La receta de la felicidad… Todo el portal observaba cómo se mudaban los nuevos inquilinos al segundo piso. Era la familia del jefe de sección de la fábrica, pilar industrial en un pequeño pueblo de la España profunda. —¿Pero qué hacen viviendo en un piso antiguo? —preguntaba Nina Andréevna, jubilada, a sus amigas—. Con los contactos que tienen, fijo que podrían haberse agenciado uno en esas casas nuevas. —No seas así, mamá —le respondía su hija Anica, soltera treintañera de maquillaje vistoso—. ¿Para qué querrían ellos un piso nuevo, si aquí tenemos toda una “finca de época”, techos altos, habitaciones amplias separadas, gran recibidor y hasta la terraza parece una habitación… Y les han puesto el teléfono en seguida. Aquí sólo hay tres teléfonos entre nueve pisos… —A ti sólo te interesa estar hablando por teléfono —le cortó su madre—. Vas a acabar cansando a las vecinas. Ni se te ocurra ir con esa gente, que son serios y están ocupados… —Tampoco tan serios, mamá. Son jóvenes, tienen una niña de unos nueve, Natalia. A ella casi la doblo en edad, y a los padres sólo me llevan unos cinco años… Los vecinos resultaron ser amables y siempre sonrientes. Lidia trabajaba en la biblioteca del colegio, e Iván llevaba diez años ya en la fábrica. Todo esto lo contaba Anica cuando por las tardes bajaba a sentarse en el banco con las vecinas y su madre. —¿Y tú cómo sabes ya tanto? —le decían las mujeres—. ¡Ah, esta chica es una investigadora! —Voy a llamar por teléfono a su casa —decía Anica medio en broma—. Ellos, a diferencia de otras, sí me lo permiten —y lanzaba una mirada insinuante a su madre. Total, que Anica, aficionada al chisme y a las llamadas, cada vez frecuentaba más la casa de los nuevos, hasta acomodarse en sus conversaciones y sus tardes. Venía a veces bien arreglada, a veces en bata, buscando amistad con el matrimonio. Un día vio cómo Iván, apenas entró ella para llamar, cerraba la puerta del salón donde veía la tele. Luego se repitió. Anica sonreía a Lidia después de cada llamada, pero ella siempre sólo respondía con una inclinación de cabeza y le pedía que cerrara la puerta al salir. —No puedo ahora, tengo las manos llenas de harina —decía Lidia—, además, la puerta se cierra sola, es de esas francesas. —¿Y qué estás preparando? ¿Otra vez pasteles? Siempre estáis con los dulces… Yo no tengo ni idea de eso —se lamentaba Anica. —Hoy tocan “quesadas” —respondía Lidia sonriendo—, para el desayuno. Pero por la mañana no hay tiempo para hornear, por eso las hago ahora. A Anica le daba rabia no poder ser mejor recibida. —Mira, Lidia, entiendo que te cueste decirle a Anica que no, pero nuestro teléfono está siempre ocupado por ella, y mis amigos nunca consiguen llamarnos en la tarde. Así no se puede —le confesó Iván una vez a su esposa. —Ya, se está tomando mucha confianza. Ya entra como si fuese su casa… —admitió Lidia. Pero esa noche, Anica volvió, esta vez elegante y maquillada. Se sentó en el recibidor y se puso a charlar con su amiga. —Anica, ¿vas a terminar la llamada pronto? Esperamos una —le dijo Lidia después de diez minutos. Ella asintió, pero enseguida sacó una tableta de chocolate del bolso: —¡He traído algo dulce! ¡Vamos a tomar té y celebramos nuestra amistad! Fue a la cocina y dejó el chocolate sobre la mesa. —No, por favor. Guárdalo. Si Natalia lo ve se le antoja, y no puede tomar dulce. Tiene alergia. Así que el té tendrá que esperar. No te ofendas, pero el chocolate, en mi familia, es tabú. —¿Tabú? Bueno, como queráis. Yo sólo quería agradar —musitó Anica. —No hace falta agradecernos, pero te agradecería que dejes de venir a llamar tan seguido. Salvo si es para