Lo que vi desde la ventana de la cocina

Lo que vi desde la ventana de mi cocina

¿Javier, has guardado ya las camisas limpias? He visto que dos siguen ahí, encima de la pila después de plancharlas.

Lucía, que me apaño, de verdad. No te agobies.

No me agobio. Solo pregunto. ¿A qué hora te vas?

Después de comer, sobre las tres.

Lucía estaba junto a la vitro removiendo la avena, aunque llevaba años deseando desayunar cualquier otra cosa. Pero las manos se le iban solas: el cuerpo hacía lo de siempre, mientras la cabeza se llenaba de cosas que no sabía reclamar en voz alta. El aire de abril, húmedo y fresco en ese Madrid que ya se despereza, entraba por la ventana entreabierta y ponía cierto temblor en las cortinas. En el patio, el plin, plin, plin de las gotas al caer desde algún tejado la sacaba de quicio mucho más de lo normal aquel día.

¿Para cuántos días te vas?

Como siempre, cuatro o cinco, depende de cómo se alarguen las reuniones.

Vale.

Sirvió la avena en los cuencos. Le puso a Javier su taza favorita grande, con el asa medio desconchado, le sirvió café con leche, sin preguntar, porque después de siete años ya podía hacerlo con los ojos cerrados. Dos cucharadas de azúcar, muchísima leche. Quería el café casi marfil, y Lucía, que no recordaba ni su propio pin de la tarjeta, siempre acertaba con eso.

Javier, sentado ya a la mesa, revisaba el móvil. Ahora casi siempre desayunaba pendiente de la pantalla. Lucía, que años atrás se lo recriminaba y encendía debates, había perdido el ímpetu de quejarse. Lo daba por costumbre: el ritual de cada mañana era ya café con móvil, y no tenía lucha.

Escucha, Javier se sentó enfrente. Que con esto de tus viajes… quería comentarte una cosa.

¿Sí? alzó la mirada, pero el móvil seguía en sus manos, a medias.

He pedido cita de nuevo con la doctora Villalta, la ginecóloga, ya sabes. Quiero hablar otra vez del tema… lo del niño.

Javier dejó el móvil boca abajo. A Lucía le bastó ese gesto para saber por dónde iba la conversación. Su marido, cuando quería cortar el tema, siempre giraba el teléfono así. Como si fuera un escudo.

Lucía, este tema ya lo hemos repasado mil veces.

Lo sé, pero quiero una vez más.

¿Una vez más de qué? ¿No eres consciente de los años que tienes? No lo digo en mal plan, que estás estupenda, pero…

Tengo cincuenta y dos años, no es una condena.

Lucía… pronunció su nombre con ese aire de padres que están a punto de darnos la chapa de “ya vale con la tontería”. Suave, pero final.

Vale dijo Lucía, punto y aparte.

Cogió la cuchara y se zampó la avena, ya tibia, ya insípida, pero al menos la dejó fuera de su cabeza ocupadísima. Afuera seguía el repique de las gotas en los tejados. Javier ya repasaba novedades en el móvil.

Cuando terminó su café y las tostadas, Javier se fue al dormitorio a preparar la maleta. Lucía fregaba los cacharros y pensaba dando vueltas a la bayeta mecánicamente que aquella conversación sobre el hijo la habían tenido unas veinte veces en siete años. Y siempre, siempre, la respuesta era la misma. A veces con otro disfraz: “espérate, ya veremos”, “ahora en el curro imposible”, “no tienes ventipico ya, piensa en tu salud”. Siete años. Y ella, que se casó con cuarenta y cinco, creyendo aún que habría tiempo suficiente. Que Javier, tan templado, tan de fiar, acabaría queriéndolo también.

Secó las manos en el trapo de gallos bordados, tres años colgado en la puerta del horno, y se dijo que tenía que comprar uno nuevo, porque el pobre era ya un trapo casi transparente.

Javier salió al recibidor con la maleta de ruedas.

Listo. ¿Has visto el jersey gris?

En el armario, segunda balda a la derecha.

¡Eso! volvió a entrar y sonó la madera del armario. ¡Aquí está!

Después de vestirse con su suéter, buscó la chaqueta, y Lucía le puso el cuello como de costumbre. Él le dio un beso rápido en la mejilla.

Hasta luego, ¿vale? Te llamo esta noche.

Que conduzcas con cuidado.

Siempre.

