¡Tú, Inés, sigues igual de loca que siempre! ¡¿Para qué te metes en problemas ajenos?! ¡¿No te bastan los tuyos?! ¡¿No has tenido suficiente?!
Carmen arremetía mientras vaciaba en el sofá las cosas recién compradas para su hermana. Nunca se compra nada para sí misma. ¡Siempre ahorrando! ¡¿Para qué?! Si le preguntas, ni siquiera te contesta. Ni niños, ni ataduras. Estuvo casada, sí, pero aquel matrimonio precipitado no sirvió para nada: terminó antes de empezar. Apenas una semana después de la marcha de su marido, Inés regresó a casa con otro gato. Por lo menos, sabía que estaba bajo la atenta mirada de su hermana, siempre vigilante.
El pobre hombre hizo las maletas mientras Inés trabajaba y se largó como si nada. Y aún encima se llevó los pendientes de oro que Inés había heredado de la abuela. ¡Mejor me los hubiese dado a mí! ¡Seguirían a salvo!
¡¿Por qué te quedas ahí muda, con esos ojos?! ¡Ingenua! ¡Venga, pruébate esto! Nunca se sabe, igual me he equivocado de talla.
Las llamativas blusas y la minifalda no entusiasmaban a Inés. Nunca le gustaron los colores estridentes ni los estampados abstractos. Pero Carmen los adoraba. Llevaba, cómo no, una falda de color verde chillón y una blusa animal print, lo último ese otoño en Madrid.
¡Ahora sí pareces alguien! gruñó Carmen mientras Inés intentaba bajarse la blusa, demasiado corta. ¡No te la quites! ¡Te queda bien! A ver si así pillas algún hombre antes de que acabes como una vieja solitaria. Ya va siendo hora, ¿no? Yo no voy a estar siempre, Inés ¿A quién te dejaré?
Aquel matiz en la voz de Carmen hizo que Inés se acercara y, sin decir nada, apoyara la cabeza en su robusto pecho, abrazándola.
¿Qué haría yo contigo, corazón? Carmen le acarició las canas. Te quiero, tontilla. Y tú lo sabes…
Lo sé…
Anda, cuéntame. ¿En qué lío te has metido ahora?
Inés levantó la vista y sonrió.
Grande y bulliciosa, Carmen era su persona más querida. Desde que su madre faltó, fue ella la que crió a Inés. Tenía solo trece años. Carmen, con veinte, dejó la universidad y buscó trabajo. Había que salir adelante. El padre las abandonó cuando Inés era un bebé y nunca apareció. La madre Una mujer fuerte, capaz de criar y educar a las hijas, entregándolo todo. Pero ese corazón, herido y cansado, se rindió un día…
Así que Carmen cargó con la responsabilidad.
A decir verdad, Inés fue sencillísima de criar: ni rebeldías adolescentes ni problemas graves. Solo esa tendencia a recoger gatos abandonados de la calle, suplicando que Carmen los adoptara, o a encargarse de las abuelas vecinas aunque estuviese hasta arriba con los deberes. Inés tenía un corazón más cálido que el de Carmen, y esta siempre lo supo.
La tienes tú, la bondad de mamá decía Carmen, negando con la cabeza cuando Inés le contaba cómo cuidaba de los gatos callejeros. Ella también sufría por todos. Pero, Inés, ¡no te va a dar el corazón pa todos! ¡Eso también se acaba! Cuídate. ¿Te imaginas cómo me dejo yo, sin ti?
De ninguna manera Inés reía, con aquellos ojos azules de cielo de primavera; los mismos de su madre.
Mirar en esos ojos te recordaba por qué merece la pena vivir.
Sí, Carmen reñía, sí. Pero porque la quería y temía por ella. En este mundo, las Ineses lo tienen todo cuesta arriba. Se quitan la camisa para dar a otro, sacrifican su vida por un poco más de calor ajeno, y ni quieren ni buscan una justa medida. Porque saben que nunca ha existido: el mundo se aguanta gracias a unas pocas personas buenas, porque de maldad va sobrado.
Cuando Inés llegó con dieciocho años y admitió estar enamorada, a Carmen se le enfriaba el alma.
¡Va a entregarse del todo! ¡Se va a vaciar completamente! Pero ¿a quién?
Y resultó que no era la persona adecuada.
Pablo nunca le gustó a Carmen: demasiado nervioso, posesivo, miraba a Inés como un niño que ve un caramelo, pero la dejó en paz, esperando, hasta que pudiera dominarla del todo.
Los abusos de Pablo salieron a la luz tarde. Prohibió a Inés recibir a su hermana en casa. Carmen, extrañada, prefirió no intervenir, pensando que quizá necesitaban espacio. Pero cuando Inés desapareció de sus visitas, no lo aceptó y un día acorraló a Pablo en la puerta.
¿Y mi hermana?
