Mi ex apareció diciendo ser padre
La vi antes de que pudiera decir palabra.
Siete años. Siete años durante los cuales, a ratos, imaginé cómo podría suceder ese reencuentro, si llegaba a pasar. Varié los escenarios. En unos lloraba. En otros le decía algo tan certero y directo que le dejaría herido. Pero ahora, cuando Tomás Villaverde estaba sentado en una esquina de mi restaurante y me observaba con esa expresión de quien ha ensayado largo tiempo la escena, no sentí nada de lo esperado. Solo una ligera molestia, como un mosquito inoportuno en verano.
Me acerqué a la mesa. No porque quisiera, sino porque aquel era mi restaurante. O mejor dicho, mi proyecto, mi trabajo, mi nombre en la fachada como logotipo del estudio “Severina y socios”. Y no iba a irme de mi propio terreno.
María, dijo al levantarse. Estás… increíble.
Tomás, respondí sin aspavientos. ¿Ya has pedido algo?
He venido a hablar contigo.
Los camareros aquí tienen dieciocho años mínimo, le corté. Tienes tiempo para hablar hasta que te traigan la carta.
Me senté. No porque quisiera escucharlo, sino porque quedarme de pie ante él sería demasiado teatral, y hace mucho dejé de disfrutar del teatro.
Así empezó todo. O mejor, así acabó. Pero para entender por qué aquella noche miraba a Tomás Villaverde con la misma indiferencia con la que examinas una pared desconchada, hace falta volver atrás. No demasiado, siete años y tres meses.
Por entonces era simplemente María. María Téllez, veintiséis años, diseñadora autodidacta a media jornada en una pequeña constructora. Hacía bocetos de pisos que después retocaban sus colegas con más experiencia, y con ello ganaba apenas para alquilar una habitación en Madrid, y comer sencillo. Pero tenía a Tomás. Tomás Villaverde, treinta y un años, gerente en una promotora, guapo con esa seguridad que con el tiempo se vuelve virtud o simple apariencia vacía. Yo creía lo primero.
Habíamos salido juntos dos años. Yo pensaba que iba en serio.
Aquella noche de octubre le llamé con buenas noticias, eso creía. La voz me temblaba de nervios, apretando el teléfono, mirando la calle húmeda por la ventana.
Tomás, tengo que decirte algo.
Dime, te escucho.
Estoy embarazada.
La pausa no fue de sorpresa feliz, sino de quien busca salir del apuro.
María, no sé… Tengo que pensarlo.
Vale, cedí. Incluso entonces noté que algo en mí se encogía, pero aparté el sentimiento.
Pensó dos días. El tercero vino con sus cosas, las pocas que dejaba en mi cuarto. Dejó la bolsa en la entrada, sin pasar.
No estoy preparado para esto. Sabes que es una etapa complicada. No puedo asumir tal responsabilidad.
¿Qué etapa complicada, Tomás? pregunté en voz baja.
Por favor, no lo hagas más difícil.
No respondí. Le miré sabiendo que durante esos dos años había querido a una persona que no existía. Solo una máscara. Un decorado.
Un mes después, conocidos en común me contaron que Tomás salía con Claudia Gascón. Claudia Gascón, treinta y cinco, dueña de una cadena de salones de belleza, piso junto al Retiro, coche último modelo, costumbre de buenos restaurantes. Lo supe en la pausa del mediodía, frente a mi táper de lentejas. Y no sentí nada. Ya no podía sentir.
Fue un invierno durísimo. Me quedé sin ingresos estables. La empresa redujo mi jornada aún más. Los clientes que buscaba por mi cuenta apenas respondían. Ajusté todos los gastos, pasé a una habitación aún más pequeña. Y el embarazo iba mal. El médico hablaba de riesgo, me pedía reposar, pero el reposo exigía calma, y la calma cuesta dinero que faltaba.
En febrero, en la semana treinta y dos, tuve que ir en ambulancia. Algo no fue bien. Recuerdo poco de esas horas, solo techos blancos y la sensación de perder pie. Antonio nació prematuro, poco más de kilo y medio. Se lo llevaron enseguida. No oí su llanto.
Durante dos semanas iba todos los días frente a la cristalera de neonatos a mirar a esa cosita en su caja con tubos. Jamás dos semanas se me hicieron tan largas. No por lo duro, sino porque cada día me hacía la misma promesa sencilla y sin adornos: Si Antonio sobrevive, me convertiré en otra persona. No mejor ni peor, solo alguien distinto. Aprenderé a sostenerme.
