Él eligió no elegirme a mí
Sábado, diez de la mañana. He aprendido que, en esa hora matutina, el Mercado Central de la calle Fuencarral apenas empieza a desperezarse: pocos clientes, murmullos suaves y el aroma tentador del pan recién horneado que se mezcla con una fragancia cítrica de naranjas valencianas apiladas hermosamente en sus cajas de madera clara. Me gusta recorrer los pasillos en esta calma, empujando mi carrito sin prisas, disfrutando ese silencio que sólo se rompe por el zumbido lejano de alguna conversación o las ruedas rodando sobre las baldosas.
Ya es rutina: los sábados hago la compra semanal para luego no volverme loca entre semana por si falta algo para la cena. Entre los productos que ya duermen en el carro pequeños tesoros bien colocados destacan los tomates carnosos, un manojo de albahaca fresca, un pepino firme y varias bolsas de arroz y lentejas. Consulto la lista, bolígrafo en mano, tachando lo que voy metiendo y pensando, sin pensar, en lo que queda. Siempre me agrada sentirme tan dueña de mi tiempo.
Mi mirada, algo perdida entre cajas y colores, se detiene súbitamente. Un rostro familiar, casi irreal, aparece al otro lado de un expositor. Es imposible, pienso, y sin embargo… sí, no hay duda.
¿Javier? se me escapa más alto de lo que hubiera deseado, rompiendo por un instante la tranquilidad del mercado.
Allí está él, al lado de una estantería repleta de latas de conservas, junto a una señora mayorseguro, su madreque inspecciona los ingredientes con la minuciosidad de una académica de la RAE y, de vez en cuando, le pregunta algo a voz baja mientras él asiente con una sonrisa paciente.
Al oír mi voz, Javier se gira. Reconozco en su rostro una sombra de confusión, como quien intenta situar a una antigua conocida en el lugar equivocado. Luego sonríe con esa mueca tirante, educada y carente de calor.
Lucía… Vaya, qué sorpresa dice, alzando un poco las cejas.
El corazón se me da la vuelta, pero no lo demuestro. Empujo el carro suavemente para apartarme del medio y respondo:
Sí, hace mucho que no nos cruzábamos… ¿Qué tal todo?
Su tono es neutro. El mío, también. Intento ignorar ese torbellino sordo que por dentro me quiere llenar la cabeza de preguntas que ya no importan. ¿Cuánto ha pasado? ¿Diez años? ¿Un poco más? Nos hemos convertido en otros.
Bien, la verdad… Lo de siempre: el trabajo, casa. Todo igual.
Su madre, hasta entonces entregada de pleno a una lata de tomate triturado, levanta la vista y me examina con sigilo. Su mirada no es hostil, pero tampoco cálida: desconfía, como si quisiera situar mi presencia en la vida de su hijo. Javier, rápidamente, explica:
Mamá, esta es Lucía… Antes éramos amigos titubea en esa última palabra, y me doy cuenta de que ni él sabe qué etiqueta ponerle a lo que fuimos.
Ajá… responde ella, ya dispuesta a volver a su mundo de ofertas. Javier, coge estos, están rebajados un 30% señala unas latas y él, obedientemente, las guarda en la bolsa.
Me descubro observando esa escena con una distancia nueva, casi como si viera una película. Hace años habría sentido dolor, nostalgia, preguntas sin respuesta. Ahora no. Ahora sólo hay curiosidad, como si ya estuviera lejos.
Bueno, me alegra verte digo, inclinando la cabeza levemente. Y es verdad, aunque en nuestro pasado hubo de todo menos despedidas amables. Saber que está bien me deja tranquila. Mis presentimientos, al final, iban acertados. Cuídate.
Tú también, Lucía responde él, replicando esa sonrisa forzada con la que abrió el encuentro. Que tengas suerte.
Reanudo mi camino y los precios y colores me resultan de pronto insípidos mientras mi mente se atasca en ese encuentro fugaz. Como un anzuelo mudo, el recuerdo tira de mí hacia atrás. Siento en la nuca los retazos de aquel pasado: luminoso, duro, pero tan real que casi podría tocarlo.
