¡Ay, Carmen! ¡Has llegado como caída del cielo! ¡No sé ya ni qué hacer!
Carmen dejó el pesado bolso de la compra en el banco y suspiró con el peso de un día largo.
¿Le pasa algo, doña Rosario?
Tranquila, Carmen, recuerda: educación ante todo, sobre todo con los mayores. Aunque sean un poco guerreros.
Y mira que todo el barrio sabía lo difícil que era doña Rosario Sicilia. Para encontrar una señora más protestona había que recorrerse medio Madrid, y aún así costaba.
¿Por qué señora?
Porque doña Rosario protestaba con una educación exquisita, pero era capaz de llevar a cualquiera al borde de la histeria.
Señorita, no tiene usted razón.
¡Que no soy señorita!
¡Qué desgracia! En mis tiempos, que te llamasen señorita era un piropo, pero ahora Ya ve, cuánto daño ha hecho la modernidad. ¡Qué generación más perdida! Pero por favor, recoja usted el regalito de su perro.
¿Y si no quiero, qué pasa?
Pues querida, te hará famosa en el barrio, eso pasa.
Los que se tomaban estas amenazas a broma, pronto aprendían en carnes propias que con doña Rosario no se juega. Y ni siquiera hacía falta que lo explicara con palabras: al día siguiente, tus pecados salían en la pizarra de la vergüenza.
Llamaba así doña Rosario a cualquier árbol, farola, tablón de anuncios o lugar donde pudiera colgar una foto impresa y su clásico texto: No nos sentimos orgullosos. Luego, detallaba el crimen de turno: no recoger la caca del perro, tirar basura, gritar de madrugada. De esos cartelitos, había para empapelar la ciudad. El hijo de su vecino le había enseñado a usar la impresora y, con su buena pensión y la ayuda de sus hijos, compraba resmas de papel como para montar una copistería. Su misión personal era poner órden en su pequeño universo, aunque a veces tuviera que pagar multas por deslucimiento público. Y a esos juicios acudía puntualmente, saludaba con simpatía a jueces y fiscales y se disculpaba con buenos modales por hacerles perder el tiempo. Ya no la veían como un mosquito pesado, sino como un mal o un bien necesario.
Que a veces servía de algo, ojo. Como cuando, gracias a tanto cartelito y tanta bronca, lograron que el ayuntamiento arreglara los desagües del barrio. Fue el caso más sonado de doña Rosario: diez años de pelea, funcionarios de todos los colores, noches sin dormir, pero una vez ganado, hasta quienes la tachaban de histérica le tenían otra estima. Los dueños de coches, especialmente, que ya no tenían que ponerse a bucear cada vez que caía una tormenta, la saludaban con respeto y curiosidad, rezando para no verse ellos en el papelito del día y repasando mentalmente sus pecados antes de suspirar aliviados cuando pasaba de largo.
Le tocaba a todo el mundo: dueños de perros, madres distraídas que preferían el botellín en el parque antes que a sus hijos, morosos de pensión alimenticia, bebedores ruidosos o incluso silenciosos, todo aquel para quien la convivencia era más bien una opinión.
Evidentemente, no todos la adoraban. UNA vez, la esperaron en un callejón al volver de casa de su hermana mala de salud. Le pegaron poco, porque alguien los espantó, pero lo suficiente para que su fervor por el órden público no menguara, sino que creciera. Porque si tu causa molesta tanto, ¡algo bien estarás haciendo!
Los moratones pasaron, pero la pierna rota nunca sanó bien. Y desde entonces, cada vez que cambiaba el tiempo, a doña Rosario le avisaba primero la rodilla.
Pero ella, siempre optimista, le sacó partido:
¡Al menos sé cuándo tengo que llevar paraguas! ¿No es fantástico?
A los sinvergüenzas del barómetro biológico de doña Rosario los encontraron pronto y les cayó el castigo más duro: en la audiencia todos conocían a Rosario y su leyenda iba creciendo.
