La felicidad en Semana Santa

Felicidad en Pascua

Vaya mañana fresca la de hoy. Me estremecí un poco al notar el viento helado rozar mis hombros; quise pensar que el sol, colándose alegre por la ventana desde temprano, era una promesa de calor, pero me equivoqué. También engañó a mi loro, Lorenzo, que nada más escuchar los primeros rayos empezó a piar enfadado y a pedir, con ese genio de siempre, que le quitara la tela oscura de la jaula. A sus protestas se unieron los gorriones del patio, armando tal algarabía que el pobre Lorenzo estaba aún más nervioso.

Pero bueno, ¿no puedes dormir un poquito más, querido? le susurré, frotándome los ojos mientras trataba de desperezarme en la cama y sacudía mi melena rizada. Luego, resignada, me até el cinturón del batín y fui a descubrirle la jaula. Hoy te quedas aquí, amiguito. Quiero salir a dar un paseo, pero después de comer te abro y vuelas un poco le prometí, acercando el dedo pintado de rojo entre los barrotes.

El loro se apartó de golpe. No termina de acostumbrarse, pensé, igual que le pasaba a Álvaro, mi exmarido sonreí discretamente y murmuré. Aunque él no se dejó encerrar: cogió la puerta y se fue.

Fue hace un año cuando Álvaro se marchó. Nuestra relación está acabada, me soltó mientras recogía en un santiamén sus cosas esenciales la lámpara de pie, un par de candelabros de la boda que trajo mi madre, la famosa foto en el uniforme de marino y se fue, arrastrando cables y amargura por el portal. Yo me quedé mirando, atónita y triste, el eco de sus pasos.

Era Pascua también aquel día. Yo había pasado la mañana horneando monas y torrijas, con aquel queso fresco que mi abuela me había traído del pueblo. Luego hice mi cesta, fui a buscar a Álvaro y le invité a ir conmigo a la iglesia a bendecir todo.

Marina, te he dicho mil veces que no creo en Dios, esos cuentos ya no tienen cabida me espetó. Todo esto es marketing, como las monas, los huevos, el azafrán Vete tú sola, que tengo una llamada importante.

No discutí más. Justo cuando salía con mi cesta, el teléfono sonó. Supe que era ella. Dudé, y aunque mi mano rozó el teléfono, no quise saber más. Si me ponía a llorar entonces, todo el espíritu de la Pascua, todo mi pequeño refugio de alegría, se disiparía en un instante. No podía permitírmelo.

Mis padres ambos profesores, grandes escépticos nunca creyeron en nada más que en el conocimiento y la lógica. Les costó aceptar que mi abuela, Carmen, la madre de mi madre, me enseñara a disfrutar de las imágenes de las iglesias, el incienso en las misas y los reflejos dorados de las cúpulas. Fue mi abuela quien me llevó un día a bautizar en secreto. Por ese atrevimiento le cayó una buena reprimenda de mi madre, pero la pasión de Carmen no cedió.

La gente necesita saber que hay algo más grande y noble, Marina. Si nadie puede echarte una mano, al menos saber que alguien allá arriba sí puede nos ayuda a seguir adelante me decía ella mientras yo, sin decírselo a nadie, guardaba el pequeño crucifijo en mi cajita de tesoros y aprendía a encender velas con ella en la parroquia de San Isidro.

Aprendí a disfrutar de la iglesia esa frescura de piedra, la penumbra, el olor a flores y cera, la calma en medio de tanto trajín. Observaba los retablos, los rostros de los santos, cómo cambiaban según la luz o mi ánimo. Cada Pascua era para mí una celebración luminosa, con monas decoradas, huevos pintados y familias paseando entre olivos o almendros en flor, mientras mi madre, en cambio, consideraba todo eso pura superstición.

Crecí, estudié, conocí a Álvaro y empecé mi vida adulta, manteniendo, pese a todo, las tradiciones de mi abuela. Pero nuestra familia no creció. No tuvimos hijos. Y a Álvaro le pesaba especialmente no tener un varón.

Esto es culpa de los antojos de tu abuela, Marina llegó a soltar mi madre. Fuiste a bautizarte y te enfriaste. ¿Dónde está tu Dios ahora?

No respondí. Los médicos decían que había tratamiento y que haría falta paciencia. Si los encontraba, para mí era señal de que aún había esperanza, que alguien me ayudaba desde arriba. Álvaro, en cambio, solo veía barreras.

Al final, me quedé sola en Pascua: con mi cesta, mi loro y un trozo de mona, siguiendo la vida que el destino me había dejado. Ya no salí esa mañana; apagué el teléfono, mentí a mis amigas diciendo que estaba resfriada, y contemplé la lluvia tras el cristal mientras las campanas repicaban allá a lo lejos.

Un año después, volvió a ser Pascua. Los recuerdos eran inevitables, aunque el calendario hubiera cambiado. Esta vez, el día amaneció tapado y húmedo, prometiendo lluvia y poco entusiasmo.

