María Fernanda se entera de que su marido tiene una aventura con la vecina de la casa de campo cuando va a pedirle sal para encurtir pepinillos.
Abre la puerta Alfonso. Su Alfonso. En calzoncillos y camiseta interior.
¿Alfi? apenas logra articular ella.
Él se pone pálido, después se ruboriza y luego vuelve a palidecer.
Nanda… ahora te lo explico…
Detrás de él aparece Consuelo, la vecina, viuda desde hace años. Lleva una bata visiblemente echada sobre el cuerpo desnudo.
Alfonso, ¿quién es? pregunta ella y al ver a María, se queda helada. Ay…
Los tres se quedan quietos. Luego María gira sobre sus talones y se encamina casi corriendo hacia la valla.
¡Nanda! ¡Espera! Alfonso sale en pos de ella, olvidando camiseta y calzoncillos.
Toda la calle donde se agrupan doce chalés se asoma a mirar.
Alfonso García, hombre respetado, presidente de la asociación de vecinos, corre por la calle tras su esposa, en ropa interior.
¡Esto sí es puro teatro!, comenta Mateo, el vecino de al lado.
María se mete en casa y cierra la puerta por dentro. Alfonso golpea desesperado.
¡Nanda, ábreme! ¡Déjame hablar!
¿Cuántos años? grita ella desde detrás de la puerta.
¿Qué?
¿Cuántos años lleváis con esto?
Alfonso guarda silencio. Finalmente responde en voz baja:
Dieciocho.
María se desliza hasta sentarse en el suelo apoyada en la puerta. Dieciocho años. Justo los que acaba de cumplir Pablo, su hijo menor.
Se oye la verja y Consuelo entra ya vestida y peinada.
María, tenemos que hablar.
¡Lárgate, víbora!
Vamos, María, somos adultas. No te pongas melodramática.
María respira hondo, sale y se sienta en el porche. Consuelo la acompaña. Alfonso espera a un lado.
Dieciocho años dice María. ¿Cómo ha sido posible?
¿Te acuerdas cuando estuviste ingresada por la espalda? Dos meses fuera.
María recuerda. Operación. Larga recuperación. Alfonso, solo, dejó secar los pepinillos y pudrir los tomates. María siempre se preguntó cómo pudo apañárselas él.
Yo le ayudé sigue Consuelo. El huerto, la comida… Y bueno…
Y así empezó musita Alfonso.
¡Dieciocho años! exclama María poniéndose en pie, ¡me habéis tomado por tonta!
Nadie te ha tomado por tonta responde Consuelo levantándose también. Tú vivías tu vida y nosotros la nuestra.
¿La vuestra? ¡Alfonso es mi marido! ¡El padre de mis hijos!
¿Y? ¿No sigue siendo marido? ¿No están tus hijos bien? ¿No está la casa de campo perfecta?
María amaga con la mano, pero Alfonso le detiene el brazo.
Nanda, por favor.
¡No me toques!
Se zafa y entra en casa. Un corro de vecinos empieza a cotillear. Las noticias vuelan en el vecindario.
¡Circo es poco! grita Alfonso ¡Se acaba el espectáculo!
Pero nadie se va. Hablan, cuchichean. Carmen, de la tercera casa, suelta en alto:
¡Siempre lo supe! ¡Les vi juntos!
Mientes responde su marido. Si no ves tres en un burro.
¡Ya lo creo que lo veo!
Al caer la noche, María está en la galería y Alfonso va de un lado a otro.
Nanda, dime algo.
¿El qué? ¿Divorcio?
¿Divorcio? ¡Si tenemos sesenta!
¿Y qué? ¿No hay divorcios después de los sesenta?
Nanda, por favor. Llevamos cuarenta juntos.
De ellos dieciocho te los has pasado con Consuelo.
Vivía contigo… pero a veces iba con ella.
¿A veces?
Bueno… dos veces por semana.
Dos veces por semana durante dieciocho años, eso ya no es a veces, Alfonso. Eso es rutina.
Se sienta enfrente.
Nanda, entiéndelo. Te quiero. Pero Consuelo… es diferente.
¿Mejor?
No mejor. Simplemente distinta. Contigo tengo la casa, los hijos, las tareas. Con ella descanso. De todo eso.
¡Descansas tú! ¡A mí también me gustaría descansar! Pero yo encurto pepinillos…
¡Claro! ¡Siempre estás en marcha! Pepinillos, tomates, mermelada… Y yo solo quiero, a veces, estar, beber, charlar.
