¡Tienes la piel colgandera! El hombre, con sus sesenta años bien vividos, me pellizca el costado delante de todos los invitados. Yo me levanto, busco un espejo y le muestro lo que cuelga del suyo.
Carmen, ¿qué es eso que tienes ahí? pregunta Alfonso, saboreando todavía el tercer chupito de licor de guindas casero, mientras sus dedos se lanzan con inusitado entusiasmo a pellizcarme la cintura.
Justo encima de la pretina de la falda, ese lugar traicionero donde la tela tensa suavemente cuando te sientas.
Lo hace delante de todos, alto y claro, sin una pizca de pudor.
¡Alfonso, pero bueno, qué haces! intento apartarle la mano de modo suave, como si espanto una mosca de otoño aún torpona, pero él insiste, orgulloso de su atrevimiento.
Sus dedos, gruesos y rechonchos como chistorras demasiado hechas, vuelven a apretar mi lado, no dolía, pero la humillación pinchaba más que cualquier pellizco.
¡Mira esto! se ríe Alfonso, buscando la complicidad de nuestro vecino Eugenio, que está justo enfrente, a punto de hincar el tenedor en una tapa de ensaladilla rusa. Yo le digo: Carmen, deja ya de atacar la barrita de pan por las noches. Y ella que si la edad, que si las hormonas
A Alfonso le da un ataque de risa. Su barriga tiembla peligrosamente bajo la camisa recién planchada, cada botón parece luchar por su vida.
¿Hormonas? ¡Lo que hay es mucha gula! sentencia muy ufano, mirando con satisfacción la mesa cubierta de manjares.
Alfonso, por favor susurro con los dientes apretados, sintiendo cómo un rubor de traición me sube por el cuello y las mejillas.
Eugenio suelta una risita comprometida mirando fijamente su plato, como si los garbanzos tuvieran el secreto de la felicidad.
Su mujer, Rosalía, escabulle atentos los ojos jugueteando con la servilleta, fingiendo que allí, en ese instante, no pasa nada.
¿Y qué, Carmen? ¿No puedo decir la verdad? ¡Tienes la piel colgando! Alfonso ya va envalentonado, convencido de ser el alma de la reunión. Da otro enérgico golpecito con el dedo en mi costado, como quien evalúa un pan recio de pueblo.
Aquí, mira, en forma de michelín prosigue, ilustrando su clase magistral. ¡Como un Shar-Pei! No queda bonito, Carmen
La pausa pesa sobre la sala, más densa que el vapor de una olla de cocido. Sólo el zumbido de la nevera de la cocina interrumpe el silencio.
Lo hago por ti remata Alfonso, presumiendo de profesor del hogar, cruzando los brazos y echándose hacia atrás. Una mujer debe cuidarse, para que a su marido le entre por los ojos. Es ley de vida.
Lo miro fijo.
Por un momento, le observo como si de verdad lo viera por primera vez en treinta años de matrimonio.
Sesenta y dos cumplidos. Su barriga se abulta sobre el cinturón igual que una nube negra en la Sierra de Guadarrama.
Su segundo mentón enlaza con el cuello y se funde con los hombros caídos, sin rastro ya de algún músculo tonificado.
La calva refulge bajo la lámpara, brillante del calor y la cena, igual que una torta de aceite recién hecha.
O sea, que es para deleitarte la vista, ¿no? le espeto, y hasta yo me sorprendo lo fría que suena mi voz.
Algo cambia por dentro, como si un interruptor enorme encajara de golpe.
Desaparece la vergüenza, la costumbre de suavizar la escena, la paciencia dispuesta a ceder. Queda lucidez y claridad.
¡Claro! responde Alfonso, dándose en el pecho, logrando que retumbe como un tambor. ¡Mira cómo estoy yo! ¡Estoy en forma!
¿En qué forma? pregunto, todavía sin apartar la mirada.
¡En forma de hombre! intenta erguirse con dignidad, todo lo que le permite la espalda. Cada mañana hago calentamiento, movimiento de mancuernas cinco minutos Mantengo el tono.