emergencias, para el médico o los bomberos. Eso nunca lo negaremos. Sin rencores —insistió Lidia—. Mi marido recibe llamadas del trabajo, y Natalia necesita concentrarse en los deberes. Aquí procuramos no hacer ruido. Anica cogió el chocolate y se fue, convencida de que todo era por celos de Lidia. —Lo que pasa es que es celosa. Sabe que soy más joven y, bueno, resultona —le contaba a su madre—. Quería que fuésemos amigas y ni un té me ofreció. —Eres terca, hija. Nadie te necesita metida en otra familia, ni mucho menos usando su teléfono. Ya tienes edad para vivir tu vida y que tus vecinas llamen a tu teléfono —le reñía la madre. El último intento de acercamiento fue, un día, pedirle la receta de las quesadas. —¿Me pasas la receta para aprender yo también? La apunto y ya pruebo esta tarde… —Pregúntale a tu madre, seguro que se la sabe. Las madres de antes cocinaban de todo —respondió Lidia, sorprendida—. Además, yo las hago “a ojo”, sin medidas concretas. Ya me sale sola la mano, y ahora me tengo que ir corriendo. Así que, mejor a la madre. Anica se sonrojó, sabedora de que su madre tenía una libreta vieja llena de recetas de cuando cocinaba a menudo. Pero a Anica no le gustaba ni hornear ni que su madre la viese en la cocina. Esta última, además, había dejado de hacer repostería por la tensión alta. Sin embargo, Anica sacó la libreta y, hojeando sin ganas, halló la receta de quesadas que buscaba, para sorpresa de su madre. —¿En serio vas a hornear algo? —se sorprendió Nina. —¿Por qué te parece raro? —contestó cerrando la libreta y señalando la hoja. —¿Vas a arreglarte con Slavik? Pensaba que lo habíais dejado como los demás… —Bueno, igual me vuelvo a arreglar si me da la gana… —Hazlo, hija, que ya es hora. Y si necesitas ayuda con la receta, dímelo. —No hace falta. Estoy mentalizándome —contestó Anica. Poco después, cuando la madre llegó a casa le llegó el aroma de la repostería. —¡Esto es nuevo, huele a pastel! —exclamó—. No me digas que te has enamorado… —No lo digas tan alto, mamá. Ven a probarlas y opina, ¿vale? Son quesadas con requesón, tradicionales. En la mesa, té recién hecho y una bandeja de quesadas doradas. —No está mal, hija mía. Pensé que no sabías, pero te han salido genial. —¿En serio? ¿Me lo dices de verdad o sólo para animarme? —Prueba tú misma. ¡Están buenísimas! Anica recordó entonces algo que solía decir su padre: “eso es comestible, y lo demás, cuentos”. —Pues ahora invitaré a Slavik a tomar el té. A ver si le gustan. —Seguro que sí. A tu padre lo conquisté yo con estas quesadas, y de ahí al altar. Al poco tiempo Slavik empezó a frecuentar la casa, cada vez discutían menos, y también la madre acabó por acostumbrarse a que la hija usara la cocina y Slavik la ayudara entre risas. Cuando un día Anica anunció que se casaban y ya habían llevado los papeles al registro, la madre no pudo evitar emocionarse. Anica cambió. Adelgazó pensando en la boda, y Slavik bromeaba: —¿Ya no horneas quesadas? ¿Para la boda harás alguna? Los preparativos duraron dos días, y ayudaron la madre y una tía de Anica, aunque sólo venían unos veinte invitados, la mayoría familia. Los recién casados vivieron en la habitación grande del piso. Al año, ya todos los vecinos tenían teléfono. Anica llamaba a todas, pero hablaba menos que antes: —¡Ay, Rita, te dejo, que tengo el horno y Slavik viene ya de trabajar! Corría a la cocina, donde la masa subía hinchada. Anica esperaba su baja maternal con ilusión, mientras seguía cocinando y horneando, deseando agradar a su marido, y también porque le encantaban las quesadas de requesón, caseras, riquísimas. ¡Y su esposo no podía vivir sin ellas!

