Habitación en Bucle Se quedó de pie en el recibidor, incapaz de decidir qué chaqueta coger: la abrigada con capucha o la ligera que usaba normalmente para los “viajes de trabajo”. Desde la cocina, su esposa preguntó: —¿A qué hora hoy? —El tren sale a las nueve —respondió él, aunque sabía el horario de memoria—. Mañana por la tarde estaré de vuelta. Ella salió, se secó las manos en el paño y lo miró con más detenimiento de la que él habría deseado. —¿A la misma empresa? —Sí. Presentación y luego una reunión. No le gustaba lo fácil que esas palabras le salían ya. Antes, de verdad viajaba por negocios, se perdía en los metros de otras ciudades, dormía en hoteles distintos. Luego recortaron el departamento, cambió de empresa, y como mucho salía de vez en cuando. Pero la costumbre de la mentira seguía, igual que la de reservar siempre la misma habitación en un hotel barato no lejos de casa. —¿Otra vez ese hotel? —preguntó ella, como leyéndole la mente—. Dijiste que era ruidoso. Él se encogió de hombros. —Me he acostumbrado. Y es barato. Ella asintió, pero su mirada no se movió. —Quizá la próxima vez voy contigo. Vemos la ciudad, hace mucho que no salgo. Le apretó algo en el pecho. Se agachó para atarse el cordón aunque ya lo tenía bien. —No vale la pena, es una zona industrial, hotel junto a la autovía. Nada que ver. Su hija asomó la cabeza. —Papá, ¿no te habrás olvidado el pen drive? —Alargó la mano y él se lo dio. —¿Acabarás el trabajo? —Sí. Dijiste que tienes tiempo libre por la tarde, podrás echar un vistazo a mi presentación. Él asintió. Y de hecho abriría el archivo en el hotel y pondría dos comentarios. En eso no se mentía a sí mismo: allí siempre le sobraba el tiempo. —¿Cuándo te vas? —preguntó ella mientras volvía a su cuarto. —En una hora. —Pues suerte en tus grandes proyectos —dijo ella, sin mirar atrás. Él dudó un segundo, quiso añadir algo, pero solo ajustó el cinturón de la bolsa y salió. El hotel quedaba apartado de la carretera, pasado un taller y una tienda de materiales de construcción. Se sabía el camino de memoria: bus, paso bajo el puente, atajo entre garajes. En recepción había una chica nueva; la anterior ya lo reconocía sin DNI y lo saludaba como a un viejo amigo. —Buenas tardes. ¿Habitaciones libres? —preguntó, aunque ya había reservado online. La recepcionista comprobó el ordenador. —Sí, tenemos una estándar. ¿Solo para una noche? —Eso es. Dio su apellido. Ella asintió. —Reservada: cuarta planta, la cuatrocientos seis. Él ya lo sabía. Siempre pedía en la web “si es posible, la misma habitación”. No por sentimentalismo, sino por comodidad: ya conocía cada enchufe, la ventana, la ducha… Y también porque allí se veían desde hacía tres años. Subió por la escalera. El ascensor solía fallar y ya era rutina contar los escalones. En el descanso del cuarto piso, se paró, cogió aire, sacó el móvil y escribió: “Ya estoy aquí. En una hora, ¿lo de siempre?” Respondieron en seguida: “Sí, salgo ya”. En la habitación olía a ambientador barato y a algo familiar. Miró en automático: cama dura y estrecha, mesita con teléfono, escritorio, lámpara, una tele que nunca encendían. Dejó la bolsa en la silla, se desabrochó la chaqueta y notó en la mesa una libreta negra. No era la típica del hotel. Era una común, de tapas blandas, cuadriculada. Estaba junto al mando, como olvidada en la limpieza. La cogió y pasó hojas. Sin nombre ni número en la portada. Varias páginas en blanco, luego letra apretada. Estaba por cerrarla cuando leyó: “Hoy otra vez le he mentido a mi mujer sobre el viaje”. Se quedó quieto, libreta abierta. Era una letra temblorosa, algo torcida, sin adornos. Leyó otra frase: “Dije que iba a una formación, pero otra vez es la misma habitación de siempre”. Sonrió, aunque no tenía gracia. Cerró la libreta, la devolvió a la mesa. Encendió la tele y bajó el volumen al instante. Se quitó la chaqueta y la colgó con cuidado. Abrió el portátil para el correo. En la cabeza resonaba el “he vuelto a mentir sobre el viaje”. A los cuarenta minutos llamaron a la puerta. Reconocía ese ritmo. Abrió, la dejó pasar. Ella entró deprisa, dejó la bolsa, se quitó el abrigo. Se besaron, primero algo torpes, luego mejor. —¿Bien el camino? —preguntó. —Sí, atascos, como siempre. Ella notó la libreta en la mesa. —¿Es tuya? —No. Alguien la ha dejado. —¿Quizá la limpiadora? —No creo. Hay apuntes dentro. Ella encogió los hombros, entró al baño. Él la miró y pensó que, tres años atrás, le parecía casi una cría, aunque no los separaban tantos años. Acababa de cumplir cuarenta y dos, se sentía cansado e invisible. En casa todo era rutina: trabajo, compra, series. Con su mujer apenas discutían, pero tampoco hablaban. Su hija tenía su propia vida. En la oficina llegó una compañera nueva y, tras una fiesta de empresa, todo vino rodado. Se decía que eso no cambiaba nada. Que seguía siendo el mismo en casa, que no pensaba dejar a su familia ni romperle la vida a nadie. Solo necesitaba un espacio donde sentirse vivo, querido, necesario. Se repetía eso como un mantra, especialmente al volver a casa. Tras el encuentro, cuando ella se fue antes, por cosas pendientes, él se quedó solo. En la mesa seguía la libreta. Encendió la lámpara y la abrió por la mitad. “No sé cuándo empezó a liarse todo tanto. Al principio parecía un juego. Creía controlarlo. Nadie sufre, me digo. Mi mujer vive como antes, los niños también. Yo vuelvo a casa con regalos, mejor humor. Incluso soy más atento porque me siento culpable e intento compensar. ¿Es tan malo?” Apoyó la espalda en la silla. Los pensamientos le resultaban peligrosamente familiares. Recordó cuando, el primer año, traía flores sin motivo, ayudaba a su hija en la uni, iba con su mujer al pueblo aunque odiara las huertas. Entonces, creía de verdad que era mejor persona. Pasó la página. “A veces creo que soy dos distintos. Uno, que cena en la cocina y bromea sobre el jefe, que discute las vacaciones con mi mujer. Otro, que alquila esta habitación y vive a otro ritmo. Me he acostumbrado. Da miedo pensar qué pasaría si se borran las fronteras”. Cerró la libreta, miró la puerta. Cerradura y pestillo intactos. Alguien abría el grifo al otro lado. Nada de fronteras que se borran: todo bajo control. El móvil vibró. Su mujer: “¿Has llegado bien? ¿Todo en orden?” Respondió: “Sí, ya instalado. Mañana tengo call del proyecto, preparando”. Sus dedos tecleaban las mismas frases de siempre. Abrió la libreta de nuevo, pasando a las últimas páginas. Las fechas eran intermitentes. Una, tres meses atrás: “Hoy ella ha dicho que está cansada de esto. Harta de esconderse, esperar mensajes, ajustarse a mi horario. Me preguntó si conozco su vida más allá de estos ratos. Dije que la quiero, pero tengo familia, hijos, compromisos. Que no puedo dejarlo todo. Me contestó: ‘Solo tienes miedo’”. Recordó esa charla reciente. Ella también le preguntó qué futuro veía. Él escapó con excusas: la edad, el divorcio “queda raro”. Qué idéntico sonaba todo. Dejó la libreta y paseó por la habitación. En el espejo se vio: hombre de cuarenta y pico, entrando en canas, camisa arrugada en la cintura. No estaba tan mal, pero tampoco era ya el que soñaba con veinticinco años. Otra vibración: su hija— “Papá, ¿mañana ves mi presentación? Añadí unas diapositivas.” — “Claro, la veo por la tarde.” Quiso escribir algo más, preguntar por ella. Cerró el chat. Se sentó y volvió a la libreta. Ahora el tono cambiaba a nervioso: “Hoy mi mujer preguntó por qué viajo tanto a esta ciudad. Dijo que notaba que me arreglaba más. Bromeé: que si el proveedor, el contrato. Me miró como si no me conociera. Sudaban las manos. Al final, pareció olvidarse. Pero creo que ya no me cree”. Recordó la charla matinal en la cocina. Su pregunta de acompañarlo. Esa mirada. Nada directo, ningún drama, pero notaba una tensión soterrada. Revisó más. Una nota contaba el encuentro casual con la amante y su familia en un centro comercial, ambos fingieron no conocerse. Después, insomnio y miedo a ser descubiertos. Llevaba ya más de una hora leyendo. Sus propios recuerdos se mezclaban con frases ajenas. Cerró la libreta, pero quedó en la mesa, como un recordatorio. No pudo dormir. Risas y portazos en la habitación de al lado. Imaginó al autor de esos textos: un hombre como él, quizá mayor. También alquila la misma habitación, espera y escribe. También miente sobre sus “viajes”. Por la mañana, con café soluble, abrió la libreta. “He perdido la cuenta de las mentiras. De los mensajes borrados antes de que mi mujer los viera. De las veces que dije a los niños que ‘tengo lío en el trabajo’ mientras solo esperaba aquí a que llegara ella. Perdí la cuenta tras la cien. Parece solo palabras, pero siento que