Antonio sobrevivió.
Cuando por fin me lo pusieron en brazos, envuelto en manta hospitalaria, caliente y diminuto, no lloré. Solo pensé: ya está. Empieza otra vida.
El primer año apenas lo recuerdo. Era solo rutina. Alimentar, cambiar, dormir tres horas, levantarse, abrir el portátil, dibujar otro plano, mandar otra propuesta comercial, recibir el enésimo no, volver a intentarlo. Antonio dormía en mis brazos, aprendí a dibujar con una mano.
Aceptaba cualquier encargo. Redistribuciones de baño por treinta euros. Paletas de color para cocinas ajenas. Repartos de muebles vía foto. Al principio me humillaba, luego ya no era importante. Solo me importaba hacerlo bien, lo justo para que el cliente volviera o recomendara.
Al final del primer año tenía ya una veintena de clientes fijos, pequeños pero estables. Aprendí a distinguir lo que la gente realmente quería, a leer entre líneas sus peticiones. Si uno decía quiero algo moderno, muchas veces quería quiero que los vecinos vean que he triunfado. Cuando pedía funcionalidad, significaba no tengo dinero de sobra, pero me da apuro decirlo. A leer así a las personas me ayudó mucho.
En el segundo año, me alquilé un puesto en un coworking. No porque pudiera, sino porque trabajar en el piso, con Antonio, y dar imagen profesional era imposible. Allí conocí a Pedro Luis Somoza, cincuentón, empresario de rehabilitación, acostumbrado a restaurar edificios antiguos en Madrid y darles nuevos usos. Observador, callado, con esa mirada inquisitiva.
Nos encontramos por casualidad. Yo batallaba con la impresora atascada, largo rato, con paciencia.
Tienes paciencia, dijo.
No, solo sé que el drama no arregla la máquina.
Sonrió, tendió su mano.
Somoza. Pedro Luis.
Téllez. María.
¿Qué proyectas?
Le mostré el plano. Loft complicado en una finca vieja, redistribución difícil. Lo estudió un rato.
¿Sabes que las paredes maestras se han tocado sin estudio?
No sabía si había estudio. Es un encargo de remate.
¿Trabajas por tu cuenta?
Desde hace casi dos años.
¿Estudios?
Arquitectura, sin acabar.
No preguntó por qué la dejé.
Tengo un encargo, dijo. Pequeño. Una casa de indianos junto a la Gran Vía. La quiero transformar para despachos, sala común y cafetería. Los míos hicieron un anteproyecto, pero no me convence. Muy genérico.
Puedo echar un ojo.
Ven el viernes, te doy la dirección.
Fui. Vi el local. Viejo, complicado, techos irregulares, vigas y detalles de madera que había que respetar. Los arquitectos anteriores lo habían obviado todo, intentando meter soluciones tipo en espacio atípico.
Pasé allí dos horas, midiendo y fotografiando todo. Pedro hallaba a mi lado, callado.
No se puede hacer igual que siempre, dije.
Lo sé.
Si somos honestos, hay que aprovechar lo que hay. Las vigas, las ventanas viejas. No cubrir, sino mostrar.
¿Saldrá más caro?
No, solo es otro planteamiento.
Hazme la propuesta.
¿Cuánto tiempo?
El que necesites.
La hice en una semana. Porque la veía muy clara. A veces, el espacio mismo te da la respuesta.
Somoza la examinó largo rato y luego me miró.
¿De dónde te sale esto?
¿Qué?
Aquí, has dejado la fábrica de ladrillo original visible en la cafetería. Nadie de mi equipo pensó en eso.
Es bonita. ¿Para qué tapar lo bonito?
Asintió, despacio.
Te contrato para esto. Honorarios completos, contrato oficial. Si el resultado me gusta, habrá más proyectos.
Y le gustó.
Trabajamos juntos tres años en cinco inmuebles más. A la vez, conservé mis clientes. Antonio crecía. Contraté una niñera unas horas, luego colegio infantil, cambié mi cuarto por un pequeño piso, luego uno mejor. Compré una mesa de trabajo de verdad.
Pedro Luis jamás daba consejos a menos que se los pidieras. Si lo hacías, acertaba. Sabía cómo funcionaba el sector, los clientes, los contratistas, las comunidades. De él aprendí no solo a proyectar, sino a entender el negocio y el mercado.
