Zapatillas en la boca

Zapatillas en la boca

Javier cerró la puerta con suavidad, dejó la mochila con el portátil en el suelo y se quitó la chaqueta.

Un silencio sospechoso reinaba en el piso.

Elena ¡Elena! ¿Estás en casa?preguntó el hombre. Ya he llegado, Elena.

Escuchó atentamente. Ni un ruido, ni un susurro. Absolutamente nada. Como si el piso estuviera deshabitado.

Javi miró el recibidor. ¿Se habría equivocado de puerta? ¡Con tanto trabajo va a acabar perdiendo el poco juicio que le queda! El jefe agobiando con los objetivos, Recursos Humanos apretando para que recorte gastos, los clientes siempre exigiendo. Y él, Javier, solo frente a todos.

Pero no, era su casa: en la estantería seguía el gorro de Elena, y colgado estaba el abrigo de piel que el año pasado le trajo su padre de Salamanca.

Elena, que he llegado, mujer dijo Javi avanzando por el pasillo hasta el salón.

Allí, tumbada en el sofá, con dos rodajas de pepino cubriéndole los ojos, en bata y con las uñas pintadas de rojo intenso, estaba Elena. Parecía dormida. De una percha colgada de la puerta del armario pendía un vestido elegante, también rojo con lentejuelas en el corpiño y un lazo en la cintura. Debajo, en el suelo, unos zapatos negros de tacón alto, delicadísimos.

Javier frunció el ceño. ¿A qué venía todo eso? ¿Salían a algún sitio? ¿Había vuelto a olvidar algo? Trató de hacer memoria. El calendario, con todas las fechas marcadas: boda, cumpleaños de su suegra, del suegro, aniversario del primer beso, ¡Nochevieja! No, no era eso.

Elena, ¿te pasa algo? preguntó, dándole un golpecito en el hombro. ¿Por qué estás así tirada?

Ella aspiró aire de golpe, como quien sale de un pozo, se incorporó. Los pepinos cayeron sobre la bata, Elena los cogió rápidamente y se los llevó a la boca, cerró los ojos, y al abrirlos miró el reloj y saltó asustada.

¡Dios mío! ¡Que me he dormido! ¡No puede ser! ¡Javi! ¡Javierito! se abalanzó sobre él. Dame unos minutos, ¿puedes salir del piso un momentito? Diez no me bastan, haz quince. ¡Por favor! Anda, sal, Javi, sal le giró hacia la puerta y le empujó. ¡Venga!

Pero Elena, si acabo de llegar, estoy cansado y protestaba Javier.

Y por eso mismo, porque llegas cansado, tienes que salir. Hazme caso. Te lo pido por favor. Mira, sal y ya está insistió ella, apretando los dientes.

Javi, resignado, cogió un caramelo del cuenco de la mesa, se encogió de hombros y se fue al recibidor.

¿Me llevo la chaqueta? gruñó abriendo la puerta.

¡Claro! ¡Y cámbiate de zapatos! Pero, Javi, ¿qué haces parado aún?

Elena estaba claramente nerviosa. ¿No estará un poco mal de la cabeza?, pensaba desanimado Javier. El Alzheimer cada vez ataca antes, dicen…

Que ya me voy, hombre. Estaré en la escalera, fumaré dijo él.

¡Fenomenal! Elena cerró la puerta tras él. No tardo.

Dentro del piso se oyeron ruidos de cajas, como al abrir paquetes precintados, y enseguida un aroma delicioso salió de la cocina.

Algo raro pasa aquí pensaba Javi, tragando saliva mientras fumaba.

En el portal entró el vecino, don Pedro.

¿Qué haces aquí, Javi? Vente, que me fumo uno contigo. ¡Menudo frío hace! dijo mientras se sacudía la boina y pisaba fuerte con sus botas. Mira, ha nevado bien, ¿eh? Empezó a recitar, voz grave, pero calló pronto al ver que Javier casi dormitaba apoyado en la pared.

¿Vienes del curro? preguntó con lástima.

No del todo respondió Javier, exhalando el humo y mirando cómo se curvaba en el frío del portal. He pasado también por casa de Laura para echar una mano.

¿A casa de Laura? Vaya genio tiene, tu hermana afirmó don Pedro.

No es tan fiera. Simplemente desde que se separó, nadie le ayuda en casa, así que voy de vez en cuando. Pero no para de quejarse: que si esto, que si lo otro Total, estoy para todos. Y ahora Elena montando alguna, me ha mandado esperar. En fin, da igual. ¿Y vosotros, qué tal? ¿Cómo está Antonia?

Bien. Me aguanta, y a veces hasta me da un abrazo rió Pedro. Hemos ido a cuidar a los nietos. Muy a gusto todo.

Me alegro respondió Javier, con una sonrisa apagada. Quiso añadir algo, pero entonces la puerta del piso se abrió. En el umbral apareció Elena, perfecta: peinada como para una gala, el vestido brillante, los tacones, joyas en orejas, manos y cuello.

