Sigas siendo la mejor Tras la boda en el pueblo, Dasha y Germán comenzaron su vida juntos. En los pueblos siempre se celebran las bodas por todo lo alto y la fiesta sigue después, con los más fiesteros reuniéndose en cualquier rincón o en un banco al lado de una casa. Cualquier excusa es buena. Dasha y Germán se fueron a vivir solos, a la casa de la abuela de él. Germán trabajaba de conductor de furgoneta, trayendo mercancía de la ciudad a las dos tiendas del pueblo. Su noviazgo fue breve. Germán sabía que, de esa chica sencilla y simpática, saldría una esposa cariñosa. Apenas dos meses salieron juntos cuando, de repente, llegó la proposición: —Dasha, ¿nos casamos? —le preguntó Germán una tarde. —¿Tan pronto? —¿Para qué esperar? Nos conocemos del colegio, aunque terminé dos años antes. ¿Qué dices, te animas? —¡Claro! —respondió Dasha, feliz. La madre de Dasha se quedó asombrada cuando oyó la noticia. —Hija, este Germán se ha dado mucha prisa en pedirte matrimonio, no sé si eso será amor de verdad… ¿Tú qué sientes por él? —Me gusta, mamá, me hace sentir bien. —Ojalá no te equivoques, hija, el marido ha de ser una muralla firme. Mientras tanto, todos en el pueblo notaban que Miguel, conocido como Miki entre los vecinos, había empezado a beber más de la cuenta. Había sido un buen chico, aunque algo tímido, pero últimamente se juntaba con los que no pegaban golpe y bebían desde por la mañana. —Tais, ¿qué pasa con tu Miki? —le preguntaban sus vecinos—. Con lo buen chaval que era, y mira ahora, que va a acabar despedido de la cosechadora. Por meses Miki no paraba de beber. Su madre Tais sufría, regañaba, rogaba, pero nada le hacía reaccionar. Llegó época de cosecha, pero ni se presentó a trabajar, no podía. Y fue despedido, pese a ser tan buen operario, conociendo la maquinaria mejor que nadie. —¿Qué le habrá pasado a Miki? —decía la abuela Eudoxia sacudiendo la cabeza—. Otra vez lo vi borracho, y era tan buen chico… Tais ni sabía qué pensar. Al llegar a casa, encontró a Miki tirado en el sofá, murmurando. Se inclinó a escucharle: —Dashita… ¿por qué… por qué te casaste con él… si yo te quiero…? —Dios mío, ¿será por Dasha la cartera? ¿Miki está colado por ella? —Tais no daba crédito—. Nunca se lo vi, ¡si nunca salía con chicas! Así de tímido era… Ese mismo día, Dasha pasaba repartiendo la correspondencia y Tais la esperó: —¿Y tú, Dasha, te casaste con Germán y a mi Miki ni caso? Igual por eso bebe, ¿sabes lo mal que lo está pasando? Dasha se quedó muda por la sorpresa. Cuando pudo reaccionar, explicó: —Tía Tais, de verdad que no entiendo nada. Apenas he hablado nunca con Miki, solo saludarnos de vez en cuando… —¡No te hagas la loca! ¿Acaso no saliste jamás con él? —¡Nunca! A veces nos cruzábamos, charlábamos un minuto y ya está. No sé de dónde has sacado eso… Si ni se fijaba en mí. —¡Eso crees tú, pero te quiere! Hoy lo oí yo misma murmurar tu nombre. Le pudo la timidez… —De verdad que no sabía nada, nunca me lo habría imaginado… —Fue su timidez… —Ay, Miki… Bueno, tía Tais, hablaré con él, palabra. Igual te hace caso y espabila. Dos días después, Dasha cruzó la calle con su bolsa de cartera, y vio a Miki bebiendo con los de siempre, en unos troncos junto al camino. —¡Vaya panda! Y tú, Miki, ¿sigues igual? Tengo que hablar contigo. Los demás se dispersaron; Miki bajó la cabeza. Dasha se sentó a su lado. —Bueno, ¿desde cuándo esto? —¿El qué? —Que estás colgado por mí… —¿Cómo lo supiste? —Me lo imagino… Venga, cuéntame. —Desde el colegio —admitió, tímido. Dasha no daba crédito. —Mira, Miki, quien de verdad ama desea el bien a la otra persona y sigue siendo una buena persona… y lo que haces ahora, no lo es. Borracho, has hecho daño a tu madre, a ti mismo. Ella sufre, y en el pueblo están