La puerta se cerró. Lucía se quedó congelada unos instantes en el pasillo, oyendo cómo retumbaba el ascensor, cómo se cerraba abajo la puerta de la calle. Luego, silencio.

Volvió a la cocina y se sirvió más café. Se quedó de pie frente a la ventana, que no daba al patio interior sino a una de esas calles tranquilas de barrio, con coches aparcados junto a la acera: el Opel gris del vecino de arriba, un Seat Panda abolladísimo, y la berlina de Javier. Todo bajo un cielo de esos de primavera: blanquecino, aburrido, la luz plana, sin matices.

El coche gris de Javier estaba, incomprensiblemente, aparcado junto al portal de al lado.

Lucía parpadeó. Creyó que era su imaginación, pero ahí estaba la matrícula, grabada a fuego en la cabeza. Era el suyo, claro. ¿Por qué estaba ahí si acababa de salir de casa, si supuestamente iba de viaje?

¿Habría entrado a saludar a alguien? Pero ellos casi no trataban con los vecinos, como mucho un saludo en el ascensor.

Dejó la taza en la mesa y siguió mirando. Pasaron diez minutos.

El coche seguía.

Del portal de al lado salió de repente una mujer joven, treinta y cinco, quizá menos. Chaqueta azul, coleta bien hecha, un crío pequeñito en brazos, de unos tres años, forrado en un mono rojo, gorro con pompón. La mujer hablaba bajito; el niño jugaba con su cara.

Lucía los miraba sin entender, como si viera una serie sin sonido.

De repente, la puerta del Opel se abrió. Javier salió del coche.

Caminó directo hasta la mujer. Cogió al crío y lo subió alto, el niño se reía, a Lucía le bastó ver la cabeza inclinada hacia atrás para imaginar su carcajada. Javier lo acurrucó, restregó la mejilla en el pompón. Luego bajó al niño, dijo algo a la mujer, ella respondió. Él le cogió la mano y se la llevó a los labios.

Le besó la mano.

Lucía sentía que dentro se le desmoronaba algo, lenta, muy lentamente. No se rompía ni estallaba. Simplemente caía. Como si en su pecho hubiera una estanteríay todos los objetos alineados empezaran a deslizarse, uno a uno, sin hacer mucho ruido.

No se movió. Vio cómo Javier abrazaba al niño otra vez, cómo la mujer reajustaba el gorro, cómo hablaban y, por fin, se despedían. Javier entró al coche y se fue.

La mujer y el niño se quedaron un rato en la acera. Luego el niño tiró de ella y ella lo siguió de la mano.

Por fin, Lucía se apartó de la ventana. Se sentó en el taburete y miró sus propias manos sobre las piernas: manos normales, un poco cansadas, con la alianza asomando en el anular.

Pensó que el café debía de estar ya helado.

Se levantó, tiró el café por el fregadero y abrió el grifo caliente, dejando correr el agua.

Necesitaba pensar. Pero primero, tenía que hacer algo con esa estantería interna que bajaba. Si se dejaba ir, si se ponía a llorar o a llamar a Javier, sabía que no era el momento. No porque no mereciera llorar, sino porque aún no lo sabía todo. Había visto algo, pero había cosas que, siendo sincera con ella misma, ya intuía. Ya lo sabía todo.

Se puso el abrigo azul que colgaba en el recibidor, cogió las llaves y el bolso, y salió a la calle. Necesitaba aire. Necesitaba andar, solo andar, sin rumbo, hasta que las piernas aguantaran.

Fuera olía a mojado; la acera brillaba y los charcos eran como espejos del cielo blanco. Lucía caminaba mirando al frente, sin distinguir dónde pisaba. Pasó la frutería con su letrero chillón, la peluquería de siempre, la farmacia. A la entrada de la farmacia, una señora mayor daba de comer a un perro minúsculo, casi con mimo.

Siete años.

En eso pensaba Lucía mientras caminaba: siete años con alguien y no enterarse. ¿O no querer enterarse? Se preguntó, con honestidad, si no había señales. ¿Alguna pista que hubiera preferido pasar por alto?

Las reuniones. El viaje mensual, casi sagrado. Siempre había creído sus excusas de trabajoel curro de Javier, eso de importaciones y negociaciones y viajes arriba y abajo. Jamás dudó de él. Jamás.

El móvil, siempre en el bolsillo, siempre a mano. Lucía creyó que era manía.

