¡Ese gato es el mismísimo demonio, Rosalía! ¡Hay que deshacernos de él! soltó Jacinta, frunciendo la nariz mientras miraba al gato anaranjado de oreja rota que se restregaba a los pies de su hermana.
¡Pero bueno, Jacinta, qué cosas dices! exclamó Rosalía, alarmada. ¡Que es un ser vivo!
¿Un ser? Sí, ¡eso es seguro! Fíjate que para mí es la mejor definición. ¿No crees, Rosalía, que ese bicho abusa demasiado de confianza?
El gato, como si quisiera confirmar lo que decía la visita, bufó, arqueando el lomo y se movió de lado, caminando en plan de guerra hacia la intrusa.
¿Ves? Jacinta le señaló al animal, retrocediendo con cierto temor. ¡¿No te lo decía?!
Rosalía suspiró y llamó a su defensor:
Artista, cariño, ya está, no pasa nada.
El gato giró la cabeza, miró a Rosalía y, de pronto, se calmó. Se volvió a acomodar a los pies de ella, rozándole la pierna dolorida antes de sentarse, dejando claro que seguía alerta por si acaso.
¡Vaya pieza! farfulló Jacinta mientras rodeaba al gato con desconfianza. ¡Y tú todavía le tienes cariño!
Alguien tiene que hacerlo, ¿no? suspiró Rosalía.
Artista apareció en la vida de Rosalía hacía ya tres años, en una época oscura y difícil para ella. Acababa de perder a su marido y, sin poder siquiera despedirse, falleció su único hijo. Rosalía se quedó sola, salvo por su hermana y un par de conocidas. Amigas, lo que se dice amigas, nunca había tenido.
Jacinta era su hermana mayor.
Desde pequeñas, sus padres repetían:
¡Jacintita es la mayor! ¡Es muy responsable! Todo lo puedes confiar en ella, que lo hará bien y a tiempo. Y Rosalía Rosalía es nuestro ángel, el consuelo de la casa, una niña milagro pero ¡qué despistada es! Eso sí que es un problema
Crecieron así: Jacinta la inteligente, la guapa, la estrella; Rosalía, el desastre, pero la favorita.
¿Por qué siempre te elogian los padres? ¡No lo entiendo! solía mosquearse Jacinta cuando Rosalía traía buenas notas a casa. ¡Sacar buenas calificaciones es lo normal! ¿Qué mérito tiene?
¡Pero yo no soy tan lista como tú, Jacinta! ¡Tú sacas sobresalientes, yo tengo de todo un poco!
¡Y aun así te felicitan! resoplaba Jacinta, mientras Rosalía sonreía para sí, procurando no crispar más a su hermana.
Al terminar el instituto con matrícula, Jacinta se fue a la universidad y casi dejó de pasarse por casa.
¿Qué tal, Jacintita? pescaba el momento Rosalía para recabar noticias sobre la vida de su hermana.
Pues bien. Faltan horas al día, eso sí. ¡Ojalá el día tuviera más tiempo!
¿Para estudiar?
¡Qué va! ¡Para la vida! ¿Cuándo voy a conocer un chico decente, si me paso el día corriendo arriba y abajo, pensando en la carrera?
Vaya Yo no había caído en eso
¿Tú? ¿Cuando piensas las cosas, pequeña? se reía Jacinta, sin valorar si hería a su hermana. Esas son cosas de adultos, no para niñas como tú.
Rosalía esquivaba la conversación y, con el tiempo, solo le quedaba alegrarse desde la sombra por los logros de su hermana, la eterna estrella.
Al acabar la carrera, Jacinta seguía sin pareja. Los chicos se apartaban de ella, asustados por su carácter y su lengua afilada. Ni los ruegos de la madre para que fuese más suave daban resultado.
Mamá, pero ¿qué quieres? ¿Que me convierta en una mujercita decimonónica sentada en un rincón murmurando al rincón, a la nariz, a punto fijo? ¡Qué tontería! Deja eso para Rosalía, que la pega más.
Hija mía, nadie te pide que cambies por completo. Un poquito más dulce, nada más Eso a los chicos les gusta.
¡Ay, mamá! ¿Y tú qué sabes de lo que le gusta a los chicos de ahora? ¡Déjalo ya!
