tal? preguntó su madre, ahora con una voz suave, dubitativa.
Bien, mamá. Fui al cumpleaños de un compañero y conocí a alguien.
Hubo un silencio de sorpresa.
¿Y quién es? Cuéntame…
Lucas, buen chico. Hoy he estado bien, de verdad. Y lo mejor: no ha hecho falta que venga la madre a la cita rió Inmaculada, y su madre la siguió en la risa, ahora de alivio.
Me alegro por ti, de veras. Parece que me preocupaba por nada
No, te preocupabas porque me quieres se ablandó Inmaculada. Pero ya puedes descansar tranquila: yo también aprendo a buscar lo mío, a mi modo.
Vale, mi niña. Te quiero.
Y yo mamá.
Colgó y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá, mirando las luces parpadeantes de Valladolid que entraban por la ventana. El murmullo lejano de la ciudad, la brisa entrando por una rendija, la sensación renovada de que, al fin, todo podía ir fluyendo sin que nadie lo dictara ni lo forzara.
No sabía qué sería de ese café, ni a qué camino la llevaría ese encuentro. Pero esa noche, mientras la ciudad seguía palpitando tras el cristal, Inmaculada volvió a respirar tranquila y supo, por fin, permitirse hacer, simplemente, lo que sentía.







