Una escena después de los setenta Cuando en el pasillo empezó a sonar el aspirador y tras la puerta retumbó el carrito de la cena, doña Ana Petrovna ya estaba sentada en la cama, con la bata puesta, mirando su vestido extendido sobre la colcha. Azul oscuro, con lentejuelas en el escote, allí parecía un objeto extraño, atrezo de teatro olvidado en una habitación de residencia. Desvió la vista hacia el reloj, encima de la puerta. Quedaban veinte minutos para la cena, dos horas para que llegasen los voluntarios. En la mesilla parpadeaba un móvil antiguo, de teclas grandes, pero sin llamadas. Y que siga así, se dijo. Hoy ya hay bastante barullo. Una enfermera, de bata celeste, se asomó al cuarto. —Doña Ana, ¿va a venir al concierto? Los voluntarios han prometido corro. —Corro… —repitió Ana, asintiendo—. ¿Dónde iba yo a ir si no? Con una sonrisa, la enfermera desapareció, dejando tras de sí olor a lejía y a algo dulce de la cocina. Cerró la puerta y la habitación volvió a quedar en silencio. La compañera de cuarto, doña Valentina, dormía de espaldas, con un auricular puesto. De él se escapaba la voz grave de un locutor de radio. Ana acarició el vestido. La tela estaba fría. Se lo trajo cuando su hija la ingresó allí, en la residencia, casi un año antes. Por si acaso: algún aniversario, Nochevieja quizá. Luego lo dobló y lo guardó en el armario. Dejó de pensar en él. Desde el pasillo avisaron para la cena. Guardó el vestido y cerró el armario, dejando la mano unos segundos sobre el pomo. En el espejo del armario se reflejó su cara: conocida, terca, labios finos y los ojos levemente perfilados. La costumbre no se pierde, ni aquí. —Venga, —se oyó desde el pasillo—, ¡que se enfría el compot! Se puso el chaleco de lana y salió. El comedor estaba casi lleno. Mujeres y hombres de distintas edades ocupaban las mesas largas. Algunos en chándal, otros en camisa y corbata. De las paredes colgaban copos de papel, pegados con celo, y una guirnalda titilaba, como cansada. —Ana, aquí—le hizo señas doña Tamara, antigua contable y ahora la reina de los juegos de mesa y los cotilleos. Ana se sentó a su lado. Ya habían servido platos de arroz y albóndigas, pan en una cesta metálica y una jarra de compot rosa. —¿Sabes?—susurró Tamara con conspiración— Hoy vuelven los chicos de las guitarras, como el año pasado. —Cantaban bien—intervino Semón, el alto del bastón, sentado enfrente—. Pero siempre lo mismo. Que si “Clavelito”, que si “La Morena”. —Es más fácil así—dijo Ana—. Llevan un programa hecho. Pronunció “programa” con tono casi profesional. Ella también había tenido programas: “Noche de canción española”, “Éxitos de cine”, “Clásicos del ayer”. Sabía cuándo sonreír, dónde hacer pausas, cómo alzar la mano. El teatro a oscuras, las luces que ciegan, y ella salía sabiendo que saldría bien. —¡Bah, programa!—bufó Tamara—Yo les pedí mi “Azul de ojos” y solo asentían. —Hazles una lista—sugirió Semón—. Les da igual lo que toquen. —¿Y tú, Ana?—preguntó Tamara girándose—¿Cantarás? Le dije a la enfermera que aquí tenemos artista propia. Ana sujetó el tenedor con fuerza. —Eso ya pasó—susurró—. Ya… canté suficiente. —Pues yo te vi por la tele—insistió Tamara—En el salón, cuando ponen conciertos antiguos. Con tus lentejuelas. —Eso fue el siglo pasado—cortó Ana—. Y la tele siempre exagera. Sintió la vieja resistencia en el pecho. Allí solo era Ana de la sexta habitación. Ayudaba a escribir solicitudes, a llevar ropa a la lavandería, a buscar teléfonos. A veces, por encargo de las enfermeras, montaba el tablón de anuncios, pegando los papeles bien rectos. Cómodo: sin carteles, sin expectativas. Tras la cena, todos al salón. El árbol ya estaba: de plástico, con la punta torcida y bolas viejas. La tele escupía noticias. —Mañana llegan los voluntarios—avisó la jefa de enfermeras—Habrá concierto y felicitación. Hoy terminamos de decorar. El que pueda, que ayude. Algunos se levantaron hacia la caja de adornos. Ana permaneció sentada. Si se ponía en pie, enseguida le pedirían: “Ana, tú entiendes de esto”. No quería liderar. No quería escuchar expectativas en la voz de nadie. —¿Y qué?—dijo de pronto Semón, apoyado en su bastón—¿Solo vamos a mirar y aplaudirles bajo la guitarra? ¿No podemos hacer nada nosotros? La jefa de enfermeras sonrió, resignada. —Ya sabe, don Semón, no hay tiempo. El personal no da abasto, no hay ensayos. —Pues solos, —insistió— Aquí hay talento. Tamara recita poemas, Ana canta… Las miradas se dirigieron a Ana. Notó el rubor. —No actuaré—dijo al momento—. Ya no tengo voz. —¡Que sí la tienes!—metió baza la pequeña Zina, desde la esquina—Te oí cantar en la ducha. Estrés en los labios. En la ducha seguía cantando a veces. Arias, romanzas, versos de “Nostalgia”. —Hagamos así—propuso la jefe de enfermeras, deseando zanjar—Si alguien quiere, que prepare algo. Mañana, antes de los voluntarios, media hora de espectáculo propio. Sin peleas si alguien se lía. Se formó revuelo. Canción del abeto, chistes, villancicos. Tamara dio un manotazo amistoso a Ana. —¿Ves? Nos han dado carta blanca. ¡Te necesitamos! —No cantaré—dijo terca Ana—Pero ayudo: textos, orden, música, lo que sea. —Sin ti no tiene gracia…—suspiró Tamara, y se enfrascó en una discusión sobre el orden del programa. Ana se levantó y salió discretamente del salón. El pasillo estaba en penumbra. En el alféizar, dos ficus y un muñeco de nieve de plástico con la bufanda desvaída. Se asomó. Afuera nevaba. Los coches del parking cubiertos de blanco, luces lejanas en el bloque vecino. Pensó en el escenario. No el grande, con orquesta, sino aquel centro cultural del barrio dormitorio. Olor a polvo y maquillaje. Salía a cantar a los que venían tras turno: canciones de amor, de caminos, de juventud. Aplaudían, algunos coreaban. Creyó que sería siempre así. Luego vinieron los cambios, los cierres, otros formatos. Acabó cantando en bodas, en fiestas de empresa. Al final, simplemente dejaron de llamar. —Su tiempo ya pasó—le dijo un joven director, sonriente—Ahora se necesitan otras caras. Esa frase quedó en su cabeza. Aprendió a decírsela a sí misma. Así no esperaba llamadas. No temía rechazos. Regresó al cuarto al reparto de medicación. Valentina se despertó enseguida: —¿Sabes? Mañana fiesta. Yo declamo un poema de invierno. —Bien—dijo Ana. —¿Y tú, cantas? —No. —Qué pena. Tienes voz bonita. No como esas chicas nuevas, que solo gritan. Ana se acostó de lado y apagó la lámpara. En la quietud se oían toses tras la pared, el paso del carrito por el pasillo. Intentó pensar en otra cosa, pero tenía en la cabeza fragmentos de canciones y caras de gente del público. Y aquellas miradas de hoy en el salón. La mañana transcurrió normal. Levantarse, gimnasia, desayuno. En la papilla, algo de mantequilla. Un vecino recibió turrón de los suyos y lo repartió generoso. La tele ponía videoclips navideños. Tras la ronda, la jefa de enfermeras reunió a todos. —A ver quién actúa. Voluntarios a las seis, nosotros a las cinco. Una hora. —Yo primera—dijo Zina—. Un poema de Bécquer. —Y yo una canción—gritó desde el fondo Luisa, ex-enfermera—La de “Tres caballos blancos”. —Yo, unos chascarrillos—se apuntó Tamara. —Y yo…—empezó Semón, miró a Ana—. Aquí hay quien sí sabe organizar. Todos a Ana, de nuevo. —No cantaré—repitió, casi automática—. Pero hagamos la lista, para no liarnos. Papel y boli en mano, se levantó. —Por orden: poema, canción, chascarrillos… ¿Quién más? —Yo cuento un cuento—dijo Gala, la del gorro de lana—. Del conejito perdido. —Bien, anotado. Fue organizando, dando consejos de colocación y micro. Se encendía la mirada de la gente. Competían por ser presentadores. Al final, eligieron a Zina, que insistió en que lo hacía con “expresión”. —Ana,—susurró Tamara, cuando todos se fueron a ensayar—. Cántate siquiera una. Por ti. —Tengo miedo—escapó de Ana, para su sorpresa. —¿Miedo? —De que falle la voz. De olvidar la letra. De salir y… —calló—. De no poder. —¿Y qué si no sale?