asombrados de lo mal que has acabado… ¿Te das cuenta? —Sí… pero me cuesta mucho… —Venga, que eres un hombre. Anímate. Y, vamos a ver, ¡que no soy ninguna belleza para que te mueras por mí! Soy torpe, la casa siempre hecha un caos… No soy para tanto, ya te darás cuenta. Encontrarás a otra a quien amar y serás feliz. Por tu madre, espabila, anda. Dasha se fue y Miki quedó mirando con tristeza. —Tú sí que eres la mejor, aunque digas lo contrario —musitó él. Al pasar por la tienda, Dasha vio la furgoneta de su marido. —¿Qué hace Gera aquí? Debería estar en Madrid, aún es pronto para volver… Entró a la tienda. No vio a nadie, y de la trastienda salió Tatiana la dependienta, roja y recolocándose el pelo. —¿Dasha? ¿Querías algo? —Nada… He visto la furgoneta de mi marido, creía que estaba en Madrid. —Eh… es que… se le averió y fue al taller. —Ah… vale. Me voy. La vida seguía en el pueblo. Dasha seguía repartiendo prensa y pensiones, pero no volvió a ver a Miki ni en la calle ni en la taberna. Algo preocupada, preguntó a Tais: —Tía Tais, hace días que no veo a Miki. —Está en casa, sobrio, ya lo ha dejado; sale al patio, trabaja… hasta echó a los bebedores que venían a buscarlo. Gracias por hablar con él, Dasha, fue por ti. Dasha sonrió y siguió repartiendo prensa. Al llegar a la tienda, vio de nuevo la furgoneta de Germán. Subió las escaleras deprisa y, al entrar, se quedó de piedra: Germán abrazaba y besaba a Tatiana. Ellos ni la oyeron entrar. —Uy… qué momento más inoportuno… —dijo Dasha. Ellos se separaron de golpe. —Dasha, en casa lo hablamos —dijo Germán, sin mirarla a los ojos. Tatiana le sostuvo la mirada, altiva: —No, ahora es el momento. Ya me cansé de escondernos. Siempre hemos estado enamorados, pero le fui infiel y se enfadó contigo solo para vengarse de mí… ¿verdad, Gera? —Él asintió—. Aunque esté casado contigo, lo nuestro nunca terminó. —En casa… —insistió Germán. —No hace falta, ya lo he entendido todo —respondió Dasha, saliendo corriendo. Su madre la consoló: —Hija, ya te lo advertí. No confiaba en Germán. Pero tranquila, que siempre hay remedio para los errores. En poco tiempo, la noticia del divorcio recorrió el pueblo. Todos sabían de la infidelidad de Germán con Tatiana, y pronto supieron que Dasha había pedido la separación. —Miki, tengo novedades —le anunció su madre al volver del mercado—. Dasha se divorcia de Germán. Él la engañó con Tatiana. Así que espabila. Vuelve a la cosechadora, hablé con el jefe y te va a readmitir. Ha visto que ya has dejado la bebida. —Mamá, siempre supe lo de Germán… Pero Dasha no me habría creído. Poco después, se extendió otra noticia: —¿Habéis oído? Miki y Dasha la cartera se casan. La boda es pronto —comentaba Eudoxia, la abuela, en la plaza—. Tais está tan contenta, hasta rejuvenecida. —Me alegro, Miki es un buen chico. Ha dejado el mal camino, y eso es por amor —aportó Valentina, la vecina—. —Y Germán y Tatiana, ya veremos… Siempre han estado juntos. Pero Tatiana lo va a hacer arrepentirse, al tiempo —sentenció la abuela Eudoxia. Miguel llegó a casa y se sentó a la mesa. Su mujer puso la sopa y sacó la tarta del horno, lanzándole una mirada alegre. —¡Menudo festín, Dashita! —dijo él mientras comía—. Y eso que decías que eras mal ama de casa… —¡Uy, si lo soy! Y muy cabezota —reía Dasha. Pero él miró la cocina, limpia y acogedora, y le sostuvo: —Siempre supe que eres la mejor. —Y estoy embarazada, Miki —sorprendió ella. Él, con los ojos como platos, se levantó emocionado. —¿En serio? ¡Qué felicidad! ¡Eres la mejor, te lo dije! —y la abrazó fuerte besándola. Dasha tuvo una niña, y tres años después, un niño. Todos felices, sobre todo Tais, que adoraba a su nuera y nietos. La vida en el pueblo siguió su curso. Sigas siendo la mejor