Además, tras aquello, la mujer ganó valiosos aliados: tres agentes de barrio y un inspector, a los que llamaba sin cortarse ni un pelo cuando algo se le escapaba.
Dieguito, cielo, ¡te necesito urgentemente! llamaba al policía, que era, además de bigotudo y corpulento, nuevo vecino tras comprarse el piso.
Y vaya si acudía. ¿Cómo no iba a acudir a esa señora raquítica pero intensa que se había ganado a su propia mujer y a los niños, y hasta a su madre, que le arruinaba la vida? Rosario, bendita ella, fue la única que logró explicarle a su suegra que visitar diariamente a tu hijo treintañero sin motivo, no es plan:
Querida, ¿tan mal ha criado usted a su hijo?
¡Oiga, que soy una madre estupenda!
No lo dudo, pero permítame: si tan estupenda ha sido, ¿de verdad a estas alturas sigue necesitando que le limpie los mocos? De participación materna, hablamos lo justo, pero… ¡el pañuelo, mujer! ¡El pañuelo!
¿El qué?
El pañuelo, ¿acaso se lo ha olvidado en casa? ¡Hasta con moquitos! Qué triste ver un adulto incapaz de sonarse la nariz por sí solo, ¿eh? ¡Se las traen estas criaturas! No importa cuánto se esmere una: siempre hay que estar vigilándolo todo ¡En fin, le compadezco, querida!
Desde esa charla, las visitas de la madre se redujeron más que la afluencia al Rastro los días de lluvia, y la gratitud para con doña Rosario rebasó todos los barómetros.
Carmen, trabajadora social en el barrio desde hacía años, conocía bien a doña Rosario y sus contactos. Por eso se sorprendió sobremanera al verla llorando en el banco de la plaza.
¿Por qué llora?
Ay, Carmencita… tu “cliente”… doña Matilde
¿Qué le ha pasado? Carmen miró alarmada hacia las ventanas de Matilde.
Está Diego allí ahora. Matilde ya no está…
A Carmen casi se le va el alma al suelo y se sentó de golpe, como quien se deja caer en la acera.
¡Vaya día!
Por la mañana le habían reventado la tubería del baño y los críos llegaron tarde al cole, luego discutió con su marido. Que si claro que lo quería, no había hombre igual: que si no bebe, que si no fuma, que si trabaja como un campeón y adora a sus hijos. ¡Un unicornio, según sus amigas! Pero claro, quien vive el día a día es Carmen, y a veces toca dar rienda suelta como hoy: por una bombilla, ni más ni menos, que bien podía haber cambiado ella misma. Pero la tontería pesa, y pasan estas cosas…
¿Será la edad? ¿Los nervios? ¿Hormonas? ¡Bah, sólo boberías! Pedirlo lo había pedido, pero… ¡podía haberlo hecho hace días! Toca reconciliarse, poner lavadora a la relación… y luego, la noticia de Matilde. ¡Tan solo ayer le pedía pienso para sus gatos!
Soltó un par de sollozos hasta que no pudo contenerse más y rompió a llorar abiertamente.
Ay, mi niña ¡no llore así! Toma, un pañuelito.
El pañuelo de doña Rosario era como el que Matilde le había regalado en Nochevieja.
¡Toma, Carmen! Un detalle, todo mi cariño.
Pero qué cosa más bonita… ¿Ese bordado es a mano?
Sí, con tus iniciales.
¡Esto es demasiado bonito para sonarse los mocos!
No seas boba; es sólo un pañuelo, mira qué pensión tengo…
Mi abuela decía que el mejor regalo es que alguien te recuerde.
Sabia tu abuela. ¿Sigue viva?
No, ya no me queda familia; mi gente son mi marido y mis hijos.
