Tengo 85 años, soy exentrenadora de taekwondo y me robaron la bicicleta. El ladrón la vendía por internet, así que quedé con él fingiendo que quería comprarla.

A mis 85 años, exentrenadora de taekwondo, me robaron la bicicleta. El ladrón, ni corto ni perezoso, decidió venderla en internet. Así que, ni corta ni perezosa yo tampoco, me puse en modo detective y le contacté haciéndome pasar por una compradora interesada.

Pensaba que a estas alturas de la vida ya lo había visto todo, pero está claro que la vida siempre tiene una última función guardada para ti. Todo comenzó cuando desapareció mi fiel bicicleta, con la que llevaba recorriendo el barrio de Chamberí desde que Franco era corneta. Os podéis imaginar mi cara cuando, dos días después, tropecé con mi propia bicicleta anunciada en una web de segunda mano. ¡Hay que ser caradura!

Entonces hice lo que haría cualquier exentrenadora de taekwondo que se precie: quedé con el tipejo haciéndome pasar por quien quiere comprar.

Llega el día. Yo, en el parque del Retiro, con mis gafas, mi bastón (más de atrezzo que de necesidad, seamos sinceras), esperando como quien no quiere la cosa. Al poco aparece un chavalín, empujando MI bici con una sonrisa de anuncio de dentífrico.

Buenos días, señora, ¿es usted la interesada en la bici? me suelta todo simpático.

Sí, hijo, déjame verla bien le respondo poniendo voz de abuela de las de misa de doce.

Él, convencidísimo, acerca la bici. Y en cuanto la tuve a tiro… ¡ZAS! Con una agilidad que mis antiguas alumnas de artes marciales reconocerían al instante, agarré el manillar como si escondiera barras de oro.

¡Eh, ¿qué hace usted?! protesta el chaval, intentando quitármela.

Pobre criatura. Intentó forcejear, pero cuarenta años dando clases de taekwondo no se evaporan de la memoria así como así. No pudo mover la bici ni un milímetro. Estaba clavado en el sitio, los ojos como platos viendo cómo esta frágil abuela sujetaba la bicicleta como si fuera de cemento armado.

¿Qué pasa, campeón? ¿Dónde quedó esa fuerza? le solté con una sonrisa de esas entre sorna y ternura.

Y por supuesto, hice lo que toda maestra hace cuando pilla a alguien en falta: ¡le llevé agarrado de la oreja!

¡Ay, señora, suélteme! me suplicaba mientras cruzábamos el parque, yo tirando de él tal y como conducía a los gamberros hacia el despacho del director allá por los años 70.

Esta bici es MÍA, majete. ¿De verdad creías que, por tener ochenta y cinco años, iba a dejarte salirte con la tuya? ¡Tengo más cinturones negros que tú excusas!

Ya había montado espectáculo. La gente en el parque empezó a congregarse: unos grabando, otros aplaudiendo. El chaval, rojo como un tomate y con la oreja en plena combustión, sólo sabía repetir disculpas.

¡Lo siento mucho! ¡No sabía que era suya! ¡Pensé que estaba abandonada!

¿Ah sí? ¿Y el candado se abrió por arte de magia o cómo va eso? le solté soltándole la oreja al fin. Mira, un consejo gratis: nunca subestimes a una abuela, sobre todo si ha sido entrenadora de taekwondo.

El chico salió corriendo, casi tropieza del susto. Yo, tan digna, monté sobre mi recuperada Monty y saludé a la multitud entre aplausos rumbo a casa.

Esa misma noche, mi nieta me enseñó el vídeo: ya tenía miles de visualizaciones. ¡Abuela viral a los 85!, decían los comentarios.

Y ahora, decidme: ¿vosotras qué habríais hecho en mi lugar? ¿Llamar a la policía o tirar de manual de taekwondo? Sea como sea, lo que tengo claro es que la edad no me quita las ganas de justicia ni de pedalear. Cada vez que paso junto a ese banco donde recuperé mi bici, me sonrío y pienso que, mientras tenga piernas y memoria, a mí no me roba nadie el coraje. Así que, chavalespor si acaso estáis leyendo estomás vale que entrenéis duro: las abuelas de antes no llevamos capa, pero sí cicatrices, y si hace falta, seguimos luchando por lo nuestro aunque sea con un bastón de atrezzo y la complicidad de vuestros aplausos.

Y ahora, si me disculpáis, tengo una ruta pendiente y unas cuantas vueltas que darle a la vida¡que todavía me quedan muchos kilómetros por recorrer!

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