Déjà Vu Ella siempre esperaba cartas. Desde niña. Toda la vida. Cambiaban las direcciones. Los árboles parecían más bajos, la gente más lejana, la espera más silenciosa. Él no confiaba en nadie ni esperaba nada. Un hombre corriente, fuerte por fuera. Trabajo. Y en casa, un perro. Viajes en solitario o con su amigo de cuatro patas. Ella, una chica encantadora de grandes ojos tristes. Le preguntaron una vez: —¿Sin qué no sales de casa? —¡Sin sonrisa! —respondió, y los hoyuelos en sus mejillas daban fe de ello. Desde que se acuerda, tenía más amigos chicos. En el barrio la llamaban “pirata con falda”. Pero tenía un juego secreto para cuando estaba sola: era madre de muchos niños, con un marido bueno y vivían en una casa grande y acogedora, rodeada de un hermoso jardín. Él no imaginaba su vida sin deporte. En una caja del garaje dormían trofeos, medallas, diplomas. No sabía por qué los guardaba. Por respeto a sus padres, que estaban tan orgullosos… Siempre planeaba llevárselos. Los primeros puestos no siempre eran por la victoria. Disfrutaba del proceso: darlo todo, hasta la última gota de sudor, sentir ese nuevo impulso tras el cansancio, una nueva oleada de fuerzas. Otro aliento. Sus padres murieron cuando ella tenía siete años. A su hermano pequeño y a ella los mandaron a diferentes orfanatos. Así crecieron, con sus propias batallas, penas y alegrías. Esa vida en residencias infantiles quedó atrás. Ahora vivían enfrente el uno del otro, en un barrio de casas bajas, calles cálidas, patios coloridos, mercados de agricultores. Su única, mejor familia: el hermano. Fue un día inquieto… Terminó su turno, cruzaba el patio del aparcamiento cuando Vasili la alcanzó, la abrazó como un padre y dio las gracias por las empanadas. —Vete a dormir a casa, ¿eh? —Ya me las apaño. —Le dio un beso en la mejilla y corrió hacia su coche. —Ay… —suspiró el conductor de la ambulancia al verla irse. En fiestas les tocaba trabajar juntos; pocos querían trabajar en esos días, ni siquiera los médicos. En el equipo había dos hombres más. Las mujeres colegas no la querían: a ella le gustaba ir arreglada, verse bien; todo era diferente si el médico estaba de buen humor y buena presencia. Él conducía todo lo rápido que podía. Los trofeos saltaban en el maletero, el perro gemía inquieto en el asiento de atrás. Su padre le invitó a pasar Año Nuevo juntos. Ese mismo día metió la caja en el coche. Estaba ilusionado: no tendría guardia en fiestas, aunque echaría de menos a los chavales y su trabajo de entrenador le encantaba. Pero esas visitas con los padres siempre le dejaban un regusto amargo… Días antes de la fiesta, una llamada telefónica lo despertó de madrugada. —Tu madre está mal. —La voz del padre temblaba. Un hombre fuerte, coronel retirado, incapaz de ocultar la emoción. Los padres habían estado juntos desde el instituto, y aun de mayores se miraban como una pareja joven. Ese brillo en sus ojos siempre le asombró, como si guardaran algún secreto… Ella sonreía cansada. Siempre horneaba muchos tipos de empanadas en Nochevieja y después del turno las repartía por la ciudad. Hoy pudo incluso dormir un par de horas en la sala de guardia. Si no, Vasili no la habría dejado coger el coche, le habría llevado él, feliz como un niño con su sonrisa tímida. Unos diez kilómetros hasta la casa de sus padres. Y de repente empezó la ventisca. Él recordó cómo el perro se resistió a subir al coche, ese ruido en el maletero, los viajes interminables, carretera, carretera… —Mamá, papá, aguantad… No tengo a nadie más que a vosotros… El perro le lamió la nuca, como si entendiera sus pensamientos. —Perdón, amigo… y por supuesto, ¡a ti también! Ella paró el motor. Una ventisca, justo ahora. Faltaba solo una empanada. Dos, tres kilómetros más y la carretera rural, y tras la curva, la urbanización donde vivía su paciente favorita, esa abuela valiente… no, es que no podía llamarla abuela a esa mujer, aunque fuera mayor, con esa chispa en sus ojos. Y su marido igual. Una pareja entrañable. Les gustaba viajar. No se quejaban. Quizá sus padres serían así, si vivieran… Un resplandor oscuro y brusco. Justo delante del coche. Entre la nieve interminable. —¿De dónde saliste tú, perrita, del bosque o te escapaste de alguien?