forman un muro entre ellos y yo. Y temo no poder nunca quitarlo”. Recordó la vez que anuló el cine con su hija por quedar en el hotel. Dijo: “Me ha salido una reunión urgente”. Ella se encogió de hombros— “Voy con mis amigas”. Los niños se acostumbran rápido a padres ausentes. Cerró la libreta y la guardó en el cajón del escritorio. Era mejor así: no verla. Preparó sus cosas, revisó cargador, papeles. Salió, la volvió a mirar. ¿Dejarla allí, entregarla en recepción, llevársela? Todas las opciones le parecían extrañas. La dejó en su sitio, solo la arrimó a la pared, como si así fuera menos visible. En casa todo igual. Su mujer preguntó por el viaje. Él contó la enésima reunión ficticia, cliente y cena con compañeros. Ella escuchó, asintió, preguntó detalles. Al rato le dijo: —Estás cansado. Vete pronto a la cama. Su hija apareció con el portátil. —¿Me lo miras? —Se sentó a su lado—. Él leyó títulos, hizo observaciones de fuentes y estructura. Ella asentía, tomaba apuntes en una libreta. De repente: —Papá, ¿no te cansa tanto viaje? Antes decías que soñabas con trabajar tranquilo, sin moverte. Vaciló. —El trabajo es así. —A mamá le preocupa. Dice que estás como… —No siguió, se encogió de hombros—. Da igual, olvida. Sintió rabia. No hacia ella, hacia sí mismo. Su mentira requería cada vez más esfuerzo. De noche, su mujer se giró y se tapó hasta la barbilla. Miró su nuca, el cuello, un mechón fuera de la goma. Un día lo supo todo, pero ahora ni recordaba cuándo fue la última vez que solo la miró, sin pensar en nada. ¿La traiciono de verdad?—pensó—. No me he ido. Sigo aquí. Apoyo, ayudo. Solo… Las frases que se solía decir le resultaron ajenas, como aquella letra extraña en la libreta. Dos semanas después, preparó la bolsa. Esta vez su mujer no hizo preguntas extra. —¿Cuánto tiempo? —Solo una noche. —Entiendo. Ni reproches, ni curiosidad. Ese sosiego le daba más miedo que las sospechas. Llegó al hotel por la tarde. Misma recepcionista. —Buenas tardes, está su reserva. Cuarta planta, la cuatrocientos seis. Subió, abrió la puerta y lo primero que miró fue la mesa. La libreta seguía allí. Se acercó, la cogió. Ahora tenía una marca, como si la hubieran apretado. Abrió la última página, donde había algo nuevo. “Creía que lo tenía todo bajo control. Que podía mantener el equilibrio. Pero hoy todo ha saltado: mi mujer encontró mensajes. No todos, solo algunos. No gritó, no lloró. Me escuchó justificarme. Me miró como a un extraño. Le dije que fue un error, hacía tiempo, que no era serio… Al final entendí que hablaba para mí mismo. Se encerró en el dormitorio. Los niños en la cocina, fingiendo no oír. Yo sentado en el pasillo pensando cómo llegué hasta aquí”. Le recorrió un escalofrío. Ya no era una historia ajena. Demasiado reconocible. Recordó cómo casi olvida borrar un mensaje no hace mucho, cómo su mujer cogió su móvil para llamar a su hija. Creyó que no pasó nada. O quiso creerlo. Pasó página. La fecha era de ayer. “He venido porque no sé dónde estar. En casa cada objeto pesa con esa conversación. No ha gritado ni llorado. Solo dijo: ‘No sé quién eres’. Ni yo lo sé. Me siento vacío. Creía que la clave era no cruzar la línea, no dejar la familia ni perder a los hijos. Pero la frontera la crucé hace mucho; no quise verlo”. Cerró la libreta, se sentó en la cama. Cuántos años había vivido igual, seguro de que todo estaba bajo control si no tomaba “decisiones radicales”. Todo ordenado: familia aquí, trabajo allá, y esta habitación, donde el tiempo era otro. Alguien llamó a la puerta. Se sobresaltó. —Soy yo —oyó la voz conocida. Abrió, la dejó entrar. Se quitó el abrigo y lo miró más atenta que de costumbre. —Te veo raro. ¿Todo bien? —Sí, solo cansado. Ella vio la libreta. —¿No la has tirado ya? —No sé de quién es. Quizá el dueño vuelva. —No creo. Si la olvidaron, ya ni se acuerdan. Se sentó en la cama y lo atrajo hacia sí. —¿Estás seguro de que estás bien? Él asintió, sentía que se asomaba a un abismo cuyo nombre aún no sabía. Hicieron el amor, hablaron de tonterías, planearon la próxima vez. Ella preguntó si cambiaría algo. Él volvió a esquivar. Cuando se fue, él quedó solo y volvió a la última página. “No sé qué hacer. Se puede intentar negarlo todo y decir que es un malentendido, que cambiaré. Se puede irse y empezar otra vida. Pero ¿existe garantía de que no acabaré igual? Tal vez lo único sea dejar de mentirme. Admitir que no es solo una aventura o una vía de escape, sino un sistema donde vivo. Si no la rompo, es porque la elijo. Y asumo las consecuencias”. Cerró la libreta y se quedó largo rato callado. Al fin cogió el móvil y abrió el chat de su mujer. Escribió: “¿Cómo va todo?” y borró. Escribió: “Creo que tenemos que hablar cuando vuelva”, y volvió a borrar. Al final: “¿Qué tal el día?” Ella contestó: “Bien. Todo normal”. Fue a la ventana. La carretera con coches, una ventana enfrente iluminada. Imaginó a alguien como él, escribiendo en una libreta. Quizá el autor, quizá otro, con la misma historia. Se sorprendió justificando a ese desconocido: la vida es complicada, cada uno tiene sus motivos. Justificándose igual que siempre. Volvió a la mesa y retrocedió a las primeras páginas. Allí el tono era más calmado. “He decidido escribir para no volverme loco. Para ser sincero al menos aquí. Si no puedo decir la verdad a los de al lado, al menos en estas páginas. Quizá sea autoengaño. Pero así siento que pierdo menos de mí”. Cerró la libreta y de pronto no quiso dejarla allí, pero tampoco llevársela. Cogerla era apropiarse de otra vida. Dejarla, fingir que no tenía nada que ver. Sacó del bolso una carpeta con papeles y puso la libreta dentro. Luego la volvió a sacar. La puso sobre la cama. Se sentó a su lado. El móvil vibró: su hija— “Mañana tengo defensa, ¿puedes volver antes de las tres?” Calculó: según su mentira volvía por la noche; saliendo antes, llegaría. “Sí, llegaré”, contestó. “Cancelaré algunas cosas”. Ella respondió con un emoji. Apagó el móvil, se tumbó y miró al techo. Las palabras de la libreta le daban vueltas: “dejar de mentirme”. ¿Qué significaba para él? Admitir que no era una víctima ni “un confundido”, sino quien construyó todo. Imaginó decirle a su mujer: “Tengo otra”. Su mirada, la reacción de su hija. No pudo llegar al final de esa escena. El corazón se le aceleró. Se levantó, volvió a la libreta, revisó las últimas líneas. En una, casi al margen, estaba escrito: “Siempre retraso la conversación porque no temo perderles, sino que me vean como soy”. Guardó la libreta en la carpeta y la cerró. Del bolsillo interior sacó un bolígrafo y, en la tapa interior, escribió su móvil. Solo un número, sin nombre. No sabía del todo por qué. Quizá quería que el autor algún día le llamara. O que alguien viera que no estaba solo en esto. O era su forma de asumir que no era un observador, sino parte de la historia. Antes de dormir, escribió a su mujer: “Mañana llegaré antes. Quiero estar en la defensa. Luego hablamos, ¿vale?” Pensó mucho antes de enviar. Al fin lo hizo. La respuesta tardó: “Vale”. Por la mañana salió con solo su bolsa. La carpeta con la libreta, dentro. En recepción se paró un momento. —Perdón —dijo a la chica—, en la habitación había una libreta ajena. Me la llevo. Si alguien la reclama, aquí mi teléfono. —Lo apuntó en un papel y se lo dio. —De acuerdo, lo anoto —respondió ella por rutina. Salió a la calle. El aire fresco, pero no frío. El camino a la parada era el mismo, pero le costaba más avanzar. Caminó más despacio, sin prisa. No tenía un plan, solo algunas líneas esbozadas. Sabía que podía echarse atrás en cualquier momento. Volver a casa, decir “acabamos la charla otro día, cuando tenga menos trabajo”. Decir que “no es tan grave, fue un error”. Guardar la libreta en el cajón y olvidarla. O intentarlo. Pero también podía no hacerlo. Llegar, sentarse en la cocina, esperar el té y decir la verdad que años evitó. Sin saber a dónde llevaría. Sin garantías de mejoría. Llegó el autobús, se sentó junto a la ventana. La ciudad, tras el cristal, era la de siempre. Sacó la libreta y la puso en el regazo. No la abrió. La sostuvo. El teléfono vibró en el bolsillo. Mensaje de su hija: “Estoy nerviosa”. Contestó: “Estaré contigo. Vas a hacerlo genial”. El autobús arrancó. Se miró en el reflejo y a la libreta. Adelante estaba su casa, la defensa, la charla prometida. Atrás, la habitación de hotel, donde podía posponerlo y simular otra vida. No sabía cuál elegiría. Pero por primera vez sentía que tenía elección. Y que le costaría cada vez más mentirse. Apretó la libreta y apartó la vista de su reflejo. El autobús giraba en su ruta conocida, y cada curva le parecía la de siempre y, al mismo tiempo, completamente distinta.

