¡Reparto de maridos! ¡Buenas noches! ¿Lo va a recoger, señora?
Valeria observaba al hombre tambaleante en el umbral sin llegar a comprender, medio dormida, si aquello era una broma o realidad.
¿No tenían un mensajero más sensato? le pregunté, intentando salir del letargo.
¡Señora! respondió el repartidor con solemnidad. ¡No ha visto usted ninguno mejor! ¡Es usted afortunada, le ha correspondido el más adecuado de todos!
Su manera de hablar me confundía. A esas horas de la madrugada, la mente sólo sueña y no anda descifrando frases enrevesadas.
Entonces, ¿va a quedarse con su marido, o quiere que lo dejemos en el rellano? Se lo juro, señora, que en este estado duerme como perro fiel frente a su puerta hasta el amanecer.
Bueno, ya que ha llegado hasta aquí… dije tratando de desperezarme, ¡pásenlo, hombre!
El repartidor se desplazó y al instante aparecieron tres figuras ante mis ojos. Bueno, salieron dos, con un tercero que colgaba entre ellos.
¿Cuál de estos es mi marido? pregunté.
Y de verdad que no reconocía a ninguno de los tambaleantes como mi esposo.
¡Pero señora! recriminó el repartidor. ¡Por supuesto, el hombre de en medio de semejante cuadro tan alegre!
Alegre no veo nada repliqué. Y, además, ese de en medio no es mi marido.
¿Cómo que no? la cara del repartidor se tornó seria. Le aseguro que es exacto.
¿Exacto? Si ese del centro… señalé el eslabón central ¡es calvo! Mi marido nunca ha sido calvo, ni por asomo ha llegado a ese punto.
¡Señora! sonrió el repartidor. ¡No todos tuvieron suerte en los concursos del trabajo! se quitó la gorra, bajo la que asomaba otra calva, aunque parcheada con mechones desordenados.
Estaba claro: los habían pelado a máquina como quien poda un seto.
Como a mí, a su humilde servidor musitó, resignado, el repartidor.
¿Pero estáis locos? ¿Vosotros y vuestros jefes y concursos? exclamé, harta ya.
¡Eso no es nada, señora! ¡La peor suerte la tuvo Marina González, la subdirectora de contabilidad, con cincuenta y seis años! ¡No logró meter el lápiz en el cuello de la botella!
¿A ella también?… pregunté, horrorizada.
¡Por supuesto! asintió él, compungido. Pero por suerte fue la única que ganó un vale de mil euros para una tienda de pelucas. ¿Satisfecha su curiosidad? ¿Reconoce al marido?
La verdad, ni así le contesté. Bajo ese maquillaje ni su propia madre le reconocería. ¿Otro concurso más?
Más bien, distracción dijo el repartidor sonriendo. ¡Pintura facial! Si lo mete en una bañera y lo friega bien, todo se quita.
¿Y qué me dice de esa ropa, tan ridícula? le interrogué.
Concursos, señora asintió, resignado. Nuestros jefes tienen una creatividad inagotable.
Pero no se preocupe: cuando todos despierten, cada uno recuperará su ropa.
¿Fue un arranque de fraternidad, eso de intercambiar la ropa? pregunté con sarcasmo.
Más bien, una revelación del alma… Pero al ver mi mirada escandalizada, se apresuró: ¡Todo dentro de la decencia, señora! ¡Le aseguro que con nosotros eso se respeta!
¿Y después de rapar cabezas y pintarles la cara? negué yo con la cabeza. ¡En fin!
Señora, yo solo reparto paquetes. Si tiene quejas, a dirección.
A su marido le vestimos nosotros mismos. Cogimos lo primero que abrochaba.
Después, cada cual se lo intercambiará y todos contentos.
Sabía yo que no tenía que haber dejado a Ignacio ir al evento de la empresa. ¡Le insistí! Pero él, cabezota, que parecía un delito negarse a sus jefes.
¿Se lo queda entonces? insistió el repartidor. Me quedan aún tres entregas esta noche.
Entréguenlo contesté resignado.