… ¡Qué ojos tan bonitos!… ¿Por qué el cuello pegajoso?… El jersey mojado… Qué sueño… Jack, Jack, amigo… ¡Qué dolor!… Mamá, estoy llegando, papá… Ya casi… Oscuridad… No podía contactar con Vasili. Se fue a por los nietos. No, aquí la ambulancia no pasará. Demasiada nieve. —Aguanta, chico…, venga, resiste, te sacaré. ¡Dios!… Y además el perro… Ella ya arrancaba de nuevo cuando un coche gris pasó volando junto a ella. —Alguien tiene prisa por llegar a casa —pensó. Minutos después, el coche gris estaba volcado al borde de la cuneta. El perro negro yacía a metros. Parecía vivo. —¿Qué hora será? —No le gustaba el agua caliente. Pero aquella ducha la salvó. El temblor cedía. Se sentó en el suelo del baño, cerró los ojos y suspiró. Necesitaba dormir… —¿Cómo pudiste sacarlo? ¡Si es un tío fortachón! —sonaba la voz del hermano en su cabeza. El cuerpo le dolía entero. Los músculos recordaban el dolor. Llevó al hombre y los dos perros al hospital con su propio coche. A medio camino, el hermano la ayudó. Ese día volvió a la urbanización, tenía que entregar la empanada. Por algún motivo, cogió la caja caída del coche gris. —Por si acaso es valiosa para ese chico. Lo importante es que están vivos. Cuando se recupere, se la doy. El marido de la mujer mayor abrió la puerta, aturdido. —¿Le pasa algo? —preguntó ella. —Mi esposa está hospitalizada. Iba a verla. No pude esperar a mi hijo. No consigo localizarlo… Ella se quedó callada. Bajó la mirada. —¿Usted está bien? —le tomó la mano. —Déjeme que le lleve al hospital —ofreció la chica. Fueron en silencio. Había parado de nevar. —Esa caja que lleva, ¿de dónde sale? —no aguantó el coronel. —Hubo un accidente. Un hombre intentó esquivar una perra negra del bosque, volcó el coche gris y la caja se cayó… —¿Coche gris, un perro blanco dentro y la perra del bosque era negra? —preguntó bajito él. Ella paró el coche y se giró hacia él. El coronel apretó los puños, miró la carretera. —¡Él vive! Y su mujer va a mejorar —le abrazó ella. —¿Sabes, hija…? ¿Puedo llamarte así? —¡Por supuesto! —las lágrimas quedaban atrapadas en sus ojos. —Mi mujer soñó varios días seguidos con una perra negra. Nuestro hijo tiene un perro blanco. ¿De dónde salió la negra?… —Unos ojos bonitos. Increíbles. Tristes… —lo primero que pensó al despertar. En la silla, junto a su cama de hospital, dormía su padre. —Mamá. El accidente. —Lo recordó todo. Y los ojos de aquella chica… Celebraron el Año Nuevo a finales de enero. Mamá se recuperaba. Papá estaba feliz. Jack cojeaba un poco, pero también se pondría bien. El trabajo le esperaba. Había que poner a los chavales en forma tras las navidades, prepararles para los campeonatos. Se quedó más de la cuenta en casa de los padres. Tocaba volver a la ciudad. Pero no dejaba de pensar en aquella chica… Ya estaba en la puerta cuando su padre le llamó desde la ventana de la buhardilla. —¿Papá, necesitas ayuda? El padre sonreía con picardía. El hijo miró el altillo y vio sus trofeos en la estantería. —A ver… ¿de dónde, mi coronel? —sonrió el hijo. —Piensa… Voy a sacar a Jack antes de que te vayas. Ella llegó antes de lo habitual. La esperaba Dina. No pudo dejarla en la clínica veterinaria cuando despertó. Si no, acabaría en la perrera. Dina no era completamente negra: en el pecho tenía una mancha blanca en forma de corazón. La chica subió al portal y, por pura costumbre, casi sin mirar, abrió su buzón. Iba a cerrarlo cuando vio de reojo un sobre blanco. En la carta ponía: Esta noche vendré. ¡Gracias, querida! El amor, como una brújula, ayuda a encontrar el camino