Se encontraba de pie en la entrada de su piso, indeciso entre coger la cazadora gruesa con capucha o aquella más ligera, la que solía utilizar en sus «viajes de trabajo». Desde la cocina, la voz de su esposa llegó flotando, cargada de rutina y cierta calidez doméstica:

¿A qué hora sales hoy?

El tren es a las nueve respondió, aunque sabía el horario de memoria. Mañana estaré de vuelta al atardecer.

Ella entró al pasillo, secándose las manos en el delantal, y le observó con una atención un poco más inquisitiva de la que él desearía.

¿Otra vez a la misma empresa?

Sí, hay una presentación, luego reunión.

Le molestaba lo fácil que esas frases resbalaban por su lengua. Hubo tiempos en que de verdad viajaba por trabajo, enredándose en los planos de metro de distintas ciudades, durmiendo en pensiones anodinas llenas de nombres extraños. Pero tras el recorte de su antiguo departamento, acabó en una empresa menor, con viajes muy esporádicos. Sin embargo, la costumbre del relato había perdurado; igual que su inclinación a pedir siempre, medio a escondidas, la misma habitación en un hotel modesto a las afueras de Madrid.

¿Otra vez ese hotel? Dijiste que era ruidoso

Encogió los hombros.

Ya me he acostumbrado. Y es barato.

Ella asintió, pero sus ojos se detuvieron en él un momento más.

La próxima vez podría ir contigo. Así veo la ciudad Hace siglos que no salgo de aquí.

Un nudo le apretó el estómago. Bajó la cabeza y fingió atarse los cordones, aunque ya estaban firmes.

No merece la pena. Es todo polígonos industriales. El hotel está en la carretera. No hay mucho que ver.

Apareció entonces su hija desde la sala.

Papá, ¿no te olvidas del pendrive? Alzó la mano y él le pasó la pequeña memoria.

¿Vas a terminar el trabajo?

Sí. Dijiste que por la noche tendrías tiempo y podrías ver cómo me ha quedado la presentación.

Él asintió. De alguna manera era cierto: en ese hotel sobraba el tiempo por la tarde.

¿Cuándo te vas? preguntó ella, ya de camino al cuarto.

En una hora.

Pues suerte con tus cosas importantes dijo, sin girarse.

Él se detuvo bajo el marco de la puerta, pensó en decir algo, pero se limitó a ajustarse la bandolera antes de salir.

El hotel quedaba oculto entre una tienda de materiales de construcción y un taller. Sabía el trayecto de memoria: metro hasta Príncipe Pío, luego un paseo por una acera solitaria, cruzando hacia unos chalets y garajes. En recepción había una chica nueva; no la conocía. La recepcionista de siempre le saludaba como si formase parte del mobiliario. Ahora todo era más frío.

Buenas tardes. ¿Quedan habitaciones libres? preguntó, aunque ya había reservado por internet.

