Gallinas cluecas

¡Eres insoportable, Soledad! ¡No hay manera de poder hablar contigo! ¡Si son cosas sencillas y ni aun así eres capaz de entenderlas! ¡Tienes la filosofía de una gallina clueca! ¡De verdad, esto es absurdo!

¡Y tú tú!

Carmen Martín, mirando a su interlocutora, apretó con más fuerza el monedero que sujetaba entre las manos y frunció el ceño. Pero aquello fue todo lo que pudo hacer. Las lágrimas, inoportunas y totalmente fuera de lugar, saltaron igual, y Carmen se apresuró a girar la cara para disimularlas de Soledad Alonso. Sin embargo, la otra ya había percibido el resquicio de debilidad que le ofrecía su futura consuegra y exclamó, triunfal:

¡Lo ves! ¡Tenía razón! Si no, no llorarías Ay, Carmina, ¿pero qué necesidad tenemos de todo esto? ¡En nada nuestros hijos nos van a regalar una alegría inmensa!

El carrito de bebé, blanco como la nieve, al que Soledad Alonso se aferraba con mano férrea, era, sin duda, precioso. Y Carmen Martín admitía que, de primeras, aquel prodigio sobre ruedas también le había encandilado, pero su hija le había pedido priorizar lo práctico y, teniendo en cuenta los inviernos suaves y la humedad que embarraba Madrid medio año, aquel modelo que tanto deseaba Soledad no era, ni de lejos, lo más adecuado. Práctica, esa maravilla impoluta, no lo era precisamente.

¡Deja ya de llorar! se le escapó a Soledad en un tono claramente molesto. ¡Si es solo un carrito! Ya veremos cuando haya que elegir si la apuntamos a ballet o a pintura ¡Eso sí será digno de discusión! ¡Anda, Carmina, que siempre estáis al borde de las lágrimas! Y tu hija, encima, igualita. ¡A mi Julián le ha tocado el premio! ¡Se pasó todo el embarazo lloriqueando! ¿No será por eso que luego hubo problemas? Cuando yo llevaba a mi hijo, no lloraba por cualquier tontería

Soledad se interrumpió, dando un paso atrás al ver la mirada que Carmen le lanzó tras secarse las lágrimas y encararla bruscamente.

¡Ya basta! le siseó al rostro. ¡Suficiente! Ya nos has mareado bastante, a ella y a mí. Ahora, déjame pasar. Carmen empujó sin contemplaciones el carrito que le cortaba el paso. Lucía elegirá lo que le plazca. Y yo lo pagaré. ¡Y no te va a preguntar nadie la opinión! ¿Gallina dices? ¡Si quieres! ¡Pero tú tú no eres una mujer, eres un ogro!

Carmen marchó hacia la puerta de la tienda y, ya casi saliendo, se volvió y negó con la cabeza:

¿No te cansas, Sole? De tu afán de tener siempre la razón y de pisar a quien haga falta por el camino ¡Eres un tanque! ¡Arrasas con todo! No me llames más. Ya no tengo edad para lidiar contigo. ¡Ya no aguanto!

Carmen salió y casi resbaló en los escalones mojados por una llovizna repentina.

¡Será posible! refunfuñó sin saber bien si lo decía por el invierno inesperado de diciembre o por su dichosa consuegra.

La duda sobre si había hecho bien le arañaba el corazón, cara y bien conocida. Ya en el aparcamiento, Carmen estuvo a punto de recular y pedirle disculpas a Soledad para intentar recomponer la relación Pero se frenó.

¡Ya está bien! Después de casi tres años de conocidas, día tras día Carmen había sentido que todo era culpa suya: que si hablaba mal, que si miraba raro, se comportaba de forma incorrecta, por cómo educó a Lucía Había aguantado, consciente de que cambiar a una persona no era tarea fácil; solo quien quiere puede cambiar. Pero Soledad no pensaba cambiar, todo le venía bien así, convencida de que el mundo giraba a su alrededor. Y Carmen, a veces, hasta sentía cierta envidia de esa seguridad que ella nunca tendría.

Carmen había criado sola a su hija. Así tocó. Su marido, Enrique, fue un hombre extraordinario, y cada vez que le venía a la memoria, Carmen se prohibía soñar la vida que habría sido si él siguiera vivo.

Enrique nunca ocultó que tenía un corazón delicado. Conoció a Carmen desde el primer año de la universidad: ella era discreta, poco dada a destacar, pero enseguida conquistó al curso entero con bondad y alegría. Enrique, sin embargo, tardó en acercarse: pensaba que aquel chico guapo y alto que le acompañaba a diario era el novio, cuando en realidad era sólo su primo Pedro, quien la cuidaba a petición de los padres. El malentendido se resolvió el día en que Enrique vio a Pedro abrazando a otra chica en la calle y fue a increparle:

¿Así la cuidas? ¿No te da vergüenza?

Pedro, tras un segundo de despiste, rompió a reír y le aclaró la relación.

Venga, hombre, pregúntale tú mismo si te gusta tanto.

Me gusta muchísimo, claro.