Te cuento una historia de esas que ves en cualquier edificio de barrio en Madrid o en un pueblecito castellano. Resulta que todos los vecinos estaban pendientes del jaleo que se montó cuando una familia nueva se mudó al segundo piso. Era la familia de Ángel, jefe de sección en una fábrica bastante importante del pueblo.

Pero bueno, ¿y estos por qué se van a vivir a un piso antiguo con lo que podrían conseguir uno en las afueras, en algún edificio moderno? comentaba la señora Carmen, jubilada y que no se perdía un cotilleo, mientras charlaba en el portal con sus amigas.

Mamá, no compares. Estos pisos antiguos, nuestros de toda la vida, tienen unos techos altísimos, las habitaciones son grandes y la entrada parece un salón. Y esa terraza cerrada… como un cuarto más. Además, nada más llegar les han puesto teléfono fijo. Aquí solo tenemos teléfono tres vecinos de nueve que somos… respondía su hija Inés, de treinta años, soltera y siempre bien arreglada de maquillaje.

A ti solo te falta pasarte el día pegada al teléfono. Ni se te ocurra ir a molestar a los nuevos, que son gente seria le cortaba Carmen a su hija. Vas a acabar cansando hasta a los porteros.

Ay, mamá, no son tan formales. Son jóvenes, tienen una hija de apenas nueve años, se llama Rocío. Y son casi de mi quinta, bueno, un poquito mayores decía Inés poniendo ojos de culebrilla.

La familia resultó simpática y educada. Laura, la madre, trabajaba como bibliotecaria en el colegio. Y Ángel ya llevaba una década en la fábrica. Todo eso Inés lo sabía, claro, y no tardaba en contarlo cuando bajaba a tomar fresco con su madre y el resto de vecinas.

¡¿Pero tú cómo sabes tanto?! le preguntaban las señoras. Chica, pareces de la policía.

Pues porque me dejan subir a llamar. Al contrario que algunas, que ni abren la puerta… soltaba Inés, recordando las veces que sus vecinas le habían dado con la puerta en las narices para que no se pasara la noche al teléfono hablando de tonterías.

Así fue como Inés se ganó la simpatía de los recien llegados y cada dos por tres subía a hablar con sus amigas, con la excusa de hacer una llamada urgente. Ya fuera con ropa de estreno o con bata de andar por casa, siempre buscaba cualquier motivo para quedarse charlando. Notaba cierto rechazo cuando veía cómo Ángel, nada más verla, cerraba la puerta del salón para mirar la tele en paz. Lo hacía ya varias veces. Inés sonreía a Laura y le agradecía asomando a la cocina, pero Laura solo asentía y le pedía, casi siempre, que cerrara bien la puerta al salir.

No puedo, que tengo las manos llenas de harina y el pestillo se cierra solo, es francés le decía Laura, enseñando las manos.

Uy, ¿qué haces? ¿Otra vez empanadillas? Qué suerte tienes Yo ni idea de esas cosas se quejaba Inés.

Son rosquillas para el desayuno de mañana. Si por la mañana no hay tiempo, aprovecho ahora decía Laura, sonriendo y volviendo a su masa.

Inés salía con un bufido, frustrada por tanta frialdad.

Laura, entiendo que te dé cosa decirle algo, pero el teléfono parece suyo y no hay quien llame a casa, ni mis amigos, ni nada. No está bien comentaba Ángel en casa, cansado.

Sí, y entra como Pedro por su casa, se sienta y se pone a charlar como si fuera su salón respondía Laura, cansada también.

Aquella noche, Inés, hecha un pincel y recién pintada, volvió a sentarse en el recibidor y a charlar con su amiga al teléfono. A los diez minutos, Laura le dijo:

Inés, ¿te queda mucho? Estamos esperando una llamada.

Inés hizo un gesto de que sí y enseguida colgó, pero al momento sacó del bolso una tableta de chocolate.

Mira lo que traigo hoy, ¡un dulce para celebrarlo! Venga, tomamos un té para conocernos mejor se animó.

Laura apartó rápidamente la vista y le dijo:

Guárdalo, por favor, Rocío no puede comer nada de esto, le da alergia. El chocolate en mi casa está prohibido, imagínate.

¿Pero algo tan sencillo? Qué raras sois, bueno, con la intención que lo traía replicó Inés, sonrojada.

No hace falta que traigas nada, pero tampoco puedes estar llamando tanto. Salvo que sea una emergencia, avisar al médico o a los bomberos. Entonces, por supuesto, llama, a la hora que sea, que lo entendemos. Pero por charlar, mejor no respondió Laura, ya convencida.

Inés recogió el chocolate y se marchó, dolida y sin entender el rechazo. Llegó a pensar que Laura la apartaba porque la veía más joven o más guapa que ella.

Está claro que me tiene envidia porque soy más joven y atractiva. Eso es, me tiene manía y por eso ni me invita a un té aunque traiga yo el chocolate le explicaba a su madre después, dolida.