¿Y a ti qué te importa? Pablo, bajito y flacucho, le soltó una sonrisilla cínica. ¡No te metas! ¡No tienes ni idea!
Entonces Carmen entendió el error. Dejar sola a Inés con ese tipo fue su gran fallo.
Sacarle el paradero de Inés a ese miserable, empotrándolo contra la pared del portal, le costó un minuto. Pablo ni osó enfrentarse a Carmen. Sabía perfectamente que si esta veía lo que había hecho, no le quedaba vida.
Ver a Inés con un ojo morado dejó a Carmen muda de rabia. Jamás creyó que alguien pudiera tocarla así.
¿Por qué no me dijiste nada? la abrazaba, llorando con ella.
Por miedo Sabía que tú se lo harías pagar
¡¿A él?! Carmen apenas contenía la furia.
¡A ti te tengo miedo! sollozaba Inés, abrazada a su único salvavidas.
Nunca más Inés se casó, aunque no le faltaron oportunidades. ¿Quién podía resistirse? Alta, delgada como un chopo, ojos de agua, ese carácter sereno Ni rastro de maldad o envidia. Inés era simple como agua de manantial: pura e imprescindible. Sin ella se puede vivir, pero beber de un charco, pocos lo querrían.
Carmen, al principio, insistía: Plantéate una familia. Finalmente comprendió que Inés temía hasta las lágrimas volver a confiar y que le hiciesen daño. Para ella, la bondad aún importaba. Así que Carmen lo aceptó y se volcó en su propia vida.
Un antiguo compañero de colegio, grandote y torpe como ella, le pidió matrimonio, y Carmen, que jamás soñó con ser amada así, aceptó feliz. Los hijos de Carmen el inquieto Javi y la dulce Elisa eran como propios para Inés.
¿Y tú no piensas tener hijos? la sonsacaba Carmen, al verla mirar a los niños. Aunque sea sola, nos tienes a todos.
No sé, Carmen, me da miedo ¿Y si no soy buena madre? ¿Cómo voy a dar algo que tú misma dices que me falta? Ya tengo los tuyos: Elisa y Javi. Ellos me bastan y sobran.
Carmen, resignada, animó a Inés a cambiar de trabajo.
El jardín de infancia no está mal, pero donde sí hacen falta corazones grandes es en los centros de acogida.
Inés no lo pensó mucho: al par de semanas ya era nueva en una residencia para menores tutelados, convencida de que a aquellos niños, sin familia, nadie les daba amor.
Comenzó así otra vida para Inés. Lenta, distinta, pero donde iba sumando nombres de chicos y chicas que, por su cariño, aprendían que a veces hay personas a las que no les da igual tu existencia.
Inés vivía para sus niños, cada uno de los cuales se transformaba sólo al sentirse querido por ella. No podía solucionarles el mundo, pero les enseñaba a lavar o cocinar, a tener una cama arreglada y, sobre todo, a sentir que sí eran valiosos para alguien.
Le llamaban madre Inés. Al principio, algunos se reían cuando les llamaba pececillos, gatitos, pajarillos. Luego se acostumbraban y hasta se les escapaba una sonrisa al verla por la calle:
¡Mi pez! ¿Por qué no has pagado el gas? ¡Te lo cortan!
¡Lo haré, madre Inés!
Tienes la manga llena de mocos. ¿Cuántas veces te he dicho que las chicas no aguantan desordenados? Como te deje Marisol, vas a ver
¡No me deja! Nos casamos el mes que viene.
¡Y ni palabra! Inés le guiñaba el ojo. Marisol nos está haciendo la invitación; ¡me prohibió contarlo! La pobre ¿Cómo haces para que uno te cuente todo sin querer?
¡Ni idea! No sabía nada de esa boda, ¿eh? Saluda a Marisol. Por cierto, este finde Carmen y yo vamos a la finca a por cerezas. Si aún quiere hacer compota, que se apunte. Recógenos en el bus con los capazos y avisa a David. Le prometí cerezas para las empanadillas y no pienso cargar con ellas yo sola, la espalda no es de hierro.
Iban cada uno por su camino, pero una tela invisible les unía por la ciudad, todos abrazados por el cariño de Inés, formando una gran familia.
Eso sí, no todos respondían con gratitud. Algunos robaban de su bolso, o la engañaban para sacarle unos euros. Pero mientras otros la criticaban, decían:
¡No arreglas nada! Esos chicos nunca cambiarán. Pierdes tu tiempo, deberías mirarte a ti misma.
Ella nunca contestaba, solo le daba pena ver tanta amargura, y le decía a Carmen:
¿Cómo vas a dar amor si nunca te han querido? No se puede
Pero lo peor llegó cuando Inés ya sentía que había encontrado su camino, que valía la pena seguir luchando.
La asaltaron una noche volviendo a casa tras visitar a Carmen por el cumpleaños de Elisa. La golpearon en la cabeza y le llovieron los puñetazos. Parecía como si quisieran borrar la prueba de que el amor y la bondad aún existían.