A lo mejor tienes razón, Jacintita
Y cuando nadie lo esperaba, saltó la sorpresa: Rosalía, de la que todos opinaban que no valía para estudios superiores y mejor que aprendiese un oficio, presentó a su prometido.
Os presento a Pablo
Pablo conquistó a los padres al instante. Guapo, listo, talentoso, periodista empezando en la tele y ya haciendo ruido.
Lo mejor era que estaba locamente enamorado de Rosalía. Para su familia y Jacinta, Rosalía era una chica del montón que estudiaba formación profesional, pero para Pablo era la mujer perfecta.
A Rosalía siempre le gustó la moda y la costura, así que su vocación era ayudar a que la gente a su alrededor fuese más guapa y feliz.
Rosalía, ¿pero qué tontería es eso de costurera? Jacinta se quejaba del camino de su hermana.
Jacinta, yo no soy tan lista como tú. Pero coser una falda bonita o una blusa chula no lo hace cualquiera. Quiero que la gente esté alegre con lo que lleva puesto.
¡Pues vaya idea! Rosalía, tienes la cabeza hecha un lío.
¿Lío? ¡Mira, el vestido ese que te hice, creo que ha quedado fenomenal!
¿Para quién ha quedado bien?
¡Para ti! Para mí. Para todos. La gente te mira y dice: vaya, ¡qué guapa! ¿No está bien eso?
En fin Unos sueñan con llegar a la luna y mi hermana Ay, Rosalía.
Y ahí estaba otra vez: Rosalía encantada por vestir a su quisquillosa hermana, que nunca admitía el origen de sus vestidos, aunque luego los llevaba con orgullo. Rosalía inventaba patrones y cosía noches enteras para bordar las faldas de Jacinta, a quien no paraban de preguntar por la diseñadora.
Es un secreto.
Ah, ¿es de París o qué? ¿Tienes familia diplomática?
No pienso decirlo. ¡Es un misterio! No me preguntes y por dentro, Jacinta se sentía secreta y, por una vez, muy orgullosa de su hermana.
La llegada de Pablo a la vida de Rosalía fue una bofetada para Jacinta.
¿Cómo podía ser que su hermana, la poco agraciada, la que no era ni guapa ni lista ni universitaria, se casara antes que ella? ¡Imposible!
En la boda, Jacinta estuvo con el rostro de piedra. Quienes la conocían no entendían su actitud. Rosalía, en su precioso vestido hecho a mano, brillaba de tal manera que, por primera vez, la gente la miraba y la elogiaba.
¡Guapísima! Y su chico también. Hacen una pareja de cine. Que sean muy felices
Por primera vez en su vida, Jacinta probó el sabor de la envidia. Se le instaló en el corazón como un nido de avispas.
¿Hermana guapa y con novio de película? Perfecto ¡Tú, Jacinta, sigues sola y nadie se fija en ti!
¿Los padres solo piensan en nietos de su hija pequeña? ¡Pues a ti ni te va ni te viene! ¿Qué niños ni qué niños?
Rosalía brillaba como nunca y parecía que le había robado a Jacinta su propia luz. ¡Justicia poética! Para unos todo, para otros nada.
No terminó el banquete. Se escabulló y, en casa, lloró, abrazada a su almohada, maldiciendo su mala suerte.
En cuanto los padres regresaron, Jacinta ya estaba recompuesta.
¿Estás bien, hija?
Perfectamente, mamá, déjame tranquila.
Jacinta se casó medio año después, casi con el primero que se cruzó. Era mucho mayor que ella, con dos entradas y barriga, pero muy listo y captó rápido lo que Jacinta quería.
Puedo darte lo que buscas, pero será un acuerdo.
¿Condiciones?
Me das un hijo, quizá dos. Céntrate en tu carrera, yo me encargo de lo demás: niñera, asistenta, lo que pidas. Yo te garantizo fidelidad, no tendrás que preocuparte por mi salud ni mis devaneos. Solo te pido lo mismo: fidelidad absoluta. Quiero comida, orden y paz en casa. Sin discusiones y ambiente sereno, para que yo pueda concentrarme en mi trabajo. ¿Vale?
Jacinta no lo pensó demasiado:
Trato hecho.