Diario de Ramón, 18 de Julio

La boda terminó con alegría aquí en el pueblo, un evento que siempre despierta fiesta en las calles de cualquier aldea castellana. Esta vez fueron Clara y Tomás los que se casaron. Aquí, cuando hay motivo para celebrar, basta con una sobremesa improvisada bajo los soportales de cualquier casa para que las risas y las canciones revuelvan el aire.

Clara y Tomás decidieron instalarse desde el principio separados de sus familias, en la casa de la abuela de Tomás, una construcción de piedra con tejas rojas en las afueras. Tomás trabajaba de repartidor con su furgoneta Renault, llevando productos de la capital a las dos tiendas del pueblo.

No estuvieron saliendo mucho tiempo, apenas dos meses. Tomás siempre supo que esa chica sencilla, de sonrisa tranquila, sería la esposa cariñosa y fiel que él buscaba. Así lo decidió una tarde bajo la sombra de un olivo.

Clara, ¿te casarías conmigo? le preguntó Tomás, sin darle muchas vueltas.

¿Tan pronto? respondió ella, con rubor.

¿Y para qué esperar? Si nos conocemos desde críos, sólo que yo salí del instituto un par de años antes. Venga, Clara, ¿te animas?

Claro que sí dijo ella, y lo abrazó con la mirada llena de esperanza.

La madre de Clara se sorprendió mucho al enterarse de la noticia.

Hija, este Tomás va muy deprisa. No sé si es amor verdadero lo que siente. Y tú, ¿estás segura de quererle?

Sí, me gusta mucho, mamá.

Bueno, que no te equivoques, Clara. El marido debe ser una pared sólida para una mujer.

En nuestro pueblo se rumoreaba últimamente que Luis, el hijo de Tía Rosario, estaba echado a perder. Buen chico, serio y trabajador, aunque siempre muy tímido, ahora se le veía demasiado a menudo con los del bar, esos que sólo saben gastar el día entre copas de vino en la plaza.

Rosario, ¿qué sucede con tu Luis? se asombraba la gente. Era un buen cosechero, y ahora mira, si sigue así lo echan del trabajo, seguro.

Durante meses, no se le vio sobrio. La madre, preocupada, luchó por hacerlo entrar en razón, pero nada daba resultado. Llegó la época de la siega, y Luis ni siquiera fue al campo. Lo despidieron de la cooperativa, después de años de ser el más entendido con las máquinas.

¿Qué le habrá pasado a Luis? comentaba doña Carmen, la señora mayor del banco de la plaza. Antes era un buen chico y ahora lo veo tambaleando por la calle

Rosario ya ni sabía qué pensar. Entró en casa y lo encontró tirado en el sofá murmurando algo. Se acercó a escuchar.