La chica revisó el ordenador.

Sí, una estándar. ¿Una noche?

Una, sí.

Dijo su apellido: Angulo. Ella asintió.

Está confirmada. Cuarta planta, habitación cuatrocientos seis.

Sabía que sería esa. Siempre solicitaba, cuando era posible, la misma. No por nostalgia, sino por eficiencia. Ahí ya conocía todo: dónde enchufar el móvil, cómo se abría la ventana, el ruido de la cisterna. Y porque ese era el lugar donde desde hacía tres años se tejía esa doble vida.

Subió por las escaleras; nunca confiaba en aquel ascensor que funcionaba a trompicones. Contó los peldaños, como siempre, hasta el rellano del cuarto piso. Sacó el móvil y escribió: “Ya estoy, ¿en una hora como acordamos?” La respuesta llegó enseguida: “Sí, salgo ya.”

El olor a ambientador barato lo recibió al entrar, mezclado con un aroma doméstico, familiar. Todo seguía igual: cama estrecha y dura, mesilla con el teléfono, escritorio, lámpara, un televisor que apenas encendían. Dejó la maleta sobre la silla, se quitó la cazadora. Fue entonces cuando notó sobre la mesa una libreta negra, desgastada por los bordes.

No era la típica que dejan en los hoteles, sino de tapas blandas, cuadriculada. Alguien la había olvidado junto al mando de la tele. La abrió al azar. No tenía nombre ni teléfono. Las primeras páginas estaban vacías. Más adelante, en medio de una página, una frase atrapó su atención: “Hoy he vuelto a mentir a mi mujer sobre el viaje.”

Se quedó quieto, con la libreta abierta. La letra era desigual, inclinada; corriente, sin ornamento. Leyó otra frase: “Le dije que iba a una formación, pero en realidad vuelvo al mismo cuarto de siempre.”

Esbozó una sonrisa amarga. Cerró la libreta, la dejó en su sitio. Puso la tele y bajó el volumen al mínimo. Colgó la cazadora, abrió el portátil por inercia, para revisar el correo. Esa frase giraba en su cabeza: “he vuelto a mentir”.

Cuarenta minutos después llamaron a la puerta. Reconoció el ritmo. Abrió y la dejó pasar.

Ella entró deprisa, dejó el bolso y se quitó el abrigo. Se saludaron con un beso, torpemente al principio, hasta que la costumbre venció la timidez de las semanas.

¿Mucho tráfico? preguntó.

Lo de siempre, un atasco tras otro.

Vio la libreta.

¿Es tuya?

No, alguien la olvidó.

Quizás la mujer de la limpieza

No lo creo. Hay notas escritas.

Ella encogió los hombros y entró al baño. Él la miró desaparecer y recordó el vértigo de sus primeros encuentros, cuando ella parecía casi una chiquilla y él, acabando de cumplir cuarenta y dos, se sentía invisible en casa. El trabajo seguía su rutina: oficina, compra, alguna serie torpe de sobremesa. Con su mujer apenas discutía, y tampoco conversaban ya sobre mucho. Su hija iba emancipándose. Un día apareció ella en la oficina nueva y el resto fue previsible.

Pasó un tiempo autoconvenciéndose de que aquello no cambiaba nada. Que su lugar estaba en casa, que jamás rompería nada. Que sólo era un paréntesis, un rincón donde sentirse deseado, necesario. Se repetía ese mantra, sobre todo de camino de regreso, maquillando las horas solas del hotel.

Aquella vez, ella se fue antes, con alguna excusa de trabajo. Él se quedó solo. Encendió la lámpara y regresó a la libreta, leyó desde la mitad.

“No sé en qué momento todo empezó a enredarse. Al principio parecía un juego. Decía que nadie sufría. Volvía a casa, traía regalos, estaba de mejor humor. Sentía culpa y la compensaba con detalles. ¿Es eso malo?”

Se dejó caer en la silla, perturbado por el eco de sus propios pensamientos. Recordó cómo, al inicio, llevaba flores sin motivo, ayudaba a su hija, acompañaba a su esposa a la casa de campo aunque odiaba el huerto. Entonces pensaba que incluso era mejor persona.

Pasó otra página.

“Me siento como dos personas distintas. Una, en la cocina, bromea sobre el jefe y planea las vacaciones familiares. La otra, aquí, alquila una habitación a escondidas y vive otro ritmo. Me he habituado. Espanta pensar que esas fronteras puedan diluirse.”

Cerró la libreta, comprobó la puerta, la cadena de seguridad. Oyó el grifo del lavabo en otra habitación. No; ninguna frontera se desvanecía. Seguía en control.

El móvil vibró: “¿Llegaste bien? ¿Todo bien?” Escribió: “Sí, ya he llegado. Mañana tengo llamada de proyecto, voy repasando.” Los dedos mecanizaban las palabras.

Abrió la libreta casi al final. Las fechas saltaban de semana en semana, una era de hacía tres meses:

“Hoy ella dijo que está cansada de esto. Que no quiere seguir ocultándose, esperando mis mensajes, adaptándose a mis horarios. Me preguntó si veo su vida más allá de estos encuentros. Le dije que la quiero, pero tengo familia, hijos, compromisos. Que no puedo dejarlo todo. Ella dijo: ‘Sólo tienes miedo’.”

Recordó la última vez que le hicieron esa pregunta. Esquivó, habló de la edad, de lo que pensarían los demás. La similitud le incomodó.

Dejó la libreta en el escritorio y se aproximó al espejo: un hombre de cuarenta y tantos, cabello comenzando a encanecer, camisa apretada en el vientre. No era el que había soñado ser a los veinticinco.

El móvil volvió a vibrar. Esta vez era su hija: “Papá, ¿puedes ver mi presentación mañana? Añadí un par de diapositivas.” Respondió: “Sí, la reviso luego.”

Quiso escribir algo más, preguntar cómo le iba. Cerró el chat. Se sentó y volvió a la libreta.

La siguiente anotación estaba escrita con más ansiedad.

“Hoy mi mujer preguntó por qué viajo tanto a esta ciudad. Dijo que nota cómo me preparo con especial cuidado. Hice una broma sobre un buen cliente, un contrato ventajoso. Me miró como si no me conociera. Sentí las manos sudar. Luego pareció olvidarse, pero creo que ya no me cree.”

Rememoró la mañana: ese ofrecimiento de acompañarle. Aquella mirada fija. Ninguna escena, todo contenido bajo la superficie. Pero la tensión crecía, y él se esforzaba por no verla.

Pasó otras páginas. El anónimo autor describía un incómodo encuentro casual con la amante y su familia en un centro comercial, cómo se ignoraron mutuamente, cómo la culpa le desveló toda la noche.

Se sobresaltó al notar cuánto tiempo llevaba leyendo. Sus pensamientos y los del diario se mezclaban. Cerró la libreta, pero la dejó bien visible, como un recordatorio.

La noche fue larga. Ruidos de risas en otra habitación, portazos. Imaginó al autor: hombre de su edad, con su mismo ritual, deshaciendo la maleta, escribiendo mientras esperaba. Mintiendo en casa con “viajes de negocios”.

Por la mañana preparó café soluble y releyó una anotación:

“Intenté contar cuántas veces mentí. Cuántos mensajes borré antes de que ella los viera. Cuántas veces les dije a los niños que estaba liado en el trabajo, cuando sólo esperaba aquí. Perdí la cuenta después de cien. Son solo palabras, pero a veces siento que levantan un muro con ellos. Y temo que algún día me sea imposible derribarlo.”