—le restó importancia Tamara—. Somos de casa. Aquí no hay jurado. Yo también tiemblo, y si descuido la rima, nos reímos. Ana quiso objetar, pero no halló palabras. Para Tamara era un juego. Para ella, otra cosa. Antes, un error costaba contratos, reputación. Ahora a nadie le importa, pero la exigencia sigue. —Bueno—dijo por fin—. Lo pensaré. En el cuarto, colgó el vestido azul del respaldo de la silla. Lo contempló. Lo guardó de nuevo. El corazón le latía como entonces, antes de salir a escena. Ayudó a repasar textos, pulió el cuento de Gala, corrigió la entonación a Luisa. Al fin le tarareó un par de notas. —Así, no tan alto—indicó. —Pareces directora de orquesta—dijo Luisa admirada—. ¿Y tú? —Yo… luego—Alejó la pregunta. Después de comer, entró una joven en jersey con renos. Una voluntaria, llegaba a preparar micrófonos. —Hola—saludó sonriente—. Soy Catalina. Esta tarde venimos con canciones, concursos. Vosotros descansad, lo hacemos todo. —Pues estamos montando nuestro propio festival—informó Semón con orgullo. —¿De verdad?—Catalina se sorprendió—. Qué bien. Pero no os paséis que a cierta edad ya no toca matarse. Sonó inocente, sin malicia. Pero Ana notó el pellizco. “A cierta edad, ya no toca”. Como si fuese indiscutible. —Qué va—le respondió Tamara sin enfadarse—. Todavía estamos para mucho. Catalina prometió traer micros y desapareció. En el aire, quedó el silencio. —¿Oís?—murmuró Semón—. “Ya no toca”. —Menuda tontería—zanjó Tamara, aunque la voz le tembló. Ana se vio de pronto en la tarde. Chicos con guitarras, con regalos, las fotos… Y luego todos se irían, y ellos se quedarían junto al árbol, la tele y la pastilla en la mesilla. Y con ese “ya no toca” en los oídos. Volvió a su cuarto. El vestido seguía ahí, sacado otra vez sin darse cuenta. Las manos le temblaban al desabrochar la cremallera. —¿Vas a ponértelo al final?—preguntó Valentina. —No sé, —dijo Ana—. Quizá sí. —Hazlo—dijo grave Valentina—. Cuando te veo así, parece que no se ha acabado todo. Esas palabras dolieron, pero de otra manera. No se acabó todo. Ana suspiró y se levantó. —¿Me ayudas a abrochar?—pidió. El vestido quedaba algo suelto, pero bien. El espejo devolvía la imagen de una mujer, canas recogidas, hombros finos y lentejuelas al cuello. No aquella de los carteles. Otra. Viva. —Guapísima—dijo sincera Valentina—. Como en la tele. —Basta de tele—rió Ana—. Ayúdame con el pintalabios, que no atino. Rieron, corrigiendo torpezas con la barra de labios. Llamaron a ensayo. El micro estaba ya listo en el salón. Zina apretaba su folio de versos, Tamara acomodaba su pañuelo vistoso. —¡Madre, Ana!—exclamó Tamara al verla—. Ahora sí, tienes que cantar. —Ya veremos—respondió, temblor y alivio a la vez; como si al fin dejara de esconderse. Empezaron los ensayos. Zina se perdió en el poema, repitió. Nadie rió: le ayudaron. Luisa se trabó en la canción, Ana le tarareó bajito. Todos pasaron por su turno. —¿Y tú?—emplazó Semón—. Te toca. Ana se acercó al micro. El corazón palpitaba en el cuello. Agarró el pie del micro. —No sé…—dudó—. Un romance, quizá. “Aurora, no corras”. —¡Buenísima!—desde el fondo. Cerró los ojos. Las palabras salieron solas. Al segundo verso, la voz se le quebró en lo alto. Paró. —No puedo—susurró. —Claro que puedes—dijo firme Zina—. Empieza de nuevo. —Te esperamos—añadió Semón. Un respiro. De nuevo, pero sin forzar. Cantó bajo, tranquila, como contando algo. La voz tembló, pero en la sala no se oía ni la tele. Cuando acabó, reinó el silencio. Luego, Tamara aplaudió primero; todos siguieron. —¿Ves? Canción de verdad. Ana se apartó, el pecho lleno de algo dulce, no de desánimo. No fue perfecta. Pero cantó. —Bueno—apareció la jefa de enfermeras—¿Preparados para la tarde? —¡Preparados!—varias voces a la vez. A las cinco el salón era otro. Bandejas de galletas y mandarinas, más guirnaldas, una estrella de cartón corona el abeto. Los residentes en sus mejores galas o camisas limpias. —Empezamos—dijo Zina—. Queridos amigos… Se atascó a la segunda frase, pero se rehízo. Nadie le dio importancia. Sonreían todos. Era un festival distinto a lo que Ana recordaba. Sin guion, ni bromas ensayadas. Pero conmovedor. Poemas, canciones, el cuento del conejito. Las chascarrillas de Tamara, risas incluso de los más serios. Luisa y su canción, que a ratos cambiaba el número de caballos. —Ahora…—anunció Zina—. La actuación de doña Ana. Silencio. Ana sintió las palmas sudorosas. Se levantó. Piernas pesadas, pero avanzó hacia el micro. —Yo…—titubeó. El mismo miedo absurdo. No miles de ojos: un puñado de rostros de cada día. Pero el temblor era el mismo. —Canta—animó Valentina—. Estamos contigo. Ana cogió el micro. Le rondó la frase: “A cierta edad, ya no toca”. Y al instante, pensó: Ahora es cuando más toca. Porque quizá no haya más veces. No eligió romance. De pronto arrancó una canción antigua, sencilla, de las de patio. En un par de compases la voz volvió a fallar, pero siguió. Alguien le hizo el coro, luego otro. Medio salón coreando, a ratos a destiempo, desafinando, pero fuerte y contentos. Ana sintió que algo dentro se ensanchaba. No volvía la juventud, ni los carteles. Solo desaparecía esa obligación de ser invisible. Miraba y veía vecinos, no público; compartían infusiones, charlas y silencios. Y la miraban como a una más, no como “la ex artista”. Acabó la canción y el aplauso fue largo y sonoro. Oyeron algún “¡bravo!”. Ana hizo una leve reverencia, igual que antaño, y se rió, ligera como una niña. —¡Otra!—pidió Tamara. —No, ya vale por hoy—negó Ana, sonriendo. Volvió a su asiento. El corazón aún galopaba, pero sin miedo. Valentina le apretó la mano. —Gracias—susurró. A las seis llegaron los voluntarios, con guitarras, altavoces y bolsas de regalos. Entraron a tropel, gorros y mochilas. Catalina miró a su alrededor, sorprendida. —¡Vaya! Si ya estáis de fiesta. —Hemos ensayado—presumió Semón—. Tenemos nuestro propio show. —¡Eso es!—admiró Catalina—. Pues nos unimos a vosotros. Así lo hicieron. Todos juntos: jóvenes, mayores, a pie o en silla. En un momento, una voluntaria propuso a Ana cantar a dúo. Ella se negó, pero con otra actitud. —En otra ocasión—dijo—. Ya he actuado hoy. Catalina sonrió y no insistió. Cuando acabó todo, con regalos y fotos, Ana salió al pasillo. Silencio. Lejos, risas y música. Se acercó a la ventana. Fuera nevaba. Las farolas encendidas, iluminando el camino a la puerta. Junto a la verja, el coche de los voluntarios, a punto de irse. Tocó el alféizar frío. En el reflejo del cristal se vio a sí misma: vestido azul, carmín ligero, lentejuelas. No estrella, no “leyenda”. Solo una mujer que hoy se atrevió a salir. Sintió un cansancio agradable, no de losas, sino de faena cumplida. Le apetecía té y silencio. —Doña Ana,—la llamó alguien—. ¡Venga, que la estamos esperando! Están discutiendo qué cantar en San Antón. Se giró. Era Tamara, colorada y con la bufanda torcida. —Voy—dijo Ana. Miró una vez más la nieve. El coche se marchaba, dejando sus luces. Y ella volvió al salón, donde la aguardaban aquellos con quienes aún le quedaban muchas tardes de canciones, de versos, de rifirrafes por los turnos. Sintió entonces paz al pensar que, cuando alguien diga: “Nos hace falta una cantante”, ya no se esconderá. Podría olvidar la letra, o desafinar. Pero saldrá. Con eso basta para que el Año Nuevo en aquella residencia ya no sea solo una fecha, sino algo propio y vivo, como una voz que, aunque ya no joven, sigue sonando.