Pedro, le pregunté una tarde mientras tomábamos café tras entregar un local. ¿Por qué me diste la oportunidad? No era nadie.
No eras nadie, corrigió. Eres la que peleó treinta minutos con la impresora sin drama y después me enseñó un plano hecho pensando.
¿Eso basta?
A mí me basta.
Ese diálogo me cambió. No porque me hiciera sentir orgullosa, sino porque se instaló en esa parte del alma que aprende el propio valor. No orgullo, sino conciencia tranquila y lúcida.
El quinto año de Antonio registré mi estudio. “Severina y socios”, aunque socios apenas tenía. El apellido lo adapté del de mi madre, Severina. No para esconder el pasado, sino para indicar que empezaba algo solo mío.
El primer año fue complicado. Contraté gente y me equivoqué con algunos. Analizaba siempre qué había fallado y seguía. Pedro a veces me daba consejos de gestión. Nunca los imponía.
Entre nosotros fue surgiendo algo, despacio, sin sobresaltos ni grandes escenas. Nada de miradas en plan película, ni emociones melodramáticas. Más bien una confianza creciente, una zona en que se podía estar. Cuando Antonio enfermaba y yo no podía ir, Pedro venía con los papeles sin protesta.
Una noche, nos quedamos trabajando hasta tarde con el presupuesto de una obra difícil. Antonio dormía en la otra habitación. Sobre la mesa, restos de café.
¿No te aburro? pregunté.
¿A ti?
En general. Siempre eres tan tranquilo…
Se aburre quien no tiene nada importante que hacer, respondió. Yo tengo.
Me refiero a… más allá del trabajo.
Sé a qué te refieres, respondió calmado. No, no me aburro.
No seguimos. Pero después de esa noche, algo quedó diferente entre los dos. Más claro, aunque sin prisas.
Cuando Antonio cumplió seis años, me dieron un encargo grande: un restaurante en la calle Mayor, en una casa histórica. El dueño, joven y cosmopolita, quería algo auténtico, ni vintage ni minimal, sino otra cosa. Le presenté mi concepto.
Es justo eso, dijo de inmediato. Exactamente.
El proyecto duró ocho meses. El más complejo que dirigí: protección patrimonial, ventilación especial, acústica difícil, plazos justos. Iba por allí casi cada día, viéndolo transformarse. El viejo edificio aceptando nueva vida, sin perder la propia.
El día de la apertura, fui por primera vez como una clienta. Elegí mesa, tomé agua. Observaba a los clientes, sin saber que ese detalle del techo sobre la barra lo cambié tres veces hasta encontrar el ángulo perfecto; ese tono de madera lo busqué dos meses; esa pared de ladrillo… la misma del primer trabajo con Pedro.
Sentí una calma profunda. No era júbilo ni orgullo. Era la satisfacción de quien hace lo que debe.
Allí, tres meses después, vi de nuevo a Tomás Villaverde.
¿Sabes cómo se llama el restaurante? le pregunté cuando el camarero se fue tras tomar nota.
Severina, respondió.
Justo.
Me miraba como en otra vida hubiera encontrado atractivo: cansancio, remordimiento, algo parecido a la ternura. Yo solo veía lo que ya sabía: vacío.
María, he pensado mucho todo este tiempo…
Tomás, ¿quieres hablar o soltarme tu discurso preparado?
Se detuvo.
Te escucho, añadí. Habla.
Metí la pata. Lo sé. Fui un cobarde. Hice lo fácil y salí cuando debía quedarme.
¿Sigue?
Nada en mi vida… es como pensaba. Con Claudia rompimos hace tres años. El negocio no fue bien. Trabajo en otra cosa, pero no es lo mismo. Seguí pensando en ti. Y en ese niño.
En nuestro hijo, corregí. Se llama Antonio. Tiene siete años.
Algo se movió en su cara, buscando ser dolor.
Quiero conocerlo.
No.
María…
Tomás, decidiste hace siete años. Lo acepté. Ahora Antonio tiene su vida, estable, llena, con adultos que le cuidan. No te incluye.
Pero soy su padre.
Biológico. Nada más.
No puedes borrarme así.
Le miré, serena, como cuando hallas el error en una planta y la corriges.
No te borro. Simplemente seguí mi camino. No es lo mismo.
El camarero trajo el agua. Tomás la probó, la dejó.