Qué lástima. Pero no me malinterpretes, me alegro por ti, que tienes familia. Yo nunca tuve ni hijos ni pareja. Y mira, llena de parientes que siempre sabían mejor que yo cómo debía vivir mi vida. Hermanos, padres, tíos su ayuda fue más bien un flaco favor, y aquí estoy, sola. Mi elección, mi culpa también, claro. Pero el resultado, Carmen, el resultado… es la soledad. Dura cosa, Carmen. El ser humano es sociable, y estar sola es terrible. Si no fuera por mis gatos ni sé para qué sigo. Ahí llegó a decirme una sobrina, cuando no la dejé instalarse conmigo, que era una “vaga” que estorbaba.
¿Por qué se lo negó? ¿No le habría venido bien algo de compañía familiar?
Carmen, no era una habitación para mi sobrina lo que querían. Ellos querían que le PASARA mi piso entero. “¿Para qué lo quieres tú? Para la chica le vendría de perlas.” Cuando les pregunté qué haría yo, ya tenían preparado un plan: primero con mi hermana, y luego a un asilo. ¡Planazo!
¡No me lo puedo creer! ¿Cómo van a decidir así por usted? ¿Acaso es usted un bebé?
Ay, Carmen dudan de mi juicio. “Ya no sirves para pensar”, decían.
Con familiares así, no hace falta enemigos…
Y sin embargo, los quiero. Y les dejé el piso en herencia, a repartir. No podía dejarle todo a uno solo, la conciencia no me lo permite. Pero temo por mis gatos, que los odian, y me amenaza con tirarlos a la basura en cuanto yo no esté. Mi mayor angustia, esos peludos.
¡Eso no va a pasar!
Ay, Carmen, no los conoces
¡Ni quiero! Se me ocurre una cosa
¿Qué?
¡Déjame tus gatos en herencia!
¿Herencia?
Como lo oyes. ¡Los gatos son bienes! Y si te pasa algo, los peludos serán míos y estarán a salvo. ¡Herencia con patas! A los que amas no se les abandona.
Carmen, ¡eres un ángel! ¡Jamás lo habría imaginado! Pero… ¡menuda carga!
¿Carga? Para nada. ¿No dicen que hogar sin gato, vida sin salsa? Carmen acariciaba al ronroneante Román y esquivaba los mimos de Manolo.
El primero llevaba en casa de Matilde unos diez años. Manolo era un callejero que Rosario rescató en la puerta del Carrefour y colocó en casa de Matilde:
Mati, tú sabrás qué hacer con este lío de pelos. Yo, con la alergia, ni de broma, pero me da penita dejarlo en la calle.
Ni se te ocurra traerme más, Rosario. No puedo más, cuando Román fue tu idea también. Pero otro más es un lujo que no puedo permitirme.
Vale… ¡gracias, querida!
Y así Manolo se quedó. Aunque, poco antes de la tragedia, resultó ser Manuela cuando a Matilde le despertó un revuelo de madrugada y se encontró con el parto sobre la cama.
¡Ay, Manuela! Qué preciosidades, ¡qué camada más bonita! Román, ¡más te vale ser buen padre!
Sería cuestión de instinto, pero Román resultó el mejor padre-gato del barrio. Carmen se moría de risa:
¡Mira que creernos expertos en todo y no saber distinguir gato de gata! ¿Cómo no adivinaste que Manuela tenía kilos de más por embarazo?
Yo pensaba que era el pienso nuevo, hija. reía Matilde ¿Y ahora con estos gatitos, qué hacemos?
¡Yo te ayudo! Mi jardín es grande, y si acaso pedimos refuerzos a doña Rosario, ¡que a ella nadie se niega! Ya se nos ocurrirá algo.
Y ahora, al recordarlo, Carmen saltó del banco.
¡Madre mía! ¡Los gatitos sin comer!
Aquella misma tarde, Carmen se llevó la herencia. Diego, el policía, no puso pegas, la acompañó hasta casa ayudando con la cesta.
Guárdame uno, por favor, los críos llevan años pidiéndome y mi madre no me dejó nunca tener bichos en casa. Ahora ya puedo Matilde era un sol de persona, sus gatos serán igual.
¿Cuál quieres? Carmen levantó el trapo y asomó la camada.
¡El naranja!
Perfecto. Cuando crezca, para ti.