Escena después de los setenta

Cuando el zumbido de la aspiradora retumbó en el pasillo y alguien arrastró un carrito con las cenas por detrás de la puerta, Ana Ramírez ya estaba sentada sobre la cama, con la bata puesta, mirando el vestido que había extendido sobre la colcha. Azul oscuro, con lentejuelas en el escote, aquel vestido parecía fuera de lugar, como un atrezzo olvidado en la habitación de una residencia.

Desvió la mirada hacia el reloj de pared, sobre la puerta. Quedaban veinte minutos para la cena; los voluntarios llegarían en dos horas. El móvil antiguo, con teclas grandes, parpadeaba en la mesilla, pero no había llamadas. Tampoco hacían falta, pensó. Bastante jaleo había hoy.

Una auxiliar de enfermería, de bata azul celeste, asomó la cabeza por la puerta.

Doña Ana, dijo, ¿vendrá hoy al concierto? Los voluntarios han prometido un corro.

Un corro, repitió Ana Ramírez, asintiendo. ¿Y a dónde iba a ir yo?

La auxiliar se le quedó mirando un instante, sonrió y se fue, dejando tras de sí el olor a lejía y a algo dulce, recién salido del comedor. La puerta se cerró del todo y la habitación volvió a quedarse en silencio. Su compañera de cuarto, Carmen Molina, dormía de espaldas a la pared, con un auricular en la oreja. De él se escapaba la voz de un locutor.

Ana Ramírez tocó el vestido. La tela estaba fría bajo sus dedos. Lo había traído consigo cuando su hija la ingresó en la residencia, casi hacía un año. Entonces pensó que quizá le hiciera falta. Algún cumpleaños, la Nochevieja, quién sabe. Luego lo guardó en el armario y se olvidó.

Desde fuera llamaron a cenar. Ana guardó el vestido, cerró la puerta del armario y apoyó la mano sobre el tirador un instante. El espejo del armario le devolvió su rostro: conocido, obstinado, labios finos y los ojos ligeramente perfilados. La costumbre no se le quitaba ni allí.

Venga, Ana, llamó otra vez una voz desde el pasillo, que se enfría el postre.

Se puso el chaleco de punto y salió.

El comedor estaba casi lleno. En las mesas largas se sentaban mujeres y hombres de distintas edades. Algunos con pantalón de chándal, otros con camisa y corbata. En las paredes colgaban copos de nieve de papel, pegados con celo, y una guirnalda parpadeabadescompasada y cansadasobre las ventanas.

¡Ana, aquí! le hizo señas María Eugenia Sánchez, antigua contable, ahora la reina de los juegos de mesa y de los cotilleos.

Ana se sentó junto a ella. En la mesa ya había platos de arroz con pollo, pan en cesta metálica y una jarra de agua con rodajas de limón.

¿Has oído? le susurró María Eugenia, conspiradora. Vuelven los chicos de las guitarras. Como el año pasado.

Cantaron muy bien intervino desde el otro lado Juan Medina, alto, delgado, con bastón. Pero siempre lo mismo. Clavelitos, El emigrante

Tienen su repertorio respondió Ana Ramírez, encogiéndose de hombros.