En aquellos tiempos, cuando todo parecía estar en el sitio correcto Javier y yo llevábamos juntos doce meses todo parecía posible. Qué fácil era entonces imaginar que el para siempre nos correspondía. Paseábamos por Madrid sin rumbo fijo, probando croquetas en tabernas y compartiendo tardes de cine en la Gran Vía. Recuerdo las conversaciones eternas en terrazas, cafés humeantes, planes improvisados de escapada a Toledo u Oporto. Sentía que el futuro lo tejíamos con hilos fuertes y dulces.
Hasta que llegaron las primeras grietas.
Un día, en una cena iluminada apenas por vela y con la comida enfriándose, me armé de valor:
¿Y si nos vamos a vivir juntos? Al final, estamos siempre juntos, y casi ni pasamos tiempo por separado. Creo que sería… natural.
Contuve el aire, esperando que reaccionara con la misma ilusión, deseando poder preparar su desayuno, recibirle tras el trabajo, compartir una madrugada de tarta y peli acurrucados sin más. ¿Pido tanto? Hay gente que se casa al mes.
Pero Javier titubeó. Se aferró al mantel, miró a un lado, buscando en el silencio la respuesta menos dolorosa.
Lucía, ya sabes… mi madre está sola. Me necesita. Está acostumbrada a que pase todas las noches en casa.
No había desdén ni egoísmo en su voz, sólo una ternura infantil, inquieta. Lo entendía: eran uña y carne, pero algo en mí seguía peleando por nuestro espacio, por vivir nuestra historia.
Si no vamos a dejarla… Podrías visitarla todos los días, llamarla, lo que quieras. Pero nosotros también necesitamos nuestro sitio, vida propia. Lo normal, Javier. Somos adultos, ¿no crees? ¿No te gustaría tener tu propia familia, hijos, hasta un perrito, sin miedo a que le dé alergia a tu madre?
Suspiró y bajó la mirada.
Me crio ella sola… Es mi mundo. No puedo irme así, sin más. Espera un poco, pronto podrá ser.
No era una excusa: sólo un hecho. Ella, su madre, era el sol de su pequeño sistema. No podía renunciar.
No insistí. Prefería una espera, pensaba, a convivir con su madre, que nunca me miró sin frialdad. De compartir espacio ni hablar: acabaríamos tirándonos los trastos.
Así que sonreí y lo dejé estar, intentando convencerme de que el momento adecuado llegaría.
Lo que vino después se complicó sin aviso: una noche caí enferma. De repente, el mundo pesaba. Fiebre alta, garganta irritada, cada movimiento dolía.
Llamé a Javier con voz temblona:
Tengo fiebre, no puedo ni andar. ¿Vienes? Sólo por unos días…
Claro, voy para allá. ¿Te llevo algo?
En media hora, allí estaba. Trajo una bolsa de naranjas y una caja de infusiones. Se sentó a mi lado, me sonrió, me arropó.
Ese día fue mi enfermero. Me hizo sopa, me obligó a descansar, me trajo agua. Recuerdo pensar: aquí está, este es el hombre en quien quiero confiar mi vida. Todo parecía encajar.
Al levantarme a la mañana siguiente, él ya no estaba. No tenía mensajes, ni llamadas. El corazón se me encogió y marqué su número.
¿Dónde estás?
Me fui a casa. Mi madre estuvo mala, se preocupó cuando no llegué. Le subió la tensión, no podía dejarla sola. Pero iré a verte esta tarde, te llevo lo que necesites.
Su voz sonaba calmada, pero yo sentía quebrarse algo muy hondo, como si de pronto entendiera el verdadero lugar que ocupaba.
¿Me dejas sola así, cuando apenas puedo andar porque a tu madre le subió la tensión? ¿Qué soy yo entonces?
No te pongas así… Ella está sola, y tú te repondrás. Si quieres, paso por las tardes a verte.
Fue el golpe de realidad: no hay sitio para los dos en su vida. La madre, siempre primero.
¿Y cuando estemos casados también dormirás en casa de tu madre si te reclama? ¿Vas a vivir con las dos?
Claro. Viviremos los tres juntos, eso es lo normal. No voy a dejarla. Sólo tengo una madre.
