Cuando en nuestro pequeño pueblo trajeron una cuadrilla de albañiles, pensé que al fin me había tocado el premio gordo. Pero mientras yo coqueteaba sin reparos, la vecina, esa chica invisible que apenas se oía, silenciosa se quedó con el mejor de todos.
El pueblo, rodeado de viñedos y campos dorados de trigo, se extiende a orillas del río Duero, cuyas aguas, centelleando bajo el sol, bajan tranquilas hacia el Atlántico. Al otro lado del río se alza, como una muralla esmeralda, un bosque antiguo de encinas que encierra sombra y frescor. El aire por aquí siempre huele a heno recién cortado, a frescor de río y a madera quemada que sale de las chimeneas de piedra. En los últimos años, este rincón idílico ha atraído a gente de Madrid y Valladolid, que compran casas antiguas para transformarlas en chalés luminosos. Por eso a menudo llegan cuadrillas de obreros.
Marina, ¿te has enterado de que ayer llegó una cuadrilla nueva de albañiles al pueblo? me comenta Teresa, la vecina, rebuscando cerezas maduras en una cesta de mimbre. Oye, que hay uno que está muy bien, alto, con una mirada tranquila.
Lo dice con una sonrisita, espiando mi reacción. Normalmente yo soy la primera en enterarme de todo, pero esta vez me ha pillado por sorpresa.
¿Y tú cómo lo sabes? digo, dejando la costura.
Fui a por pan, los vi hablando con el alcalde frente a la herrería responde. Dicen que van a levantar una casa nueva donde estaba la ruina esa de la curva.
Ah, ya contesto, pero por dentro se me enciende una chispa de esperanza, esa ilusión discreta que brota tras una larga sequía. ¿Y si alguno viene soltero? Y si está casado, quizás el matrimonio no ande muy fino
A decir verdad, durante años, fui la más admirada de toda la comarca. Mi pelo castaño, como los campos de Castilla, mis ojos entre el gris y el azul celeste y mi figura esbelta me convertían en objeto de todas las miradas. Pero por alguna razón, los pretendientes me duraban poco, se iban volando como gorriones asustados. Quizá siempre fue ese temple mío, difícil de dominar, ese carácter que no tolera contradicciones. No cedía ante nadie, por cualquier detalle armaba una tormenta y mis palabras podían ser afiladas; mis resentimientos, eternos.
Tras hablar con Teresa, estuve rato frente al espejo en mi alcoba abuhardillada. Me puse mi mejor vestido, el de rosas silvestres, me pinté los labios de rojo y me recogí el pelo. Salí con el pretexto de dar un paseo al caer la tarde, decidida a averiguar sobre los forasteros. Junto al pozo, donde sonaba la noria, me crucé con Don Fermín, el viejo guarda del pueblo.
Vaya, Marina, vas arreglada como para las ferias, aunque hoy es lunes dice guiñando un ojo apoyado en su bastón labrado.
Buenas tardes, don Fermín, solo quería tomar un poco el aire respondo, un poco azorada, y enseguida añado por casualidad: Dicen que han llegado albañiles nuevos, ¿verdad?
Ya están en faena afirma. Han empezado a desmontar la casa de doña Gregoria, la que quedó vacía hace cinco años junto al río. El jefe es un hombre con planta, de la capital, vino en un coche enorme y negro. Dicen que va a levantar una casa de tres plantas, debe de tener mucho negocio en Madrid, porque no le falta dinero.
Luego me lanza una mirada socarrona:
A ver si tú tienes suerte esta vez, hija y sonríe bajo sus canas antes de alejarse calle abajo.
Me doy cuenta de la indirecta pero la espanto rápido, y sigo mi camino donde suenan los martillos y las voces de los hombres. No era la primera vez que venía una cuadrilla, ya antes puse mis dotes y simpatía en juego, pero casi siempre resultaban casados.
Ahora tenía otro motivo de inquietud. Al lado de Teresa, en una casa pequeña de paredes encaladas bajo techumbre de teja, vivía una recién llegada: Adela. Aquella vivienda antes fue de la tía Felisa, que se fue a vivir con su hijo a la ciudad. Adela tendría unos treinta años, como yo, y no estaba casada. Dicen que tras un divorcio en Burgos vino buscando empezar de cero entre la calma rural.