Recordó cuando pospuso un plan con su hija porque coincidía con una cita. Inventó una urgencia, ella sólo encogió los hombros: ya se acostumbraba a su ausencia.

Dejó la libreta en el cajón. Así no la vería. Recogió sus cosas, revisó si llevaba el cargador y la documentación. Al salir, vaciló, miró la cubierta negra. Dejarla, llevarla consigo: ambos gestos le parecían artificiales. Acabó por desplazarla junto a la pared, como si eso la hiciera invisible.

En casa todo volvió a la normalidad. Su mujer preguntó por la reunión falsa, el cliente inventado, la cena ficticia. Ella escuchaba, asentía, preguntaba detalles. En un momento dijo:

Estás cansado. Duerme un poco.

Su hija asomó con el portátil.

¿Te importa mirar esto? Le mostró la presentación y se sentó a su lado. Él leyó títulos, corrigió letras y estructura. Ella asentía, tomaba notas. De pronto preguntó:

Papá, ¿no te aburre viajar tanto? Siempre decías que soñabas con un trabajo tranquilo, sin ir de un lado a otro.

Vaciló.

El trabajo es lo que es.

Mamá se preocupa. Dice que bueno, nada, olvídalo.

Sintió el enojo crecerle por dentro, no hacia ella, sino hacia sí mismo y la energía que requería mantener su mentira.

Esa noche se desveló al sentir cómo su esposa le daba la espalda y se arropaba hasta la barbilla. La contempló largo rato. Hacía años sabía ubicar cada lunar en su piel. Ahora ni recordaba cuándo la observó sin pensar en nada más.

¿La traicionaba? No se había ido. Seguía ahí, ayudando, apoyando. Sólo Las palabras que usaba para justificarse le parecieron ajenas, tan extrañas como la letra en la libreta.

Dos semanas después, volvió a preparar la mochila. Esta vez, su esposa se limitó a preguntar:

¿Por cuánto tiempo?

Un día sólo.

Entiendo.

En su tono no había reproche ni curiosidad. Esa calma le inquietaba más que los celos.

Llegó al hotel al anochecer. La misma recepcionista.

Buenas noches. Habitación confirmada a nombre de Angulo. Cuarta planta, cuatrocientos seis.

Subió, abrió la puerta; la libreta seguía en el mismo sitio. Había una hendidura reciente en la tapa, como si alguien la hubiera golpeado. La abrió por la última página. Una anotación nueva.

“Creía controlar la situación. Sostenerlo todo en equilibrio. Pero hoy nada salió como esperaba. Mi mujer descubrió parte de los mensajes. Me dejó hablar solo, escuchó mis excusas. Me miró como a un desconocido. Le dije que fue un error, que pasó hace tiempo, que no era importante. Me di cuenta de que no se lo decía a ella, sino a mí. Se fue al dormitorio y cerró la puerta. Los niños en la cocina fingiéndolo todo. Yo sentado en el pasillo, pensando en cómo llegué aquí.”

Sintió el frío recorrerle la espalda. Ya no era una historia ajena; se convirtió en una advertencia demasiado cercana. Recordó aquella vez que casi olvida borrar un mensaje; su mujer cogió el móvil, pero parecía no atar cabos. ¿O solo lo fingía?

Pasó la página. La fecha era de ayer.

“He vuelto aquí porque ya no sé dónde estar. La casa saturada de ese silencio. Ella no gritó, ni lloró. Dijo: ‘No sé quién eres’. Yo tampoco lo sé. Estoy en este cuarto donde fui feliz y sólo siento vacío. Pensé que lo importante era no cruzar ciertas líneas. No irme de casa, no abandonar a los niños. Pero la línea se cruzó hace tiempo, y no quise verlo.”

Cerró el diario, lo dejó en la mesa y se sentó en la cama. Cuántos años conviviendo con esa certeza de que, mientras no tomara ninguna decisión drástica, todo estaba bajo control. Que la vida podía dividirse en compartimentos: aquí la familia, allí el trabajo, aquí el cuarto de hotel perdido en un tiempo apartado.

Llamaron a la puerta y dio un respingo.

Soy yo escuchó la voz conocida.

Le abrió. Se quitó el abrigo y le miró, como si pudiera leerle el alma.

Estás raro. ¿Va todo bien?

Sí. Sólo cansado.

Ella señaló la libreta.

¿Aún no la has tirado?

No sé de quién es. Quizá alguien vuelva a por ella.

Poco probable. Si alguien la olvidó ya es historia.

Se sentó en la cama y le atrajo con un gesto.

¿De veras estás bien?

Él asintió, aunque sentía que se asomaba al borde de algo que le aterraba nombrar. Hicieron el amor, entre risas y promesas para la próxima vez. Ella volvió a preguntar si pensaba cambiar algo, él volvió a evadirse.

Cuando se fue, él se quedó solo. Volvió a la última página:

“No sé qué hacer ahora. Podría negar, decir que todo es un malentendido, prometer que cambiaré. O irme y empezar de cero. Pero, ¿y si caigo en lo mismo? Quizá lo único que puedo hacer es dejar de mentirme siquiera a mí mismo. Admitir que esto no es ‘una aventura’, no es ‘una vía de escape’, sino el sistema en el que vivo. Y si no estoy listo para romperlo, entonces lo elijo. Con lo que eso implique.”

Cerró la libreta, la sostuvo un rato en silencio. Luego abrió el chat con su esposa. Escribió: “¿Cómo estáis?” y borró. Escribió: “Creo que deberíamos hablar cuando vuelva” y también lo eliminó. Finalmente mandó: “¿Qué tal el día?” Ella respondió escueta: “Bien. Todo según lo previsto”.

Se levantó y fue hacia la ventana. Afuera, la carretera brillaba con los faros de los coches. En una ventana del edificio de enfrente ardía una luz cálida. Imaginó a alguien en otro cuarto, escribiendo una historia parecida. Se sorprendió justificando mentalmente a ese desconocido: la vida es compleja, todos tienen motivos. Como hacía consigo mismo.

Regresó y hojeó las primeras páginas. Las anotaciones eran más tranquilas.

“Decidí escribir aquí para no enloquecer. Para ser honesto en algún sitio. Si no puedo con los míos, que al menos aquí esté la verdad. Quizá me engaño. Pero siento que así pierdo menos de mí mismo.”

Cerró la libreta. No quería dejarla, pero tampoco apropiársela. Llevarla era asumir la historia; abandonarla, fingir que no le concernía.

Abrió la cartera donde guardaba documentos. Metió la libreta. Luego la sacó otra vez, la dejó sobre la cama y se sentó junto a ella.

Le vibró el móvil: “Papá, mañana es la defensa. ¿Llegarás a las tres?” Echó cuentas. Su excusa era llegar por la tarde, pero si salía por la mañana, llegaría a tiempo.

“Llegaré”, escribió. “Anularé trabajo”. Ella contestó con un emoji y un “guay”.

Apagó el móvil, se tumbó y miró el techo. Las palabras de la libreta le martilleaban: “dejar de mentirse aunque sea uno mismo”. ¿Qué significaba? Asumir que no era víctima, ni alguien perdido, sino quien había elegido esto.