Quiero pedirte otra oportunidad, dijo. No por el pasado. Por lo que pudo ser.
Tomás, contesté. Me caso.
Guardó silencio.
¿Con quién?
Con quien estuvo cuando tú no estabas. Quien jamás me preguntó por qué luchaba tanto. Quien traía los papeles cuando yo no podía dejar a Antonio. Alguien que ve a una persona, no un problema.
María…
No sigas, le interrumpí. Solo una cosa: ahora no me hables de amor. No es grosería, es que ya no importa aquí.
Calló, mirando la mesa.
Cogí mi bolso, saqué unos billetes y los puse en el borde. Bastaba para su cena y sobrase.
Esto es para la cuenta, dije. Ha sido curioso hablar.
¿Me dejas dinero? Algo entre la ofensa y el desconcierto.
Te dejo dinero, afirmé. Pareces pasar un mal momento. Considéralo un detalle. Aquí se come muy bien.
Me levanté. Abrí el abrigo, gris claro, hecho a medida en un taller de Chueca. Hace un año no podría haberlo pagado. Ahora sí.
María.
Me volví.
No me has perdonado, dijo.
No, asentí. Pero da igual. El perdón es para quienes nos afectan. Tú ya no.
Crucé el comedor. Gente me miró, y un hombre en la barra siguió con la vista. No lo noté. Pensaba en otras cosas.
Fuera era de noche. Final de septiembre, fresco húmedo con olor a lluvia y granito mojado. Es cuando más me gusta Madrid, sin turistas ni adornos. Simple.
Pedro Luis me esperaba junto al coche. De pie, sin móvil, apoyado en el capó, mirándome. Llevaba abrigo azul oscuro, sin corbata, como siempre. Jamás usó corbata conmigo. Una vez le dije que la corbata da cara de buscar excusa oficial.
¿Has tardado?
No, veinte minutos.
¿Estás bien?
Paré un momento a pensarlo bien.
Sí. Raramente bien. Como si al fin todo encajase.
¿Tienes frío?
No.
Me cogió la mano. Sin palabras. Fuimos al coche.
Antonio preguntó cuándo volvemos, dijo.
¿Hace mucho?
Una hora. La niñera le acostó.
Iré luego a verlo, dije. Solo a mirar.
Claro.
Ya dentro, puso el motor, pero aún no arrancó. Me miró.
¿Él estaba allí?
Sí.
¿Y?
Nada, contesté. Lo de siempre, yo lo justo.
¿Estás bien?
Le observé a contraluz, esa cara algo cansada, serena, conocida.
Pedro, ¿sabes que nunca he aprendido a dar las gracias de verdad?
Lo sé.
No lo diré bonito. Pero tú lo entiendes.
Asintió y arrancó.
Íbamos junto al Manzanares, las farolas reflejándose en el agua oscura. Yo miraba el cristal y pensaba que, en el restaurante donde trabajé tanto, ahora estaba sentado el hombre que una vez salió por la puerta con una bolsa. Que estaría mirando la carta, o perdiendo la vista. Solo. Y a mí ni frío ni calor. El pasado no es algo que perdonar o olvidar. Solo parte de un plano, que analizas para que el próximo salga mejor.
Antonio dormía cuando llegamos. Entré en silencio a su cuarto, de pie junto a la cama. Siete años. Duerme ladeado, oreja en la almohada, labios entreabiertos. Tan vivo, tan de verdad.
Recordé la incubadora. El cuerpecito en la caja, kilo y medio, cables, paredes blancas.
De ahí venía, no del dolor o la traición, sino de aquella promesa al cristal: otra persona.
Le arropé mejor y salí andando muy despacio.
Pedro Luis leía en la cocina, con té. Guardó el móvil al verme.
Duerme, dije.
Lo sé. ¿Tranquilo?
Como siempre.
Me serví agua y me senté a su lado.
Pedro, ¿no te arrepientes?
¿De qué?
De todo esto. De nosotros. De que ya no seamos solo colegas.
Me miró largo.
María, solo me he arrepentido una vez. Por empezar a hablarte tarde de algo más que trabajo. De nada más.
Asentí y tapé su mano con la mía.
Fuera llovía, esa lluvia de Madrid constante y quieta. En el restaurante de la Calle Mayor a esa hora servían cenas calientes. Luces sobre las mesas, gente conversando sin notar la pared de ladrillo a la vista ni el juego de luces que calculé dos meses. Una mesa en la esquina estaría ya vacía.