Déjà vu

Ella siempre esperaba cartas. Desde pequeña. Toda su vida.
Las direcciones cambiaban. Los árboles parecían más bajos, la gente más lejana y las esperas, más silenciosas.

Él no creía en nadie, ni esperaba nada. Un hombre robusto y corriente. Trabajo. Y en casa, un perro. Viajes en solitario o acompañado por su fiel amigo de cuatro patas.

Ella, una chica encantadora con grandes ojos tristes. Una vez, alguien le preguntó:
¿Sin qué no saldrías nunca de casa?
¡Sin una sonrisa! contestaba ella, y los hoyuelos en sus mejillas lo confirmaban.
Siempre había sido amiga de los chicos. La apodaban pirata con falda en el barrio. Pero tenía un juego secreto para sí misma: imaginaba ser madre de muchos hijos, con un marido bueno, viviendo en una gran casa acogedora rodeada de un jardín hermoso.

Él no concebía la vida sin deporte. En una caja del trastero yacían sus trofeos, medallas, diplomas. Sin saber muy bien por qué los guardaba. Quizás por respeto a sus padres que tanto orgullo sentían. Siempre quería llevárselos. Los primeros puestos llegaron, pero no era por la victoria: lo fascinaba el proceso. Quería llegar al límite, quedar sin fuerzas, para luego sentir ese renacer, una oleada de energía nueva, otro aliento.

Ella perdió a sus padres con siete años. A ella y a su hermano pequeño los separaron en diferentes orfanatos. Así crecieron, con sus propias luchas, tristezas, pequeñas alegrías. Atrás había quedado la infancia en instituciones. Ahora vivían uno frente al otro, en un barrio de edificios bajos, calles cálidas, patios llenos de luz y mercados de agricultores. Su única familia: el hermano.

Un día tenso Terminó su turno y salió por el patio del taller municipal. Don Valentín la alcanzó y la abrazó como un padre, agradeciéndole los pasteles.
Duerme un poco en casa, ¿me oyes?
Me dará tiempo dijo, besándole la mejilla y corrió hacia su coche.
¡Ay! suspiró el conductor de ambulancia al verla alejarse.

En festivos solían ponerlas juntas, a pocos les apetecía trabajar esos días, ni a los médicos.
Su equipo eran dos hombres más. Sus compañeros nunca llegaron a aceptarla. Le gustaba ir bien arreglada, se sentía mejor y creía que todo cambiaba si el médico mostraba energía y buena cara.

Él conducía tan rápido como podía. Los trofeos brincaban en la caja del maletero y su perro en el asiento trasero gemía inquieto. Su padre lo invitó a pasar la Nochevieja juntos. El mismo día, puso la caja en el coche. Le ilusionaba no trabajar en festivos, aunque echaba de menos a los chicos del club y le apasionaba entrenar. Pero tan pocas visitas a casa de sus padres le pesaban
Días antes del año nuevo le despertó el teléfono de madrugada.
A mamá le ha dado algo la voz de su padre temblaba. Un hombre de carácter, coronel retirado, sin poder ocultar el miedo. Sus padres estaban juntos desde el instituto. Incluso de mayores seguían mirándose como una pareja joven. Esa chispa en sus ojos siempre le asombraba, como si guardasen algún secreto.

Ella sonreía con cansancio. Cada víspera de año horneaba muchos pasteles y, al salir del hospital, los repartía por Madrid. Aquella noche incluso consiguió dormir dos horas en la sala de guardia. De otra forma, Don Valentín no la dejaría conducir, preferiría llevarla él, su café humeante, sonriendo ante la tímida sonrisa de ella.

Diez kilómetros hasta la casa familiar. De repente, comenzó una ventisca. Recordó cómo, unas horas antes, su perro se resistía a subir al coche, el traqueteo del maletero, los viajes interminables, la carretera, la carretera
¡Mamá, papá, aguantad No tengo a nadie más que a vosotros!
El perro le lamió la nuca, como si leyera sus pensamientos.
Perdona, amigo. Y a ti también, claro

Ella apagó el motor. Maldita nevada, tan inoportuna. Quedaba un pastel por entregar. Dos, tres kilómetros más y cruzaría a la carretera, luego la urbanización, donde vivía su paciente preferida: una abuela valiente no podía llamarla abuela, pese a su edad, sus ojos chispeaban juventud. Su marido igual, reflejando en sus ojos la misma luz. Una pareja entrañable, siempre viajando, nunca quejumbrosos. Así habrían sido sus padres