Ay, hija, qué tonta eres. No puedes meterte en la vida de alguien a la fuerza, ni aunque sea por hacer una llamada. ¿Pero tú crees que un hogar es una estación de paso? Ya te han dicho que no y deberías aceptarlo. Hazte tu vida, que te vengan a llamar a ti le contestaba Carmen, muy convencida, rematando. Y déjate de celos, que eso solo te hace daño.

El último intento de Inés fue ir con una libreta a casa de Laura a pedirle el famoso secreto de las rosquillas.

Laura, ¿me dictas tu receta de rosquillas? Tengo que aprender yo también algo se animó, papel y boli en mano.

Pregúntale a tu madre, mujer, que seguro sabe más de lo que parece se asombró Laura. Además, yo lo hago todo a ojo, ni idea de las cantidades así aprendí de mi abuela. Mis manos ya lo hacen solas rió. Y ahora tengo que salir, de verdad, pregunta en casa.

Inés volvió roja de la vergüenza. Sabía de sobra que su madre guardaba en la cocina una libreta vieja con todas las recetas, escritas con buena letra, donde había de todo: ensaladas, filetes, sopas, hasta merluza a la romana. De dulces, tenía una buena colección, de cuando Carmen se esmeraba cocinando. El problema es que a Inés nunca se le había dado bien la repostería y su madre, con tanto cuidarse, llevaba tiempo sin encender el horno.

Pero al final, por curiosidad, buscó en el cuaderno. Lo encontró y de paso dejó sorprendida a Carmen.

¿Tú arreglándote para hornear? ¡No me lo creo! dijo su madre, entre risas.

¿Te extraña tanto? respondió Inés, doblando la receta. ¿Y si retomo lo del horno ahora?

¿No será por algún chico? ¿Te has reconciliado con Javi? insistió la madre, medio en broma. Ya decía yo que entre unas cosas y otras, ninguno te duraba.

Pues a lo mejor vuelvo a llamar su atención resopló Inés. ¡Ya verás!

Pues venga, anímate, búscate novio, que ya toca. ¿Qué receta has mirado? Yo te ayudo si quieres ofrecía Carmen.

Que no, que aún me da pereza, por ahora me preparo mentalmente respondió Inés, medio divertida.

Pero al cabo de un par de días, cuando Carmen volvió de dar una vuelta, la casa olía a bollos.

¡Madre mía, cuánto tiempo! ¡Huele a roscón! exclamó la madre mirando la cocina.

Silencio, que no se entere todo el edificio reía Inés, tapando las bandejas. Mejor ven a probar. Son rosquillas, las de toda la vida, con queso fresco. Nada de excentricidades.

En la mesa, todo preparado: la tetera, las tazas y las rosquillas doradas como soles.

Hija, pues me tienes impresionada. Mira que pensé que lo tuyo no era la cocina, pero te han salido de lujo admitió Carmen, probando una.

Pero dime la verdad, ¿o me animas para que siga? le preguntó Inés.

Prueba tú misma, están riquísimas aseguraba la madre, usando la frase favorita de su padre: es comestible. La máxima aprobación en su casa.

Pues mira, cuando venga Javi a tomar el té, le saco la bandeja. ¿Tú crees que le gustarán?

Claro que sí, si a tu padre lo conquisté con estas rosquillas. No hay un hombre que se resista a un buen bollo casero y un poco de cariño se reía Carmen. Tú sigue, invita y déjame a mí ver pelis con la vecina, que ya era hora que pusieras la cabeza en su sitio.

Y así fue. Javi empezó a ir cada tarde a casa de Inés, y con tanto cocinar y reírse juntos, las discusiones dejaban paso a buenos momentos. Carmen aceptó que su hija pasara cada vez más tiempo en la cocina. Javi la ayudaba y las risas se oían por todo el piso.

Cuando Inés anunció que se casaban y que ya lo habían formalizado, Carmen no pudo evitar llorar: por fin veía a su hija encaminada.

Inés también cambió. Se cuidaba más, quería estar estupenda para la boda, y Javi incluso bromeaba.

¡Ahora sí que apenas haces rosquillas! Pero la tarta de la boda ¿la vas a hacer tú?

Antes del gran día, que celebraron en casa, trabajaron juntas: Inés, su madre y la tía Lola, hermana de Carmen. Cocinaron durante dos días aunque solo venían veinte familiares.

Al final, la pareja se instaló en una habitación grande del piso antiguo. Y lo mejor, al año ya tenían teléfono todos en el bloque. Inés llamaba a sus amigas, pero ya no se enrollaba tanto: cortita y al pie.