¡Javierito! exclamó con las cejas alzadas, los ojos en blanco de alegría. ¿Has llegado ya, cariño? ¡Pues entra ya, anda! ¡No te quedes como un pasmarote! Entra, anda. Debes de estar agotado. Ven, ven se le colgó al cuello, le acarició el pelo, le quitó la bufanda. Déjame, te ayudo a quitarte todo

Javier, turbado, apenas supo abrazarla. Don Pedro carraspeó, impresionado de lo guapa que estaba Elena.

Buenas, don Pedro murmuró ella, forzando a Javi a pasar. Salude a Antonia y dígale que luego le llevo el cuenco.

Ajá Pedro asintió extrañado.

Javi intentaba quitarse la chaqueta, la cremallera se atascó y sudaba pujando, mientras Elena cogía una bandeja y se plantaba solemne ante él.

Don Pedro contempló la escena unos instantes hasta que Elena cerró la puerta tras Javier. Tuvo que irse a su propia casa.

Pan y sal para mi esposo, el único entonó Elena. Tómate una copita y prueba las viandas que te trae tu mujer. Tendía la bandeja: un solitario chupito lleno, jamón ibérico, pan de pueblo, unas aceitunas, rodajas de pepinillo en vinagre. ¡Venga, acepta! Es de corazón.

Elena, ¿tú estás bien? balbuceó Javier, al fin quitándose la chaqueta por la cabeza y maldiciendo; cuando se agachó para desatarse los zapatos, ella le puso la copa en manos y se fue directa a quitarle el calzado.

Así, así, y aquí tienes las zapatillas, las he calentado en el radiador para que no se te enfríen los pies después de conducir ese coche nuestro tan rápido. Tus botas las limpiaré luego y las dejo a secar. Anda, pasa a la cocina, campeón. Te tengo preparada una buena cena.

Hizo una reverencia que rozó el parquet. Javier quería preguntar mil cosas, pero Elena no le permitió decir una sola palabra.

Siéntate. ¡Ah! ¡Las manos! Lávalas antes de cenar. Aquí tienes una palangana, y una toalla de las buenas, de las que me costó medio sueldo. Javier, ya sabes que te quiero. Hasta me pondría de rodillas si quieres ¿eh? ¿Quieres?

No te hace falta arrodillarte susurró finalmente.

Vale. Empecemos entonces. Primero, ensaladita. Prueba la ensalada rusa. En el plato bonito, el de la boda de mi tía Toñi. Le puso una generosa ración de ensaladilla. Y vino blanco frío, como te gusta, para que baje bien.

Javier, entre desconcierto y placer, comió. Estaba riquísimo.

Elena le contemplaba, chasqueando la lengua admirada y repitiendo: ¡Ay, Javier, qué bien comes, qué hombre más bueno me ha tocado! Sostenía una servilleta de lino, presta a limpiar cualquier gotita.

¿Listo? preguntó Elena, animada. Pues ahora, el plato fuerte. Carne de ternera guisada con verduritas. La mejor, ecológica, ¡veinte euros el kilo! sacó del horno una cazuela de barro. Una receta del extranjero, pero adaptada. No como en los bares, esto tiene su magia, sus especias

¿¿Veinte euros el kilo?? Javier casi se atraganta. ¡Estamos locos! Podía haber sido cerdo o pollo, lo que sea.

¡No me riñas, amor! y sí, se arrodilló, gimiendo. Solo me importa tu salud y tu bienestar. Yo como lo que sea, pero a ti, cabeza de la casa, te mimo como un rey. Anda, cómete el guiso ya, anda dijo sollozando, con el rimel corriendo. ¿Qué más quieres de mí? Ni alfombra roja he conseguido, la tienen los Ortega y no me la dejan. Y los cubiertos de plata tampoco, no me da el sueldo. Pero seguiré intentándolo. Voy a cuidarte y mimarte

Javier apartó el plato y la obligó a sentarse a su lado.

Siéntate y explícame, despacio y claro, qué pasa aquí, que me vas a volver loco.

¿Me lo preguntas tú? Elena se levantó alterada, pero él la retuvo. Se sirvió vino, mascó la carne a toda prisa, tragó. Tu hermana Laura, esa bruja, me llamó, montó una bronca, que si ha sacrificado toda su vida por ti, que si yo no te doy ni bien de comer, que si no te llevo las zapatillas en la boca como un perrito, ¡y que podría hacerlo! Me echó en cara que no soy suficiente esposa, que no te cuido como a un marqués. Para ella soy una desagradecida. Y tú vas cada semana con ella a quejarte de mí.

¡Qué tontería! ¡No exageres! protestó Javier.

¡No mientas! Cada lunes estás con Laura, cada martes me llama. Y mientras, yo me parto la espalda con el trabajo: que tengo finalistas, exámenes, me muero del estrés. No puedo preparar manjares cada noche ni llevarte las zapatillas a la boca. Y encima tu hermana pinchando todo el tiempo.

