Conviértete en un ángel por un día: vive una experiencia solidaria y transforma vidas

Trabaja de ángel.

Mira, te cuento lo que le pasó a Lucía. Era una chica joven, de esas que cuando pasan al lado ni se nota y, sin embargo, iba por la escalera de aquel portal con la sensación de que el mundo se le caía encima. Había llegado allí casi sin saber cómo, arrastrada por la inercia, mientras en su interior se mezclaban el miedo, la vergüenza, una rabia sorda y sobre todo, pena. Pena por lo que estaba a punto de suceder, por saber que no solo iba a sufrir ella, sino también esa vida diminuta que empezaba a crecer dentro de sí.

No creas que Lucía no había valorado terminarlo todo de golpe. De hecho, había ido a la farmacia, comprado las pastillas… Pero justo antes de tomarlas, él la llamó. Y entre sus palabras, llenas de miedo se notaba que no solo le preocupaba Lucía, sino también su propio pellejo le ofreció una salida:

Luci, no seas tonta, ¿vale? Sí, la hemos liado. Ve, te duermen, te despiertas y punto. El dinero ya lo buscaré yo. Si quieres, voy y te llevo.

Las palabras le revolvieron el estómago. Lo último que quería era verle, ni oírle. De hecho, colgó y no volvió a contestar sus llamadas. Cuando reconocía su voz desde otro número, directamente apagaba el móvil.

Por las noches trataba de no recordar aquella fiesta, la noche en la que todo cambió. Fue Carmen quien la lió para salir. Bailaron las dos, a Lucía siempre le había encantado bailar. Cuando se le acercó aquel tipo, tan pesado como siempre, intentó quitárselo de encima un par de veces. No era santo de su devoción y se lo había dejado claro, pero él no entendía o no quería entender.

Madre mía, qué piel tienes, como de terciopelo.

Corta el rollo. Si insistes, me piro, ¿vale? Déjame en paz.

Él la rondaba desde hacía tiempo, la esperaba saliendo del instituto, la seguía. Hasta se lo había dicho ya, intentando no ser borde. Pero él, erre que erre. En fin. Aquel día, compartió con ella un cóctel que trajo otro amigo. No recuerda casi nada después. Solo que despertó medio flaca, medio aturdida, en una habitación desconocida, mientras el tal Sergio la sujetaba fuerte. Intentó zafarse, gritó, arañó, mordió pero el cuerpo no le respondía, todo daba vueltas y el dolor se sentía lejos, como si no fuera propio.

Salió de ahí tambaleándose, sin llorar, sintiéndose sucia, vacía por dentro. Caminó sola hasta casa, él le fue diciendo cosas por detrás, pero ni le oía. Ya en casa, intentó que su abuela no notara nada. Se metió en la ducha hasta que creyó que la vergüenza también se iba por el desagüe.

Luego vinieron los días de retraso, la sospecha, hacerse la prueba y positivo. Lo de su abuela Inés era estricta: castidad antes del matrimonio, los valores de toda la vida. Jamás le habló de su madre porque fue madre soltera, por eso siempre lo había considerado como un castigo, un tabú familiar. Al morir la madre de Lucía, fue cuando su abuela llegó desde Galicia a Madrid para cuidarla.

Y ahora, la historia se repetía. Lucía sola, siguiendo los consejos equivocados de Sergio. Todo para acabar en aquel lugar perdido en Lavapiés, con la duda metida en el pecho. Tenía miedo. De verdad. De sí misma, de lo que estaba a punto de hacer, de todo.

A última hora se metió en un bar. Se debatía, pero al final siguió adelante, mordiéndose los labios. En el portal se cruzó con una chica que se cayó, pero no se permitió parar: si dudaba, no iba a poder hacerlo.

Le abrió la puerta una señora mayor, seria, de esas mujeres secas que no preguntan ni responden.

Pasa. ¿Has comido?

Lucía negó con la cabeza.

Mejor. Desvístete. Espera en esa habitación. ¿Te has depilado?

¿Cómo?

Que si te has preparado, hija.

Pues… no.

Da igual, ya me encargo. No tiembles, no duele. Ahora lo arreglamos.

La palabra “arreglamos” le resultó desagradable. ¿Tan sucia era? ¿Se podía limpiar eso que tenía dentro?

Toma, bebe.

Un par de pastillas y un vaso de agua. Lucía se las tragó mecánicamente. Después solo niebla. No por el efecto del calmante, sino por el miedo. Le tiraron una camiseta ancha, casi una bata de hospital. Cuando la señora fue a buscar los instrumentos, Lucía alcanzó a ver algo brillando sobre una mesa, un barreño tapado… Estaba a punto de desmayarse.

Entonces, golpearon la puerta abajo, fuerte. Sonaba en todo el portal y encima en la misma casa.

¡No fastidies! ¿A quién has traído, chiquilla? ¡Vístete, deprisa!, gritó la mujer.

Lucía, desorientada, cogió la ropa, pero acabó encogida sobre el sofá, abrazándose las piernas.

No entendía nada. Todo fue muy rápido. Al final la señora abrió. Entraron dos: un hombre con chaqueta gris y una chica joven con el brazo colgando, envuelta en un impermeable mugriento.

El hombre, al ver a Lucía medio desnuda, se apartó y dejó pasar a la chica, Clara.

Otra vez tú, eh se sentó junto a ella. Ya estarás conmigo harta… Venga, busca tu ropa interior. Dónde está…

Clara, aunque estaba pochísima y la mano le dolía horrores, intentó tranquilizarla, ayudarle a vestirse. Lucía, muda, la miraba. Cuando vio su cara tan descompuesta le dijo bajito:

Llora, llora. Mejor fuera que dentro, tía.

