El recuerdo de aquella noche en el restaurante madrileño todavía me hace sonreír, aunque entonces la situación me cogió por sorpresa.
Llevábamos un par de citas, cuando Alfonso, un empresario de cierto renombre o al menos a él le gustaba creérselo, me invitó a cenar a un lugar donde los camareros se desplazaban con la elegancia de danzarines y la luz tenue envolvía todo de un aire sofisticado. Alfonso, con su traje perfectamente entallado, su reloj de marca y esa sonrisilla arrogante de quien se siente dueño de cuanto le rodea, parecía formar parte del mobiliario.
Pide lo que quieras dijo sin mirar la carta, en ese tono de falsa generosidad. No soporto que una mujer se prive de algo por cortesía.
La frase sonó grandilocuente, como salida de una novela de caballerías, pero a mí ya me inquietaba algo. Quizá era su manera de mirar, o lo cómodamente que hablaba de antiguas novias, asegurando que todas solo buscaban su cartera.
Pedí una ensalada de pato y una copa de albariño; Alfonso, en cambio, se lanzó a lo grande: solomillo, tartar, botella de rioja gran reserva Mientras divagaba sobre su empresa, se quejaba de lo superficial que era la gente y disertaba sobre valores y afinidades espirituales, yo me sentía evaluada, más que cortejada. Era como un examen en cualquier momento podía saltar la pregunta trampa.
El teatro del caballero
Al llegar la cuenta, presentada en una elegante carpeta de cuero, Alfonso no perdió el hilo de su discurso. Mientras exploraba distraídamente los bolsillos de su americana, luego los del pantalón, su expresión se transformó: de seguro a desconcertado, pero de manera claramente fingida.
Vaya… murmuró, clavándome la mirada. Creo que he dejado la cartera en la oficina o en el coche.
Levantó las manos, teatralizando su supuesta impotencia, pero en ningún momento intentó resolverlo con el móvil, ni pidió que esperasen. Solo me observaba, esperando mi reacción.
Qué situación tan absurda… continuó, recostándose en la silla. ¿Me puedes sacar del apuro? Pagas tú esta vez y luego te hago Bizum, o la próxima cena corre de mi cuenta, con intereses.
En ese momento comprendí; no era un descuido, sino una prueba premeditada de esas de las que había leído en foros o visto en malas series, pero jamás pensé que viviría en persona, y menos de alguien tan hecho y derecho.
Resultaba patética su lógica: si la mujer accedía sin objeciones a pagar, era buena, sumisa y dispuesta a cargar con todo; si no, una interesada. Enfrente ya no estaba un empresario de éxito, sino un manipulador empeñado en examinarme.
Contaba con que seguir a su juego era la única opción. Según él, cualquier mujer querría asegurarse el favor de tan codiciado partido.
El giro esperado
Abrí mi bolso lentamente, procurando mostrarme tranquila. Alfonso pareció relajarse, convencido de su victoria.
Por supuesto, sin problema dije muy serena mientras llamaba al camarero.
¿Podría por favor dividir la cuenta? pedí alto y claro. Yo pago lo mío. El señor, lo suyo.
La sonrisa se borró de su cara.
¿Cómo dices? masculló, inclinándose hacia mí. Si no tengo la cartera
Lo comprendo asentí, acercando el móvil al datáfono. Pero apenas nos conocemos. Me parece normal que cada cual pague su parte. Una cena a cuenta de quien ha invitado y pedido los platos más caros, eso sí que no es mi responsabilidad. Eres adulto, seguro que encuentras la manera de resolverlo.
El camarero se quedó paralizado, mirando a uno y otro, sin saber cómo actuar. Alfonso se fue poniendo rojo, y su fachada cayó en cuestión de segundos.
¿En serio? susurró entre dientes. ¿Por este dinero? Te he dicho que te lo devolveré. Solo quería ponerte a prueba.
Pues ya tienes tu respuesta me levanté de la mesa. Soy de las que no aceptan manipulaciones.
Caminé hacia la puerta, pero sentí que la escena no estaba completa. Volví sobre mis pasos y saqué de la cartera algunos billetes arrugados y monedas sueltas, de esas que siempre acaban perdidas en el fondo del bolso.
Ah, por cierto dije, depositando el montoncito junto a su copa de vino caro. Si la cartera está en otro coche, tampoco tendrás para el taxi, ¿verdad?
Esto es para el metro. Tranquilo, llegarás bien a casa. Considéralo una aportación a tu investigación sobre el alma femenina.
Varios comensales se giraron. Alfonso tenía cara de haber recibido una bofetada.
Salí a la calle.
Aquel atardecer solo me costó una ensalada de pato y una copa de vino precio más que justo por descubrir a tiempo el verdadero rostro de una persona y ahorrarme años de complicaciones. Ojalá él haya aprendido algo, aunque sé bien que ciertos hombres rara vez cambian.
Y vosotras, ¿qué hubierais hecho en mi lugar? ¿Salvaríais a un despistado caballero o preferiríais la postura tajante pero honesta?