Se imaginó confesando la verdad a su esposa; cómo la miraría, cómo afectaría a su hija. No pudo acabar de visualizarlo; el corazón se le disparó.

Se levantó, fue al escritorio, hojeó las últimas páginas una vez más. En un margen, encontró una frase breve: “Siempre aplazo la conversación porque temo menos perderlos que mostrarles quién soy de verdad”.

Metió la libreta al fin en la cartera, cerró la cremallera, y sacó un bolígrafo. En la contraportada escribió su número de móvil. Sin nombre, sólo los números.

No sabía bien por qué. Quiza esperaba que algún día el autor lo encontrara. O que otro lector entendiera que no era el único. Tal vez era su modo de admitir que formaba parte de esa historia, no un espectador.

Antes de dormir escribió a su esposa: “Mañana llegaré antes. Quiero ir a la defensa. Luego hablamos, ¿vale?” Dudó mucho antes de enviar el mensaje.

La respuesta llegó al cabo de un rato: “De acuerdo”.

A la mañana siguiente salió del hotel con la maleta y la cartera dentro. En recepción se detuvo un momento.

Perdone. Había una libreta de otra persona en mi cuarto. Me la he llevado. Si preguntan, aquí está mi teléfono y le tendió un papelito con el número.

De acuerdo, lo apunto respondió la recepcionista, sin especial interés.

Salió al exterior. El aire era frío pero soportable, la ruta a la parada idéntica que siempre, pero sus pisadas llevaban otro ritmo. Esta vez iba más lento.

Sabía que aún podía echarse atrás. Volver a casa y postergar la conversación. Decir que exageraba, que fue un error. Guardar la libreta en un cajón y volver a fingir.

Pero también sabía que podía no hacerlo. Sentarse en la cocina, esperar a que su mujer sirviera el café y confesar lo que llevaba años ocultando. Sin garantías de nada.

Llegó el autobús. Subió y se sentó junto a la ventana. Madrid quedaba tras los cristales: aceras, escaparates, gente apresurada con bolsas. Sacó la libreta, la mantuvo en las rodillas sin abrirla.

El vibrar del móvil detuvo sus pensamientos: “Papá, estoy nerviosa”. Teclaró: “Estaré allí. Todo saldrá bien”.

El autobús avanzaba. Miró su reflejo en el cristal, la libreta oscura en el regazo. Por delante, casa, la defensa de su hija, la charla prometida. A su espalda, la habitación donde el tiempo podía posponerse, el mundo quedarse en pausa.

No sabía aún qué vida elegiría. Pero sentía, más que nunca, que sería más difícil seguir mintiéndose.

Apretó la libreta entre las manos y apartó la mirada del cristal: no quería verse a sí mismo. El autobús giró por calles conocidas, que hoy le parecían, al mismo tiempo, las de siempre y un poco distintas.