Las conversaciones del niño, tema zanjado siempre con una delicadeza implacable. “Ya eres mayor, cuida tu salud.” “No estamos para eso ahora.” Pensaba que debía comprenderle, esperaba, se adaptaba.

Y él ya tenía un hijo.

Un niño de tres años. Por tanto, aquella relación clandestina duraba desde hacía cuatro. Cuando llevaban solo tres años casados.

Lucía paró en un banco de un parque pequeño, bajo unos tilos pelados aún, con los brotes asomando. Se sentó, sacó el móvil, lo sostuvo un rato y volvió a guardarlo.

¿Y cuando volviese Javier? Volvería en cuatro o cinco días, según, con un recuerdito y la misma historia de siempre. Se sentaría en el sofá, pondría la tele. ¿Qué tal tú por aquí?

¿Y ella qué?

Se quedó un rato mirando las ramas, con los brotes a punto de romper. Una semana más, y estaría todo verde.

Y, curiosamente, no pensaba ahora, sentada en el banco en la traición de Javier, ni en la otra, ni en el crío del mono rojo. Pensaba en sí misma. En esa Lucía que había esperado siete años. Que había postergado, cuidado, soportado, creído que hacía lo correcto, que el amor auténtico no presiona, que es paciente, que hay que esperar.

Esperó.

Empezó a tener frío, se ajustó el abrigo y echó a andar de vuelta a casa.

Dentro era asombrosamente silencioso. El piso, sin Javier, lo era aún más, pese a que él no era hombre ruidoso. Su sola presencia traía una especie de rumor vital, calor humano; ahora ni eso.

Lucía fue al salón, se quedó parada, mirando: la balda con libros, la mayoría suyos, algún ensayo que solo leyó él; las zapatillas de Javier junto al sillón, la manta de cuadros azul y verde comprada por su cumpleaños. La cogió. Olía a limpio, a lana. La dejó doblada y fue al trastero.

En la balda más alta, tres cajas que nunca deshicieron desde la mudanza. Bajó la escalera plegable y abrió la primera: papeles, documentos, una caja de fotos.

Sentada en el suelo frío, empezó a mirar las fotos: ahí estaba ella, con treinta años, delgada, riendo; una pandilla que ni recordaba; sus padres en Benidorm, jóvenes, felices. Ahí, con su amiga Pili, abrazadas en el Retiro. Pili tenía entonces cuarenta, ella algo menos. Las dos a carcajadas. Pili ahora cumplía cincuenta y seis.

Pili. Tenía que llamar a Pili. Más tarde.

Guardó las fotos. Se apartó la escalera y fue al baño a mojarse la cara. Se miró: ojos cansados, pero buena piel; se lo habían dicho siempre. Primeras líneas marcadas, canas en la melena hasta los hombros. Mujer de cincuenta y dos, corriente.

La traición deja huella, pero no de inmediato. Al principio solo te miras y piensas: venga, esta eres tú. Esposa engañada siete años. Mujer que buscaba tener un hijo mientras él tenía familia por ahí.

Apagó la luz. Fue a la cocina a preparar algo de comer. Había que seguir.

Los cuatro días siguientes vivió como en dos mundos. Por fuera, la vida seguía: comer, limpiar, comprar el pan, llamar a su madre. Javier la llamó cada noche. Hablaba tranquilo, repitiendo historias insustanciales del trabajo, preguntaba qué tal, se reía cuando Lucía mencionó que había comprado paño nuevo para la cocina. Se rieron y, curiosamente, eso fue lo que más la desarmó: lo fácil que era fingir.

Por dentro, otro universo.

Pensaba. Desmenuzaba cada recuerdo. Aquellos regresos donde él estaba más apagado que otras veces; ella lo achacaba al cansancio. Ahora sabía: venía de estar con “ellos”.

Pensaba en la otra: joven, resuelta, bonita seguro. Apenas la había visto y, aun así, notó cierto aplomo, una seguridad que a ella se le escapaba. Esa mujer estaba en el sitio que Lucía creía suyo.

Y el niño. ¿Sería niño o niña? No lo distinguió. Pequeño, mono rojo. Javier lo alzaba riéndose. Javier, que siempre dijo que no se apañaba con críos.

Al tercer día llamó a Pili.

Pili, ¿puedes venir?

Claro, ¿qué pasa? Te noto rara.

Solo ven. Te hago café.

Llegó en una hora. Vivía tres manzanas más allá. Eran amigas de toda la vida, compañeras de trabajo hace una eternidad, conexiones de las que el tiempo no disuelve.