¿Y no puedes charlar conmigo?
Hablamos de los hijos, de los nietos, del huerto. Con Consuelo hablamos de la vida, de libros.
¿Ella lee? se asombra María.
La conoce como una mujer sencilla, del pueblo.
Lee. Y sabe de poesía. Le gustan los clásicos.
María está a punto de reír. Alfonso y los clásicos.
¿Y ahora qué?
No sé. Tú decides.
¿Yo? ¿Y tú?
Yo… Nanda, tengo sesenta y dos años. ¿Qué decisiones? Me gustaría vivir tranquilo. Es todo.
¿Y con quién? ¿Conmigo o con ella?
Alfonso guarda silencio. Luego dice:
¿Y si es con las dos?
María agarra lo primero que ve. Un tarro de pepinillos. Se lo lanza. Falla y el bote se estrella contra la pared.
¡Lárgate!
Alfonso se va. A casa de Consuelo, por supuesto.
Esa noche María no duerme. Piensa. Cuarenta años juntos. Dos hijos, nietos. La casa de campo que levantaron juntos.
Y dieciocho años de engaños.
Aunque… ¿fue un engaño? Él nunca prometió fidelidad. No juró amor eterno. Solo vivía. Con ella, y con Consuelo.
Por la mañana llega Antonia de la quinta casa con un bizcocho.
María, ánimo.
Gracias.
Si quieres, mi marido le puede partir la cara a Alfonso.
No hace falta. No estamos en el colegio.
¿Y tú? ¿Qué vas a hacer?
Nada, de momento.
Yo le habría echado. ¡Un traidor!
Antonia, ¿tu marido no va a visitar mucho a Carmen de la tercera casa?
Antonia se sonroja.
¿Por qué dices eso?
Les vi entre las frambuesas.
Eso… eso no era nada.
¿Qué era entonces?
Discutían sobre las plantas.
¿Abrazados?
Antonia se va dando un portazo.
Al mediodía viene Mateo.
María Fernanda, bueno… ¿quieres que te labre el campo? ¿O algo?
Gracias, no hace falta.
Es que Alfonso me ha dicho que viene esta tarde a recoger sus cosas.
¿Qué cosas? ¿Sus calzoncillos?
Bueno… no sé. Yo te lo digo.
Pásale el recado. Gracias.
Mateo se va, nervioso.
Por la tarde, Alfonso viene apesadumbrado.
Vengo a por mis cosas.
Coge, coge.
Entra en la casa, María le sigue.
Alfonso, ¿por qué Consuelo? ¿Qué tiene?
Él se para.
No sé. Con ella es todo fácil.
¿Conmigo es difícil?
No es difícil. Contigo todo se sabe: cómo encurtir pepinillos, cuándo plantar patatas, cuánto dar a los nietos. Ella no sabe. Me pregunta.
¿Y así te sientes inteligente?
Más bien útil.
María se sienta en la cama.
Alfonso, yo tampoco lo sé todo. Ahora no sé cómo vivir después de todo.
Nanda…
No sé cómo mirar a los hijos. Decirle a los nietos que ahora abuelo vive con la vecina.
¡No hay que explicarles nada!
Sí, Alfonso. Mañana viene Javier con la familia. ¿Qué les digo?
Diles que hemos discutido.
Alfonso se sienta cerca.
Nanda, ¿y si hacemos como si no hubiera pasado nada?
¿Cómo?
Eso, fingir que nada ocurrió.
Claro. Con Consuelo al lado, viéndote a diario, fingimos que nada.
¿Qué propones entonces?
María camina hacia la ventana. Fuera, Consuelo riega los pepinillos. Misma bata.
¿Sabes qué? Vive donde quieras. Pero a los nietos se lo explicas tú.
¡Nanda!
Y este año encurtes los pepinillos tú.
¡No sé hacerlo!
Consuelo te ayuda. Es culta. Seguro se apaña.
Alfonso se marcha con su atillo. Los vecinos miran de reojo.
Por la noche, María oye ruidos. Alguien anda por la finca.
Sale. Junto al invernadero está Alfonso.
¿Y tú?
Miro los tomates. Mañana hace calor, hay que ventilar.
Pero tú ya te fuiste.
Sí, pero los tomates son míos. Yo los planté.
¿Y?
Y nada, no los dejo morir.
Abre el invernadero y cruza la valla de vuelta.