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two × four =

Habitación en Bucle Se quedó de pie en el recibidor, incapaz de decidir qué chaqueta coger: la abrigada con capucha o la ligera que usaba normalmente para los “viajes de trabajo”. Desde la cocina, su esposa preguntó: —¿A qué hora hoy? —El tren sale a las nueve —respondió él, aunque sabía el horario de memoria—. Mañana por la tarde estaré de vuelta. Ella salió, se secó las manos en el paño y lo miró con más detenimiento de la que él habría deseado. —¿A la misma empresa? —Sí. Presentación y luego una reunión. No le gustaba lo fácil que esas palabras le salían ya. Antes, de verdad viajaba por negocios, se perdía en los metros de otras ciudades, dormía en hoteles distintos. Luego recortaron el departamento, cambió de empresa, y como mucho salía de vez en cuando. Pero la costumbre de la mentira seguía, igual que la de reservar siempre la misma habitación en un hotel barato no lejos de casa. —¿Otra vez ese hotel? —preguntó ella, como leyéndole la mente—. Dijiste que era ruidoso. Él se encogió de hombros. —Me he acostumbrado. Y es barato. Ella asintió, pero su mirada no se movió. —Quizá la próxima vez voy contigo. Vemos la ciudad, hace mucho que no salgo. Le apretó algo en el pecho. Se agachó para atarse el cordón aunque ya lo tenía bien. —No vale la pena, es una zona industrial, hotel junto a la autovía. Nada que ver. Su hija asomó la cabeza. —Papá, ¿no te habrás olvidado el pen drive? —Alargó la mano y él se lo dio. —¿Acabarás el trabajo? —Sí. Dijiste que tienes tiempo libre por la tarde, podrás echar un vistazo a mi presentación. Él asintió. Y de hecho abriría el archivo en el hotel y pondría dos comentarios. En eso no se mentía a sí mismo: allí siempre le sobraba el tiempo. —¿Cuándo te vas? —preguntó ella mientras volvía a su cuarto. —En una hora. —Pues suerte en tus grandes proyectos —dijo ella, sin mirar atrás. Él dudó un segundo, quiso añadir algo, pero solo ajustó el cinturón de la bolsa y salió. El hotel quedaba apartado de la carretera, pasado un taller y una tienda de materiales de construcción. Se sabía el camino de memoria: bus, paso bajo el puente, atajo entre garajes. En recepción había una chica nueva; la anterior ya lo reconocía sin DNI y lo saludaba como a un viejo amigo. —Buenas tardes. ¿Habitaciones libres? —preguntó, aunque ya había reservado online. La recepcionista comprobó el ordenador. —Sí, tenemos una estándar. ¿Solo para una noche? —Eso es. Dio su apellido. Ella asintió. —Reservada: cuarta planta, la cuatrocientos seis. Él ya lo sabía. Siempre pedía en la web “si es posible, la misma habitación”. No por sentimentalismo, sino por comodidad: ya conocía cada enchufe, la ventana, la ducha… Y también porque allí se veían desde hacía tres años. Subió por la escalera. El ascensor solía fallar y ya era rutina contar los escalones. En el descanso del cuarto piso, se paró, cogió aire, sacó el móvil y escribió: “Ya estoy aquí. En una hora, ¿lo de siempre?” Respondieron en seguida: “Sí, salgo ya”. En la habitación olía a ambientador barato y a algo familiar. Miró en automático: cama dura y estrecha, mesita con teléfono, escritorio, lámpara, una tele que nunca encendían. Dejó la bolsa en la silla, se desabrochó la chaqueta y notó en la mesa una libreta negra. No era la típica del hotel. Era una común, de tapas blandas, cuadriculada. Estaba junto al mando, como olvidada en la limpieza. La cogió y pasó hojas. Sin nombre ni número en la portada. Varias páginas en blanco, luego letra apretada. Estaba por cerrarla cuando leyó: “Hoy otra vez le he mentido a mi mujer sobre el viaje”. Se quedó quieto, libreta abierta. Era una letra temblorosa, algo torcida, sin adornos. Leyó otra frase: “Dije que iba a una formación, pero otra vez es la misma habitación de siempre”. Sonrió, aunque no tenía gracia. Cerró la libreta, la devolvió a la mesa. Encendió la tele y bajó el volumen al instante. Se quitó la chaqueta y la colgó con cuidado. Abrió el portátil para el correo. En la cabeza resonaba el “he vuelto a mentir sobre el viaje”. A los cuarenta minutos llamaron a la puerta. Reconocía ese ritmo. Abrió, la dejó pasar. Ella entró deprisa, dejó la bolsa, se quitó el abrigo. Se besaron, primero algo torpes, luego mejor. —¿Bien el camino? —preguntó. —Sí, atascos, como siempre. Ella notó la libreta en la mesa. —¿Es tuya? —No. Alguien la ha dejado. —¿Quizá la limpiadora? —No creo. Hay apuntes dentro. Ella encogió los hombros, entró al baño. Él la miró y pensó que, tres años atrás, le parecía casi una cría, aunque no los separaban tantos años. Acababa de cumplir cuarenta y dos, se sentía cansado e invisible. En casa todo era rutina: trabajo, compra, series. Con su mujer apenas discutían, pero tampoco hablaban. Su hija tenía su propia vida. En la oficina llegó una compañera nueva y, tras una fiesta de empresa, todo vino rodado. Se decía que eso no cambiaba nada. Que seguía siendo el mismo en casa, que no pensaba dejar a su familia ni romperle la vida a nadie. Solo necesitaba un espacio donde sentirse vivo, querido, necesario. Se repetía eso como un mantra, especialmente al volver a casa. Tras el encuentro, cuando ella se fue antes, por cosas pendientes, él se quedó solo. En la mesa seguía la libreta. Encendió la lámpara y la abrió por la mitad. “No sé cuándo empezó a liarse todo tanto. Al principio parecía un juego. Creía controlarlo. Nadie sufre, me digo. Mi mujer vive como antes, los niños también. Yo vuelvo a casa con regalos, mejor humor. Incluso soy más atento porque me siento culpable e intento compensar. ¿Es tan malo?” Apoyó la espalda en la silla. Los pensamientos le resultaban peligrosamente familiares. Recordó cuando, el primer año, traía flores sin motivo, ayudaba a su hija en la uni, iba con su mujer al pueblo aunque odiara las huertas. Entonces, creía de verdad que era mejor persona. Pasó la página. “A veces creo que soy dos distintos. Uno, que cena en la cocina y bromea sobre el jefe, que discute las vacaciones con mi mujer. Otro, que alquila esta habitación y vive a otro ritmo. Me he acostumbrado. Da miedo pensar qué pasaría si se borran las fronteras”. Cerró la libreta, miró la puerta. Cerradura y pestillo intactos. Alguien abría el grifo al otro lado. Nada de fronteras que se borran: todo bajo control. El móvil vibró. Su mujer: “¿Has llegado bien? ¿Todo en orden?” Respondió: “Sí, ya instalado. Mañana tengo call del proyecto, preparando”. Sus dedos tecleaban las mismas frases de siempre. Abrió la libreta de nuevo, pasando a las últimas páginas. Las fechas eran intermitentes. Una, tres meses atrás: “Hoy ella ha dicho que está cansada de esto. Harta de esconderse, esperar mensajes, ajustarse a mi horario. Me preguntó si conozco su vida más allá de estos ratos. Dije que la quiero, pero tengo familia, hijos, compromisos. Que no puedo dejarlo todo. Me contestó: ‘Solo tienes miedo’”. Recordó esa charla reciente. Ella también le preguntó qué futuro veía. Él escapó con excusas: la edad, el divorcio “queda raro”. Qué idéntico sonaba todo. Dejó la libreta y paseó por la habitación. En el espejo se vio: hombre de cuarenta y pico, entrando en canas, camisa arrugada en la cintura. No estaba tan mal, pero tampoco era ya el que soñaba con veinticinco años. Otra vibración: su hija— “Papá, ¿mañana ves mi presentación? Añadí unas diapositivas.” — “Claro, la veo por la tarde.” Quiso escribir algo más, preguntar por ella. Cerró el chat. Se sentó y volvió a la libreta. Ahora el tono cambiaba a nervioso: “Hoy mi mujer preguntó por qué viajo tanto a esta ciudad. Dijo que notaba que me arreglaba más. Bromeé: que si el proveedor, el contrato. Me miró como si no me conociera. Sudaban las manos. Al final, pareció olvidarse. Pero creo que ya no me cree”. Recordó la charla matinal en la cocina. Su pregunta de acompañarlo. Esa mirada. Nada directo, ningún drama, pero notaba una tensión soterrada. Revisó más. Una nota contaba el encuentro casual con la amante y su familia en un centro comercial, ambos fingieron no conocerse. Después, insomnio y miedo a ser descubiertos. Llevaba ya más de una hora leyendo. Sus propios recuerdos se mezclaban con frases ajenas. Cerró la libreta, pero quedó en la mesa, como un recordatorio. No pudo dormir. Risas y portazos en la habitación de al lado. Imaginó al autor de esos textos: un hombre como él, quizá mayor. También alquila la misma habitación, espera y escribe. También miente sobre sus “viajes”. Por la mañana, con café soluble, abrió la libreta. “He perdido la cuenta de las mentiras. De los mensajes borrados antes de que mi mujer los viera. De las veces que dije a los niños que ‘tengo lío en el trabajo’ mientras solo esperaba aquí a que llegara ella. Perdí la cuenta tras la cien. Parece solo