La gente aquí es franca y hospitalaria, pero mira con recelo a los de fuera. Adela, además de callada, era preciosa, pero no por sus formas llamativas, sino por una belleza discreta y apacible. Y desde que apareció ya no pude seguir sintiéndome sola en mi trono; ese mordisco lo sentía como herrumbre por dentro.
Te digo que la que ha venido nueva es un monumento contaba Don Fermín apoyado en la valla. Yo la he visto sacar agua y parece una cierva del bosque, toda sencillez y dulzura.
Los rumores se extendían entre las mujeres:
Adelita esa no está casada, algo raro habrá, con lo guapa que es…
Otras inventaban tragedias que explicaran su huida de la urbe. Yo, nada más verla, dicté condena:
Esa viene a lo que viene, sí, y siempre misteriosa y pensando en sí misma Esas palabras, como murmuraciones, recorrían el pueblo.
Las vecinas reían y sentenciaban:
Mira, Marina, ya tienes competencia Ahora no serás la única reina del pueblo.
El tiempo pasaba lentamente, como el río. Teresa, bondadosa, empezó a tratar más a Adela; tenían casas contiguas. Un día, tomándose un café, no se aguantó la curiosidad:
¿Cómo es que sigues sola, hija? Que con la presencia que tienes, no te faltarán pretendientes.
Me crié en un hogar de acogida desde los cinco años responde Adela bajando la vista. No tengo familia, solo antiguos conocidos, pero nos perdimos la pista todos.
¿Y tuviste marido?
Sí, también del orfanato, pero nos salió mal. Él quiso ir a otra vida, se perdió entre malas compañías Ahora está cumpliendo condena, nos separamos hace cuatro años.
¿Y hijos?
Dios no quiso dármelos Tal vez mejor así. Ahora comienzo desde cero.
Teresa compartió la historia enseguida con las demás. Después la arropó y la ayudó; cocinaban juntas, y Adela aprendía a preparar hornazos y pastas de pueblo, mientras Teresa le enseñaba recetas de la meseta.
Yo espiaba cada movimiento de Adela, devorándola con celos. Un día, la vi hablando en la puerta con un joven; parecía esperar a alguien. No lo pensé, me acerqué yo también.
¿Buscas algo, chaval? le dije, con tono ligero y una mirada insinuante. ¿Te ayudo en algo?
No, no busco nada responde amable pero algo frío. Soy de la cuadrilla. Hoy necesitamos agua, vi a una mujer en el patio y vengo a pedirla.
Rápidamente cambié de ánimo.
Pasa a mi corral, te doy agua. Pero con mi vecina, Adela, mejor no trates. Se dicen cosas feas en el pueblo, que es ligera y voluble Si necesitas cualquier cosa, avísame. Me llamo Marina, ¿y tú?
Jaime, responde, algo cohibido.
Saqué la garrafa de agua fresca y, charlando sobre el tiempo y la faena, se fue dándome las gracias. Me quedé mirando cómo se marchaba, encendí otra vez la esperanza.
«Bien, lo he interceptado. ¿Estará soltero?», pensé.
Confiaba en haber dejado a Adela en mal lugar ante sus ojos. Ignoraba que Jaime llevaba días observando de lejos a la callada del pozo, intrigado. Ya había preguntado por ella a Don Fermín, quien, a diferencia de mí, le habló bien de Adela:
Dejando chismes aparte, es una mujer seria, limpia, como pocas; de noble corazón.
A Jaime le picaba la curiosidad y, llevado por una atracción inexplicable, la próxima vez fue directamente al patio de Adela, donde la encontró regando los claveles.
Buenas tardes, saludó, casi titubeando.
Buenas, si es que viene en serio, respondió ella, melodiosa, como el tintineo de una campana lejana. ¿Qué le trae por mi casa?
Andamos otra vez sin agua en la obra, y el pozo común está lejos. Usted aquí, cerca Soy Jaime, ¿Adela, verdad? Ya me han hablado de usted, confiesa, sonriendo tímido.
Llénese cuanto quiera, y ella le sonríe con dulzura en los ojos.
Sus miradas se encuentran; se sostienen. En ese instante, silencioso y bello, salta una chispa imprevista. Yo, tras el visillo, lo veo: Jaime pasa de largo y, sin dudar, llama a la puerta vecina.
«¡Vaya, la sosa me lo ha ganado! me corroen los celos. Pero nada está perdido, sé que está soltero. Tendré que actuar rápido y con decisión. Le esperaré para interceptarlo».