Por la mañana, Javier llega con familia.
Mamá, ¿y papá?
En casa de la vecina.
¿De visita?
Vive allí.
Javier se sienta.
¿Cómo?
María lo explica todo, sin detalles.
¿¡Dieciocho años!? ¿Mamá, entonces cuando nació Pablo ya…?
Resulta que sí.
Javier va a ver a Consuelo. María oye gritos. Puerta. Su hijo vuelve.
Papá dice que os quiere a las dos.
Vaya lotería.
Mamá, no te pongas así. Quizá es amor.
¿Tú podrías? ¿Amar a dos mujeres?
¿Yo? No. Pero no soy papá.
Eso es cierto.
El nieto entra corriendo.
Abuela, ¿por qué abuelo vive con la señora Consuelo?
Porque la ayuda en el huerto.
Javier se ríe.
Mamá, tienes cada cosa…
Por la noche, más ruidos. Alfonso riega las plantas.
¿Alfonso, te has vuelto loco?
¡Hay sequía! Se va a perder todo.
Riega la huerta de tu nueva familia.
Consuelo tiene la suya.
Entonces riega la suya.
¡Pero esta también da pena!
María agarra la manguera:
Te ayudo, que si no te tiras todo el día.
Riegan juntos. Silencio. Se sientan.
Alfonso, dime la verdad, ¿a quién quieres más?
Nanda, ¿qué preguntas son esas?
Normales. ¿A quién?
Piensa un instante.
A las dos. Pero de manera diferente.
¿Cómo es eso?
Tú para mí eres como mi mano derecha. Costumbre, apoyo, es imposible sin ti. Ella es como una fiesta. Rara, alegre.
¿Y si yo faltara?
¡Calla! No digas eso.
¿Y si? ¿Te casarías con ella?
No lo sé. Probablemente no.
¿Por qué?
Porque entonces ella sería la mano derecha. Y la fiesta se esfumaría.
¿Así que necesitas las dos?
Eso parece.
Ven las estrellas en silencio.
Alfonso, ¿y si yo busco también mi fiesta?
Alfonso se sobresalta.
¿Qué? ¿Fiesta?
Sí, algún hombre. Mateo me ha ofrecido ayuda.
¡Mateo! ¡A ese sí que le…!
¿Qué le harás? ¡Tú vives con Consuelo!
¡Eso es distinto!
¿En qué?
Nanda, tú no eres así.
¿Seguro? ¿Y si empiezo a leer clásicos?
No lo haces.
Pues empiezo.
Alfonso se pone serio.
Nanda, va en serio. ¿Qué quieres?
¿Y qué quería? ¿Que todo volviese a ser como antes? Imposible. Ya no será nunca.
Quiero tranquilidad. Encurtir pepinillos. Disfrutar los nietos.
¿Y?
Y nada. Vive donde te plazca.
¿Cómo?
Si quieres ir con Consuelo, vete. Si quieres volver, vuelve. Pero no más mentiras.
¿Y si viene Mateo a por ti?
No vendrá. Tiene a Lucía de la novena casa.
¿Y eso?
Alfonso, no estoy ciega. Solo callaba. Como todos.
Por la mañana, Alfonso vuelve con sus cosas.
Nanda, ¿de verdad puedo volver?
La cama está en el cobertizo. Hincha el colchón y duerme. Ya te apañarás.
Deja su atillo y va a por el colchón inflable.
Los vecinos miran y cuchichean. Consuelo riega los pepinillos fingiendo no saber nada.
Javier sale al porche.
Mamá, ¿ha vuelto papá?
Hincha el colchón en el cobertizo.
¿Eres una santa? ¿Le perdonas?
No soy santa, soy tonta. Y para cambiar, ya es tarde.
Una semana después, Alfonso pasa del cobertizo a la casa. Un mes después, María deja de notar que Alfonso va dos veces a la semana a ver a la vecina. Un año después, nadie en la calle comenta el asunto.
Nuevos cotilleos surgen. Carmen, de la tercera casa, se va con Pedro, el de la quinta; Antonia se muda con el marido de Carmen.
María encurte pepinillos, Alfonso construye un invernadero nuevo, Consuelo lee un libro tras la valla.
Al final, ¿qué es el amor? Vivir cuarenta años, criar hijos, construir una casa, plantar un jardín.
Y aceptar que nada es perfecto. Ni siquiera el amor.
Sobre todo el amor.