Gracias.
Nada, hombre oye, ¿quién se encarga ahora del papeleo de Matilde? ¿Sus sobrinos vendrán a ayudar?
¡Qué va! Dijeron que estaban ocupados, que me ocupara yo.
Carmen estuvo a punto de dejar caer la cesta del susto. ¡En serio!
¡Esto no lo permito! Yo lo arreglo.
Pero si apenas erais conocidas.
¡Ahí te equivocas! Más de cinco años hablando con Matilde Y hay quien en dos días es tu amigo y otros, aunque sean de sangre, ni en mil años. No dejaré que Matilde se haya ido así, sin más. ¡No lo merece!
Diego sonrió y le dio un golpecito en el hombro.
Hablas igualito que alguien que conozco. Pero no hace falta ponerse así. ¡Te ayudo!
Gracias… Carmen suspiró.
Encerrada en su casa del centro, el piso heredado de sus padres, Carmen pensaba: la familia no son las paredes, son quienes te rodean.
Por eso nunca comprendería cómo hay quien no cuida a los suyos, a los niños, a los mayores…
Subió las escaleras entre el aroma de comida y el barullo de los suyos. Su marido, Paco, salió al paso:
Carmenchu, ¿qué te pasa? Cambié la bombilla, he arreglado el grifo para tus geranios, y ya puedes regar lo que quieras. No llores más, mujer.
No, que ya… sollozó Carmen.
¿Qué traes ahí? le quitó la cesta ¡Vaya peso!
Son los gatos… se abrazó a Paco.
¡¿Gatos?!
¡Mira! y cuando retiró el trapo, los niños chillaron entusiasmados, tanto que Paco tuvo que pedir calma.
¡Chsst! Que asustáis a los gatitos.
Los gatos se acomodaron rápido en casa. Román, de vez en cuando, traía algún regalito-murciélago de agradecimiento y, a veces, salía al jardín y se quedaba horas frente a la antigua casa de Matilde, esperando tal vez un imposible. Nadie se quejaba de su canto lastimero, comprendiendo que el gato extrañaba.
A veces, no volvía en toda la noche, otras llegaba tan tarde que Carmen protestaba.
¡Andarín! ¡Que mañana madrugo!
Román, agradecido, se frotaba con ella y se iba de ronda, revisando niños y Paco antes de dormir.
A Matilde la despidieron como merecía. Para sorpresa de Carmen, decenas fueron a despedirse.
¿Quiénes son? preguntó Carmen a Rosario, ayudando con el chocolate y las pastitas.
Alumnos. Matilde daba física, y luego fue preparadora de universidad. Gente excelente, y la recordarán siempre. Era muy buena persona…
Eso ya lo sé…
Nueve días… cuarenta…
A menudo, Carmen abría la ventana de madrugada a Román y se quedaba pensando: qué corto es el tiempo, qué fugaz la vida y por qué sus nervios estaban tan a flor de piel y la barriga revuelta por las mañanas. Guardaba ese secreto, aún sin contárselo a Paco.
Acunando a Manuela, susurraba:
Pronto volveré a ser mamá, ¿te imaginas? Me da miedo, que mis niños ya son mayores y se me ha olvidado cómo era… ¿Crees que podré con todo?
Manuela ronroneaba tan fuerte que venía Román de guardia, y Carmen sonreía, aliviada.
¡Anda que no! ¡Con tanto ayudante en casa, cómo no vamos a poder!
El día que se decidió a contárselo a Paco, ocurrió algo que reafirmó su filosofía de que en la vida nada es casualidad.
Román llevaba dos días sin aparecer. Carmen ya no podía más de la preocupación. Paseó hasta casa de Matilde, Diego, Rosario; nadie había visto al gato.
Carmen, acuéstate. Ya vendrá, seguro. intentaba tranquilizarle Paco.
No puedo, va a llover y se va a mojar, ¡y yo aquí! ¿Dónde estará ese trasto?
Carmen, es un gato. Y ya se sabe, los gatos van a lo suyo. Cuando tenga hambre, vuelve.