Lucía se puso a llorar de golpe y fue como si estuviera volviendo a la vida.

Me alegro de verte así, en serio. Ya está, ya no tienes que hacer nada. Y tu abuela lo va a comprender, te ayudaré a hablar con ella. Soy tu ángel, ¿sabes? Todos tenemos uno, yo soy el tuyo le decía Clara mientras se le quebraba la voz porque el dolor en el brazo le hacía polvo.

Lucía, todavía medio dormida del susto y de las pastillas, se dejaba llevar mientras le ponían la ropa.

De pronto, entraron dos chicos más: era Samuel y Daniel, amigos de Clara. El tal Samuel, con voz suave, le dijo a Lucía:

Lucía, soy tu hermano. Compartimos padre, pero no madre. Tu abuela lo sabe, te lo prometo.

Lucía no entendía un carajo. ¿Su hermano? ¿De verdad? ¿Y su abuela nunca le había contado nada?

Enseguida, todos fueron saliendo de ahí, advirtiendo de que iban a denunciar a la mujer mayor por lo que hacía en su piso, y de camino a Urgencias el brazo de Clara estaba fatal y Lucía empezaba a notar el sueño de las pastillas.

En el coche Clara, entre bromas, se cambiaba el nombre, el pelucón, contaba historias absurdas para distraer. Samuel, algo incómodo, miraba por el retrovisor y por fin, entre semáforo y semáforo, explicó a Lucía que su padre, Tomás, fue el amor imposible de su madre, pero estaba casado, así que todo fue a escondidas. Allí, mientras las dos chicas dormitaban, los hermanos acordaron que tendrían que contarle la verdad a su abuela Inés y ayudar a Lucía a seguir adelante.

Al llegar a casa, Inés estuvo a punto de desmayarse del susto. ¿Qué le había pasado a su nieta? Clara se apresuró a tranquilizarla:

Tranquila, está en el coche, dormida. Solo necesita descansar. Va a ser todo un shock, sí, pero estás rodeada, no estás sola.

Entre que hacían la cena y esperaban a que Lucía despertara, la abuela Inés le fue contando retazos de la historia a Clara que al final cenó con ellas. Inés admitió que la historia de su hija, madre de Lucía, había sido dura para la familia. Todo era secreto y tabú; de ahí venir a Madrid, intentar empezar de cero, aguantar el qué dirán.

Y ahora, con la nieta embarazada, creía que fallaba una vez más Hasta que Clara, cansada pero firme, la convenció:

Este es tu momento de ser ángel de la guarda, Inés. Tu nieta te necesita, vais a poder con esto. Le irá bien, podrás ayudarla a criar a ese bebé, darle amor, y tener la familia grande que siempre has soñado, con rencillas y todo.

La abuela lloró, liberada. Había decidido, ahora sí, apoyar a su nieta pase lo que pase.

***

Después de aquello, la vida de Clara siguió: se rompió el brazo por todo el jaleo y tuvo que estar de baja. Mandó a su madre un WhatsApp para tranquilizarla, que desde Valladolid no paraba de preguntar por ella. Había ahorrado suficiente dinero y, sinceramente, después de todo lo vivido, necesitaba parar, descansar. Entre terapias, café, y las atenciones infinitas de su amiga Marta, intentaba recomponerse.

Mucha gente cree que ser ángel de la guarda no cansa. Pero sí, cansa. Le llegaban mensajes, la llamaba su amigo Nacho, siempre preocupado por si tenía tiempo o no para hablar.

¿Tan ocupada estás siempre, Clara? le decía, bromeando.

Ahora mismo tengo tiempo, venga, cuéntame.

Es que ¿de verdad Marta ha cortado con su novio?

Y menos mal, anda, da las gracias. ¿A ti te gusta, verdad?

Bueno, sí. ¿Me ayudas? ¿Dónde la invito? Quiero hacerlo bien, pero no soy de los que invitan a cualquier peli de multiplex.

Marta es muy lista, no te comas la cabeza. Solo acompáñala a casa cuando salga tarde del curro y ya. Eso vale más que mil florituras.

Hablando con Nacho sentía que la vida volvía a la normalidad. Le hacía gracia el rollo de no, si solo es amiga, para luego estar todos como viejos enamorados.

Entre llamadas, recordaba a los chavales en los que había intervenido. A veces pasaba por el parque y veía a Milagros con el peluche nuevo que le había regalado, porque no podía olvidar al suyo perdido.

La familia de Vera, la madre de Milagros, estaba más tranquila: la niña había pasado el verano en un campamento cerca de Salamanca, lejos del drama, con nuevas amistades. Pablo, su otro protegido, ya estaba recuperado de su accidente de tráfico. La vida seguía.

Pero a Clara le costaba desconectar. Recordaba cómo, al final, había salvado a dos chavales que, por hacerse los valientes, querían saltar de una azotea a otra.

¿A que no saltáis? les dijo.

Sí, pero no sabemos física todavía.

Pues a practicar el salto en largo aquí, total, yo os voy midiendo.

No saltaron. Se fueron convencidos de que la vida es cosa de mirar, pero pensándose que seguro esa chica era la típica pringada. Cuando le preguntaron qué hacía allí, Clara bromeó:

Yo paso por aquí para ahorraros la caída. Os lo digo yo, que soy ángel.

Ellos se rieron y se largaron, pero Clara, desde la azotea, pensó en todas las casualidades y señales de la vida. Y en que, aunque esté molida y con el brazo en cabestrillo, igual hay que seguir aquí, de ángel, para cuando hace falta.

La vida nunca avisa de cuándo toca. Pero para eso estamos.

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