Clara, Clarita ¿por qué te casaste, Clara? Yo te quiero

¿Será que es por Clara la cartera? se sobresaltó Rosario. ¿Luis está enamorado de ella y nadie se enteró? Si nunca se le vio detrás de ninguna, será su timidez.

Ese día, mientras Clara repartía el correo, Rosario la interceptó.

Clara, ¿por qué te fuiste con Tomás y dejaste a Luis de lado? Mira cómo está, igual bebe por tu culpa. ¿Por qué jugaste con mi hijo?

Clara se quedó de piedra. Apenas reaccionó y, ya repuesta, acertó a decir:

Tía Rosario, ¿por qué cree eso? Yo apenas crucé palabra con Luis, alguna vez dos frases y ya. Jamás hubo nada.

No disimules insistió Rosario. Hoy te nombro, le escuché llorar por ti. No tuvo valor para decírtelo, siempre se lo tragó

Créame, no sabía nada. Ni me miraba apenas

Es tan tímido

Hablaré con él, tía. Se lo prometo.

Dos días después, Clara encontraba a Luis entre la cuadrilla de siempre, sentados en la barrera, vaciando botellas de vino barato.

Vaya panda, dijo en voz alta al detenerse. Y tú, Luis, ¿por qué andas aquí? Tengo que hablar contigo.

Los otros desaparecieron escabulléndose. Él bajó la cabeza y ella se sentó a su lado.

A ver, ¿desde cuándo esto?

¿El qué?

Que me quieras

¿Cómo lo sabes?

Lo intuí, vámonos. Cuéntamelo.

Desde la ESO, Clara admitió al fin Luis.

Ella se quedó sorprendida.

Luis, cuando uno ama de verdad a otra persona, le desea lo mejor y sigue siendo digno. Esto que haces no te ayuda ni a ti ni a tu madre, sólo le das disgustos. Todos hablan de cómo has caído; ¿piensas seguir así?

Sé que tienes razón, pero me duele

Luis, eres un hombre, tómatelo con coraje. Mira que tampoco soy tanta cosa, ni guapa ni ordenada; pregúntale a Tomás. Siempre dejo la casa manga por hombro, mis piernas son torcidas y soy muy cabezota. Lo tuyo, amigo, es un amor imaginario. Dale una alegría a tu madre y deja la bebida, ya encontrarás un amor que sea para ti.

Clara se marchó. Luis la vio alejarse susurrando:

Eres la mejor, aunque no lo creas.

Al poco, Clara pasó por la tienda del pueblo y reconoció el coche de su marido.

Qué raro, Tomás tenía que estar en Valladolid todavía pensó mientras entraba.

En el mostrador no había nadie, pero en seguida salió María, la dependienta, con las mejillas encendidas y el pelo descolocado.

Clara, ¿vienes a por algo?

No, sólo vi el coche de Tomás fuera, creí que seguía en la ciudad.

Ah Se le estropeó la furgoneta, fue a buscar una pieza al taller.

Vale, me voy entonces.

El verano seguía su curso, los grillos no callaban por la noche. Clara repartía la prensa, las cartas, las pensiones, pero ya no veía ni rastro de Luis por ninguna parte. Un día, entregando el ABC a Rosario, preguntó:

Tía Rosario, ¿qué es de Luis? No se le ve.

En casa anda. Ha dejado de beber. Trabaja haciendo leña, arreglando el corral, nada de vino y de amigos borrachos, antes los echó del patio.

Me alegro mucho, todo mejorará. Quiere decir que se puede salir de todos los baches.

Gracias, Clara, fue esa charla que tuviste con él. Me lo contó.

Clara rió y siguió con su ruta. Al volver a la tienda, vio de nuevo el coche de Tomás. Subió deprisa los peldaños y se quedó inmóvil: Tomás y María estaban abrazados y besándose, tan concentrados que ni la oyeron entrar.

Perdón, no quería interrumpir dijo, y ellos se separaron de golpe.