Un destello oscuro, de repente, delante del coche. Sobre la nieve infinita caída del cielo.
¿De dónde has salido, perra? ¿Del monte o te has escapado?… ¡Qué ojos tan bonitos!… ¿Por qué tienes el cuello pegajoso?… Suéter mojado Qué sueño Jack, Jack amigo ¡cómo duele!… Mamá, papá, ya llego Ya casi estoy Oscuridad

Don Valentín no contestaba al móvil. Se fue por los nietos. No, la ambulancia aquí no pasaría. Demasiada nieve.
Ahora, chaval aguanta, voy a sacarte. Dios mío y la perra

Ella justo arrancaba, cuando pasó un coche gris a toda velocidad.
Alguien tiene prisa por volver a casa pensó. Pocos minutos después, el coche gris apareció volcado, resbalando hacia la cuneta. Un perro negro yacía a pocos metros. Al parecer, vivo.

¿Qué hora será? El agua caliente nunca le gustó. Pero ahora solo la ducha la devolvía a la calma. Sentada en el suelo del baño, cerró los ojos, exhaló. Si pudiera dormir un rato

¿Cómo lograste sacarlo, si es tan fuerte? escuchaba la voz de su hermano en la cabeza. El cuerpo tembló, recordando el dolor.

Llevó al hombre y a los dos perros al hospital en su propio coche. Su hermano la encontró a mitad de camino y la ayudó. Esa misma tarde volvió a la urbanización. Quería entregar el pastel. Por alguna razón, cogió la caja caída del maletero del coche gris.
Quizá sea importante para aquel chico. Lo fundamental es que están vivos. Se la devolveré cuando despierte.

El marido de la mujer mayor abrió la puerta con gesto desconcertado.
¿Le ha pasado algo? preguntó.
Mi esposa está hospitalizada. Preparo todo para ir a verla, no pude esperar a mi hijo, no logro que conteste
Ella calló, bajó la vista.
¿Le pasa algo a usted? le tomó la mano.
¿Le llevo? propuso la chica.
Viajaron en silencio. La ventisca reculó.
La caja esa, en el asiento detrás, ¿de dónde ha salido? no se contuvo el coronel.
Hubo un accidente. El hombre intentó esquivar a una perra que salió del monte, él llevaba un perro blanco y la perra era negra, el coche volcó, la caja cayó
¿Un coche gris, dentro un perro blanco, y la perra es negra? susurró.
Ella paró el coche y lo miró. El hombre apretó los puños, miró la carretera.
¡Él está vivo! Y su mujer se recuperará lo abrazó.
¿Sabes, hija mía?… ¿Puedo llamarte así?
¡Por supuesto! vio lágrimas en sus ojos.
Mi mujer soñaba cada noche con una perra negra. Y mi hijo tiene un perro blanco. ¿De dónde ha salido la negra?

Qué ojos tan hermosos, tan tristes recordaba, apenas despertó. Su padre dormía en la silla junto a la cama del hospital.
Mamá. El accidente. Todo volvió a su cabeza. Y pensó en los ojos de la chica

Celebraron el Año Nuevo a finales de enero. Su madre sanaba, su padre rebosaba de dicha. Jack aún cojeaba, pero pronto se recuperaría. El trabajo lo esperaba: había que poner a los chicos en forma tras las navidades, prepararlos para el campeonato. Había pasado demasiado tiempo en casa de sus padres y ya había que volver a Madrid. Pero no dejaba de pensar en aquella chica

Estaba por salir cuando, desde la buhardilla, su padre lo llamó por la ventana.
¿Qué hago, papá?
El padre sonrió astuto. En la buhardilla, en los estantes, vio sus trofeos deportivos.
Bueno ¿de dónde salen, mi coronel? rió el hijo.
¡Piénsalo! Voy a sacar a pasear a Jack antes de que te vayas.

Ella regresó a casa antes de lo habitual. Dina la esperaba. No pudo dejarla en la clínica veterinaria tras salvarla: de otro modo, al refugio. No era totalmente negra: en el pecho, Dina tenía una mancha blanca en forma de corazón.

Al entrar al portal, casi sin mirar, abrió el buzón. Iba a cerrarlo cuando vio un sobre blanco.

La carta decía:
Esta noche vendré. ¡Gracias, mi querida!
El amor, como una brújula, siempre nos devuelve el camino.