Ay, Marta, tengo que dejarte, que la masa está subiendo y Javi no tarda en llegar. ¡Hablamos!

Se iba disparada a la cocina, donde la masa reposaba lista para hornear. Inés ya esperaba su primer hijo, a puntito de irse de baja por maternidad. Pero ella no paraba: seguía horneando que daba gusto, solo para ver sonreír a su marido. Y porque, para qué mentir, le encantaban las rosquillas de queso fresco. Caseras, de las de siempre. Y con ellas, Javi estaba como un niño chico. No se puede pedir más.

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La receta de la felicidad… Todo el portal observaba cómo se mudaban los nuevos inquilinos al segundo piso. Era la familia del jefe de sección de la fábrica, pilar industrial en un pequeño pueblo de la España profunda. —¿Pero qué hacen viviendo en un piso antiguo? —preguntaba Nina Andréevna, jubilada, a sus amigas—. Con los contactos que tienen, fijo que podrían haberse agenciado uno en esas casas nuevas. —No seas así, mamá —le respondía su hija Anica, soltera treintañera de maquillaje vistoso—. ¿Para qué querrían ellos un piso nuevo, si aquí tenemos toda una “finca de época”, techos altos, habitaciones amplias separadas, gran recibidor y hasta la terraza parece una habitación… Y les han puesto el teléfono en seguida. Aquí sólo hay tres teléfonos entre nueve pisos… —A ti sólo te interesa estar hablando por teléfono —le cortó su madre—. Vas a acabar cansando a las vecinas. Ni se te ocurra ir con esa gente, que son serios y están ocupados… —Tampoco tan serios, mamá. Son jóvenes, tienen una niña de unos nueve, Natalia. A ella casi la doblo en edad, y a los padres sólo me llevan unos cinco años… Los vecinos resultaron ser amables y siempre sonrientes. Lidia trabajaba en la biblioteca del colegio, e Iván llevaba diez años ya en la fábrica. Todo esto lo contaba Anica cuando por las tardes bajaba a sentarse en el banco con las vecinas y su madre. —¿Y tú cómo sabes ya tanto? —le decían las mujeres—. ¡Ah, esta chica es una investigadora! —Voy a llamar por teléfono a su casa —decía Anica medio en broma—. Ellos, a diferencia de otras, sí me lo permiten —y lanzaba una mirada insinuante a su madre. Total, que Anica, aficionada al chisme y a las llamadas, cada vez frecuentaba más la casa de los nuevos, hasta acomodarse en sus conversaciones y sus tardes. Venía a veces bien arreglada, a veces en bata, buscando amistad con el matrimonio. Un día vio cómo Iván, apenas entró ella para llamar, cerraba la puerta del salón donde veía la tele. Luego se repitió. Anica sonreía a Lidia después de cada llamada, pero ella siempre sólo respondía con una inclinación de cabeza y le pedía que cerrara la puerta al salir. —No puedo ahora, tengo las manos llenas de harina —decía Lidia—, además, la puerta se cierra sola, es de esas francesas. —¿Y qué estás preparando? ¿Otra vez pasteles? Siempre estáis con los dulces… Yo no tengo ni idea de eso —se lamentaba Anica. —Hoy tocan “quesadas” —respondía Lidia sonriendo—, para el desayuno. Pero por la mañana no hay tiempo para hornear, por eso las hago ahora. A Anica le daba rabia no poder ser mejor recibida. —Mira, Lidia, entiendo que te cueste decirle a Anica que no, pero nuestro teléfono está siempre ocupado por ella, y mis amigos nunca consiguen llamarnos en la tarde. Así no se puede —le confesó Iván una vez a su esposa. —Ya, se está tomando mucha confianza. Ya entra como si fuese su casa… —admitió Lidia. Pero esa noche, Anica volvió, esta vez elegante y maquillada. Se sentó en el recibidor y se puso a charlar con su amiga. —Anica, ¿vas a terminar la llamada pronto? Esperamos una —le dijo Lidia después de diez minutos. Ella asintió, pero enseguida sacó una tableta de chocolate del bolso: —¡He traído algo dulce! ¡Vamos a tomar té y celebramos nuestra amistad! Fue a la cocina y dejó el chocolate sobre la mesa. —No, por favor. Guárdalo. Si Natalia lo ve se le antoja, y no puede tomar dulce. Tiene alergia. Así que el té tendrá que esperar. No te ofendas, pero