Pili, nada más entrar, le clavó la mirada:

Tía, ¿qué te pasa?

Espera, vamos a la cocina.

Se lo contó entero. Sin drama, sin rodeos. Pili apretó su mano solo una vez. Cuando Lucía acabó, miró la mesa mucho rato.

Madre mía al final murmuró. Madre mía.

Sí.

Pero… ¿segura? ¿Seguro que era él?

Pili, que llevo siete años viendo ese coche y a ese hombre. No hay duda.

¿Y ahora qué? ¿Cómo lo vas a afrontar?

Estoy pensando.

¿No quieres hablarlo primero con él? ¿De frente?

Hablaré. Cuando vuelva.

Lucía, no tragues tú sola con esto. No tienes por qué cargarlo todo…

Pili, de verdad: no quiero compasión. Solo eso, que estés aquí. Cerca. Ahora estás. Gracias.

Pili guardó silencio y la abrazó con una fuerza de esas de vieja amiga, con el tiempo entre los brazos.

Aquí estoy le susurró. Cuando quieras, lo que necesites.

Lo sé.

Cuando Pili se fue, Lucía fregó las tazas, apagó la luz de la cocina y se tiró sobre la cama sin desvestirse.

Pensó en esto: llevaba siete años construyendo algo que creía real, sin grandes ilusiones, pero real: la rutina, las manías compartidas, el desayuno en común. Pensó que ahí estaba la base: no la pasión, sino el “nosotros” callado.

Y resultó que, mientras ella construía ese “nosotros”, él hacía otro “nosotros” a cinco minutos de casa.

Cinco minutos andando.

Cerró los ojos. Sonaba la lluvia, esa lluvia madrileña que a veces apacigua más que entristece.

Javier volvió el quinto día, a media tarde. Tocó el timbre, aunque llevaba llaves. Lucía abrió.

Ya estoy aquí dijo él, sonriendo con cansancio. Dejó la maleta y fue a abrazarla.

Espera un momento le dijo.

Había algo en el tono de Lucía que detuvo a Javier en seco.

¿Qué pasa?

Ven al salón. Necesito hablar contigo.

Se sentaron: él en el sofá, ella enfrente, en el sillón individual. Entre ellos, la mesita baja con un jarrón de tulipanes de papel que ella misma había hecho una tarde de aburrimiento.

Javier comenzó. El día que te fuiste te vi desde la ventana. Estabas junto al portal de al lado. Allí estaban aquella mujer y un niño. Le cogiste en brazos.

Él la miró. En silencio. Un silencio distinto, no de defensa, sino de aceptación.

Javier.

Lucía…

No quiero escenas le interrumpió, serena pero con un temblor muy sutil bajo el pecho. No quiero gritos ni exigencias. Solo una respuesta. ¿Es tu hijo?

Pausa.

Sí dijo él al fin.

Lucía asintió. Ya lo sabía, pero ahora ya era verdad limpia.

¿Cuántos años tiene?

Tres.

¿Lleváis juntos mucho?

Lucía, no…

Te lo pregunto.

Bajó la cabeza.

Cinco años.

Cinco: justo dos antes de que naciera el niño. Al inicio de su matrimonio.

Entiendo dijo Lucía. Lo entiendo.

Lucía, yo no quise hacerte daño. No lo planeé jamás…

Simplemente, te pasó repitió, sin sarcasmo. Cinco años de cosas que “pasan”.

Sé lo que estarás pensando.

Lo dudo.

Lucía, yo…

Javier se puso en pie. No hace falta que digas más. He visto suficiente. He visto cómo le miras, cómo la miras.

Le sorprendió no llorar. No le salía. No sentía ni rabia ni lágrimas, solo un vacío limpio, frío como la brisa después de una tormenta.

Me voy a preparar unas cosas dijo. Solo lo necesario. Lo demás ya lo vendré a por ello cuando acordemos.

¿A dónde irás?

A casa de mi madre. Luego ya veré.

Lucía, espera. Podemos hablarlo.

Ya lo hemos hecho.

En la habitación cogió la maleta pequeña, la de mano. Ropa, documentos, el neceser, ropa interior, el jersey gordo de lana, la novela, una foto de sus padres, su perfume favorito, el cargador del móvil.

Javier la observaba desde la puerta. Parecía desconcertado.

Lucía, por favor, habla conmigo. No lo dejes así.

¿Así cómo?

Sin una palabra. Sin discutir siquiera.