Pronunció la palabra repertorio como a la antigua usanza, con oficio. Ella también había tenido repertorio: Noche de Zarzuela, Éxitos de Copla, Grandes boleros del cine. Sabía sonreír en el momento justo, hacer la pausa, alzar el brazo en el instante final. El patio escénico a oscuras, los focos cegando, y ella salía, segura de que todo iba a funcionar.

¿Repertorio? bufó María Eugenia. Pues yo quiero que canten mi Ojitos negros. El año pasado se lo pedí y sólo saben asentir.

Hazles una lista aconsejó Juan Medina. Les da igual, son jóvenes.

Y tú, Ana se giró María Eugenia, ¿vas a cantar? Le dije a la enfermera que aquí tenemos nuestra artista.

Ana Ramírez apretó el tenedor más de lo necesario.

Ya está bien susurró. Ya he cantado suficiente.

¡Anda ya! insistió María Eugenia. Si yo te vi por la tele. Aquí, en el salón, repitieron conciertos antiguos. Con tu vestido de lentejuelas

Eso fue en otro siglo, zanjó Ana Ramírez. Y la tele exagera mucho.

Sintió despertarse dentro de ella esa antigua resistencia. Allí todos la conocían como Ana Ramírez, de la habitación seis. Ayudaba a escribir un impreso, bajaba la ropa sucia a lavandería, explicaba cómo llamar a la administración. Alguna vez, por encargo de las enfermeras, decoraba el tablón de anuncios. Era sencillo, casi cómodo. Sin carteles, sin expectativas.

Después de cenar les reunieron en el salón. Ya habían montado el árbol de Navidad de plástico, con la punta torcida. Colgaban en sus ramas bolas rojas de otros años y algo de oropel. La tele, empotrada en la pared, tenía un canal de noticias con rótulos en movimiento.

Mañana anunció la supervisora, dando una palmada nos visitan los voluntarios. Concierto y felicitación. Así que hoy terminamos de decorar. Quien pueda, a echar una mano.

Algunos residentes se levantaron y se acercaron a la caja de adornos. Ana se quedó sentada. Sabía que, si se ponía en pie, la colocarían en el centro: Ana, tú entiendes, hazlo bonito. No le apetecía organizar nada. Ni escuchar esperanza en la voz de los otros.

¿Y por qué se quejó Juan Medina, apoyándose en su bastón nos limitamos a mirar? ¿Solo aplaudir a los chicos y que se vayan?

La supervisora sonrió, resignada.

Don Juan, ya sabe Apenas hay tiempo. El personal no da abasto, no hay tiempo para ensayar.

Pues lo montamos nosotros. Aquí hay gente con talento. Mira, María Eugenia sabe recitar, Ana canta

Varias cabezas miraron a Ana Ramírez. Notó como le subían los colores.

No, dijo rápidamente. Ya no tengo voz.

¡Sí la tienes! saltó desde el rincón Lola Ortega, menuda, exmaestra. Yo la escuché cantar en la ducha.

Ana apretó los labios. Sí, cantaba en la ducha. Bajito, para que nadie oyera. Viejas romanzas, algún bolero, un par de versos de Te lo juro yo.

Mira intentó zanjar la supervisora. Si os apetece, preparad algo. Mañana, antes de la actuación de los voluntarios, media hora. Pero sin dramas. Luego, nada de protestas.

Hubo revuelo en el salón. Salieron propuestas: una canción del árbol, coplas, chascarrillos. María Eugenia le dio una palmada a Ana.

¿Ves? Ya nos han dado permiso. Te necesitamos.

Yo no salgo reiteró Ana. Pero ayudo: textos, orden, música, lo que haga falta.

Sin ti es un rollo suspiró María Eugenia, enredada ya en una discusión con Lola sobre el orden de las canciones.

Ana se levantó y salió sin que nadie la detuviera. En el pasillo, la luz era tenue; en el alféizar descansaban dos ficus y un muñeco de nieve de plástico, con la bufanda descolorida. Se detuvo junto a la ventana. Afuera, la nieve caía tras las rejas; los coches aparcados bajo la residencia acumulaban una capa blanquecina y, a lo lejos, en otro edificio, parpadeaban más luces.

Recordó los escenarios. No los grandes, con orquesta, sino el humilde centro cultural del barrio. Allí olía a polvo y a maquillaje. Cantaba para el público que venía tras la jornada laboral: temas de amor, de caminos y juventud. Ellos aplaudían, a veces incluso coreaban. Creía que sería siempre así. Luego llegó la nueva época, los salones de boda, los cambios Y, de repente, ya nadie llamaba.

Tu tiempo pasó le dijo un director, cortesmente, una vez. Ahora hacen falta otras caras.

Eso se le quedó anclado en la memoria. Desde entonces prefería repetírselo ella antes de esperar llamadas o temer rechazos.

Volvió a la habitación justo cuando repartían los medicamentos de la noche. Carmen Molina se despertó y enseguida comentó:

¿Has oído? Mañana hay fiesta. Yo recitaré un verso. Sobre la nieve.

Muy bien, asintió Ana.

¿Vas a cantar?

No.

Qué pena. Tienes una voz muy bonita. No como las muchachas que vinieron. Solo chillan.

Ana apagó la luz y se giró hacia la pared. Se escuchaba un carraspeo tras el tabique y el carrito de la limpieza deslizándose por el corredor. Quiso pensar en otra cosa, pero le venían a la cabeza fragmentos de canciones y las miradas del salón.

El día amaneció rutinario. Levantarse, un poco de gimnasia para los más animados, desayuno con un cuadradito de mantequilla sobre el pan. Alguien repartió mandarinas traídas por sus familiares y las compartió generosamente. En la tele, villancicos de toda la vida.

Al acabar la ronda, la supervisora reunió a todos.

A ver, ¿quién actúa hoy? Decidamos. Los voluntarios estarán a las seis, nuestro turno es a las cinco. Una hora.

Yo, primero alzaba la mano Lola Ortega Un poema de Machado.

Yo cantaré gritó desde el fondo Aurora, exenfermera, Los peces en el río.

Yo tengo una copla anunció María Eugenia.

Y yo empezó Juan Medina, pero se interrumpió para mirar a Ana. Y aquí hay quien sabe organizar todo.

Todas las miradas de nuevo se fijaron en Ana Ramírez.

No, no voy a cantar repitió ella, ya casi automática. Pero hagamos lista, para que no haya líos.

Apuntó en una hoja los nombres. Suspiró, se puso en pie.

Por orden: primero poema, luego canción, después copla ¿Alguien más?

Yo cuento un cuento se animó una residente, todos la llamaban Paqui, la de la boina de lana. Uno del conejito y la Navidad.

Perfecto. Queda anotado.

Apuntaba, orientaba, aconsejaba cómo colocarse, cómo dirigir el micro. Los ojos de los demás relucían con el desafío. Discutieron quién sería la presentadora y al final acordaron que sería Lola. Ella defendió que sabía dar empaque a las palabras.

Al quedarse solas, María Eugenia bajó la voz:

Ana, anímate, aunque sea una canción. Por ti misma.