Clara, luego hablamos en casa murmuró Tomás, sin mirarla a los ojos, mientras María la miraba desafiante.

No hace falta, ya lo veo todo claro. Clara salió corriendo.

En casa, su madre trató de consolarla.

Te lo advertí, hija. Tomás no era trigo limpio. Pero tranquila, siempre se puede empezar otra vez. Todo irá bien, Clara.

La noticia del divorcio corrió de boca en boca más que una tormenta. En los pueblos nadie guarda secreto, y ya se sabía que Tomás tenía un lío con María antes de casarse.

Rosario regresó a casa desde la tienda.

Luis, ¿sabes qué? Clara y Tomás se separan, él se líó con María. Así que levanta ese ánimo y vuelve a la cooperativa. Ramón, tu encargado, me dijo que te readmiten si quieres, que te ha visto centrado.

Ya lo imaginaba sobre Tomás, mamá. Pero no era mi sitio meter las narices ahí. Clara nunca me hubiera creído

No tardó mucho en circular otra noticia.

¿Has oído? Luis y Clara la cartera se casan, qué buena pareja comentaba doña Carmen junto a la panadería. Rosario no cabe en sí de la alegría, hasta parece rejuvenecida.

Así es, Luis ha dejado la bebida, será buen marido, ya ves lo que puede una buena mujer asintió la vecina Ana.

Tomás y María se lo buscaron, en el fondo nunca dejó de quererla, pero ya verá, la María le dará problemas añadió Carmen sentenciosa.

Luis regresó a su casa y se sentó a la mesa. Clara trajinaba en la cocina: sacó el puchero de cocido, puso croquetas y, del horno, una empanada humeante. Se sentó sonriente.

Menudo festín, Clarita decía Luis con la boca llena. Y eso que decías que eras mala para la casa

Ya ves, Luis, sigo siendo un desastre se reía Clara.

Luis miró alrededor, la cocina reluciente, todo en orden, y sentenció:

Yo siempre supe que eres la mejor.

Y encima estoy embarazada anunció ella de repente. Luis se puso de pie, sorprendido y con lágrimas en los ojos.

¿De verdad? ¡Qué felicidad! ¡Sabía que eras la mejor! la abrazó fuerte y la colmó de besos.

Clara dio a luz a una niña, y tres años después a un varón. Todos felices, especialmente la suegra Rosario, que adoraba a su nuera y a los nietos. Y así la vida siguió su curso, tranquila y sencilla, como se vive en Castilla.

Hoy, al repasar todo esto, he aprendido que las heridas también curan, y que la verdad y la sencillez abren puertas hacia la felicidad genuina. Confiar en el tiempo y en las personas limpias de corazón es la mejor enseñanza que he podido guardar de aquellos días.

