Diario de María, 23 de octubre
Hoy ha sido uno de esos días en los que la tristeza se te mete en los huesos. El otoño parece aún más frío en Madrid, sobre todo bajo esta lluvia fina que me cala el alma. He esperado casi una hora en la sala de espera del centro de salud Ramón y Cajal, sentada en un banco de madera duro como mi incertidumbre, con el peso de los sesenta y ocho años encima y la espalda protestando. El cardiólogo me ha cambiado la medicación, y he salido con una bolsa llena de cajas y el corazón todavía más encogido.
He llamado a Antonio desde la entrada, al abrigo de la marquesina.
Antonio, ¿puedes venir a buscarme? Ya termino aquí le he dicho, reteniendo el teléfono con la mano helada.
Su silencio me ha dolido, como siempre, más por lo que no dice que por las palabras.
Mari… ahora mismo no puedo. El coche lo he tenido que dejar en Taller García. Se me ha estropeado repentinamente, ya ves. No me daba opción.
¿Cómo, si justo ayer iba perfectamente? le he contestado, con esa mezcla de sospecha y tristeza que sólo da la costumbre.
No sé, será el motor o algo Pilla un taxi, te hago el bizum.
Y entonces lo he escuchado. Una risa de chica joven de fondo, clara y despreocupada. Ese tipo de alegría que ya no me pertenece. He sentido un escalofrío.
Antonio, ¿y esa risa?, ¿quién está contigo?
¿Risa?, nada, será la tele. Se corta, luego te llamo.
Ha colgado casi con miedo, como si el móvil quemara.
Vuelta a casa en el autobús 27, con las bolsas en el regazo y los pensamientos haciendo más ruido que el tráfico en Castellana. Cuarenta y seis años casada. Cuarenta y seis años de cafés compartidos, camisas planchadas, pobreza en los noventa, enfermedades, nacimientos y entierros. ¿Cómo es posible que, después de casi medio siglo, te vuelvas extraña al hombre que amaste con todo?
Esa noche volvió tarde. Lleno de colonia barata, de esa que no conozco, rato después de lo habitual. No me pasó inadvertido el olor cuando me besó en la frente por costumbre, casi sin mirar.
¿Te arreglaron el coche? pregunté mientras ponía la cena.
Sí, una tontería desvió la conversación y los ojos.
Me limité a observarle: cómo masticaba despacio, cómo se enjuagaba la boca, cómo se le notaban los años en los movimientos torpes. Cumplió setenta en marzo, aquel día los niños nos regalaron un viaje a La Manga, que nunca llegamos a hacer porque él siempre encontraba un motivo para negarse.
¿Y cuánto costó la reparación?
Nada, una tontería contestó cortante y volvió a esconderse tras el telediario del salón.
Apenas dormí esa noche. A su lado, el silencio pesaba más que los años. Últimamente parecía un desconocido: irritable, huidizo, con el móvil pegado como un adolescente, cambiando su chaqueta vieja por otra moderna, comprándose colonia sin consultarme cosas de las que hablan las revistas, crisis de los setenta que nunca pensé que nos tocarían.
Al día siguiente, cuando se marchó diciendo que hacía recados, bajé al garaje. Nuestro Seat Toledo estaba allí, el regalo de bodas de oro de los niños. Pensé en las veces que había soñado con ese coche, en lo que significó para la familia. Me senté al volante y vi el kilometraje. Ha subido cinco mil kilómetros estas dos últimas semanas. Casi no hemos salido juntos.
Miré en la guantera: envoltorio de chicle ni Antonio ni yo tomamos chicle, y en el asiento trasero, cabellos rubios largos y pelusa anaranjada. Nunca hemos tenido perro.
Me temblaban las manos al salir. Estaba claro: algo pasaba, algo que no era producto de mi cabeza.
Por la tarde, quise hablarlo.
Antonio, ¿por qué hay tantos kilómetros en el coche si casi no hemos salido?
Te inventas cosas. No tienes otra cosa que pensar.
No me lo invento. Hay objetos que no son nuestros, y pelos de perro
María, estás obsesionada. Recuerda que fuimos a casa de Carmen la semana pasada; ¡ella tiene un perro!
Vale, fuimos. Pero Don, el perro de Carmen, es negro y los pelos eran claros. No discutí más. Sus ojos, por primera vez, no me buscaban sino que parecían traspasarme, en la frontera de la ira.
Al día siguiente, cuando Antonio salió, llamé al taller.
Buenos días, ¿me puede confirmar si mi marido ha traído el Seat Toledo, beige, matrícula hace dos días?
¿Perdone? me respondió el chico No tenemos ese coche en la lista ni esa matrícula.
Colgué. Me quedé mirando el móvil como si fuera una bomba a punto de estallar. Así que también mentía con eso. Y el dinero ¿dónde iba a parar?