Tengo miedo escapó de los labios de Ana, sorprendiéndola incluso a ella.

¿A qué?

A que la voz me falle, a quedarme en blanco, a salir y… calló. A no estar a la altura.

¿Y qué más da? se encogió de hombros María Eugenia. Aquí todos somos familia. Yo también temo olvidarme la rima. Pues nos reímos.

Ana quiso protestar, pero no encontró cómo. Para María Eugenia el escenario solo era juego; para ella era mucho más. Allí un fallo costaba contratos, reputación. Aquí nadie te echa, pero la costumbre pesa.

Vale cedió. Lo pensaré.

Volvió a la habitación y cerró la puerta. Sacó el vestido azul y lo colgó en la silla. Lo miró largo rato. Luego lo devolvió al armario. El corazón le latía como antes de salir al escenario.

Ayudó toda la mañana a sus compañeras. Repasó el poema con Lola, el cuento con Paqui descartando detalles sobrantes. Aurora buscaba la tonalidad para su villancico y Ana, sin poder evitarlo, le tarareó las notas.

Así, le indicó, no más alto.

Pareces una directora, sonrió Aurora. ¿Y tú?

Ya veré.

Después de comer, una voluntaria de jersey con renos entró al salón, adelantando aparatos de sonido.

Hola, sonrió. Soy Marta. Esta tarde venimos con guitarra y concursos. Vosotras solo tenéis que relajaros y disfrutar.

Tenemos nuestro propio recital presumió Juan Medina.

¿En serio? ¡Qué emocionante! Pero no os esforcéis demasiado. A ciertas edades, hay otras prioridades.

Lo dijo con naturalidad, sin querer ofender. Pero Ana sintió un ligero clic interior. A ciertas edades, hay otras prioridades. Como si bajara el telón antes de tiempo.

¡Bah! le restó importancia María Eugenia, aunque la voz le tembló ahora. Aquí aún nos queda cuerda.

Marta asintió divertida y fue a buscar los micrófonos. El club quedó en silencio.

¿Oís? susurró Juan. Otras prioridades.

Vaya bobera replicó María Eugenia, aunque sin demasiada convicción.

Ana visualizó la tarde siguiente: jóvenes animados, guitarras al hombro, canciones, chocolatinas y fotos. Luego se irían a sus cenas y sus fiestas de verdad; ellos quedarían allí, con el árbol, la tele y la rutina. Y ese eco de otras prioridades.

Volvió a la habitación y se sentó en la cama. El vestido se había quedado, sin querer, sobre la silla. Temblándole las manos, desabrochó la cremallera.

¿Al final te lo pones? preguntó Carmen, al entrar.

No lo sé respondió. Quizá sí.

Debes ponértelo, dijo Carmen seria. Cuando te veo, siento que aún queda esperanza, que no todo acabó.

Esa frase le tocó más hondo incluso que la de la voluntaria. No todo acabó. Ana suspiró y se alzó.

¿Me ayudas con la cremallera?

El vestido quedaba algo holgado, pero le sentaba bien. En el espejo del armario se reflejaba una mujer de pelo plateado, recogido en moño, hombros finos y lentejuelas en el escote. No era la de los carteles. Era distinta. Pero viva.

Guapísima afirmó Carmen. Como en la tele.

Hala, que no se note mucho el pulso con el pintalabios rió Ana.

Se entretenían entre bromas y retoques con el neceser, hasta que el altavoz reclamó para el ensayo.

En el salón ya habían montado el micro con altavoces. Lola sujetaba su poema con nervios, María Eugenia arreglaba su bufanda de colores.

¡Mírate! exclamó María Eugenia al verla. Ahora sí que no te escapas.

Ya veremos contestó Ana, notando una mezcla de miedo y alivio. Como si, de pronto, no tuviera que esconderse.

Empezó el ensayo. Primero Lola, que se trabó en el tercer verso y volvió al principio. Nadie se rió. Todo eran ánimos. Aurora se trabó en el estribillo hasta que Ana le tarareó a media voz por encima.

¿Y tú? preguntó Juan Medina tras la ronda. Ahora te toca.

Ana se acercó al micro, el corazón golpeando en la garganta. Lo agarró con ambas manos para disimular el temblor.

No sé Quizá una copla. Tal vez La bien pagá.

¡Esa es buena! se animó alguien.

Cerró los ojos y dejó que salieran las primeras notas. Al principio la voz le salió baja y algo rugosa. En el siguiente verso, le falló la garganta y tuvo que parar.

Ya está murmuró. No puedo.

Claro que puedes, le lanzó firme Lola. Desde el principio.

Te esperamos añadió Juan.

Ana respiró hondo. Probó otra vez. Esta vez no buscó la nota alta; la interpretó en un tono más sencillo, más confidencial, como contando un secreto. La voz aún temblaba, pero nadie interrumpía. Incluso alguien bajó el volumen del televisor.

Al acabar, hubo un breve silencio. Luego María Eugenia rompió a aplaudir, y le siguieron todos.

¡Eso sí que es cantar de verdad!

Ana se apartó del micro. La sacudía un temblor dulce, no pesado; no fue perfecto, pero había cantado.

¿Preparadas para esta tarde? preguntó la supervisora, asomando la cabeza.

¡Preparadas! gritaron varias voces.

A las cinco, el ambiente era otro. Sobre la mesa, platos con dulces y mandarinas. El árbol lucía más decorado y en la cima una estrella de cartón recortada. En los sillones, los residentes: algunos en sus mejores galas, otros con chaqueta limpia, otros simplemente aseados.

Empezamos anunció Lola, erguida con su papel. Queridas amigas y amigos…

Tropezó en la segunda frase, tuvo que mirar el papel y corregir. Nadie le dio mayor importancia. Todos sonreían. La fiesta no era como las que recordaba Ana: ni guion estricto ni bromas preparadas, pero había algo entrañable.

Poemas, canciones, el cuento del conejito que encontró hogar bajo el árbol. Las coplas de María Eugenia, que hacían reír hasta al más serio. Aurora con Los peces en el río, a veces a dúo improvisado.

Y ahora anunció Lola, buscando en la hoja, con nosotros… Ana Ramírez.

El salón quedó en silencio; Ana notó las manos sudorosas. Se puso de pie. Las piernas le pesaban, pero avanzó hasta el micrófono.

Yo dudó. De repente, temor. No había cientos de ojos, solo unas decenas de rostros familiares. Pero el vértigo era el mismo.

Canta susurró Carmen desde la primera fila. Estamos aquí.

Ana tomó el micro. A ciertas edades, otras prioridades, recordó. Pero sintió que justo entonces sí era su momento. Porque tal vez no habría otro.

No eligió la copla, sino que arrancó, sin pensarlo, un villancico, uno sencillo, de los de portal y patio. Se le fue alguna nota, pero no se detuvo. Alguien en la sala la acompañó en el estribillo, luego más voces. Media sala cantaba ya, a veces fuera de ritmo, desafinando, pero en alto y con alegría.