palabras, pero siento que forman un muro entre ellos y yo. Y temo no poder nunca quitarlo”. Recordó la vez que anuló el cine con su hija por quedar en el hotel. Dijo: “Me ha salido una reunión urgente”. Ella se encogió de hombros— “Voy con mis amigas”. Los niños se acostumbran rápido a padres ausentes. Cerró la libreta y la guardó en el cajón del escritorio. Era mejor así: no verla. Preparó sus cosas, revisó cargador, papeles. Salió, la volvió a mirar. ¿Dejarla allí, entregarla en recepción, llevársela? Todas las opciones le parecían extrañas. La dejó en su sitio, solo la arrimó a la pared, como si así fuera menos visible. En casa todo igual. Su mujer preguntó por el viaje. Él contó la enésima reunión ficticia, cliente y cena con compañeros. Ella escuchó, asintió, preguntó detalles. Al rato le dijo: —Estás cansado. Vete pronto a la cama. Su hija apareció con el portátil. —¿Me lo miras? —Se sentó a su lado—. Él leyó títulos, hizo observaciones de fuentes y estructura. Ella asentía, tomaba apuntes en una libreta. De repente: —Papá, ¿no te cansa tanto viaje? Antes decías que soñabas con trabajar tranquilo, sin moverte. Vaciló. —El trabajo es así. —A mamá le preocupa. Dice que estás como… —No siguió, se encogió de hombros—. Da igual, olvida. Sintió rabia. No hacia ella, hacia sí mismo. Su mentira requería cada vez más esfuerzo. De noche, su mujer se giró y se tapó hasta la barbilla. Miró su nuca, el cuello, un mechón fuera de la goma. Un día lo supo todo, pero ahora ni recordaba cuándo fue la última vez que solo la miró, sin pensar en nada. ¿La traiciono de verdad?—pensó—. No me he ido. Sigo aquí. Apoyo, ayudo. Solo… Las frases que se solía decir le resultaron ajenas, como aquella letra extraña en la libreta. Dos semanas después, preparó la bolsa. Esta vez su mujer no hizo preguntas extra. —¿Cuánto tiempo? —Solo una noche. —Entiendo. Ni reproches, ni curiosidad. Ese sosiego le daba más miedo que las sospechas. Llegó al hotel por la tarde. Misma recepcionista. —Buenas tardes, está su reserva. Cuarta planta, la cuatrocientos seis. Subió, abrió la puerta y lo primero que miró fue la mesa. La libreta seguía allí. Se acercó, la cogió. Ahora tenía una marca, como si la hubieran apretado. Abrió la última página, donde había algo nuevo. “Creía que lo tenía todo bajo control. Que podía mantener el equilibrio. Pero hoy todo ha saltado: mi mujer encontró mensajes. No todos, solo algunos. No gritó, no lloró. Me escuchó justificarme. Me miró como a un extraño. Le dije que fue un error, hacía tiempo, que no era serio… Al final entendí que hablaba para mí mismo. Se encerró en el dormitorio. Los niños en la cocina, fingiendo no oír. Yo sentado en el pasillo pensando cómo llegué hasta aquí”. Le recorrió un escalofrío. Ya no era una historia ajena. Demasiado reconocible. Recordó cómo casi olvida borrar un mensaje no hace mucho, cómo su mujer cogió su móvil para llamar a su hija. Creyó que no pasó nada. O quiso creerlo. Pasó página. La fecha era de ayer. “He venido porque no sé dónde estar. En casa cada objeto pesa con esa conversación. No ha gritado ni llorado. Solo dijo: ‘No sé quién eres’. Ni yo lo sé. Me siento vacío. Creía que la clave era no cruzar la línea, no dejar la familia ni perder a los hijos. Pero la frontera la crucé hace mucho; no quise verlo”. Cerró la libreta, se sentó en la cama. Cuántos años había vivido igual, seguro de que todo estaba bajo control si no tomaba “decisiones radicales”. Todo ordenado: familia aquí, trabajo allá, y esta habitación, donde el tiempo era otro. Alguien llamó a la puerta. Se sobresaltó. —Soy yo —oyó la voz conocida. Abrió, la dejó entrar. Se quitó el abrigo y lo miró más atenta que de costumbre. —Te veo raro. ¿Todo bien? —Sí, solo cansado. Ella vio la libreta. —¿No la has tirado ya? —No sé de quién es. Quizá el dueño vuelva. —No creo. Si la olvidaron, ya ni se acuerdan. Se sentó en la cama y lo atrajo hacia sí. —¿Estás seguro de que estás bien? Él asintió, sentía que se asomaba a un abismo cuyo nombre aún no sabía. Hicieron el amor, hablaron de tonterías, planearon la próxima vez. Ella preguntó si cambiaría algo. Él volvió a esquivar. Cuando se fue, él quedó solo y volvió a la última página. “No sé qué hacer. Se puede intentar negarlo todo y decir que es un malentendido, que cambiaré. Se puede irse y empezar otra vida. Pero ¿existe garantía de que no acabaré igual? Tal vez lo único sea dejar de mentirme. Admitir que no es solo una aventura o una vía de escape, sino un sistema donde vivo. Si no la rompo, es porque la elijo. Y asumo las consecuencias”. Cerró la libreta y se quedó largo rato callado. Al fin cogió el móvil y abrió el chat de su mujer. Escribió: “¿Cómo va todo?” y borró. Escribió: “Creo que tenemos que hablar cuando vuelva”, y volvió a borrar. Al final: “¿Qué tal el día?” Ella contestó: “Bien. Todo normal”. Fue a la ventana. La carretera con coches, una ventana enfrente iluminada. Imaginó a alguien como él, escribiendo en una libreta. Quizá el autor, quizá otro, con la misma historia. Se sorprendió justificando a ese desconocido: la vida es complicada, cada uno tiene sus motivos. Justificándose igual que siempre. Volvió a la mesa y retrocedió a las primeras páginas. Allí el tono era más calmado. “He decidido escribir para no volverme loco. Para ser sincero al menos aquí. Si no puedo decir la verdad a los de al lado, al menos en estas páginas. Quizá sea autoengaño. Pero así siento que pierdo menos de mí”. Cerró la libreta y de pronto no quiso dejarla allí, pero tampoco llevársela. Cogerla era apropiarse de otra vida. Dejarla, fingir que no tenía nada que ver. Sacó del bolso una carpeta con papeles y puso la libreta dentro. Luego la volvió a sacar. La puso sobre la cama. Se sentó a su lado. El móvil vibró: su hija— “Mañana tengo defensa, ¿puedes volver antes de las tres?” Calculó: según su mentira volvía por la noche; saliendo antes, llegaría. “Sí, llegaré”, contestó. “Cancelaré algunas cosas”. Ella respondió con un emoji. Apagó el móvil, se tumbó y miró al techo. Las palabras de la libreta le daban vueltas: “dejar de mentirme”. ¿Qué significaba para él? Admitir que no era una víctima ni “un confundido”, sino quien construyó todo. Imaginó decirle a su mujer: “Tengo otra”. Su mirada, la reacción de su hija. No pudo llegar al final de esa escena. El corazón se le aceleró. Se levantó, volvió a la libreta, revisó las últimas líneas. En una, casi al margen, estaba escrito: “Siempre retraso la conversación porque no temo perderles, sino que me vean como soy”. Guardó la libreta en la carpeta y la cerró. Del bolsillo interior sacó un bolígrafo y, en la tapa interior, escribió su móvil. Solo un número, sin nombre. No sabía del todo por qué. Quizá quería que el autor algún día le llamara. O que alguien viera que no estaba solo en esto. O era su forma de asumir que no era un observador, sino parte de la historia. Antes de dormir, escribió a su mujer: “Mañana llegaré antes. Quiero estar en la defensa. Luego hablamos, ¿vale?” Pensó mucho antes de enviar. Al fin lo hizo. La respuesta tardó: “Vale”. Por la mañana salió con solo su bolsa. La carpeta con la libreta, dentro. En recepción se paró un momento. —Perdón —dijo a la chica—, en la habitación había una libreta ajena. Me la llevo. Si alguien la reclama, aquí mi teléfono. —Lo apuntó en un papel y se lo dio. —De acuerdo, lo anoto —respondió ella por rutina. Salió a la calle. El aire fresco, pero no frío. El camino a la parada era el mismo, pero le costaba más avanzar. Caminó más despacio, sin prisa. No tenía un plan, solo algunas líneas esbozadas. Sabía que podía echarse atrás en cualquier momento. Volver a casa, decir “acabamos la charla otro día, cuando tenga menos trabajo”. Decir que “no es tan grave, fue un error”. Guardar la libreta en el cajón y olvidarla. O intentarlo. Pero también podía no hacerlo. Llegar, sentarse en la cocina, esperar el té y decir la verdad que años evitó. Sin saber a dónde llevaría. Sin garantías de mejoría. Llegó el autobús, se sentó junto a la ventana. La ciudad, tras el cristal, era la de siempre. Sacó la libreta y la puso en el regazo. No la abrió. La sostuvo. El teléfono vibró en el bolsillo. Mensaje de su hija: “Estoy nerviosa”. Contestó: “Estaré contigo. Vas a hacerlo genial”. El autobús arrancó. Se miró en el reflejo y a la libreta. Adelante estaba su casa, la defensa, la charla prometida. Atrás, la habitación de hotel, donde podía posponerlo y simular otra vida. No sabía cuál elegiría. Pero por primera vez sentía que tenía elección. Y que le costaría cada vez más mentirse. Apretó la libreta y apartó la vista de su reflejo. El autobús giraba en su ruta conocida, y cada curva le parecía la de siempre y, al mismo tiempo, completamente distinta.
El Silencio Profundo