Trata de meter la barriga, pero el esfuerzo es mínimo y el resultado desastroso. Apenas un titubeo y el cinturón sigue alabando el peso de su leyenda.
Un hombre tiene que ser un águila, no un saco de patatas remata su discurso.
¿Águila, dices? me levanto despacio, sin brusquedades.
¿Dónde vas? ¡Que te has mosqueado, mujer! grita Alfonso mientras se sirve otro chupito. Si sólo digo la verdad, Carmen. Lo que tienes que hacer es adelgazar, y no poner esa cara.
Salgo al pasillo, que huele a ropa limpia y a betún de zapatos.
Allí cuelga, en la pared, nuestro espejo antiguo, heredado de mis padres.
Pesado, con su marco ovalado de roble macizo, que ha sido testigo de quienes fuimos jóvenes y esbeltos.
Lo descuelgo; pesa al menos cinco kilos y el marco se clava en mis manos. Pero no siento ningún peso, casi parece una pluma.
Vuelvo al salón, portando el espejo por delante como un escudo medieval.
O como una sentencia sin apelación posible.
Los invitados dejan los cubiertos en el aire, Rosalía incluso se olvida de cerrarse la boca, revelando un trocito de pepinillo en vinagre.
Alfonso, levántate digo tan bajito y serio que nadie osa replicar.
¿Para qué? pregunta desconcertado. Pero viendo mi rostro, decide levantar el trasero del asiento. ¿Qué pasa ahora, que vamos a bailar?
No. me planto frente a él, y el olor a cebolla y licor lo envuelve. Vamos a admirar al águila.
Le coloco el espejo delante de las narices. Retrocede, sorprendido por el peso.
Carmen, ¿pero qué haces ahora? el tono firme y seguro de antes empieza a resquebrajarse.
Mira ordeno con la voz que usaría para reñir al gato. Mira bien.
Confuso, observa su reflejo, que tiembla tenuemente entre sus manos.
Me veo ¿y qué?
Ahora baja la vista le señalo urgentemente el lugar donde el sudor marca su torso, la camisa vencida. ¿Ves eso?
¿El qué? sigue luchando por no perder la compostura.
¡Tienes la piel colgando! suelto, imitando su tono de hace un minuto. Y no sólo cuelga, Alfonso: ahí descansa.
¡Carmen! trata de apartar el espejo, pero su rostro está encendido ya como un tomate de huerta en agosto.
¡Que no, sujeta! empujo el marco y le obligo a mirarse. Eso que sobresale del cinturón, ¿son tus abdominales de acero?
Eugenio suelta una especie de bufido y tose en el puño para ahogar la risa.
No, cariño, eso es tu flotador continúo, implacable. Por si nos ahogamos en la grasa.
Alfonso se ha puesto tan colorado que parece a punto de explotar.
¿Y esto? señalo sus costados saliéndose de los pantalones. ¿Esas son tus alas de águila, o orejitas de cochinillo para la Nochebuena?
¡Ya basta! sisea, avergonzado, suplicando clemencia. ¡La gente mira, me dejas mal!
¡Que miren! alzo la voz, por encima del cuchicheo. ¡Tú pedías sinceridad! Tú, el gran defensor de la estética hogareña
Doy un paso atrás para observar toda la escena.
Pues vamos a analizar tu estética sentencio. Ponte de lado hacia la luz.
Que no lo hago musita. Pero la voz se le apaga.
¡De lado! ordeno tan alto, que tintinean los cubiertos.
Alfonso, como hipnotizado, da un paso tembloroso e inseguro.
En el espejo, su perfil se proyecta, bien lejos de cualquier ideal clásico.
Y el cuello.
O mejor dicho, la casi total ausencia de cuello.
¿Ves esas tres arrugas en la nuca? le explico con voz calmada, de médica. Eso es de Shar-Pei, Alfonso, de pura raza.
Rosalía ya no oculta la risa; se aguanta la cara con la servilleta, los hombros se sacuden de la carcajada muda.