¡Pues lo encierro y no le dejo salir más! gimoteaba mirando la noche.
Tan preocupada estaba, que se quedó dormida en el sillón y no oyó la vuelta de Román.
Pero el gato volvió, y no de cualquier forma. Daba vueltas al jardín maullando de tal manera que debió de despertar a medio Madrid. Pero el jardín era grande, las paredes gruesas y con la ventolera que hacía cerró todas las ventanas, así que dentro reinaba la calma hasta que Manuela, que dormía con los pequeños, se levantó de un brinco, corrió a Carmen y le zarpó la pierna.
¡Ay!
Instintivamente le dio una patada, y sólo entonces se despertó.
¿Qué pasa, Manuela? ¡Me has arañado!
Y escuchó fuera el maullido y olió humo.
¡Paco! ¡Niños! ¡Que nos quemamos!
El grito de Carmen y el instinto de Manuela pusieron a todos a salvo, mientras Paco cogía a los niños y Carmen, la cesta con los gatos.
Los bomberos, avisados por los vecinos, sofocaron el incendio antes de que pasara a mayores. Román rescató a toda su familia felina, y todos juntos se sentaron en el bordillo a esperar el todo listo de los bomberos.
¡Listo! Les quedará olor, pero la casa está intacta, gracias a que se despertaron a tiempo.
Gracias Carmen no podía dejar de abrazar a Manuela.
Paco dejó a los niños dar las gracias a los bomberos y la abrazó, sonriendo:
¿Ves, mujer?
Sí…
¿Estás bien? y al posar la mano en la barriga, Carmen se sobresaltó.
¡Anda, si tú…!
¿Qué te crees? ¿No me doy cuenta? Dos, ¿no? ¡Ya casi tres peques en la casa, no me engañas!
Me da un poco de miedo…
¡Tonterías! ¿Qué temes? ¡Tienes a toda la tropa, los gatos incluidos, de tu lado! Y la casa intacta.
Eso sí…
Carmen dejó la gata en brazos de Paco, la cesta a los críos, y ella se quedó un momento en el umbral, mirando al cielo.
Gracias, doña Matilde, por tanta bondad. De corazón, graciasEsa noche, cuando todo volvió a la calma y cada miembro de la familia humano, felino o de cualquier género intermedio tuvo su tazón, su sitio y su caricia, Carmen apagó la luz de la mesilla y susurró bajito:
Aquí, nadie se queda solo. Ni los que estamos ni los que se han ido. Porque hay hilos que ni el tiempo ni el fuego pueden romper.
Manuela yacía hecha un ovillo junto a su barriga, ronroneando como si pudiera oír el latido nuevo que germinaba en su interior. Afuera, bajo la luna, Román merodeaba vigilante, guardián silencioso de la casa, mientras los grillos entonaban su serenata a la vida que sigue, testaruda y luminosa.
Al cerrar los ojos, Carmen sintió, en el aire limpio del alivio tras la tormenta, la certeza inesperada y cálida de que sus manos siempre tendrían a quién cuidar, y un hogar al que regresar. Y, en el silencio, le pareció oír la voz de Matilde, burlona y dulce, flotando como las partículas de polvo en la luz de la mañana:
Anda, Carmen, no olvides: lo mejor del mundo es hacer familia aunque la vayas juntando a trompicones.
Y Carmen, antes de dormirse abrazada a su pequeña tribu, sonrió. Porque sabía que, pase lo que pase, en su casa siempre habría sitio para una vida más, un recuerdo más y la promesa sencilla de pertenecer, sin condiciones, a ese barrio, a esa gente, a esa constelación imperfecta donde todos incluso los gatos tenían nombre y querencia.
Mañana sería otro día, pero esta noche, por fin, estaban todos a salvo. Y en la esquina de la plaza, el viento agitaba un viejo cartel de doña Rosario: No nos sentimos orgullosos. Pero debajo, a mano, alguien había escrito:
Aquí, sí. Y mucho.