Ese matrimonio de conveniencia, increíblemente, funcionó. Sin el amor empalagoso de Rosalía y Pablo, pero sí con mucha seguridad y tranquilidad.
Cumplió su parte: le dio un hijo y una hija, atendidos por niñera y con horarios milimétricos planificados por Jacinta para ser niños cultos y modélicos. Ella no tenía tiempo ni para criar: tesis, trabajo, eventos sociales donde siempre deslumbraba, ocultando el secreto de sus vestidos.
Rosalía, en cambio, sin prisas, cosía en casa durante los años difíciles de los noventa. Sus clientas se la pasaban de unas a otras, como un tesoro oculto.
Es una costurera de otro mundo, pero no acepta clientas nuevas. ¡Con las de siempre tiene más que bastante!
¿Tan buena es?
¡Increíble! ¿Has visto mi vestido rosa? Es suyo.
¡No me digas! ¡Pensé que era de diseñador!
Pues de algún lado tienen que empezar los grandes. ¡Ella llegará lejos, ya lo verás!
Entre sus clientas había desde señoras de nuevos ricos hasta diputadas. Rosalía vestía a media RTVE y a varias del Teatro Real, siempre evitando repetir modelo para no crear ningún escándalo.
Con el tiempo, Rosalía abrió su propio taller, algo pequeño al principio, pero pronto casi una boutique de moda, lugar de reuniones y cotilleos, o refugio discreto al margen.
El bajo de una antigua casona en Chamberí, que Jacinta ayudó a encontrar, quedó a medida: cómodo, bonito, calentito.
Jacinta compró la maquinaria y le prestó el dinero, ordenando a Rosalía no preocuparse por cuentas.
Ya me devolverás, tranquila.
Ver a su hermana levantar cabeza fue para Jacinta un bálsamo. Recordando cómo la había envidiado años atrás, ahora sentía remordimiento: ¿Y si por mi culpa casi se apaga la luz de Rosalía?
Sus propios hijos crecían sanos, pero el hijo único de Rosalía, por el que tanto suspiró, nació enfermo.
Lo llamaban Lucas, mi Solete. Jacinta adoptó el apodo y solo le llamaba así: Solete.
¡Lucas, rey mío! ¡Mi solecito! ¡Mira cuántos regalitos te he traído! saludaba Jacinta con alegría a su sobrino.
Lucas le devolvía la sonrisa más confiada del mundo, y Jacinta habría dado todo por regalarle la felicidad.
¡Jacinta, si quieres más a Lucas que a tus hijos! le decía Rosalía, viendo cómo el niño, poco dado a confiar, se deshacía con su tía. ¡Te estaba esperando!
Era solo en parte verdad, pero Rosalía necesitaba creer que su hijo estaba bien
Jacinta, consciente del peso que su hermana cargaba, la ayudó a buscar cuidadora y a montar el taller.
Tienes que trabajar, Rosalía, te hace falta. A Pablo no le ves casi nunca, siempre está fuera. ¿Qué vas a hacer, esperar en casa?
Es que Lucas
El local es amplio, monta una zona de juegos allí mismo. Contrata personal, y yo busco a la niñera. Así mandas y tienes a Lucas cerca.
Ay, hermana, ¿qué haría yo sin ti?
¡Pues para eso estamos las hermanas! Anda, déjame ya, que me vas a hacer llorar, y tengo una reunión y me he arreglado un buen rato.
Así iban tirando.
Jacinta vigilaba la salud de hermana y sobrino, buscaba médicos, terapias Lucas era delicado de salud. El corazón, los órganos siempre algo.
Jacinta, ¿qué he hecho mal? lloraba Rosalía cuando estaban solas. ¿Por qué mi hijo tiene que pasar por todo esto?
¡Nada, mi niña! Es cosa del destino, si quieres. Una mala jugada de la vida, pero saldremos adelante. Lucas quizá nunca esté sano, no nos hagamos ilusiones, pero que sea tranquilo y querido, eso sí. Es lo que podemos darle: familia, calor, cariño. ¿Me equivoco?
Supongo que no
Pues a por ello, ¡y nada de lágrimas! He encontrado otro neurólogo, dicen que es la estrella de Madrid. La lista de espera es un numerito, pero eso no importa. Ya he apuntado a Lucas, veremos qué tal.