Jaime no se apresuró en irse. Hablaron sentados en un banco soleado bajo la higuera, sobre cosas sencillas: el río, el bosque, la calma de los atardeceres. Apenas salió Jaime, fui a abordarle de camino.
Hola dije con voz fuerte y decidida.
Se sobresaltó y levantó la cabeza. Yo iba vestida aún más llamativa.
Hola saludó él, cortés pero seco, intentando seguir.
¿Por qué no viniste a mi casa? Te habría dado agua y compañía. Adela ya sabes lo que dicen por aquí, insistí acariciándole el brazo. Si necesitas algo, cuenta conmigo.
No, Adela no es así contestó, con un convencimiento inquebrantable.
Sentí casi dolor físico. La llama se apagaba, como una vela expuesta al cierzo.
«Ella le gusta… pero aún no todo está perdido», me dije, viéndole alejarse.
Esa tarde, escondida tras la valla, vi como Jaime entraba en casa de Adela. Al poco, sonó el hacha: partía leña para ella. Otro día le arregló la puerta. Siempre se marchaba al terminar. Yo espiaba desde mi rincón.
«Se va a dormir con los demás. No es tan grave. Aún hay oportunidad», pensaba agarrada al último consuelo.
Soñaba con divulgar que Adela recibía hombres de noche y mancharla, pero le veía partir cada vez. En el pueblo, sin mala intención, se seguía la historia como una novela. Todos miraban de reojo: ¿qué haría la callada Adela?, ¿hasta dónde llegaría la fogosa Marina?
Y el tiempo cumplió su ciclo. La cuadrilla terminó. Junto al Duero brillaba una flamante casa de tres pisos. El dueño vino, pagó en euros sin regatear, y todos los obreros partieron hacia la ciudad. Jaime se fue con ellos.
«Pues ya ha quedado Adela compuesta y sin novio me regocijé. Ni para mí ni para ella. Así está bien». Y experimenté un amargo alivio.
Pero en menos de una semana noté que Adela ni lo acusó. Seguía tranquila, con su sonrisa apacible, cuidando flores, ayudando a Teresa, ignorando mis indirectas como a una mosca que se aparta.
Pasaron cinco días. El pueblo seguía su marcha. Una tarde de finales de junio, cuando el sol teñía el cielo de melocotón, una furgoneta negra paró ante la casa de Adela. Bajó Jaime, sacó un baúl y entró sin vacilar. Yo salí corriendo, incrédula.
«¡No puede ser que la suerte le sonría tanto!», mascullé, ardiendo de rabia.
Poco después, el pueblo entero celebraba la boda sencilla pero alegre de Adela y Jaime. Don Fermín sacó la gaita, Teresa repartía roscas y pastas entre lágrimas. Ellos se miraban como si fueran los únicos en la plaza.
Pasaron los años. Tres después, viven felices en la misma casa de tejas rojizas que él sigue arreglando y ampliando. Su hijita, de ojos como su madre y mentón voluntarioso como el padre, juega entre las rosas del patio. Ellos han encontrado la dicha en la calma y en las cosas menudas.
Yo, Marina, sigo sola. Mi belleza, sin luz por dentro, se marchita; en mis ojos, la soledad es cada vez más dura. Don Fermín, sentado a la sombra de los aleros, suele decir:
Nuestra Marina acabará sola, ya lo veréis. A fuerza de hablar mal de todos y reñir por todo, el cariño la ha abandonado. La felicidad es un pájaro que sólo anida en la paz y la dulzura, no en la envidia ni en el grito.
Y parecía que la vida le daba la razón. Pero una tarde de otoño, el suelo cubierto de hojas, el aire frío y limpio, me detuve ante la ventana. Vi la casa vecina iluminada y oí, como cristal, la risa de la niña. Por primera vez, no sentí honda amargura, sino una claridad dolorosa. Comprendí que mi lucha era conmigo misma. Que mi soledad no era un refugio sino una prisión, y que la llave siempre estuvo en mi mano. Tal vez aquel momento era el primer paso para cambiar, para al fin oír el susurro tranquilo del mundo en vez de mis propios gritos. En ese dolor se aposentó una semilla nueva: la de otro tipo de belleza, la de la serenidad y la sabiduría; la que llega con la mañana callada tras una larga noche.