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Déjà Vu Ella siempre esperaba cartas. Desde niña. Toda la vida. Cambiaban las direcciones. Los árboles parecían más bajos, la gente más lejana, la espera más silenciosa. Él no confiaba en nadie ni esperaba nada. Un hombre corriente, fuerte por fuera. Trabajo. Y en casa, un perro. Viajes en solitario o con su amigo de cuatro patas. Ella, una chica encantadora de grandes ojos tristes. Le preguntaron una vez: —¿Sin qué no sales de casa? —¡Sin sonrisa! —respondió, y los hoyuelos en sus mejillas daban fe de ello. Desde que se acuerda, tenía más amigos chicos. En el barrio la llamaban “pirata con falda”. Pero tenía un juego secreto para cuando estaba sola: era madre de muchos niños, con un marido bueno y vivían en una casa grande y acogedora, rodeada de un hermoso jardín. Él no imaginaba su vida sin deporte. En una caja del garaje dormían trofeos, medallas, diplomas. No sabía por qué los guardaba. Por respeto a sus padres, que estaban tan orgullosos… Siempre planeaba llevárselos. Los primeros puestos no siempre eran por la victoria. Disfrutaba del proceso: darlo todo, hasta la última gota de sudor, sentir ese nuevo impulso tras el cansancio, una nueva oleada de fuerzas. Otro aliento. Sus padres murieron cuando ella tenía siete años. A su hermano pequeño y a ella los mandaron a diferentes orfanatos. Así crecieron, con sus propias batallas, penas y alegrías. Esa vida en residencias infantiles quedó atrás. Ahora vivían enfrente el uno del otro, en un barrio de casas bajas, calles cálidas, patios coloridos, mercados de agricultores. Su única, mejor familia: el hermano. Fue un día inquieto… Terminó su turno, cruzaba el patio del aparcamiento cuando Vasili la alcanzó, la abrazó como un padre y dio las gracias por las empanadas. —Vete a dormir a casa, ¿eh? —Ya me las apaño. —Le dio un beso en la mejilla y corrió hacia su coche. —Ay… —suspiró el conductor de la ambulancia al verla irse. En fiestas les tocaba trabajar juntos; pocos querían trabajar en esos días, ni siquiera los médicos. En el equipo había dos hombres más. Las mujeres colegas no la querían: a ella le gustaba ir arreglada, verse bien; todo era diferente si el médico estaba de buen humor y buena presencia. Él conducía todo lo rápido que podía. Los trofeos saltaban en el maletero, el perro gemía inquieto en el asiento de atrás. Su padre le invitó a pasar Año Nuevo juntos. Ese mismo día metió la caja en el coche. Estaba ilusionado: no tendría guardia en fiestas, aunque echaría de menos a los chavales y su trabajo de entrenador le encantaba. Pero esas visitas con los padres siempre le dejaban un regusto amargo… Días antes de la fiesta, una llamada telefónica lo despertó de madrugada. —Tu madre está mal. —La voz del padre temblaba. Un hombre fuerte, coronel retirado, incapaz de ocultar la emoción. Los padres habían estado juntos desde el instituto, y aun de mayores se miraban como una pareja joven. Ese brillo en sus ojos siempre le asombró, como si guardaran algún secreto… Ella sonreía cansada. Siempre horneaba muchos tipos de empanadas en Nochevieja y después del turno las repartía por la ciudad. Hoy pudo incluso dormir un par de horas en la sala de guardia. Si no, Vasili no la habría dejado coger el coche, le habría llevado él, feliz como un niño con su sonrisa tímida. Unos diez kilómetros hasta la casa de sus padres. Y de repente empezó la ventisca. Él recordó cómo el perro se resistió a subir al coche, ese ruido en el maletero, los viajes interminables, carretera, carretera… —Mamá, papá, aguantad… No tengo a nadie más que a vosotros… El perro le lamió la nuca, como si entendiera sus pensamientos. —Perdón, amigo… y por supuesto, ¡a ti también! Ella paró el motor. Una ventisca, justo ahora. Faltaba solo una empanada. Dos, tres kilómetros más y la carretera rural, y tras la curva, la urbanización donde vivía su paciente favorita, esa abuela valiente… no, es que no podía llamarla abuela a esa mujer, aunque fuera mayor, con esa chispa en sus ojos. Y su marido igual. Una pareja entrañable. Les gustaba viajar. No se quejaban. Quizá sus padres serían así, si vivieran… Un resplandor oscuro y brusco. Justo delante del coche. Entre la nieve interminable. —¿De dónde saliste tú, perrita, del bosque o te escapaste de alguien?