Jacinta
¡Ni una palabra más! Sirve el té y un bocata, que no he comido nada desde el desayuno.
El marido de Jacinta aceptaba con naturalidad el cariño a su sobrino.
Qué pena no poder hacer nada más por ese niño. Sé que harías cualquier locura para ayudarle. Si necesitas algo, dímelo.
Para Jacinta, sabiendo cómo era él, esas palabras significaban mucho. Había comprendido que su amor por su marido era ya maduro, sereno y firme, nada que ver con la pasión de juventud.
Pasaban los años: hijos creciendo, padres envejeciendo y entre hermanas ya no cabían los celos.
¿Con quién sino compartir las penas?
También Rosalía ayudó a Jacinta. Cuando supo que su cuñado tenía problemas en el trabajo, pidió ayuda a Pablo, que investigó hasta aclararlo todo. No fue fácil, y por poco no le costó muy caro. Al final, Jacinta resumió su agradecimiento:
No sabes lo que Pablo y tú habéis hecho por mí. Mientras yo viva, a ti y a tu familia nunca les faltará de nada.
Y cumplió su palabra.
Jacinta estuvo al lado de su hermana cuando Pablo enfermó y después, cuando fue apagándose despacio.
¿Por qué? ¿Por qué se va tan joven?
Apoyadas una en la otra, Jacinta ayudó a Rosalía a soportar la pérdida, recordándole cada día que tenía que seguir adelante por Lucas.
Y entonces, llegó el golpe definitivo. El corazón de Lucas, el pequeño Solete, se apagó para siempre. Madres y tías, hechas una sola, aguantaron el tipo delante de los médicos. Al salir de la clínica, olvidaron el coche y, de la mano, cruzaron medio Madrid sin hablar.
La camiseta amarilla y las zapatillas rojas
Sí
No hacía falta decir nada más. Se despidieron de Lucas tal como a él le habría gustado.
Tras la muerte de su hijo, Rosalía se apagó. Trabajaba casi en piloto automático, delegando todo en sus empleadas. A veces, Jacinta pasaba por el taller y la encontraba cabizbaja, incapaz de garabatear siquiera un boceto.
Rosalía
Dame un momento, estoy cansada alzó la mirada, en sus ojos ni rastro de alegría.
Así no puedes seguir.
Ahora ya me da igual, Jacinta. De verdad ahora ya no cuenta nada.
El punto de inflexión llegó el día en que entró aquel gato al taller.
Nadie supo de dónde salió. Desastrado, sucio, una oreja rasgada. Nadie en Chamberí recordaba haber visto gatos por la calle tanto, pero aquel se coló por la puerta.
Intentaron echarlo.
¡Fuera, anda!
Así que el gato hizo lo único que podía: se tumbó en el escalón más alto de la entrada, colgó las patas y la cabeza, fingiendo estar moribundo. Así lo encontró Rosalía ese día, cuando llegó más tarde de lo habitual.
¿Pero qué es eso? preguntó, mirando divertida cómo el gato interpretaba su papel.
Es un gato, doña Rosalía. Se ha echado ahí y no hay quien lo mueva.
¿Pero está vivo? lo tocó suavemente con el zapato.
El gato, a ese gesto, abrió un ojo, suspiró casi humanamente y sacó la lengua, en plan Me estoy muriendo, ¡una semanita ya, por lo menos! Sin nombre, sin comida ¡Vaya con la gente de hoy!
Por primera vez en mucho tiempo, Rosalía se rió de verdad.
¡Qué Artista, el tío! Chicas, ¡mirad cómo se las apaña! ¡Si hasta el propio Bardem se muere de envidia! Bueno, ven, venga, te has ganado una comida y unos mimos.
Lo recogió del escalón, le echó un vistazo y sacudió la cabeza.
¡Al veterinario, no hay más!, que esa oreja tuya me da un susto y lo demás también.
El gato no se resistió. Viajó tranquilo en el asiento del copiloto, solo se quejó cuando la inyección dolió. Aceptó el paté de premio y caminó con dignidad tras su nueva dueña, saliendo de la clínica.
Bueno Yo nunca he tenido gato. ¿Cómo nos vamos a entender, Artista?
Él se quedó tan tranquilo, mirando el tráfico rodado como una esfinge, y Rosalía volvió a sonreír.