Pues díselo. La vida es corta. No la compliques.

Tal vez fue una broma, o quizás no, pero fue premonitorio. A Carmen y Enrique solo les concedieron seis años de felicidad.

En ese tiempo, celebraron la boda, tuvieron una hija, y se hicieron inseparables. Cuando Enrique se fue, Carmen supo que la vida seguiría a medias. Una parte de su alma se marchó con él y decidió no buscar más amores; volcó toda su energía en Lucía, que fue su faro. Además, acudía a los suegros, ayudándoles tras perder al único hijo, y cuidó de que Lucía, tan parecida a su padre, creciera feliz y rodeada de cariño.

¡Mi papá es un ángel! Pero tengo dos abuelas, dos abuelos, y mamá. ¡Soy afortunada! repetía Lucía en la escuela infantil.

Al crecer sólo dejó de llamarle ángel, pero seguía segura de que le protegía.

¡Por supuesto! le sonreía Carmen, ante cada pregunta. Te quería tanto…

Lucía creció bajo la certeza de que el amor mueve el mundo, y como su madre, prefería ver el lado bueno de las personas. Cuanto alguien le dirigía una mala mirada o una palabra dura, sentía que el mundo perdía color. Pero Lucía, como Carmen, no era de las que contestaban o discutían. No por incapacidad, sino porque creía que había bondad en todos y, mostrándola, ese alguien terminaba enseñando una cara mejor.

La gruñona del barrio sonreía sólo con verla y sacaba tema sobre su perro, su felicidad; el barrendero, a quien todo le fastidiaba, le devolvía el saludo y, tras ella, saludaba al resto; incluso sus compañeros, absortos en sus móviles, hacían pausa al oírla.

Por eso, para Lucía, ser psicóloga no fue fruto de dudas. Tenía talento para escuchar, empatizar, y ya en la universidad trabajaba de voluntaria atendiendo en una línea de ayuda. Al acabar, entró de salvadora social en emergencias.

A su marido, Julián, lo conoció de servicio, cuando este le echó la chaqueta por los hombros mientras esperaba en la puerta de la furgoneta:

¡No, por favor! ¡Vas a coger frío! protestó Lucía.

A mí de niño me hacían ducharme con agua fría, pero tú tienes la nariz morada contestó él bromeando. Vuelvo enseguida.

Julián volvió antes de que ella se fuera, le llevó un café y le pidió el teléfono. Lucía, sin pensar, se lo escribió en la palma.

Salieron poco más de medio año antes de entender que no podían ya separarse. Entonces Julián la llevó a conocer a su madre.

A O Lucía, Soledad Alonso le impresionó, para qué negarlo. Preparó aquel encuentro durante semanas, pasando de la negación al regateo y luego a la resignación: su niño, su Julián, aquel niño eternamente suyo, se estaba haciendo mayor y quería casarse. Increíble.

La víspera, Soledad fue al salón de belleza, soltando allí sus cuitas a todas las empleadas como si fueran confidentes.

¿Y es necesario tanto control? le cuestionó Rita mientras limaba sus uñas.

¡No me vengas con moralinas, Rita! El tuyo va por la tercera esposa y ninguna te gusta. ¿Pretendes que acepte de buenas a la primera? Si apenas la conozco

Dale una oportunidad replicó Margarita, algo dolida. A lo mejor hasta te sorprende.

Pero Soledad estaba segura de que no iba a gustarle ni lo más mínimo.

Por eso declinó la propuesta de Julián de celebrar el encuentro en un restaurante.

No, sólo en casa, que sepa la familia en la que entra.

Y era motivo de orgullo: el abuelo, catedrático; la abuela, directora de museo; el marido, director de teatro en Madrid Y la mesa, de revista. Nadie le ganaba en cocina ni en el arte de la presentación.

Pero, para pasmo de Soledad, Lucía, tranquila, gestionaba con naturalidad todos los cubiertos y copas, alabando cada plato.

¡Riquísimo! ¡Qué bien cocina usted! le sonreía Lucía, y Soledad no hallaba cómo reaccionar. ¿Por qué esa chica no se sentía intimidada?

¿Quién te educó, Lucía?

Mi madre.

¿Entregó la vida por ti, supongo?

Sí, eso creo. Trabajaba muchísimo, pero su tiempo libre era para mí.

¿Y es doctora, dices?

Sí, odontóloga.

Bueno puso cara de circunstancia Soledad, que hacía siglos que no pisaba una consulta.

El resto de la noche intentó sacar de quicio a Lucía, en vano.

Cuando se fueron, se desahogó con su marido.

¡Es una estatua, Fabián! ¡No es de los nuestros!

Tampoco le des vueltas. Te lo han planteado y ya está.

¿Y ahora qué? ¿Me resigno?

Pues sí, cariño. Y no sigas actuando como una madre gallina, que tu hijo hace tiempo dejó de ser un pollito. Le educaste para que tomara decisiones. ¿Te acuerdas del perro? Le dejaste quedarse con él y nunca asumiste tú la faena. Pues esto es más serio.