Y aquí, bajo la barbilla apunto sin piedad. Eso es papada, Alfonso, como el pico de un pelícano. ¿Te guardas el pescado ahí?
¡Soy un hombre! balbucea Alfonso, tan bajo que suena lastimoso.
¿Ah, que tú sí puedes? me río seco, helada. O sea, cuando yo, después de dos hijos y treinta años en la cocina, tengo un solo pliegue es una vergüenza, pereza y pellejo colgando, ¿no?
Me acerco, mirándole directo a los ojos.
Pero cuando tú, que hace años no levantas ni el mando de la tele, te has convertido en una gelatina temblona, ¿resulta que eres un hombre en plenitud?
Arrebato el espejo de sus manos con un gesto brusco. Ahora sí le pesan los brazos.
Ahí está Alfonso, plantado en medio del salón, abatido y descompuesto, la camisa abierta por el cuello donde el botón, por fin, ha capitulado y rodado bajo la mesa.
Toda su importancia se ha desplomado, como la piel de una cebolla vieja.
El supuesto águila ahora parece cualquier cosa menos un ave poderosa.
Delante de mí sólo está un hombre mayor, blandito, que acaba de ser consciente de que el rey va desnudo.
Siéntate le ordeno, dejando el espejo apoyado contra el mueble. Y come.
Se deja caer pesadamente en la silla que cruje bajo su peso.
Y no quiero volver a oír ni una palabra más sobre mi figura aviso, colocándome bien el pelo frente al espejo.
Vuelvo a mirarle y bajo la voz:
Que si no, lo pongo frente a tu lado en la mesa y verás a tu pelícano en cada bocado.
Eugenio ya se ríe abiertamente, secándose las lágrimas.
Alfonso pincha un diminuto boletus en vinagre, todo resignación, y lo mastica mirando su plato, encogido, intentando hacerse invisible.
En la sala ya no queda esa tensión espesa de después de una bronca familiar.
Al contrario.
Como si de repente alguien hubiera abierto la ventana en una habitación cerrada y entra un aire fresco de la calle de Madrid.
Yo me siento en mi lugar. Corto un enorme y descarado trozo de tarta de milhojas.
La que me tiré toda la tarde de ayer preparando, estirando el hojaldre casi transparente, dispuesta a no probarla después para no engordar.
Se desmorona el hojaldre y la crema asoma, dulzona.
Carmen, sírveme otro buen trozo pide Rosalía, entregándome el plato. Se acabó la dieta, sólo se vive una vez.
Y a mí, también, por favor guiña Eugenio, llenando el vaso de granadina. Empiezo a notar que me crecen alas
Alfonso, por un momento, levanta la mirada.
Me observa con algo nuevo en los ojos: respeto y cierta desconfianza atenta.
Luego mira la tarta.
Después al espejo, que se mantiene como notario mudo junto a la pared.
En la parte baja del cristal asoman sus calcetines debajo de la mesa, uno negro y otro azul oscuro. Un águila doméstica, sí señor.
Perdona, Carmen murmura Alfonso, con los ojos clavados en el mantel. Se me ha ido la lengua.
Come, Alfonso, come saboreo un trozo grande de tarta, la crema exquisita. Necesitas fuerzas.
Levanta una ceja, intrigado.
Para levantar mancuernas le aclaro, con una sonrisa. Eres nuestro campeón.
La noche sigue con sus charlas de siempre: precios, la casa del pueblo, el clima.
Pero algo ha cambiado para siempre en la dinámica de la mesa.
Mi crítico ideal de hogar se ha deshinchado, convertido en un hombre nada más.
Con sus flaquezas, miedos y pliegues.
¿Y sabes qué?
La tarta ha estado de escándalo.
La más rica que recuerdo en veinte años.
Desde entonces, el espejo se ha quedado en el salón. No tengo intención de quitarlo.
Ahora Alfonso, cada vez que pasa por delante, mete barriga y endereza los hombros.
Y de mi piel colgandera jamás volvió a decir ni media palabra.
Supongo que teme despertar al pelícano.