Entonces lo entendí. No iba a cambiar. No era incapacidad, sino decisión.
Consíguete a otra que quiera vivir así susurré. Me temblaba todo y me dolía hasta respirar, pero tenía claro lo que tenía que hacer. No vuelvas.
Intentó quitarle hierro, me llamó infantil, como si fuera una rabieta. Pero yo no me eché atrás.
Colgué. Con los pocos ánimos que me quedaban, pedí a mi amiga Carmen que viniese. No podía pasar un minuto más sola.
Ahora, frente a los quesos manchegos, sonreí un poco al recordar a esa Lucía quebrada pero decidida. ¿Qué habría sido de mí, de haberme resignado?
Tras aquello, todo cambió poco a poco. Y, aunque no fue fácil, logré volver a construir mi historia desde la nada.
Me centré en mi carrera. Hice un máster nocturno en la Complutense mientras trabajaba. Aprendí a madrugar, a aprovechar cada minuto y a saborear la satisfacción de ver mi nombre en aquel título de magisterio. Ese diploma trajo luego un puesto mejor en una empresa del barrio de Salamanca, con más responsabilidad, más sueldo y posibilidades reales de crecer.
Cumplí sueños pendientes: viajé sola por Andalucía, crucé la Toscana en tren, pisé Lisboa oliendo a salitre y Fado, y hasta aprendí a quererme a mí misma. Fueron viajes de aprender a gozar, a no esperar por nadie para vivir.
Un día, paseando por una tienda de animales en Lavapiés, me topé con una gata diminuta y atigrada. La llamé Tecla, y desde entonces cada tarde me espera en casa, reclamando mimos y croquetas. No hay vínculo más sencillo y más leal.
Aprendí algo aparentemente trivial pero que me hacía ilusión: a preparar un café perfecto. Compré una cafetera italiana, busqué el punto exacto de molido, la mejor leche. Ahora, cada mañana, siento que todos los aromas me dan la bienvenida a un día más mío.
Y, cuando menos lo esperaba, conocí a Diego. Fue en la cena de Navidad de la oficina: él, discreto, atento, con la habilidad de escuchar sin interrumpir. Al principio cruzábamos sólo saludos. Un día dejó un café en mi mesa “porque parecía que tenías mala cara, Lucía”. Y, poco a poco, surgió una compañía limpia, sin dramatismos; planes de cine en versión original, domingos en El Retiro, debates sobre libros, sueños.
Después de un año, compartimos piso en Argüelles sin tragedias ni discusiones de mudanza. Dos años después, una boda sencilla en la iglesia de San Antón, rodeados de amigos y familia. El futuro se presentaba tranquilo, acogedor.
Hoy, mientras cojo el queso favorito de Diego y lo coloco en el carrito, mis pensamientos son distintos. Espero nuestro primer hijo. Pienso en lo que enseñaré a esa criatura: a ser valiente, a no suplicar cariño, a defender su sitio en la vida.
¿Estás bien? escucho muy cerca, la voz de Diego. Te habías quedado muy callada.
Me giro y le sonrío, pegada a su hombro. Siento la seguridad de su mano, la mirada atenta.
Nada, recuerdos respondo bajito. Cosas que aprendí hace tiempo. A veces hay que pasar por lo malo para saber lo que realmente quieres.
Diego asiente. Jamás me exige explicaciones ni ahonda donde no quiero. Eso se lo agradezco: con él, basta estar.
Terminamos ya, que ese bizcocho que has hecho se enfría y si pierde el aroma me muero dice, con esa ligereza tan suya.
Me río, le sigo el juego y añadimos una tarta de chocolate al carrito.
De camino a la caja, hablamos de cenas, de amigos, de los cursos de idiomas que haremos juntos. Todo con calma, en armonía.
Al abandonar la zona de quesos, los veo de lejos: Javier y su madre, en el mismo pasillo de antes, eligiendo productos en oferta. Ellos siguen en su universo, aferrados a rutinas que no conocen ni buscan cambios.
Y yo, empujando mi carrito rumbo a mi vida, sólo puedo pensar: cuánto agradezco haberme elegido a mí.