Ana sintió que algo dentro se aflojaba. No volvió su juventud, ni reaparecieron los carteles brillantes. Pero desapareció la obligación de ser invisible. Miraba a los demás y no eran público: eran vecinos, los de la mesa y la pastilla, los de la charla y la siesta. Y ellos la miraban como a una de las suyas, no como a una estrella.

Al terminar la canción, hubo aplausos, silbidos y algún ¡Olé!. Ana hizo una pequeña reverencia y, de pronto, se echó a reír con una risa ligera, casi de niña.

Otra pidió María Eugenia.

No, negó Ana. Hoy ya es suficiente.

Se sentó de nuevo. El corazón aún le latía a prisa, pero ya no por el miedo. Carmen la cogió discretamente de la mano.

Gracias musitó.

A las seis llegaron los voluntarios: con guitarras, altavoces y cajas de regalos. Entraron como una banda bulliciosa, abrigados y alegres. Marta, la del jersey, levantó las cejas, sorprendida.

¡Vaya! ¡Si ya estáis de fiesta!

Ensayamos antes presumió Juan. Montamos nuestro propio espectáculo.

¡Genial! lo celebró Marta de verdad. Pues nos unimos a vosotros.

Y así lo hicieron: todos juntos, mayores y jóvenes, canas y coletas, con bastón y andador. En un punto, una voluntaria pidió a Ana cantar a dúo. Ana lo rechazó, pero sin la tosquedad de antes.

La próxima vez, sonrió. Hoy ya he tenido bastante.

Marta asintió y no insistió.

Cuando terminaron, cuando repartieron sus lotes y se tomaron fotos, Ana salió al pasillo. Allí se hacía el silencio. De lejos venía la murmullo de la fiesta.

Se acercó a la ventana. Fuera seguía nevando. Los faroles iluminaban el camino hasta el portón, donde esperaba la furgoneta de los voluntarios.

Ana tocó el alféizar frío. En el reflejo vio su silueta con el vestido azul, el carmín ligeramente corrido, las lentejuelas en el cuello. No una diva, ni una leyenda de los escenarios. Simplemente una mujer que ese día había salido al encuentro de otros.

Sintió un cansancio ligero. No el que aplasta, sino el bueno, cuando se ha hecho lo que uno debía. Le apetecía un té y silencio.

Ana llamaron desde el fondo. ¿Dónde te has metido? Te buscan. Están ya decidiendo qué cantar el día de Reyes.

Se giró. En la puerta, María Eugenia, colorada, desarreglada la bufanda.

Ya voy respondió Ana.

Volvió a mirar la ventana. La furgoneta de los voluntarios arrancaba y se alejaba entre la nieve y faros encendidos. Respiró hondo, y volvió hacia el salón, donde la esperaban personas con las que, una noche más, habría que pelearse por el repertorio, los poemas, las actuaciones.

Y, de repente, le tranquilizó pensar que, cuando alguien dijera hace falta una artista, no volvería a esconderse. Saldría. Tal vez olvidara la letra, desafinara. Pero saldría.

Y eso bastaba para que la Navidad en aquella residencia no fuera sólo un día en el calendario, sino también suya, viva, como la voz que, aunque ya no joven, aún resuena.