Bien, bien, lo veremos Ahora, falta que Jacinta te apruebe.
Claro que Jacinta no lo aprobó. Al menos en apariencia. Se quejaba, pero vigilaba de cerca cómo cambiaban los ojos de Rosalía cuando el gato estaba cerca. Volvía a ver el brillo antiguo, la chispa, el interés.
Rosalía, ese gato te mira raro.
Déjalo, Jacinta. Hace años que nadie me mira así.
¿Cómo así?
Con cariño.
¡Es un pillo! ¡Te miente!
Pues que lo haga. Al menos me calienta los pies por las noches y ve la tele conmigo. ¿Sabes? Se pone a mirar la pantalla como si entendiese.
Te lo has buscado por ponerle ese nombre. ¿Qué es eso de Artista para un gato? Tendría que ser Misifú o León
¡Pero si le pega! se reía Rosalía, y a Jacinta se le ablandaba el corazón.
Por fin Rosalía volvía a sonreír, y Jacinta le perdonaba al gato cualquier travesura.
Hasta que el día en que casi pierde a su hermana.
Fue en sábado. No habían quedado, pero Jacinta pasaba cerca y se le ocurrió asomarse por el taller, como por intuición. Desde que Artista apareció, Rosalía volvía a trabajar con ilusión y las clientas la buscaban más que nunca.
Vio la luz encendida y entró con sus propias llaves.
¡Rosalía, Rosaliita! ¡He venido!
Un relámpago naranja se le cruzó entre las piernas y Jacinta chilló al notar las uñas del gato rasgándole las medias.
¡Artista, te has vuelto loco! ¿Qué haces?
El gato parecía alterado. Jacinta reculó, alarmada por la intensidad de sus ojos.
¡Dios, que parece rabioso!
Agarró una regla de costura y se dispuso a defenderse, pero entonces el gato maulló tan lastimosamente y empezó a ir de Jacinta a la puerta de la antigua habitación de Lucas, que Rosalía nunca había podido transformar en otro taller.
¿Qué pasa? susurró Jacinta. ¿Dónde está Rosalía?
Corrió a la puerta, ignorando al gato, y se quedó helada al ver a su hermana en el suelo con una foto de Lucas entre las manos.
¡Rosalía!
Ambulancia. Hospital. Rosalía en reanimación un día entero
Jacinta recorría los pasillos sin poder dejar de pensar. Solo le salía suplicar.
¡No me la quites! ¡Déjamela! ¡Que viva!
Luego se enteró de que, mientras la mantenían en cuidados intensivos, las ayudantas encerraron a Artista en otra sala. Allí maulló de manera sobrecogedora hasta que Rosalía abrió los ojos, momento en que el gato se quedó tranquilo, ovillado, bebiendo solo un poco de agua.
A Rosalía la dieron de alta a las tres semanas.
Jacinta, primero a la tienda.
¿Pero para qué? Te llevo yo a ese bicho
No, quiero verlo nada más llegar.
Subió trabajosamente la escalera, y todo el mundo se rió al ver al gato como una llama naranja saltando hacia ella, enroscándose y ronroneando tan alto que ni Jacinta pudo contenerse:
¡Ay, Artista!
Rosalía lo cogió, acarició su oreja ya curada y confesó:
Él me llamaba, Jacinta. Lo oí, primero a él, luego a ti. Y también allí dentro, en el hospital.
¿Cómo qué lo oías?
No te sé explicar. Oía la voz de Pablo, luego la de Lucas pero la que más fuerte sonaba era la de Artista. Y, después, la tuya
Es muy raro
Artista sí lo entendía. Tocó con su pata la barbilla de Rosalía, miró a Jacinta y se ovilló en el regazo de su dueña, completamente en paz.
Creo que el gato me acaba de dar su aprobado sonrió Jacinta, sin saber en qué. Pero me ha aceptado
Artista abrirá un solo ojo, te lanzará un destello verde y ronroneará fuerte, espantando las penas, prometiendo calma. Y Rosalía volverá a sonreír, para alegría de su hermana.
Porque, al final, ¿qué necesita una persona? Tener a los suyos cerca y la paz en el alma.
Tan poco tan mucho.