¿Y cómo quieres que lo haga?

Él se encogió de hombros.

Cerró la maleta. Pasó a la entrada. Se abrochó el abrigo azul, eligió sus botas cómodas, cogió la maleta.

Vio sobre la mesita la alianza. Se la quitó. La dejó al lado del jarrón de papel. Suavemente, sin lanzarla.

En la entrada dejó el llavero, sacando las llaves del piso y depositándolas sobre el mueble.

Lucía murmuró él.

Javier respondió ella. Te deseo realmente lo mejor. De verdad.

Salió.

En el ascensor observó su reflejo. Apenas se reconocía. El ascensor vibraba. Planta baja. Se abrió la puerta.

En la calle hacía frío. Caminó hacia la parada del bus. Su madre vivía en otra zona, a cuarenta minutos en línea treinta y cinco.

Sin bronca ni escenas. Si algo recordaría durante meses, sería que supo irse sin estrépito. No por resignación, ni por perdón. Porque marcharse así era su propio acto, no una reacción frente a él. Era su decisión. Su dignidad, solo para ella.

En la parada soplaba viento. Se abrochó el abrigo hasta arriba.

Pasó un año.

El barrio apenas había cambiado. Los mismos tilos ahora llenos de hojas, los mismos comercios, la farmacia de la esquina. La abuela seguía sacando a pasear su perro, aunque uno nunca supiera si era jueves o miércoles. La vida en los barrios de Madrid, como descubrió Lucía, tiene ese ritmo plácido que acaba por consolarte.

Alquiló un piso pequeño, dos habitaciones, tercer piso, ventana al patio con jardín comunitario. La dueña, una señora mayor que vivía debajo, se pasaba el día cuidando geranios y clavelinas. Lucía aprendió a amar el olor a clavelina en verano y a levantar la persiana temprano para regalarse esos minutos de aire puro antes del calor.

Montó un pequeño taller, sin grandes ideas al principio. Primero fue el caos, las horas muertas, llamadas de amigas, visitas a la abogada para el divorcio. Cuando octubre cayó sobre Madrid y todo lo legal se ordenó, algo se apaciguó dentro. Y de nuevo como aquellos tulipanes de papel Lucía se descubrió haciendo, fabricando, creando de manera obsesiva.

Siempre se le habían dado bien las manualidades: cosía, tejía, hacía figuritas, hasta un curso de cestería había probado. Pero siempre “por entretenerse”. Ahora pensó: ¿y por qué no en serio?

Llamó a Pili.

Pili, quiero montar un taller.

¿Un taller de qué?

De artesanía. Cosas para casa, decoración, regalos, ya sabes hacerlo, siempre se me dio bien. Algo pequeño, sin empleados, yo sola.

Pero Lucía, ¿sabes lo que cuesta? ¿Alquiler, materiales?

Tengo ahorros. Y puedo empezar muy en pequeño. Lo demás… tiempo al tiempo.

¿Vas en serio?

Más que en la vida.

Pili sonrió al otro lado.

No sé por qué, pero me lo creo.

Encontró un local rápido, una habitación en un bajo céntrico, el propietario la alquilaba barato con tal de no verla vacía. Lucía pintó las paredes de blanco, colgó estantes, puso una mesa grande, buena luz y listo. Llamó al taller, sin más: “El Rincón de Lucía”.

Al principio solo entraban conocidas, vecinas y amigas de la madre. Compraban coronas secas, tapiz de macramé, velas, posavasos tejidos. Luego le hicieron una publicación en un grupo de Facebook, después en Instagram. Los encargos fluíanno de manera desbordante, pero constante. Lo suficiente como para cubrir gastos. Suficiente para no temer cada euro.

Pero lo esencial era otra cosa.

Ahora cada mañana era suya y solamente suya. Ella decidía cuándo abrir, qué crear, con quién hablar, qué inventar. Una sensación pequeña que en realidad era enorme. Su mañana. Su café. Su propio ritmo.

Javier apenas acudía a la memoria. Algún abrigo de hombre en un escaparate, el olor de cierta marca de tabaco, y nada más. Lucía paraba, lo dejaba pasar por dentro y seguía con su día. No había odio. Casi ni tristeza. Tan solo cierta nostalgia tranquila por lo que no fue. Por el niño que nunca vino. Por los años invertidos en esperar.

Pero una nostalgia que, con el tiempo, aprendió a domesticar.