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four × four =

Una escena después de los setenta Cuando en el pasillo empezó a sonar el aspirador y tras la puerta retumbó el carrito de la cena, doña Ana Petrovna ya estaba sentada en la cama, con la bata puesta, mirando su vestido extendido sobre la colcha. Azul oscuro, con lentejuelas en el escote, allí parecía un objeto extraño, atrezo de teatro olvidado en una habitación de residencia. Desvió la vista hacia el reloj, encima de la puerta. Quedaban veinte minutos para la cena, dos horas para que llegasen los voluntarios. En la mesilla parpadeaba un móvil antiguo, de teclas grandes, pero sin llamadas. Y que siga así, se dijo. Hoy ya hay bastante barullo. Una enfermera, de bata celeste, se asomó al cuarto. —Doña Ana, ¿va a venir al concierto? Los voluntarios han prometido corro. —Corro… —repitió Ana, asintiendo—. ¿Dónde iba yo a ir si no? Con una sonrisa, la enfermera desapareció, dejando tras de sí olor a lejía y a algo dulce de la cocina. Cerró la puerta y la habitación volvió a quedar en silencio. La compañera de cuarto, doña Valentina, dormía de espaldas, con un auricular puesto. De él se escapaba la voz grave de un locutor de radio. Ana acarició el vestido. La tela estaba fría. Se lo trajo cuando su hija la ingresó allí, en la residencia, casi un año antes. Por si acaso: algún aniversario, Nochevieja quizá. Luego lo dobló y lo guardó en el armario. Dejó de pensar en él. Desde el pasillo avisaron para la cena. Guardó el vestido y cerró el armario, dejando la mano unos segundos sobre el pomo. En el espejo del armario se reflejó su cara: conocida, terca, labios finos y los ojos levemente perfilados. La costumbre no se pierde, ni aquí. —Venga, —se oyó desde el pasillo—, ¡que se enfría el compot! Se puso el chaleco de lana y salió. El comedor estaba casi lleno. Mujeres y hombres de distintas edades ocupaban las mesas largas. Algunos en chándal, otros en camisa y corbata. De las paredes colgaban copos de papel, pegados con celo, y una guirnalda titilaba, como cansada. —Ana, aquí—le hizo señas doña Tamara, antigua contable y ahora la reina de los juegos de mesa y los cotilleos. Ana se sentó a su lado. Ya habían servido platos de arroz y albóndigas, pan en una cesta metálica y una jarra de compot rosa. —¿Sabes?—susurró Tamara con conspiración— Hoy vuelven los chicos de las guitarras, como el año pasado. —Cantaban bien—intervino Semón, el alto del bastón, sentado enfrente—. Pero siempre lo mismo. Que si “Clavelito”, que si “La Morena”. —Es más fácil así—dijo Ana—. Llevan un programa hecho. Pronunció “programa” con tono casi profesional. Ella también había tenido programas: “Noche de canción española”, “Éxitos de cine”, “Clásicos del ayer”. Sabía cuándo sonreír, dónde hacer pausas, cómo alzar la mano. El teatro a oscuras, las luces que ciegan, y ella salía sabiendo que saldría bien. —¡Bah, programa!—bufó Tamara—Yo les pedí mi “Azul de ojos” y solo asentían. —Hazles una lista—sugirió Semón—. Les da igual lo que toquen. —¿Y tú, Ana?—preguntó Tamara girándose—¿Cantarás? Le dije a la enfermera que aquí tenemos artista propia. Ana sujetó el tenedor con fuerza. —Eso ya pasó—susurró—. Ya… canté suficiente. —Pues yo te vi por la tele—insistió Tamara—En el salón, cuando ponen conciertos antiguos. Con tus lentejuelas. —Eso fue el siglo pasado—cortó Ana—. Y la tele siempre exagera. Sintió la vieja resistencia en el pecho. Allí solo era Ana de la sexta habitación. Ayudaba a escribir solicitudes, a llevar ropa a la lavandería, a buscar teléfonos. A veces, por encargo de las enfermeras, montaba el tablón de anuncios, pegando los papeles bien rectos. Cómodo: sin carteles, sin expectativas. Tras la cena, todos al salón. El árbol ya estaba: de plástico, con la punta torcida y bolas viejas. La tele escupía noticias. —Mañana llegan los voluntarios—avisó la jefa de enfermeras—Habrá concierto y felicitación. Hoy terminamos de decorar. El que pueda, que ayude. Algunos se levantaron hacia la caja de adornos. Ana permaneció sentada. Si se ponía en pie, enseguida le pedirían: “Ana, tú entiendes de esto”. No quería liderar. No quería escuchar expectativas en la voz de nadie. —¿Y qué?—dijo de pronto Semón, apoyado en su bastón—¿Solo vamos a mirar y aplaudirles bajo la guitarra? ¿No podemos hacer nada nosotros? La jefa de enfermeras sonrió, resignada. —Ya sabe, don Semón, no hay tiempo. El personal no da abasto, no hay ensayos. —Pues solos, —insistió— Aquí hay talento. Tamara recita poemas, Ana canta… Las miradas se dirigieron a Ana. Notó el rubor. —No actuaré—dijo al momento—. Ya no tengo voz. —¡Que sí la tienes!—metió baza la pequeña Zina, desde la esquina—Te oí cantar en la ducha. Estrés en los labios. En la ducha seguía cantando a veces. Arias, romanzas, versos de “Nostalgia”. —Hagamos así—propuso la jefe de enfermeras, deseando zanjar—Si alguien quiere, que prepare algo. Mañana, antes de los voluntarios, media hora de espectáculo propio. Sin peleas si alguien se lía. Se formó revuelo. Canción del abeto, chistes, villancicos. Tamara dio un manotazo amistoso a Ana. —¿Ves? Nos han dado carta blanca. ¡Te necesitamos! —No cantaré—dijo terca Ana—Pero ayudo: textos, orden, música, lo que sea. —Sin ti no tiene gracia…—suspiró Tamara, y se enfrascó en una discusión sobre el orden del programa. Ana se levantó y salió discretamente del salón. El pasillo estaba en penumbra. En el alféizar, dos ficus y un muñeco de nieve de plástico con la bufanda desvaída. Se asomó. Afuera nevaba. Los coches del parking cubiertos de blanco, luces lejanas en el bloque vecino. Pensó en el escenario. No el grande, con orquesta, sino aquel centro cultural del barrio dormitorio. Olor a polvo y maquillaje. Salía a cantar a los que venían tras turno: canciones de amor, de caminos, de juventud. Aplaudían, algunos coreaban. Creyó que sería siempre así. Luego vinieron los cambios, los cierres, otros formatos. Acabó cantando en bodas, en fiestas de empresa. Al final, simplemente dejaron de llamar. —Su tiempo ya pasó—le dijo un joven director, sonriente—Ahora se necesitan otras caras. Esa frase quedó en su cabeza. Aprendió a decírsela a sí misma. Así no esperaba llamadas. No temía rechazos. Regresó al cuarto al reparto de medicación. Valentina se despertó enseguida: —¿Sabes? Mañana fiesta. Yo declamo un poema de invierno. —Bien—dijo Ana. —¿Y tú, cantas? —No. —Qué pena. Tienes voz bonita. No como esas chicas nuevas, que solo gritan. Ana se acostó de lado y apagó la lámpara. En la quietud se oían toses tras la pared, el paso del carrito por el pasillo. Intentó pensar en otra cosa, pero tenía en la cabeza fragmentos de canciones y caras de gente del público. Y aquellas miradas de hoy en el salón. La mañana transcurrió normal. Levantarse, gimnasia, desayuno. En la papilla, algo de mantequilla. Un vecino recibió turrón de los suyos y lo repartió generoso. La tele ponía videoclips navideños. Tras la ronda, la jefa de enfermeras reunió a todos. —A ver quién actúa. Voluntarios a las seis, nosotros a las cinco. Una hora. —Yo primera—dijo Zina—. Un poema de Bécquer. —Y yo una canción—gritó desde el fondo Luisa, ex-enfermera—La de “Tres caballos blancos”. —Yo, unos chascarrillos—se apuntó Tamara. —Y yo…—empezó Semón, miró a Ana—. Aquí hay quien sí sabe organizar. Todos a Ana, de nuevo. —No cantaré—repitió, casi automática—. Pero hagamos la lista, para no liarnos. Papel y boli en mano, se levantó. —Por orden: poema, canción, chascarrillos… ¿Quién más? —Yo cuento un cuento—dijo Gala, la del gorro de lana—. Del conejito perdido. —Bien, anotado. Fue organizando, dando consejos de colocación y micro. Se encendía la mirada de la gente. Competían por ser presentadores. Al final, eligieron a Zina, que insistió en que lo hacía con “expresión”. —Ana,—susurró Tamara, cuando todos se fueron a ensayar—. Cántate siquiera una. Por ti. —Tengo miedo—escapó de Ana, para su sorpresa. —¿Miedo? —De que falle la voz. De olvidar la letra. De salir y… —calló—. De no poder. —¿Y qué si no sale?