No pensaba en eso. Pensaba que mañana Antonio tenía clase de dibujo, lo que más le gustaba. Que en una semana había reunión con un cliente nuevo, interesante. Que llovería toda la noche, y mejor así.
Y que todo eso: la lluvia, la clase, el nuevo encargo, esta cocina, esta mano en mi mano lo construí yo. Ladrillo a ladrillo, a las tres de la mañana, con mi niño en brazos, sobre el plano de un baño ajeno.
Era mi vida. No como la soñé con veintiséis años. Mejor.
Pedro, murmuré.
¿Sí?
Todo está bien.
Él apretó mi mano.
Lo sé.
La lluvia seguía. Antonio dormía. El restaurante de la Calle Mayor abría hasta medianoche. En una mesa, quedaba un vaso sin tocar, varios billetes en el borde.
Bastaba para cenar de sobra.
***
Para ser justo, tengo que acabar de contar. Lo que pasó entre líneas.
En los dos primeros años, cuando trabajaba de noche, varias veces pensé en llamar a Tomás. No para volver, sino para decir: mira lo que has hecho. Nunca llamé. No por orgullo, sino porque entendí que esa llamada era para mí, no para él, y que debía aprender a conseguir lo que necesito de otras formas.
Una noche de febrero, cuando Antonio tenía ocho meses, le acosté y al abrir el ordenador, me quedé bloqueada. No podía. Cerré el portátil y me quedé a oscuras diez minutos. No lloré. Solo estuve.
Luego lo volví a abrir.
Ese es el verdadero cambio. No uno grande, de héroe, sino el minúsculo, diario. No cerrar para siempre, sino seguir cada vez.
Con los primeros sueldos decentes, el mayor lujo que me permití no fue ropa ni coche. Me apunté a un curso de estructuras que nunca acabé en la universidad. Quería saber de verdad lo que proyectaba. El profesor, sorprendido, preguntó:
¿Trabajas en esto?
Sí.
¿Desde hace mucho?
Años.
¿Por qué el curso básico?
Porque quiero saber, no creerme que sé.
Ya no preguntó más.
Ese reconocer los límites propios y traspasarlos fue clave en mi trabajo. Los clientes lo notaban. Mucho más que cualquier pose de seguridad.
Pedro dijo una vez:
Hay muchos que aceptan cualquier encargo y sueltan al cliente lo que quiere oír. Tú rechazas un tercio porque eres sincera y sabes tus límites.
¿Y?
Aun así tienes la agenda llena tres meses.
La gente está harta de venderles humo. Quiere sinceridad.
Supongo.
Ahí entendí que ya no éramos solo clientes y proveedora. Algo más, respetuoso y a partes iguales. Nadie debía nada, solo colaboración y respeto. Base sólida.
Descubrí además otras capas en Pedro. Leía mucho, literatura de verdad. Un día, vi en su mesa un libro que me marcó de joven y pregunté:
¿De dónde ese libro?
Lo compré hace años. Lo releo cada cierto tiempo. ¿Tú también?
Muchas veces.
¿Y qué opinas del final?
Charlamos una hora, sobre la vida, no el trabajo. Aquella noche sentí cómo hacía tiempo que no conversaba de verdad, sin esperar pauta para replicar.
Con Tomás, recordé de pronto, no hablábamos. Íbamos al cine, comíamos, comentábamos de amigos en común… Parecía relación, pero solo era presencia, hueca.
Al sexto año de Antonio, cuando ya estabilicé el estudio, le llevé a ver una obra. Para que viera dónde trabajaba mamá. Caminó mirándolo todo, tocando las paredes.
Mamá, ¿esto lo inventaste tú? preguntó, señalando el techo de vigas.
La idea sí, pero lo hicieron los obreros.
¿Entonces es un poco tuyo?
Un poco sí.
Luego preguntó:
¿Todas las madres tienen su sitio?
Tardé en responder. Luego dije:
Cada una distinto. Pero mejor si tienes.
Antonio asintió, muy serio, como si de verdad entendiera. Le cogí la mano y seguimos hacia el futuro patio, que intentaba preservar casi como hace un siglo.
También hubo percances: clientes que no pagaron, obreros que hicieron mal una pared, competencia que copió mi idea. Lo resolvía negociando, con abogados o directamente yendo allí con el plano en la mano y explicando. Y rehacían.
No era blanda. Era justa. Y sabía la diferencia.