Una tarde de finales de abril, justo un año después meandros de la vida volvió andando a casa desde el taller con una bolsa de lanas nuevas. Le daban vueltas ideas para un móvil de madera y pompones de lana, un encargo para la habitación de un bebé. Se lo imaginaba ya: madera clara, colores suaves, movimiento pausado sobre la cuna.

En la puerta de una cafetería reconoció a alguien.

¿Lucía? ¿Eres tú?

Miró bien.

¿Martín?

¡Madre mía! Veinte años sin verte, ¿no?

Martín González. Había trabajado con ella en la administración, otro Madrid, otra vida. Siempre alegre, siempre con ideas locas. Luego la vida los llevó por caminos distintos.

Veinte años, sí sonrió ella. ¿Y tú?

Aquí estoy, volví hace tres años. Harto de tanto Madrid centro. ¿Y tú?

Nunca me fui de aquí, la verdad.

¿Tienes prisa? señaló la barra. Entro a tomar un café… ¿Te apuntas?

Pensó en los materiales, en el pedido pendiente, en la dueña regando clavelinas.

¿Por qué no? dijo.

Pidieron café, ella un capuchino, él solo. Martín le contó su historia: trabajó fuera, se casó y divorció, volvió, otra pareja, otra ruptura. Se reía de sí mismo, sin amargura.

¿Y tú? ¿Qué tal? ¿Seguías casada?

Hasta hace un año. Nos separamos.

¿Y cómo lo llevas?

Sostuvo la taza entre las manos, el calorcillo agradable.

Duro, sí. Pero hay cosas que cuesta encajar y no cambiaría. No porque lo de antes fuera horrible, sino porque lo de ahora, simplemente, es mejor.

¿Te has vuelto otra persona?

Lo pensó.

Creo que soy más yo, simplemente. Lo que siempre fui.

Martín asintió, atento.

¿Y qué haces ahora?

Tengo un taller. Cosas artesanas, decoración. Lo mío. Mi propio negocio.

¿En serio? se sorprendió. Siempre estabas haciéndome regalitos handmade en la oficina.

¿Te acuerdas?

¡Claro! Aquel tarro con piedritas de colores…

Era un frasco de colonia, lo pinté con pintura de vitral.

Eso. Todo el mundo te pedía uno.

Se quedaron en silencio, el bueno, el que reconforta.

¿Eres feliz? preguntó él, sin rodeos.

Lucía miró por la ventana: la acera iluminada, el aire de abril, farolas amarillas; gente que va, que viene.

“Feliz” suena pequeño rió. Es palabra de zapato cómodo o de cocido calentito. Yo ahora tengo algo distinto: cada mañana me levanto, voy al taller y hago lo que me sale. Si es un encargo, bien, si es porque me apetece, también. Lo que sale de mis manos es mío, me pertenece; nadie me lo ha regalado, nadie lo puede quitar. Así es vivir.

Martín sonrió.

Pues sí contestó él. Eso es vivir.

Ya casi de noche, con el último sorbo de café frío, Lucía decidió marchar.

Bueno, Martín, me voy ya. Tengo que madrugar.

Claro, te acompaño.

Se despidieron. Lucía se marchó sin mirar atrás.

En casa, la señora del bajo ya había recogido los claveles. Lucía abrió la ventana aunque no olía a nada; abril húmedo, limpio.

Puso el hervidor; mientras bullía, desparramó la lana: rosa claro, beige, menta. Los palitos de madera, ordenados. Ya se veía haciéndolos pompones uno a uno; suaves, se mecerían con el aire junto a la ventana, sobre una cuna cualquiera.

Vertió el agua, se sirvió el té y fue a la ventana. Miraba el jardín: árboles oscuros, una luz tibia en la casa de enfrente, una moto a lo lejos.

Pensó que, al final, la vida después del divorcio no era un derrumbe ni una derrota. Era solo vivir, a los cincuenta y dos, con poco, en un rincón propio, en un barrio de Madrid que empezó a querer porque ahora sí era suyo.

A alguien le podría parecer poca cosa. Pero era todo lo que necesitaba.

Cada café era suyo, cada decisión también, cada pompón de lana menta.

Fuera las hojas susurraban. Apenas, solo un poco de viento jugueteando.

Lucía abrazó su taza caliente, miró la noche por la ventana y pensó que tenía que comprar más lana beige. Ya le quedaba poca y los pedidos no paraban.

Y, de paso, renovar el trapo de gallos. El viejo ya ni engañaba.

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