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Sigas siendo la mejor Tras la boda en el pueblo, Dasha y Germán comenzaron su vida juntos. En los pueblos siempre se celebran las bodas por todo lo alto y la fiesta sigue después, con los más fiesteros reuniéndose en cualquier rincón o en un banco al lado de una casa. Cualquier excusa es buena. Dasha y Germán se fueron a vivir solos, a la casa de la abuela de él. Germán trabajaba de conductor de furgoneta, trayendo mercancía de la ciudad a las dos tiendas del pueblo. Su noviazgo fue breve. Germán sabía que, de esa chica sencilla y simpática, saldría una esposa cariñosa. Apenas dos meses salieron juntos cuando, de repente, llegó la proposición: —Dasha, ¿nos casamos? —le preguntó Germán una tarde. —¿Tan pronto? —¿Para qué esperar? Nos conocemos del colegio, aunque terminé dos años antes. ¿Qué dices, te animas? —¡Claro! —respondió Dasha, feliz. La madre de Dasha se quedó asombrada cuando oyó la noticia. —Hija, este Germán se ha dado mucha prisa en pedirte matrimonio, no sé si eso será amor de verdad… ¿Tú qué sientes por él? —Me gusta, mamá, me hace sentir bien. —Ojalá no te equivoques, hija, el marido ha de ser una muralla firme. Mientras tanto, todos en el pueblo notaban que Miguel, conocido como Miki entre los vecinos, había empezado a beber más de la cuenta. Había sido un buen chico, aunque algo tímido, pero últimamente se juntaba con los que no pegaban golpe y bebían desde por la mañana. —Tais, ¿qué pasa con tu Miki? —le preguntaban sus vecinos—. Con lo buen chaval que era, y mira ahora, que va a acabar despedido de la cosechadora. Por meses Miki no paraba de beber. Su madre Tais sufría, regañaba, rogaba, pero nada le hacía reaccionar. Llegó época de cosecha, pero ni se presentó a trabajar, no podía. Y fue despedido, pese a ser tan buen operario, conociendo la maquinaria mejor que nadie. —¿Qué le habrá pasado a Miki? —decía la abuela Eudoxia sacudiendo la cabeza—. Otra vez lo vi borracho, y era tan buen chico… Tais ni sabía qué pensar. Al llegar a casa, encontró a Miki tirado en el sofá, murmurando. Se inclinó a escucharle: —Dashita… ¿por qué… por qué te casaste con él… si yo te quiero…? —Dios mío, ¿será por Dasha la cartera? ¿Miki está colado por ella? —Tais no daba crédito—. Nunca se lo vi, ¡si nunca salía con chicas! Así de tímido era… Ese mismo día, Dasha pasaba repartiendo la correspondencia y Tais la esperó: —¿Y tú, Dasha, te casaste con Germán y a mi Miki ni caso? Igual por eso bebe, ¿sabes lo mal que lo está pasando? Dasha se quedó muda por la sorpresa. Cuando pudo reaccionar, explicó: —Tía Tais, de verdad que no entiendo nada. Apenas he hablado nunca con Miki, solo saludarnos de vez en cuando… —¡No te hagas la loca! ¿Acaso no saliste jamás con él? —¡Nunca! A veces nos cruzábamos, charlábamos un minuto y ya está. No sé de dónde has sacado eso… Si ni se fijaba en mí. —¡Eso crees tú, pero te quiere! Hoy lo oí yo misma murmurar tu nombre. Le pudo la timidez… —De verdad que no sabía nada, nunca me lo habría imaginado… —Fue su timidez… —Ay, Miki… Bueno, tía Tais, hablaré con él, palabra. Igual te hace caso y espabila. Dos días después, Dasha cruzó la calle con su bolsa de cartera, y vio a Miki bebiendo con los de siempre, en unos troncos junto al camino. —¡Vaya panda! Y tú, Miki, ¿sigues igual? Tengo que hablar contigo. Los demás se dispersaron; Miki bajó la cabeza. Dasha se sentó a su lado. —Bueno, ¿desde cuándo esto? —¿El qué? —Que estás colgado por mí… —¿Cómo lo supiste? —Me lo imagino… Venga, cuéntame. —Desde el colegio —admitió, tímido. Dasha no daba crédito. —Mira, Miki, quien de verdad ama desea el bien a la otra persona y sigue siendo una buena persona… y lo que haces ahora, no lo es. Borracho, has hecho daño a tu madre, a ti mismo. Ella sufre, y en el pueblo están asombrados de lo mal que