En realidad, Laura había criado a Javier tras la muerte de sus padres: le hizo los deberes, cuidó de él desde pequeño Cuando se casó Javier, Laura lo vivió casi como una traición. Incluso en la boda apenas habló ni bailó.

Pero es mi familia murmuró Javier, entre bocado y bocado.

A mí todo el mundo me ve la cara de tonta. Pero no puedo más, Javi. ¡No puedo con tanto! ¿Por qué no me lo dijiste nunca claro? Yo cuento a todos que somos el mejor matrimonio, que soy feliz, aunque esté agotada Pero ahora ya ni eso.

¿Por qué nunca me dijiste que hablaras con ella?

¿Y tú, por qué ibas a verla y no me lo contabas?

No quería que te molestara, Elena se lamentó Javier.

Pues con tanto secretito, mira qué buen matrimonio formamos. ¡Vaya pareja! y Elena le apartó la mano del hombro.

Elena, Laura está sola, le cuesta insistió Javier.

Por su culpa. Reventó a su marido y se quedó sola. Ahora te absorbe a ti, y tú vuelves enfadado, cabizbajo. Yo lo noto, notas el ambiente. Da igual cuánto me esfuerce: tú siempre tienes tristeza. ¿Qué hago yo con todo esto encima?

Laura, tras la boda, nunca aceptó a Elena. Javier con los años se acostumbró a la presencia constante de su hermana, a sus consejos, visitas, críticas Ahora lo veía todo confundido, mientras se llevaba un trozo de carne a la boca.

La ternera está buenísima, por cierto intentó bromear Javier, alzando el plato. ¿Puedo repetir?

Elena, muy digna, se levantó y se marchó.

Sírvetelo tú, que luego se lo cuentas a tu hermana. Seguro que te arropa.

Pronto se oyeron los acordes del piano y la televisión. Cuando Elena se ponía nerviosa, volvía al teclado, aunque ni sabía solfeo.

Don Pedro, tras la pared, miró severo a su mujer, Antonia.

Así sí que saben llevar un matrimonio: ella con el vestido, los tacones, la bandejita y la cenita; luego, música digestiva. Y tú sólo sabes decirme: Límpiate los pies, Manazas, ¿dónde vas?, Pon la lavadora tú, Compra pan, vago, Otra vez hueles a vino. No tienes ni pizca de tacto femenino, Antonia.

Ella se puso en jarras, muy erguida:

¡Mira quién habla! Vosotros corréis a las hermanas a contar penas, y luego a casa, a pedir mimos. Pues aquí te quedas, que yo me voy al convento. Y me llevo a Elena si hace falta.

Antonia sacó la maleta vieja, la famosa maleta de las idas, heredada de su madre.

Pedro, atónito, intentó impedírselo.

¡Ni lo sueñes! soltó ella. Y feliz Año Nuevo, apáñatelas con tus suegros.

Y se fue. Vestida, maleta en mano. Y en el rellano se cruzó con Elena, lista también para irse.

Vamos, Elena, no somos bienvenidas aquí dijo Antonia.

Sí, tía Toñi, vamos contestó Elena. Cuidado con los escalones.

Salieron, cogieron el primer autobús.

Pedro y Javier les dieron alcance tres paradas después, rojos y despeinados.

¡Bajad, tenemos que hablar! suplicó Javier.

¡Nada de hablar! Gira la cabeza, Elena, que aquí no nos quieren dijo Antonia. ¡Conductor, arranque!

Acabaron todos en el autobús, sentados. Al poco, Elena se acercó a Javier y él le cogió la mano. Antonia miró severa a Pedro y este, tímido, la abrazó. Ella se quedó quietecita, y Javier, apretando a Elena, susurró:

Perdóname, en serio. Hablaré con Laura, pero no quiero nada más que estar contigo, sólo contigo. ¡Nuestra vida juntos me gusta tal cual es!

Pedro y Antonia apartaron la vista, avergonzados por el beso de reconciliación.

¡Javi! gritaba Laura al teléfono. ¿Qué pasa contigo? No tengo ni comida, ni nadie que limpie, ¿y tú dónde estás? ¡Hoy, ven tras el trabajo!

No puedo, Laura. Elena y yo vamos al teatro respondió Javier con los ojos cerrados.

¿Cómo dices? Yo, que he sacrificado mi juventud por ti, ¿y me das la espalda? ¿No te da vergüenza?

Y se unirá el hombre a su mujer, y serán uno, Laura. Ya te he pagado todo lo que te debía. El domingo os invito a cenar, y punto.

Laura bufó y colgó. Después, entre lágrimas, marcó el número de su exmarido. A lo mejor, él sí le pasaba el aspirador

A fin de cuentas, las familias pueden ser complicadas: todos queremos sentirnos necesarios, pero a veces hay que aprender a dejar que quienes queremos puedan ser felices a su manera, no sólo a la nuestra. Porque en el amor, lo importante es cuidarse mutuamente, pero también saber cuándo es momento de soltar y dejar espacio para respirar.

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