La primera vez que Pedro me propuso cenar, no como trabajo, dudé:
¿Seguro?
¿De qué?
De que sea buena idea. Trabajamos juntos, puede complicar.
Puede, aceptó.
¿Y?
Aun así lo hago. No proponer sería cobardía. Y yo no quiero serlo.
Valoré esa palabra: cobardía, no error. Entendía bien la diferencia.
Vale. Pero si sale mal, sabremos ser colegas.
Acuerdo.
Fuimos a cenar. Luego más veces. Al final, quedó claro que no hacía falta volver atrás, la vida seguía igual. Solo que ahora, juntos.
Antonio lo aceptó con naturalidad. Los niños entienden bien los cambios si no se les miente. Yo nunca le engañé. Una noche le expliqué:
Antonio, Pedro Luis es muy importante para mí. Estará más con nosotros. ¿Qué te parece?
Pensó.
¿El que trajo la tarta en mi cumpleaños?
Sí.
Es majo, dijo. Que venga.
Meses después, a menudo los tres juntos, le preguntó a Pedro:
¿Sabes jugar al ajedrez?
Sí.
¿Me enseñas?
Si tu madre no dice que no.
¿Mamá, puedo?
Sí, claro.
Y así, por las noches, ajedrez. Antonio aprendía rápido, Pedro ni se dejaba ganar ni arrasaba, explicaba.
Yo los miraba a veces desde la cocina preparando algo sencillo. Dos en torno al tablero, uno enseñaba, el otro pensaba, sin prisas.
Y entendí que esto era lo que faltaba antes. Sencillez, fiabilidad, sin barullo. Alguien cerca porque quiere, no por obligación.
La pedida fue sencilla. Estábamos en la cocina tras una reunión, Antonio dormía, la lluvia en los cristales.
María, dijo.
Sí.
Quiero que nos casemos.
Le miré.
¿Por qué?
Quiero estar aquí. No a ratos. Siempre.
No es romántico, pero sí preciso.
Sonrió.
Vale, dije.
¿Vale, que sí?
Que sí.
El anillo lo puso en la mesa al día siguiente. Sin grandes efectos, una piedra gris. Lo llevé puesto de inmediato.
Eso había antes de aquella noche en el restaurante. Eso me sostenía al salir de allí.
Y ahora lo principal. Lo que no le dije a Tomás ni a nadie, porque a veces solo el que lo vive puede saberlo.
Una noche, cuando Antonio tenía tres meses, sentada en la ventana me pregunté si la vida es justa. No de forma filosófica, sino literal. Descubrí que no lo es ni lo deja de ser. Simplemente es. Y todo depende de cómo camines por ella.
No fue un hallazgo, sino una confirmación.
El dolor fue real. No ha menguado, solo perdió el sitio prioritario en mi vida. Otras cosas lo desplazaron: lo que he formado, lo que soy, la gente a mi lado.
La traición no me hizo fuerte. Eso sería una explicación simple y falsa. Fue el pequeño acto cotidiano, abrir el portátil una vez más, aceptar encargos bajos en lugar de quejarme, ir un día más a neonatos y decir: otro día.
La soledad también era real. No la superé, sino que aprendí a distinguir la soledad como pena de la soledad como espacio. Y eso, a veces, me gusta. El silencio al trabajar con Antonio dormido era solo mío.
La segunda oportunidad me la dí yo, día a día. No es un gesto grande y final, sino continuo y pequeño. Ahí está todo.
Cuando volvimos a casa aquel septiembre, mirando las farolas reflejadas en el asfalto, no pensaba en Tomás. Pensaba que debía ampliar el estudio. Que los jóvenes proyectistas merecen más autonomía. Que Antonio pronto iría a primaria y tocaría escoger escuela. Que Pedro y yo aún no teníamos casa común y habría que decidir.
Vida normal, completa.
Probablemente alguien recogió ya aquella mesa en el restaurante de la Calle Mayor, el camarero se llevó los billetes. Cuenta cerrada.
Toda historia acaba alguna vez. No porque uno la cierre, sino porque un día te sorprendes hablando ya del día siguiente, de planes, de futuro.
Eso es, creo.
Pedro puso música suave. Algo para piano, solo notas. Cerré los ojos en el asiento.
¿Cansada? me preguntó.
No. Solo bien.
Él siguió conduciendo.
Seguía lloviendo.
Y así era como debía ser.