has acabado… ¿Te das cuenta? —Sí… pero me cuesta mucho… —Venga, que eres un hombre. Anímate. Y, vamos a ver, ¡que no soy ninguna belleza para que te mueras por mí! Soy torpe, la casa siempre hecha un caos… No soy para tanto, ya te darás cuenta. Encontrarás a otra a quien amar y serás feliz. Por tu madre, espabila, anda. Dasha se fue y Miki quedó mirando con tristeza. —Tú sí que eres la mejor, aunque digas lo contrario —musitó él. Al pasar por la tienda, Dasha vio la furgoneta de su marido. —¿Qué hace Gera aquí? Debería estar en Madrid, aún es pronto para volver… Entró a la tienda. No vio a nadie, y de la trastienda salió Tatiana la dependienta, roja y recolocándose el pelo. —¿Dasha? ¿Querías algo? —Nada… He visto la furgoneta de mi marido, creía que estaba en Madrid. —Eh… es que… se le averió y fue al taller. —Ah… vale. Me voy. La vida seguía en el pueblo. Dasha seguía repartiendo prensa y pensiones, pero no volvió a ver a Miki ni en la calle ni en la taberna. Algo preocupada, preguntó a Tais: —Tía Tais, hace días que no veo a Miki. —Está en casa, sobrio, ya lo ha dejado; sale al patio, trabaja… hasta echó a los bebedores que venían a buscarlo. Gracias por hablar con él, Dasha, fue por ti. Dasha sonrió y siguió repartiendo prensa. Al llegar a la tienda, vio de nuevo la furgoneta de Germán. Subió las escaleras deprisa y, al entrar, se quedó de piedra: Germán abrazaba y besaba a Tatiana. Ellos ni la oyeron entrar. —Uy… qué momento más inoportuno… —dijo Dasha. Ellos se separaron de golpe. —Dasha, en casa lo hablamos —dijo Germán, sin mirarla a los ojos. Tatiana le sostuvo la mirada, altiva: —No, ahora es el momento. Ya me cansé de escondernos. Siempre hemos estado enamorados, pero le fui infiel y se enfadó contigo solo para vengarse de mí… ¿verdad, Gera? —Él asintió—. Aunque esté casado contigo, lo nuestro nunca terminó. —En casa… —insistió Germán. —No hace falta, ya lo he entendido todo —respondió Dasha, saliendo corriendo. Su madre la consoló: —Hija, ya te lo advertí. No confiaba en Germán. Pero tranquila, que siempre hay remedio para los errores. En poco tiempo, la noticia del divorcio recorrió el pueblo. Todos sabían de la infidelidad de Germán con Tatiana, y pronto supieron que Dasha había pedido la separación. —Miki, tengo novedades —le anunció su madre al volver del mercado—. Dasha se divorcia de Germán. Él la engañó con Tatiana. Así que espabila. Vuelve a la cosechadora, hablé con el jefe y te va a readmitir. Ha visto que ya has dejado la bebida. —Mamá, siempre supe lo de Germán… Pero Dasha no me habría creído. Poco después, se extendió otra noticia: —¿Habéis oído? Miki y Dasha la cartera se casan. La boda es pronto —comentaba Eudoxia, la abuela, en la plaza—. Tais está tan contenta, hasta rejuvenecida. —Me alegro, Miki es un buen chico. Ha dejado el mal camino, y eso es por amor —aportó Valentina, la vecina—. —Y Germán y Tatiana, ya veremos… Siempre han estado juntos. Pero Tatiana lo va a hacer arrepentirse, al tiempo —sentenció la abuela Eudoxia. Miguel llegó a casa y se sentó a la mesa. Su mujer puso la sopa y sacó la tarta del horno, lanzándole una mirada alegre. —¡Menudo festín, Dashita! —dijo él mientras comía—. Y eso que decías que eras mal ama de casa… —¡Uy, si lo soy! Y muy cabezota —reía Dasha. Pero él miró la cocina, limpia y acogedora, y le sostuvo: —Siempre supe que eres la mejor. —Y estoy embarazada, Miki —sorprendió ella. Él, con los ojos como platos, se levantó emocionado. —¿En serio? ¡Qué felicidad! ¡Eres la mejor, te lo dije! —y la abrazó fuerte besándola. Dasha tuvo una niña, y tres años después, un niño. Todos felices, sobre todo Tais, que adoraba a su nuera y nietos. La vida en el pueblo siguió su curso. Sigas siendo la mejor
No entendía a dónde desaparecía la comida que preparaba mi mujer. Luego mi suegra nos contó la verdad