Sabía que la mañana prometía juerga. Y no era seguro que la noche no acabara en carreras entre el baño y el…
Déjenlo en el salón, en el sofá. ¡No pienso respirarle los efluvios! ordené.
Lo depositaron boca abajo en el sofá.
Así el respaldo lo filtra un poco dijo el repartidor, haciendo una reverencia antes de empujar a sus compañeros fuera de casa.
¡Mira que tenías necesidad de este dichoso evento! mascullé dándole la espalda a Ignacio.
Pero, claro, ni se inmutó.
Bueno, mañana hablamos…
Fui al dormitorio, deseando poder dormir un poco más.
Quien sabe si tendría que madrugar para salvar a mi consorte de los efectos post-fiesta. ¡Y seguro que los habría!
Jamás había visto a Ignacio así. Aquello no era un marido, sino un costillar.
¡Te lo advertí! ¿Quién me hace caso?
Pensar que el matrimonio siempre será como en el primer año, es, como poco, iluso. No es solo cuestión de costumbre: la convivencia, la experiencia y los recuerdos van forjando nuevas dinámicas.
Por eso, en las felicitaciones, siempre se cuela el deseo de felicidad en la vida familiar y en la personal.
Con los años, en el matrimonio surge esa vida personal, y ojo, que no siempre es tener aventuras. Simplemente, aparecen tiempos y actividades en las que cada uno va a su aire.
Aficiones, amistades, salidas, incluso ver una película.
Eso es lo que los psicólogos modernos llaman espacio personal.
Ignacio y yo no éramos la excepción. Llevábamos ya diecinueve años casados. Nuestro hijo Andrés tenía dieciocho.
Vivía aún con nosotros, pero pronto estaba por irse a estudiar fuera, comenzar su vida.
Ese espacio personal empezó a crecer entre nosotros hace unos siete años.
Yo me aficioné a pintar cuadros por números, lo que me despejaba la mente. El resultado, además, alegraba la casa.
Ignacio probó con los videojuegos, pero pronto se cansó. Pasear solo nunca le atrajo; alternó ciencia e historia en internet, hasta que todo le pareció absurdo.
Así que nunca se centró demasiado en nada, pero tampoco se quedaba a mi lado constantemente: siempre encontraba alguna diversión sin mí: unas cañas con los de la oficina, una barbacoa, o se pasaba por casa del vecino para no volver en horas.
Eso sí, disfrutábamos juntos en los eventos familiares o visitando amigos. Pero si alguno no tenía ganas, tampoco pasaba nada.
Cuando no apetece, cuando el trabajo agota, cuando hay otra cosa más urgente…
Lo de los eventos de empresa de Ignacio era otro mundo aparte. Rara vez invitaban a los cónyuges. Los jefes de Ignacio siempre iban sobrados de creatividad.
A veces se vivían cosas que después nos avergonzaban a todos. Pero, por increíble que pareciera, eso unía al grupo. Los jefes comentaban:
¡Si han sobrevivido a ESTO juntos, podrán con todo lo demás!
Uno siempre podía negarse a ir, claro. Pero luego era motivo de tertulia y risas. Y, a su manera, animaba.
Cuando Ignacio contaba anécdotas, no me creía que una mente equilibrada pudiera proponer tales cosas.
¿Así que gana el que acaba más cubierto de miel y plumas?
¡No! decía Ignacio riéndose. Gana el que, tras empaparse de miel, más plumas se pega. ¡Luego se pesan uno a uno! Pero ahí siempre arrasa Goyo: mide casi dos metros y ocupa el doble. ¡Todo es superficie!
Y lo de los muñecos hinchables nunca lo entendí decía yo.
Cualquiera hincha un globito, pero un muñeco hinchable cuesta… ¡y es contrarreloj!
¿No sería mejor competir con globos o un colchón inflable?
También respondía Ignacio, pero así es mucho más entretenido… ¡Tendrías que oír los comentarios! Mejor no te los cuento, me daban vergüenza.
Cuando dijo que iba a la cena de Navidad de la empresa, le propuse que no fuese.
Valeria, eso no es serio replicó. Es obligatorio. Además, el jefe dijo que, dependiendo de cómo uno se portara en la fiesta, así sería la paga extra. ¡Hasta los que nunca van han confirmado!