Me dolió pensarlo: Tiene una amante. Setenta años y una amante. Pero la risa alegre, el perfume, los trayectos y el secreto Todo cuadraba.
Esa noche, hablé con Elena. Mi amiga de toda la vida.
Elena, creo que Antonio me engaña.
Eso es imposible, Mari. ¿Seguro?
Le conté todo, detalle a detalle.
Igual sólo alquila el coche en secreto, mucha gente lo hace para completar pensión, no te adelantes me sugirió.
Le di vueltas. ¿Alquilar el coche a mis espaldas? ¿Para qué, si no nos falta lo básico? Yo sabía la respuesta.
Le pedí a mi nieto Diego su ayuda. Dieciséis años y un genio de la tecnología.
Diego, quiero saber dónde va el coche le pedí, con un nudo en la garganta.
Él me ayudó a instalar una app de localización en el móvil. En una hora, podía ver los trayectos recientes: Vía Castellana, El Corte Inglés, la estación de Atocha, la universidad Recorridos de taxi, no de abuelo jubilado.
Gracias, Diego le dije, y al irse me eché a llorar como una niña frente al mapa de los engaños de mi propio marido.
Por la tarde, en cuanto vi en el móvil que el coche estaba parado en la terraza de una cafetería de moda, llamé a Elena. Fuimos en su coche, estacionamos cerca y esperamos. Salió una mujer joven niña, desde mi edad, minifalda y cazadora, se acercó al Toledo, lo abrió, y justo después apareció Antonio con un ramo enorme de rosas y una caja de bombones.
Me costó respirar. Elena quiso disuadirme, pero ya estaba bajando. Caminé temblando. Cuando Antonio me vio, se quedó de piedra, blanco como un papel.
La joven arrancó y desapareció, dejándonos a los dos en aquel aparcamiento entre charcos.
En casa, después, sólo pude decirle:
¿Tres meses alquilando el coche? ¿Y el dinero?
Para gastos susurró.
¿Gastos? Rosas, bombones, colonia juvenil. ¿Eso son gastos? ¿Para esa niña?
No es una niña, se llama Lucía. Tiene veintidós años. Me comprende.
Ahí lo supe: todo se había roto.
¿Te acuestas con ella?
Asintió. Sus ojos llenos de miedo, no de culpa.
Durante toda la noche repasé mi vida. Cómo me volví invisible. Cómo, con miedo a envejecer, él arrasó con todo. Cómo, sin consultar, convirtió nuestro coche ese regalo de nuestros hijos en fuente de sus escapadas, de regalos, de pequeñas traiciones.
Una semana después, vivíamos juntos pero como extraños. No compartíamos mesa, ni cama. Antonio no tocaba el coche. La Toledo tomó otro significado: ahora era el símbolo de su traición.
Incluso vendió el coche sin consultarme. No aguanto ver cómo te duele, dijo, dejándome el sobre con el dinero encima de la mesa. Quédate tú los euros. Son sucios, respondí yo. Lloré todo el día.
Al final, tras la venta, Antonio vino al balcón mientras yo me asomaba perdiéndome en la ciudad.
He terminado con Lucía. Se rió y colgó. Para ella sólo era un entretenimiento confesó.
Me quedé callada. Él llegó a decir:
Sigo temiendo la muerte, aunque ella ya no esté. Ahora, sólo soy un viejo y estoy solo.
Eso elegiste tú.
Así fue pasando el invierno, entre silencios y recuerdos. Un día, me mostró una caja con cartas de cuando era joven, durante la mili. Cartas de amor ardiente, promesas de felicidad que ya no sabíamos si existieron alguna vez. No pude evitar pensar: ese Antonio murió hace años.
En Nochevieja, solos en la casa, sin querer fingir felicidad ante los nietos, brindamos cada uno por su cuenta.
He comenzado terapia dijo un día, tengo que entender qué me ha pasado.
Hazlo. Yo también necesitaría aprender a dejar de dolerme contesté.
Semanas más tarde, cuando los hijos preguntaban qué haría (Madre, ¿le perdonas o te divorcias?), sólo respondía No lo sé.
La última conversación importante llegó a comienzos de marzo, ya con los almendros en flor. Antonio, frente a mí, los ojos cansados, los años pesando más que nunca.
Si algún día decides darme otra oportunidad, aquí estaré, demostrándote día a día que puedo cambiar.
Le miré largo rato. No sé lo que deparará el futuro. Quizás el pasado pese demasiado. Pero, de una cosa sí estoy convencida: a estas edades, las certezas desaparecen y lo que queda es solo aceptar que la vida puede derrumbarte cuando menos lo esperas.
Y aquí estoy, al atardecer, delante de un Madrid lluvioso, sintiendo que quizá, sólo quizá, algún día aprenderé a convivir con esta herida. Sin certezas, sin promesas, pero sin perderme a mí misma, ni dejar de vivir aunque duela.







