Diario de Antonio López, 1960-
La noticia de que había nacido una niña me alcanzó cuando estaba en la oficina del aserradero, justo el día de cobro. Los hombres, después de recibir su paga en pesetas, iban desfilando por la puerta, arrastrando cubos vacíos de aceite. Yo me quedé allí de pie, con los billetes arrugados en la mano, sin moverme.
Vaya desgracia, mascullé entre dientes, escupiendo sobre la viruta . Se lo dije bien claro a Rosario: hazme un hijo, un niño. Pero no, tenía que empeñarse en parirme una chiquilla.
Por dentro me hervía la rabia. No tenía ganas de volver a casa, una casa más vacía que nunca, donde ya ni voz de mujer se escucharía. Rosario, agotada, seguía en el hospital de El Escorial con la niña recién nacida. Yo, en vez de esperar su regreso, metí mis pertenencias en un saco, recogí un trozo de pan duro y tomé el camino hasta el pueblo de mi madre, en la otra orilla del río Lozoya. Quince kilómetros que crucé para no tener que mirar a la cara de aquella hija que ni había pedido ni quería.
Quince días después, Rosario volvió a la casa, cargando con la bebé, envuelta en una manta. El hogar parecía más ordenado de lo normal, claro indicio de que antes de marcharme, quise dejar atrás cualquier huella mía. Rosario dejó a la niña en la cama y se sentó al borde, apoyando la frente en las manos. Sus hombros temblaban de llanto mudo. Miró a la pequeña, tan callada, tan frágil, y pensó con amargura: ¿Quién pudiera imaginar que serías tú quien nos separaría?
Siempre fui un hombre de carácter fuerte, de los que en el pueblo llaman de tomo y lomo. No toleraba que nadie me discutiera y por dentro sentía que era mi deber tener un hijo varón, el que heredara el apellido López. Fui el menor, después de dos hermanas, y convencido de que el peso de la familia recaía sobre mí. Y mira, me cayó la suerte: una chiquilla inútil, una carga.
Mi madre vino a buscarme varias veces, a intentar convencerme. Pero yo me mantuve firme: Mientras esa niña siga aquí, yo no vuelvo. Quince kilómetros que se convirtieron para Rosario en un abismo.
Mi mujer, nada más recuperarse del parto, se volcó en el trabajo. En los años cincuenta nadie daba largas por una baja maternal: había que cuidar la casa y además salir a ordeñar, a la huerta, a lo que hiciera falta. En el fondo aún confiaba en que naciendo un varón, me ablandara. Por eso le puso a la niña un nombre que sonara fuerte: Asunción. Pero Asun como acabarían llamándola todos crecía fuerte, robusta y apenas lloraba ni daba quehacer. A los seis meses ya se agarraba al borde de la cuna y a poco más de un año no podía apartarse de un caballito de madera que le fabricó el vecino. Habló y caminó antes de lo normal. Pasaba el día correteando por el corral, guiando con una vara de mimbre a las vacas ajenas que se colaban al huerto. ¿De dónde saldría tanta determinación en una piticlina tan pequeña?
Mientras, yo encontré consuelo en otra parte. Me encariñé con una viuda del pueblo vecino, Clotilde, que tenía ya dos hijos. Al principio íbamos cada uno a lo nuestro, pero Clotilde, lista y suelta, supo cómo engatusarme. Te daré un hijo, Antonio, el mejor, me prometía, suspirando en la cama. Y yo, iluso, seguía esperando un hijo varón Pero el tiempo pasaba y Clotilde no quedaba embarazada. Empezó a pasarme por la cabeza si esa mujer no estaría jugando conmigo.
En esto, me llegan rumores del pueblo: que mi hija Asunción crece como un chaval, que ya impone respeto a los mozos, que no se deja de nadie. Solo tenía tres años y ya paraba los pies a zagales mayores.
Mi madre me insistió: Vuelve y mira a la niña. La sangre llama. Quizá no la habría hecho caso, pero un día encontré en el armario de Clotilde unas hierbas raras, bolsitas de raíces que me olieron a brujería. Me entró la desconfianza. Cuando se lo reclamé, me juró que solo era para la salud, para ver si me daba ese hijo que yo tanto quería Pero ya no la escuché más. Agarré el hatillo y cerré la puerta de un portazo.
Casi cuatro años fuera. Cuando, por fin, crucé el umbral de mi casa, la encontré ante mí: una niña flaca, algo despeinada, con mirada desconfiada. Me ofreció el rostro sin dar un solo paso, sin lanzarse a por el caramelo que le tendí como ofrenda.
Mírala cómo me escruta, barrunté, incómodo ante ese mirar de criatura ajena. Seguro que te ha azuzado tu madre.
Rosario, iluminada de felicidad al verme aparecer, agitó las manos:
¡Antonio! Aquí solo se te ha recordado con cariño. Lo que quiero es que te quedes, somos de la misma sangre.