No tenía respuesta Soledad. Le inquietaba esa joven que no sabía por qué no le encajaba, pero le angustiaba pensar que su Julián pronto zarparía solo.

En la boda, Soledad fue todo sonrisas de salón, pero por dentro sentía un temporal. Incluso lloró un poco a solas, siendo pillada precisamente por Fabián.

¡Anda, tranquila! le susurró mientras la abrazaba. ¿Recuerdas cómo te recibieron a ti mis padres?

Y ahí Soledad bajó la guardia. Al principio tampoco cayó bien; la suegra la apretaba con comentarios punzantes y las tías se repartían en bandos. Sólo cuando perdió su primer embarazo, toda la familia la arropó y la aceptó. Con el nacimiento de Julián, de repente todo encajó. Desde entonces confiaba en su suegra, sabiendo que al niño le cuidaba como a nada.

Aquel aprendizaje hizo que intentara aceptar a Lucía, aunque redirigió toda su hiperactividad hacia Carmen. Se enzarzaron en una especie de lucha sorda. Soledad intentaba imponerse y Carmen evitaba el conflicto. Se resignó a ello, convencida de que la felicidad de Lucía era lo más importante.

Y Lucía era feliz con Julián. Carmen, para protegerla, absorbió toda la atención de Soledad, seguro de que sabría encajar sus desplantes mejor que su hija.

Así, todo fue bien hasta que Lucía y Julián dieron la noticia:

¿Abuela? ¿En serio, Julián? Soledad apenas respiró.

Madre, de eso no se bromea. le respondió su hijo. Lucía y yo vamos a tener un bebé.

La vida de Carmen y Soledad se transformó en una competición por ver quién les facilitaba más preparativos. Compras, regalos, consejos, enredos

He comprado unos peleles, suaves, cómodos Como los que yo misma cosía cuando nació Lucía revisaba Carmen la ropita comprada para su futura nieta.

¿No dicen que es mala suerte comprar nada antes de tiempo? musitaba Soledad, ceñuda.

No soy supersticiosa, ni Lucía tampoco. Además, así nos evitamos carreras después. Julián tiene mucho trabajo

Quizá tengas razón concedió Soledad, y así el ajuar de la pequeña crecía. Hasta la propia Lucía pedía contención:

¡Está bien ya, que no cabe más en el armario!

Finalmente, fue el carrito de bebé el que dinamitó la frágil tregua entre Soledad y Carmen. Lucía, por salud, delegó la elección, pidiendo solo ligereza y comodidad. Julián viajaba mucho y ella necesitaba maniobrabilidad.

Aquel carrito, y el debate en la tienda, reventó los nervios de ambas.

Mientras el coche se calentaba, Carmen, sentada al volante, mascullaba por lo bajo, enfadada consigo y con Soledad. Jamás fue de explotar, pero Soledad había logrado hacerle perder el control. Y ahora la invadía la culpa: ¡Y eso que eres dentista y deberías saber contener las emociones!, pensaba. ¿De qué servía discutir con quien no iba a cambiar?

Unos golpecitos en la ventanilla escarchada la trajeron de vuelta. Bajó el cristal y se encontró a Soledad, despeinada y visiblemente alterada.

¿Otra vez tú? Carmen no se molestó en disimular el fastidio.

Carmen, Lucía está de parto Julián no te localizaba, ¿tenías el móvil apagado?

Carmen buscó el teléfono en el bolso y acabó de recordar la noticia.

¿A qué esperas? Sube rápido casi le gritó.

Soledad, sin protestar ni una sola vez, se sentó a su lado.

¿A qué esperamos, Carmen? ¡Acelera!

Carmen salió disparada. Soledad solo pudo cerrar los ojos, rezongar en los baches y, luego, al abrirlos, preguntó:

¿Estamos locas? Total, son las primeras contracciones

No lo sé, Sole, ¡pero tengo tantos nervios!

No seas gafe, todo irá bien dijo Soledad, agarrando el bolso mientras la ciudad pasaba fugaz ante sus ojos. ¡Carmen, nos vamos a convertir en abuelas!

La niña que nacería un día después sabría muy bien cómo manejar a sus abuelas. Tendría la calma dulce de Carmen y la firmeza creativa de Soledad. Y recibiría tanto amor que podría nadar en él.

Solo Lucía, con una sonrisilla, observaría las travesuras de su hija y las locuras de sus madres, consciente por experiencia de que el verdadero amor reconcilia diferencias y da esperanza.

Lucía se acariciará el vientre alguna mañana, dudando si dar otra sorpresa pronto o esperar un poco, y luego, viendo a las abuelas-gallinas reír juntas sin rencor, gritará desde el parque:

¡Nada de malcriar! ¡Que si le dais helado, no come! ¡Lo sé muy bien! ¡Ay, mis gallinas!

Hoy, al recordarlo, sé que siempre aprendemos. La familia no es una cuestión de tener siempre la razón, sino de amar lo suficiente para perdonarnos y reírnos juntos cuando ya sólo queda mirar hacia adelante.

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