—le restó importancia Tamara—. Somos de casa. Aquí no hay jurado. Yo también tiemblo, y si descuido la rima, nos reímos. Ana quiso objetar, pero no halló palabras. Para Tamara era un juego. Para ella, otra cosa. Antes, un error costaba contratos, reputación. Ahora a nadie le importa, pero la exigencia sigue. —Bueno—dijo por fin—. Lo pensaré. En el cuarto, colgó el vestido azul del respaldo de la silla. Lo contempló. Lo guardó de nuevo. El corazón le latía como entonces, antes de salir a escena. Ayudó a repasar textos, pulió el cuento de Gala, corrigió la entonación a Luisa. Al fin le tarareó un par de notas. —Así, no tan alto—indicó. —Pareces directora de orquesta—dijo Luisa admirada—. ¿Y tú? —Yo… luego—Alejó la pregunta. Después de comer, entró una joven en jersey con renos. Una voluntaria, llegaba a preparar micrófonos. —Hola—saludó sonriente—. Soy Catalina. Esta tarde venimos con canciones, concursos. Vosotros descansad, lo hacemos todo. —Pues estamos montando nuestro propio festival—informó Semón con orgullo. —¿De verdad?—Catalina se sorprendió—. Qué bien. Pero no os paséis que a cierta edad ya no toca matarse. Sonó inocente, sin malicia. Pero Ana notó el pellizco. “A cierta edad, ya no toca”. Como si fuese indiscutible. —Qué va—le respondió Tamara sin enfadarse—. Todavía estamos para mucho. Catalina prometió traer micros y desapareció. En el aire, quedó el silencio. —¿Oís?—murmuró Semón—. “Ya no toca”. —Menuda tontería—zanjó Tamara, aunque la voz le tembló. Ana se vio de pronto en la tarde. Chicos con guitarras, con regalos, las fotos… Y luego todos se irían, y ellos se quedarían junto al árbol, la tele y la pastilla en la mesilla. Y con ese “ya no toca” en los oídos. Volvió a su cuarto. El vestido seguía ahí, sacado otra vez sin darse cuenta. Las manos le temblaban al desabrochar la cremallera. —¿Vas a ponértelo al final?—preguntó Valentina. —No sé, —dijo Ana—. Quizá sí. —Hazlo—dijo grave Valentina—. Cuando te veo así, parece que no se ha acabado todo. Esas palabras dolieron, pero de otra manera. No se acabó todo. Ana suspiró y se levantó. —¿Me ayudas a abrochar?—pidió. El vestido quedaba algo suelto, pero bien. El espejo devolvía la imagen de una mujer, canas recogidas, hombros finos y lentejuelas al cuello. No aquella de los carteles. Otra. Viva. —Guapísima—dijo sincera Valentina—. Como en la tele. —Basta de tele—rió Ana—. Ayúdame con el pintalabios, que no atino. Rieron, corrigiendo torpezas con la barra de labios. Llamaron a ensayo. El micro estaba ya listo en el salón. Zina apretaba su folio de versos, Tamara acomodaba su pañuelo vistoso. —¡Madre, Ana!—exclamó Tamara al verla—. Ahora sí, tienes que cantar. —Ya veremos—respondió, temblor y alivio a la vez; como si al fin dejara de esconderse. Empezaron los ensayos. Zina se perdió en el poema, repitió. Nadie rió: le ayudaron. Luisa se trabó en la canción, Ana le tarareó bajito. Todos pasaron por su turno. —¿Y tú?—emplazó Semón—. Te toca. Ana se acercó al micro. El corazón palpitaba en el cuello. Agarró el pie del micro. —No sé…—dudó—. Un romance, quizá. “Aurora, no corras”. —¡Buenísima!—desde el fondo. Cerró los ojos. Las palabras salieron solas. Al segundo verso, la voz se le quebró en lo alto. Paró. —No puedo—susurró. —Claro que puedes—dijo firme Zina—. Empieza de nuevo. —Te esperamos—añadió Semón. Un respiro. De nuevo, pero sin forzar. Cantó bajo, tranquila, como contando algo. La voz tembló, pero en la sala no se oía ni la tele. Cuando acabó, reinó el silencio. Luego, Tamara aplaudió primero; todos siguieron. —¿Ves? Canción de verdad. Ana se apartó, el pecho lleno de algo dulce, no de desánimo. No fue perfecta. Pero cantó. —Bueno—apareció la jefa de enfermeras—¿Preparados para la tarde? —¡Preparados!—varias voces a la vez. A las cinco el salón era otro. Bandejas de galletas y mandarinas, más guirnaldas, una estrella de cartón corona el abeto. Los residentes en sus mejores galas o camisas limpias. —Empezamos—dijo Zina—. Queridos amigos… Se atascó a la segunda frase, pero se rehízo. Nadie le dio importancia. Sonreían todos. Era un festival distinto a lo que Ana recordaba. Sin guion, ni bromas ensayadas. Pero conmovedor. Poemas, canciones, el cuento del conejito. Las chascarrillas de Tamara, risas incluso de los más serios. Luisa y su canción, que a ratos cambiaba el número de caballos. —Ahora…—anunció Zina—. La actuación de doña Ana. Silencio. Ana sintió las palmas sudorosas. Se levantó. Piernas pesadas, pero avanzó hacia el micro. —Yo…—titubeó. El mismo miedo absurdo. No miles de ojos: un puñado de rostros de cada día. Pero el temblor era el mismo. —Canta—animó Valentina—. Estamos contigo. Ana cogió el micro. Le rondó la frase: “A cierta edad, ya no toca”. Y al instante, pensó: Ahora es cuando más toca. Porque quizá no haya más veces. No eligió romance. De pronto arrancó una canción antigua, sencilla, de las de patio. En un par de compases la voz volvió a fallar, pero siguió. Alguien le hizo el coro, luego otro. Medio salón coreando, a ratos a destiempo, desafinando, pero fuerte y contentos. Ana sintió que algo dentro se ensanchaba. No volvía la juventud, ni los carteles. Solo desaparecía esa obligación de ser invisible. Miraba y veía vecinos, no público; compartían infusiones, charlas y silencios. Y la miraban como a una más, no como “la ex artista”. Acabó la canción y el aplauso fue largo y sonoro. Oyeron algún “¡bravo!”. Ana hizo una leve reverencia, igual que antaño, y se rió, ligera como una niña. —¡Otra!—pidió Tamara. —No, ya vale por hoy—negó Ana, sonriendo. Volvió a su asiento. El corazón aún galopaba, pero sin miedo. Valentina le apretó la mano. —Gracias—susurró. A las seis llegaron los voluntarios, con guitarras, altavoces y bolsas de regalos. Entraron a tropel, gorros y mochilas. Catalina miró a su alrededor, sorprendida. —¡Vaya! Si ya estáis de fiesta. —Hemos ensayado—presumió Semón—. Tenemos nuestro propio show. —¡Eso es!—admiró Catalina—. Pues nos unimos a vosotros. Así lo hicieron. Todos juntos: jóvenes, mayores, a pie o en silla. En un momento, una voluntaria propuso a Ana cantar a dúo. Ella se negó, pero con otra actitud. —En otra ocasión—dijo—. Ya he actuado hoy. Catalina sonrió y no insistió. Cuando acabó todo, con regalos y fotos, Ana salió al pasillo. Silencio. Lejos, risas y música. Se acercó a la ventana. Fuera nevaba. Las farolas encendidas, iluminando el camino a la puerta. Junto a la verja, el coche de los voluntarios, a punto de irse. Tocó el alféizar frío. En el reflejo del cristal se vio a sí misma: vestido azul, carmín ligero, lentejuelas. No estrella, no “leyenda”. Solo una mujer que hoy se atrevió a salir. Sintió un cansancio agradable, no de losas, sino de faena cumplida. Le apetecía té y silencio. —Doña Ana,—la llamó alguien—. ¡Venga, que la estamos esperando! Están discutiendo qué cantar en San Antón. Se giró. Era Tamara, colorada y con la bufanda torcida. —Voy—dijo Ana. Miró una vez más la nieve. El coche se marchaba, dejando sus luces. Y ella volvió al salón, donde la aguardaban aquellos con quienes aún le quedaban muchas tardes de canciones, de versos, de rifirrafes por los turnos. Sintió entonces paz al pensar que, cuando alguien diga: “Nos hace falta una cantante”, ya no se esconderá. Podría olvidar la letra, o desafinar. Pero saldrá. Con eso basta para que el Año Nuevo en aquella residencia ya no sea solo una fecha, sino algo propio y vivo, como una voz que, aunque ya no joven, sigue sonando.
William regresó del trabajo y llevó a casa a su nuera embarazada. Sus padres no se alegraron con la noticia