Rosario me quería, a pesar de mis aristas, que a veces eran crueldad y no carácter. Bastaba un golpe de puño sobre la mesa para expresar mi disgusto, si no era algo peor. No tardé demasiado en levantar la mano. Asun, ya con cinco años, comprendía más de lo que yo imaginé. En cuanto me veía ceñudo, apretaba los puños y mascullaba:
¡Eres un ogro, papá! ¡Te vas a enterar!
Apretaba ese puño de niña y me hervía la sangre: ese espíritu de rebeldía me recordaba todo lo que yo había reprimido en mí. Estuve tranquilo una temporada, sobre todo cuando Rosario, por fin, me dio un hijo. Le llamamos Pablo. Fue Asun quien se encargó de él: lo llevaba a la espalda, le daba de comer, jugaba, cambiaba los pañales. Era la hermana mayor y la ama de la casa cuando Rosario trabajaba.
La alegría me llegó, pero tampoco supe disfrutarla: seguía siendo seco, tajante, y no dudaba en desatar mi carácter si algo no se hacía a mi gusto. Rosario aguantaba, sumisa, solo por evitar que la situación se desbordara.
Asun, de siete años, ya se atrevía a desafiarme:
Pues si me pegas, voy a decírselo al guardia municipal.
Me lanzaba y ella, vivaracha, ya había desaparecido de mi alcance, gritándome desde lejos.
Un día, intenté corregirla a la antigua usanza, con la vara. Aguantó sin llorar, mordiendo el delantal. Creí que había conseguido amansarla, pero al día siguiente me plantó en casa al mismísimo guardia. Rosario, asustada, se puso de nuestra parte para justificarme al agente.
Después de aquel incidente, fui más cauteloso. Asun se mantuvo firme, con una determinación que empezaba a hacerme temer su genio. Solo mascullaba para mis adentros: Maldita fiera
Rosario, confiando en que todo fuese mejor, volvió a quedar embarazada. Llegó otra niña, Natalia. Apenas la tocaba. Era como si esa hija menor no existiera para mí. Rosario se encargaba los primeros meses, pero pronto las faenas de Natalia también recayeron sobre Asun.
Mi hija, al volver del colegio, hacía los deberes a toda velocidad y enseguida se ocupaba de su hermana. Cuando la casa dependió otra vez de Asun, yo ya no dije nada: recordaba el temor a que me cayeran más visitas del guardia municipal.
Fue así como mi hija llegó a octavo de la escuela. El día que anunció que quería irse a Madrid a estudiar, me puse rojo de rabia.
¿Y qué vas a comer? ¿Vivir del cuento? ¿No te hemos dado bastante entre tu madre y yo todos estos años?
Asun, con quince años, era recia, fuerte, robusta. Cualquiera que la picara recibía su merecido. Incluso los mayores del pueblo no se atrevían con ella. El profesor de gimnasia llegó a decirle:
Tú, López, deberías probar la lucha libre.
Ella respondía de malas ganas y, cuando me miró, me desafió firme:
Dije que me iría a estudiar.
¡No me retes! le solté, agarrando el cinturón.
En un segundo, ella se colocó junto a la cocina y alzó el atizador.
¡Tócame, y verás!
Rosario se interpuso, llorando. Yo, al pedirle cuentas, vi en sus ojos que se la jugaría de verdad. Solté el cinturón y salí maldiciendo.
Rosario solo alcanzó a decirle:
Vete, hija. Yo yo me las arreglaré aquí.
¿Por qué no te separas de él? le insistía Asun.
¡Qué cosas dices! Eso no está bien visto, en el pueblo nadie hace eso, respondía mi mujer.
Asun le dio las gracias por el poco dinero que pudo juntar Rosario a escondidas y se marchó a Madrid. En el tren, contaba con una muda de ropa y una bolsa de comida que preparó su madre.
Madrid la recibió con su bullicio y el olor a gasolina. Se matriculó casi sin pensarlo en el Instituto de Formación Profesional de Mecanizado Industrial. Quería la fuerza de las máquinas, aquello que la había fascinado desde niña cada vez que pasaba por el taller del pueblo. Sacó buenas notas sin dificultad, le costaba, pero la costumbre de trabajar desde pequeña le daba disciplina.
Compartió habitación en la residencia de estudiantes con una chica de Guadalajara, Purificación, risueña, coqueta, todo lo contrario a la seriedad y fortaleza de Asun. Tú, Asun, sólo piensas en estudiar, le decía. ¡Mira los chicos de este año, el rubio, el hijo del jefe!.
Pero Asun estaba decidida:
Yo no vine a buscar marido. Necesito valerme por mí misma.
Encontró un trabajo de limpiadora por las tardes en una fábrica de tejidos. Pagaba poco, pero le bastaba para sobrevivir y no pedir más ayuda a su madre.
Un día llegó al grupo el nuevo profesor de hidráulica, don Andrés Aguado. Joven, de modales tímidos, siempre de traje gris y gafas finas. En la clase nadie le hacía caso y los más veteranos se reían de él. Purificación, admirada, empujó a Asun para que le ayudara. Ella, cansada de tanto desorden, se puso en pie y, con voz firme, impuso silencio. Nadie discutía su autoridad. Don Andrés nunca olvidó aquella intervención.