Lorenzo, mi loro, me miraba con extrañeza mientras me peinaba, hacía un recogido y me perfilaba los ojos. No pensaba quedarme encerrada. Me puse el abrigo ligero, me até el pañuelo y salí al patio, saludando a los vecinos.

¡Feliz Pascua, Marina! me dijo doña Mercedes, la vecina de arriba. ¿Vas a la iglesia? Yo iré luego, que mis nietos vienen hoy; ¡qué alegría!

La calle olía a chamusquina de hojas y gasolina, las aceras se lavaban con chorros de agua jabonosa que esparcían los barrenderos municipales. Crucé con cuidado un charco, saludé al conductor del camión cuando me hizo una seña y esquivé a una mujer con un pequeño perro salchicha, removiéndose ansioso bajo la correa.

Tranquila, no muerde, puede pasar insistía el dueño a los transeúntes.

Yo, precavida ante los perros, crucé al otro lado. El animal suspiró resignado y siguió a su dueño, pegado a sus piernas.

Llegué a la iglesia y, como me enseñó mi abuela, me persigné con pausa. El edificio no resplandecía de lujo en vez del oro, las cúpulas lucían hoy grises y solemnes. Aun así, cuando los bronces de la torre sonaron y el sol filtró un rayo entre nubes, la fachada brilló como si la misma Pascua quisiese asomarse.

Pero al entrar, de nuevo, sólo sentí vacío. Me quedé en un rincón, mirando las velas arder. Nada de alegría, sino rutina.

En ese momento, alguien me rozó el hombro.

Disculpe dijo un hombre alto, de voz profunda, vestido de negro. Feliz Pascua

Feliz Pascua le devolví, viendo que sostenía una bolsa con una mona envuelta. Ya no se bendicen las monas a estas horas, pero mi abuela decía que siempre era buen momento para traerlas.

La verdad es que no tengo idea; crecí en una familia de militares, ni hablar de iglesia Me llamo Mateo.

Marina. Pues mi abuela, Carmen, fue la creyente de la familia. Me lo inculcó todo.

Yo sólo recuerdo vivir una Pascua con la mía. Tendría cinco años. Creía que era una costumbre absurda. Pero ahora ella ya no está Hace un mes que la despedimos. Hoy, pasando por su antiguo barrio, me acordé de lo que le gustaban las monas y terminé aquí.

Le escuchaba mientras observaba los rostros de los santos. Su mirada se posaba en mí en el perfil, la boca, los ojos y yo, algo incómoda, desvié los míos.

Hace pocos años restauraron los frescos le conté de pronto, intentando relajar el ambiente. Hay retablos que parecen vivos. No sé, puede sonar tonto.

Que va. No entiendo de arte, pero tampoco me río contestó, y los ancianos de delante le mandaron callar con un gesto reprobatorio, haciendo que ambos contuviéramos la risa.

Si quiere, le enseño unas imágenes. Hay detalles que sólo se ven desde un ángulo concreto.

Y así fue: paseamos entre bancos y columnas. Yo señalaba vírgenes y cristos, le pedía observar la expresión de cada uno, cómo el ánimo de la gente parecía contagiarse a los cuadros. Hoy están serios, le dije. Será el día.

¿Le pasa algo? me preguntó mientras bajábamos la voz. No quiero ser indiscreto.

Nada grave mentí, sin querer confesarle que estaba sola por culpa de una antigua Pascua.

Nos echaron una sonrisa las abuelillas de la parroquia (hoy parecían indulgentes) y salimos juntos. Me ofreció el brazo para bajar la escalinata instinto de caballero y, justo en ese momento, oí tras de mí el típico golpecito de bastón que hacía mi abuela cuando tropezaba con el escalón. Miré el zaguán, pero sólo era el eco.

Fuimos al jardín de detrás, donde los almendros descuidados ya empezaban a florecer y las primeras violetas levantaban cabeza. Mateo extendió una servilleta y sacó la mona.

Si no quiere café, ¿le apetece mona? Traigo té de frambuesa, que venden ahí mismo.

Me sorprendió con esa improvisación y, antes de darme cuenta, estábamos sentados compartiendo merienda. El cielo se abrió, salió el sol, y la plaza olía a primavera. Rompíamos la mona con las manos; las migas caían al vestido, pero me daba igual. El té dulce, afrutado, era como un pequeño milagro.

Álvaro jamás compartió conmigo así. Siempre restaurantes, menús caros, la compostura y luego las críticas al precio. Mateo, en cambio, reía al recordar cómo su abuela lo enseñó a ordeñar una cabra y cómo su perro, Lebrón, los cuidaba en el pueblo. Yo, tímidamente, confesé que temía a los perros.

No hay que temerlos todos. Lebrón era buenísimo me aseguró, y luego corrió por agua para que me limpiara las manos. Al regresar, bromeó, limpiándome como a una niña.

Me sentí tan en paz, tan nostalgia de infancia, que por un momento creí sentir a mi abuela a nuestro lado, sentada en la banca, abrazándome. Susurré: Feliz Pascua, abuela, y sonreí, reconfortada.