el chocolate, en mi familia, es tabú. —¿Tabú? Bueno, como queráis. Yo sólo quería agradar —musitó Anica. —No hace falta agradecernos, pero te agradecería que dejes de venir a llamar tan seguido. Salvo si es para emergencias, para el médico o los bomberos. Eso nunca lo negaremos. Sin rencores —insistió Lidia—. Mi marido recibe llamadas del trabajo, y Natalia necesita concentrarse en los deberes. Aquí procuramos no hacer ruido. Anica cogió el chocolate y se fue, convencida de que todo era por celos de Lidia. —Lo que pasa es que es celosa. Sabe que soy más joven y, bueno, resultona —le contaba a su madre—. Quería que fuésemos amigas y ni un té me ofreció. —Eres terca, hija. Nadie te necesita metida en otra familia, ni mucho menos usando su teléfono. Ya tienes edad para vivir tu vida y que tus vecinas llamen a tu teléfono —le reñía la madre. El último intento de acercamiento fue, un día, pedirle la receta de las quesadas. —¿Me pasas la receta para aprender yo también? La apunto y ya pruebo esta tarde… —Pregúntale a tu madre, seguro que se la sabe. Las madres de antes cocinaban de todo —respondió Lidia, sorprendida—. Además, yo las hago “a ojo”, sin medidas concretas. Ya me sale sola la mano, y ahora me tengo que ir corriendo. Así que, mejor a la madre. Anica se sonrojó, sabedora de que su madre tenía una libreta vieja llena de recetas de cuando cocinaba a menudo. Pero a Anica no le gustaba ni hornear ni que su madre la viese en la cocina. Esta última, además, había dejado de hacer repostería por la tensión alta. Sin embargo, Anica sacó la libreta y, hojeando sin ganas, halló la receta de quesadas que buscaba, para sorpresa de su madre. —¿En serio vas a hornear algo? —se sorprendió Nina. —¿Por qué te parece raro? —contestó cerrando la libreta y señalando la hoja. —¿Vas a arreglarte con Slavik? Pensaba que lo habíais dejado como los demás… —Bueno, igual me vuelvo a arreglar si me da la gana… —Hazlo, hija, que ya es hora. Y si necesitas ayuda con la receta, dímelo. —No hace falta. Estoy mentalizándome —contestó Anica. Poco después, cuando la madre llegó a casa le llegó el aroma de la repostería. —¡Esto es nuevo, huele a pastel! —exclamó—. No me digas que te has enamorado… —No lo digas tan alto, mamá. Ven a probarlas y opina, ¿vale? Son quesadas con requesón, tradicionales. En la mesa, té recién hecho y una bandeja de quesadas doradas. —No está mal, hija mía. Pensé que no sabías, pero te han salido genial. —¿En serio? ¿Me lo dices de verdad o sólo para animarme? —Prueba tú misma. ¡Están buenísimas! Anica recordó entonces algo que solía decir su padre: “eso es comestible, y lo demás, cuentos”. —Pues ahora invitaré a Slavik a tomar el té. A ver si le gustan. —Seguro que sí. A tu padre lo conquisté yo con estas quesadas, y de ahí al altar. Al poco tiempo Slavik empezó a frecuentar la casa, cada vez discutían menos, y también la madre acabó por acostumbrarse a que la hija usara la cocina y Slavik la ayudara entre risas. Cuando un día Anica anunció que se casaban y ya habían llevado los papeles al registro, la madre no pudo evitar emocionarse. Anica cambió. Adelgazó pensando en la boda, y Slavik bromeaba: —¿Ya no horneas quesadas? ¿Para la boda harás alguna? Los preparativos duraron dos días, y ayudaron la madre y una tía de Anica, aunque sólo venían unos veinte invitados, la mayoría familia. Los recién casados vivieron en la habitación grande del piso. Al año, ya todos los vecinos tenían teléfono. Anica llamaba a todas, pero hablaba menos que antes: —¡Ay, Rita, te dejo, que tengo el horno y Slavik viene ya de trabajar! Corría a la cocina, donde la masa subía hinchada. Anica esperaba su baja maternal con ilusión, mientras seguía cocinando y horneando, deseando agradar a su marido, y también porque le encantaban las quesadas de requesón, caseras, riquísimas. ¡Y su esposo no podía vivir sin ellas!
«Si cocinar te pesa tanto, tal vez deberías irte; nos las arreglaremos sin ti» dijo mi suegra, respaldada por mi marido…