¿Has visto cómo te mira?, le preguntaba Purificación riéndose. Seguro que está pillado de ti.
Déjalo, sólo está agradecido porque alguien le trató con respeto respondía Asun, sin querer reconocer lo mucho que le había impresionado la mirada tranquila del profesor.
Saltaba a la vista que don Andrés también empezaba a notar la admiración por esta estudiante seria y valiente, distinta a todas las demás.
Asun regresaba poco al pueblo y cuanto más pasaba el tiempo, menos hablábamos. El vínculo entre padre e hija era frío, tenso. Volvía solo cuando hacía falta, para ayudar a su madre o dejar algún dinero en casa.
Al terminar sus estudios, Purificación se casó con el mismo chico del instituto con el que tanto había soñado. Asun, entretanto, seguía concentrada en su trabajo y en sacar adelante su vida. No había hombres a su altura: algunos bebedores, otros casados, otros inmaduros. Recordaba mi carácter áspero, mi distancia con su madre, y se prometía no repetir la historia.
Pero el destino, tan caprichoso, le trajo un día a Francisco Rubio, compañero de la fábrica, alto, callado, sencillo. Tras varias citas, él le pidió que se casaran. Asun, acostumbrada a cargar con todo, dudó:
¿No me dejarás nunca, como hizo mi padre?
Nunca le juró él.
Se casaron sin celebraciones, sólo la amistad fiel de Purificación como testigo. El primer año fue bueno. Nació Inés. Pero aquel Francisco, tímido y bondadoso, pronto se apagó y la rutina le volvió apático. Dejó de aportar, casi ni pasaba por casa. Ella, viendo que caía en el mismo abismo que su madre, tuvo el valor de pedirle el divorcio.
Sacó adelante a Inés, sola y decidida. Encontró otro empleo en la misma fábrica, se quedó con una pequeña vivienda y su hija en la guardería. Pablo, su hermano menor, acabó mudándose a Madrid años después, y se impresionó al ver a su hermana llevarlo todo: trabajo, hija, casa Pareces una yegua de tiro, no te cansas nunca.
No queda otra, Pablo. Lo que no hagas por ti, nadie te lo hará.
Purificación acabó también divorciándose. Lloró mucho en la cocina de Asun, arrepentida de sus ilusiones. Tenías razón, amiga. No es el dinero. Es la persona.
Un día, entre idas y venidas, Asun se reencontró con don Andrés por casualidad en una cafetería. Hablaron largo. Él también se había divorciado, tenía un hijo mayor, vivía solo en una casita de las afueras. La conversación les dejó una emoción difícil de disimular.
Andrés la invitó poco después a su casa en la sierra. Quiso enseñarle el huerto, el taller, los planes para el futuro. Paseando por el jardín, oyeron de repente un camión desconocido. Dos hombres saltaron la verja con malas intenciones. Andrés salió al recibidor a enfrentarse a ellos. Cuando las amenazas subieron de tono, Asun, sin pensarlo, apareció blandiendo un hacha de leña:
¡Fuera de aquí! les gritó.
La determinación en su voz asustó a los dos hombres, que dieron media vuelta y huyeron del lugar. Andrés, aún tembloroso, sólo pudo susurrar:
¡Has sido increíble, Asun!
Por primera vez, ella se sintió admirada no por cargar con todo, sino por ser ella misma. A los pocos meses, Andrés le propuso matrimonio. Asun aceptó, entre lágrimas.
La boda fue sencilla y alegre, solo la familia más cercana. Incluso Rosario y yo estuvimos presentes. En la fiesta, me acerqué a Andrés y le pedí, por primera vez, que cuidara de mi hija, reconociendo por fin su valía.
Años después, el nuevo hogar estaba lleno de paz y manzanos. Inés, creciendo, soñaba con ser médica. Pablo se convirtió en conductor de autobuses. Natalia, feliz en un pequeño pueblo. Rosario venía a menudo; yo también terminé yendo más de lo que habría imaginado, paseando con mi nieta por la ribera del río.
Una tarde, en la terraza, Inés le preguntó a Asun si era feliz.
Ella miró el horizonte, la casa, el huerto, a Andrés junto a ella.
Ahora sí contestó.
Andrés la abrazó en silencio. Yo miraba toda esa escena, desde lejos, y por fin comprendí. La vida da muchas vueltas, y a veces la mayor fortaleza nace de quien menos esperábamos. Asun, la hija que nunca creí desear, ha sido el pilar firme al que todos nos hemos agarrado en los peores momentos. El respeto, comprendí tarde, solo se gana si eres tú mismo y no dejas que nadie te arrebate tu dignidad.
Eso es lo que me enseña Asun cada día. Y aunque me costó años admitirlo, hoy digo con orgullo: mi hija me ha enseñado a todos el verdadero significado de la palabra respeto.