Tardé poco en saber que la abuela de Mateo y la mía se conocían: corrían juntas de jóvenes a bañarse al río Jarama y se encontraban en la cola del horno para comprar pan. Mateo y yo incluso jugamos de niños, aunque sólo lo recordé después, cuando me enseñó una cicatriz que se hizo saltando la verja de mi patio.

¡Mira si creer en milagros tiene sentido! decía Mateo meses más tarde, presentándome feliz a sus amigos como su prometida. Cada Pascua desde entonces fue fiesta, no soledad. Tuvimos dos hijos y, sí, un perro grandote llamado Lebrón. Ya no había lugar para la melancolía.

Mi loro Lorenzo aún no se explica de dónde ha salido ese hombre tan alto y su vozarrón, ni por qué su casa se ha llenado de risas y pequeños corriendo. Pero la vida, para los loros y para las personas, a veces es así: te llega la felicidad por donde menos te lo esperas.

A veces uno busca sentido en las grandes certezas o en el pasado, pero la felicidad puede asomarse una Pascua cualquiera, por la puerta que menos imaginas.

¡Feliz Pascua! Que Dios nos cuide y nos enseñe a seguir adelante con esperanza y alegría.

MarinaY así, Pascua tras Pascua, fui aprendiendo que la felicidad no depende de grandes gestos ni milagros retumbantes, sino de abrir la puerta al instante inesperado, dejar que el corazón se renueve y reencontrar en los pequeños ritos el pan compartido, la luz de una tarde, un saludo amable el sentido de estar vivos. Cada vez que Lorenzo vuelve a protestar al alba y los niños saltan en la cama gritando por la búsqueda de huevos, miro a Mateo y nos basta con una mirada para reconocernos en esa sencilla felicidad que tanto costó comprender.

En mi cocina, la antigua cesta de mi abuela sigue en la estantería, llena de cintas coloridas y recuerdos. A veces la tomo entre las manos y cierro los ojos, sintiendo el murmullo de generaciones que, aunque dudaron, amaron y buscaron consuelo igual que yo.

Quizá todo sea sencillo, después de todo: basta quedarse, esperar al sol tras las nubes, y no perder nunca la costumbre de bendecir la vidacon un trozo de mona, una taza de té, o un beso bajo la lluviaporque la Pascua, en su humildad, nos enseña que siempre puede haber un nuevo comienzo. El resto, como decía mi abuela Carmen, es sólo cuestión de esperar y abrir el alma.

Y mientras la casa se llena de música, pasos y risas, me siento agradecidaa Dios, al azar, o simplemente al coraje de seguir adelante. Porque hoy, por fin, la alegría se ha quedado a vivir aquí.

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La felicidad en Semana Santa
La inesperada enfermedad de Doña Natividad dejó al descubierto el verdadero cariño familiar: ninguna de sus hijas acudió a verla, sólo su nieta Natalia la cuidó día y noche. Las hijas aparecieron por el pueblo justo antes de Semana Santa, como siempre detrás de los manjares que su madre preparaba. Esta vez, Natividad las recibió en la verja con fría distancia: —¿A qué venís ahora?—preguntó seca, sorprendiendo a la mayor, Matilde—. Pues ya todo está hecho: he vendido la casa y la huerta… —¿Cómo? ¿Y nosotras? —se quedaron boquiabiertas sin entender nada. La vida en Villalegre siempre fue monótona, y cualquier novedad agitaba el pueblo entero. Pero la llegada de Natalia, la nieta de la antigua tendera, causó auténtica sensación, especialmente al regresar al volante de un reluciente todoterreno. Los vecinos la miraban entre asombro y envidia, sobre todo la llamada gente bien del pueblo, que nunca había creído en la suerte de aquella “Cenicienta”. Y es que Natalia debía su presente al apoyo inesperado del músico local, don Pablo, y al coraje de su abuela, que la rescató de un internado tras quedarse huérfana. Sin embargo, la reputación de Natividad no era precisamente ejemplar: decían que había recogido a la nieta sólo por la ayuda económica, y que la trataba más como asistenta que como familia. Cuando Natalia descubrió su talento para el canto gracias a la nueva directora del centro cultural, todo cambió. Tras brillar en concursos, la joven se convirtió en orgullo del pueblo, aunque su carácter y cariño por la abuela seguían intactos. Pero cuando Natividad enfermó de repente, sólo Natalia estuvo a su lado. Las hijas, como siempre, sólo aparecieron cuando llegó la ocasión, esperando llevarse los productos del corral. Aquella vez, sin embargo, la abuela las cortó en seco: —Ya se acabó, yo también quiero vivir tranquila. Natalia no es vuestra criada, ¡dejémosla seguir su camino! Años después, Natalia regresó a Villalegre ya convertida en artista, con su hijo pequeño; la abuela, rejuvenecida por la visita, le confesó entre lágrimas lo orgullosa que estaba de ella y le pidió perdón. Para Natalia, todo lo pasado quedaba olvidado: lo importante era tener una familia de verdad, y cuidar, ahora ella, a quien siempre la había esperado con los brazos abiertos.