Fue un vecino, algo achispado, quien la encontró en el portal, ensangrentada.
¡Madre mía! ¿Cómo puede haber gente así? ¡Inés, bonita, abre los ojos! Intentó reanimarla.
Al ver que no respondía, llamó corriendo al SAMUR.
Carmen llegó al hospital como una tormenta, con toda la familia.
¿Se salva? preguntaba a cada médico que pasaba.
Evitaban responder, apartándola. Cerca del mediodía, finalmente, la noticia: Inés vivía. Lo peor ya había pasado.
Y entonces Carmen, después del susto, se dio cuenta de que en la sala de espera se habían reunido decenas de chavales que ya la llamaban madre. Todos lloraban y rezaban para que ella despertara.
Por fin Carmen entendió a su hermana. Era mucho más que su Inés, con todos los reproches del mundo. Era esa Inés por la que tanta gente sufría.
Ay, sol de mi vida ¿Qué haríamos todos sin ti?
Inés, en su inconsciencia, pareció escuchar aquellos murmullos. Los médicos suspiraron al ver abrir sus ojos y llamar a su hermana.
Tu Carmen está aquí abajo, esperando. Ya podrá verte cuando vayamos a planta. Ahora, descansa.
A los agresores los detuvieron enseguida. Fue difícil protegerlos de la presión de todos los que querían vengar a Inés. Nunca se supo por qué lo hicieron, ni siquiera importaba. Inés los miró en el juicio, y apartó la vista, en un gesto más duro que cualquier castigo. Solo uno le envió después una carta pidiendo perdón. Inés respondió, su letra temblorosa tras la fractura mal curada, y pidió a Carmen que la ayudase a vender su pequeño estudio.
¿Para qué, Inés?
Quiero cambiar de aires. No quiero que nadie me busque.
Entendido Carmen, sabiendo lo que su hermana le estaba pidiendo. Por suerte, es céntrico, así que no costará venderlo. Buscaremos algo sencillo por Lavapiés o Vallecas, ¿vale?
Vale.
Pero sus hijos se implicaron: buscaron alternativas, comprobaron papeles, y al poco una pareja que se iba a Alemania les vendió un piso de dos habitaciones en el centro, maltrecho, pero con potencial. No dejaron que Inés viera la casa hasta terminar la reforma.
¡Espera, madre Inés! Vamos a ponerlo bonito, luego te mudas. ¿Aguntas unos meses?
Enésima mudanza, y esta vez Inés se quedó boquiabierta al entrar.
Jamás he visto algo tan bonito, ni en sueños.
No había lujos, pero sí tanto cariño y dedicación que Inés sintió renovarse. Cada clavo colocado era una muestra silenciosa de amor. Y los ojos le relucían de azul otra vez, devolviendo con generosidad todo lo recibido.
Ahora tenía espacio de sobra para sus gatos y para todo aquel a quien quisiera acoger. Carmen protestaba, buscaba abogados para liberar la vivienda de okupas temporales, pero terminaba dando su brazo a torcer.
Carmen era tenaz, capaz de irrumpir en cualquier despacho para defender sus causas.
¡Pero vamos a ver, señores funcionarios! ¡Menuda conciencia tienen! ¡¿Maltratan a huérfanos y duermen tranquilos?! Puedo reclamar hasta el último céntimo hasta que no tengan lo suyo
Y luego nombraba al último inquilino de la casa de Inés.
A Carmen no le temían, pero la evitaban: si faltaban pruebas o hacía falta un reportaje, sabía a quién llamar. Consiguió siempre mover montañas para que la burocracia no se tragara a nadie.
Al final, los jóvenes conseguían vivienda y se iban, y Carmen respiraba tranquila hasta el siguiente caso. Sabía de sobra que en Madrid a ellas ya las llamaban locas. Poco le importaba.
Inés cuida de los niños, yo cuido de Inés. Así es el mundo.
¿Para qué pensarlo? Hay que actuar.
¿A quién ayudas esta vez, Inés? le preguntaba Carmen, segura de lo que respondería.
Una chica, Carmen. Sin familia, con un bebé.
A ver ¿cuántos años tiene?
Diecinueve.
¿Y padres? ¿Pareja?
Nada. Ni pareja, ni padres.
Tú eres su familia sonreía Carmen, revisando su nuevo conjunto. No, ese verde te sienta fatal.
¡Carmen!
No te quejes, lo arreglaremos todo. Aún hay tiempo. Pensaremos qué hacer
Y otra vez los ojos de Inés se llenaban de luz, mientras Carmen suspiraba dando gracias al cielo por haber recibido semejante regalo en forma de hermana.
Porque, de todas las formas que puede presentarse el amor, lo fundamental es que esté. Que alguien sepa reconocerlo, aunque parezca de locos.
¡Y qué más da!