… ¡Qué ojos tan bonitos!… ¿Por qué el cuello pegajoso?… El jersey mojado… Qué sueño… Jack, Jack, amigo… ¡Qué dolor!… Mamá, estoy llegando, papá… Ya casi… Oscuridad… No podía contactar con Vasili. Se fue a por los nietos. No, aquí la ambulancia no pasará. Demasiada nieve. —Aguanta, chico…, venga, resiste, te sacaré. ¡Dios!… Y además el perro… Ella ya arrancaba de nuevo cuando un coche gris pasó volando junto a ella. —Alguien tiene prisa por llegar a casa —pensó. Minutos después, el coche gris estaba volcado al borde de la cuneta. El perro negro yacía a metros. Parecía vivo. —¿Qué hora será? —No le gustaba el agua caliente. Pero aquella ducha la salvó. El temblor cedía. Se sentó en el suelo del baño, cerró los ojos y suspiró. Necesitaba dormir… —¿Cómo pudiste sacarlo? ¡Si es un tío fortachón! —sonaba la voz del hermano en su cabeza. El cuerpo le dolía entero. Los músculos recordaban el dolor. Llevó al hombre y los dos perros al hospital con su propio coche. A medio camino, el hermano la ayudó. Ese día volvió a la urbanización, tenía que entregar la empanada. Por algún motivo, cogió la caja caída del coche gris. —Por si acaso es valiosa para ese chico. Lo importante es que están vivos. Cuando se recupere, se la doy. El marido de la mujer mayor abrió la puerta, aturdido. —¿Le pasa algo? —preguntó ella. —Mi esposa está hospitalizada. Iba a verla. No pude esperar a mi hijo. No consigo localizarlo… Ella se quedó callada. Bajó la mirada. —¿Usted está bien? —le tomó la mano. —Déjeme que le lleve al hospital —ofreció la chica. Fueron en silencio. Había parado de nevar. —Esa caja que lleva, ¿de dónde sale? —no aguantó el coronel. —Hubo un accidente. Un hombre intentó esquivar una perra negra del bosque, volcó el coche gris y la caja se cayó… —¿Coche gris, un perro blanco dentro y la perra del bosque era negra? —preguntó bajito él. Ella paró el coche y se giró hacia él. El coronel apretó los puños, miró la carretera. —¡Él vive! Y su mujer va a mejorar —le abrazó ella. —¿Sabes, hija…? ¿Puedo llamarte así? —¡Por supuesto! —las lágrimas quedaban atrapadas en sus ojos. —Mi mujer soñó varios días seguidos con una perra negra. Nuestro hijo tiene un perro blanco. ¿De dónde salió la negra?… —Unos ojos bonitos. Increíbles. Tristes… —lo primero que pensó al despertar. En la silla, junto a su cama de hospital, dormía su padre. —Mamá. El accidente. —Lo recordó todo. Y los ojos de aquella chica… Celebraron el Año Nuevo a finales de enero. Mamá se recuperaba. Papá estaba feliz. Jack cojeaba un poco, pero también se pondría bien. El trabajo le esperaba. Había que poner a los chavales en forma tras las navidades, prepararles para los campeonatos. Se quedó más de la cuenta en casa de los padres. Tocaba volver a la ciudad. Pero no dejaba de pensar en aquella chica… Ya estaba en la puerta cuando su padre le llamó desde la ventana de la buhardilla. —¿Papá, necesitas ayuda? El padre sonreía con picardía. El hijo miró el altillo y vio sus trofeos en la estantería. —A ver… ¿de dónde, mi coronel? —sonrió el hijo. —Piensa… Voy a sacar a Jack antes de que te vayas. Ella llegó antes de lo habitual. La esperaba Dina. No pudo dejarla en la clínica veterinaria cuando despertó. Si no, acabaría en la perrera. Dina no era completamente negra: en el pecho tenía una mancha blanca en forma de corazón. La chica subió al portal y, por pura costumbre, casi sin mirar, abrió su buzón. Iba a cerrarlo cuando vio de reojo un sobre blanco. En la carta ponía: Esta noche vendré. ¡Gracias, querida! El amor, como una brújula, ayuda a encontrar el camino
El amor convertido en amarga decepción sin previo aviso