Ignacio, no todo el dinero del mundo merece lo que te espera ahí dije resignada. Cuando los jefes insisten tanto, lo mejor es negarse.
Bah, Valeria, habrá tanta gente que me sentaré en una esquina, cumpliré y nadie me verá.
No sé, Ignacio… no me da buena espina.
Déjalo, anda. Todo irá bien.
Dejar de confiar en que todo iría bien fue inevitable a las doce.
Si todo fuese bien, Ignacio ya estaría aquí, aunque fuese arrastrándose.
A la una, me metí en la cama, intranquila. A las tres, un timbrazo me sacó del sueño.
***
La noche pasó sin más sobresaltos. Pero la mañana comenzó con un grito desgarrador.
Abrí los ojos de golpe; recordé de inmediato al marido transportado por la noche.
Seguro que se ha visto en el espejo bromeé, burlona.
Pero el grito se repitió y era evidente que no era la voz de Ignacio.
¿¡Dónde estoy!? ¡Dios mío! ¡Que alguien me diga dónde estoy!
Tragué saliva nervioso, me hasta el albornoz y salí en dirección al escándalo.
¿Y tú quién eres? pregunté al desconocido, de pie en medio del salón, mirando a todas partes.
¿Dónde estoy? gimió él.
¿Al menos sabes quién eres? insistí.
Miguel, me llamo Miguel… ¿Dónde estoy?
En mi casa, de invitado.
¿Me ha invitado usted? dijo con candidez Miguel.
En realidad te trajeron anoche, haciéndome creer que eras mi marido, de la cena de empresa le expliqué.
Uf… Miguel suspiró, aliviado. Es usted la esposa de algún compañero mío… Por lo menos sigo estando en Madrid. ¡Porque una vez me dejaron tirado en Albacete! ¡Sin dinero, ni DNI! ¡No sabía ni cómo volver!
Muy gracioso… dije, suspicaz.
Otra vez, acabé en un avión a Tenerife. ¡Menos mal que llevaba la cartera! Pero ahora… de nuevo suspiró, parece que no he acabado mal del todo.
Enhorabuena respondí, seco. ¿Dónde está mi marido? ¡Te han metido por error!
¿Y su marido es…?
Ignacio Serrano.
Pues Ignacio, señora, se despidió del trabajo hace dos días contestó Miguel. Se pasó por allí antes del evento, saludó y se marchaba a otra ciudad.
Cerca del desmayo, rebusqué el móvil entre los bolsillos del albornoz y marqué su número. Al momento respondió:
¡Hola! ¿Qué tal Miguel? ¿Qué te ha parecido?
¿Esto qué significa? le pregunté.
Valeria, lo nuestro ya no tiene sentido. Vivimos como compañeros de piso. Yo ya tengo otra pareja.
Y he decidido que no era honesto irme sin más. Así que te he dejado a Miguel, para que tengas compañía.
Es buen tipo, sin hijos, sin exmujer, sin líos. Gana lo mismo que yo ganaba, tiene buen carácter y es muy apañado. Va un poco despistado, pero tú puedes enderezarle.
Piénsatelo, Valeria. Yo creo que os encajaréis. Un abrazo.
Si esto es una broma, no me hace gracia musité.
No es ninguna broma replicó Ignacio. Te dejo el piso y el coche para ti y Andrés. Cuídate. De los papeles del divorcio me encargo yo.
El móvil cayó de mis manos sin fuerzas. Cuando yo misma empezaba a caer, Miguel me sujetó.
No era una broma dijo Miguel, viendo la pregunta en mi cara y señalando el teléfono. Tenía el altavoz puesto.
¿Quién no bromeaba? pregunté.
Ignacio contestó Miguel. Me dijo que tenía una buena amiga para presentarme. Me lo dijo hace un mes…
Yo no me quedé con Miguel, ni sola. Al cabo de dos años, conocí a un buen hombre.
De mi ex procuro no recordar nada. Aquella manera suya de irse no se la perdonaré. Y menos aún con sustitución incluida. ¡Vaya forma de hacer un trueque sin pensar en nadie más!







