Solo mi destino

— Madre, ¿qué haces aquí? — me preguntó Almudena, al verme entrar en la consulta de obstetricia.
— Ay, Carmela, ¿tú también tenías cita hoy? No me dijiste nada ayer… — bajó la mirada Carmen, avergonzada.
— Mamá, aquí solo atienden a embarazadas. ¿Por qué estás aquí? — Almudena acarició su vientre redondeado.
— Carmela, quería contarte… — la mujer buscó las palabras. — En fin, también estoy esperando un bebé.

Carmen dio a luz a Almudena cuando apenas tenía dieciocho años. El padre de la niña nunca se interesó por ella, pagó una pensión mínima y, aun así, tuvo que acudir al juzgado para conseguirla. Carmen, sin embargo, no se quedó de brazos cruzados. Trabajó en dos oficios: de día en una tienda de ropa y de noche cosía por encargo. Las amigas la regañaban: «¿Para qué te matas tanto? ¡Te vas a arruinar la juventud!» Pero Carmen no escuchó; lo único que le importaba era que su hija nunca careciera de nada. La mejor barra de chocolate, los abrigos de moda, las muñecas más caras… todo lo que Almudena pedía, Carmen lo entregaba, renunciando a sus propios caprichos. La niña nunca sintió que le faltara algo.

Almudena se acostumbró al lujo. No contaba los euros, quería y compraba; incluso llegó a ir de excursión al mar con su clase. Cuando llegó el momento de elegir universidad, optó por la escuela más prestigiosa y de acceso privado. Carmen no se opuso.

En el tercer curso conocí a Almudena. Yo era mayor, estaba terminando la carrera y, según Carmen, le caí bien de inmediato: “un chico serio, con los pies en la tierra”. Ella se alegró pensando que, al fin, su hija tendría un marido fiable, un apoyo. Incluso si llegaba a ser madre, no estaría sola.

Almudena quedó embarazada. Yo le propuse matrimonio de inmediato y organizamos una boda fastuosa. La mitad del dinero lo aportaron mis padres, la otra mitad la dio Carmen, que además nos regaló un viaje a Benidorm para los recién casados.

— Diego, vamos a dar una vuelta — sugirió Almudena.
— Claro, el tiempo está estupendo y han abierto una cafetería nueva cerca. Vamos, tomemos algo — respondí, acariciándole el vientre.

Recorrimos el parque, alimentamos a las palomas y, al entrar en la cafetería, Almudena se puso pálida al instante.
— ¿Qué te pasa? — me inquieté.
— Mamá… — apenas susurró.

Al fondo, en una mesa cercana, estaba Carmen acompañada de un hombre desconocido.
— ¡Vaya! — exclamé, volteando.
Carmen nos vio, sonrió tímidamente y dijo:
— Vamos a saludarnos. ¿Quién es ese con ella? — empezó a levantarse.
— No vamos. No quiero ver nada — replicó Almudena, levantándose de un salto y corriendo a la calle.

Yo pagué la cuenta y la alcancé. En la acera, Almudena ya estaba discutiendo con su madre:
— ¿Quién es ese? ¡¿Te has olvidado de que pronto serás abuela?!
— Almudena, ya eres una mujer. Te crié, ¿no tengo derecho a mi vida?
Yo intenté calmar la situación:
— Todo bien, ¿Carmen? —
— Diego, sí, nada… — murmuró ella.
— Vamos, vámonos — dije, tomando la mano de Almudena y casi saliendo corriendo.

Almudena siempre había creído que su madre le pertenecía solo a ella, sin permitir que Carmen tuviera otra pareja. En realidad, Carmen no había salido con nadie durante años; temía la reacción de su hija. Todo cambió dos años antes, cuando su jefe, Ignacio Fernández, empezó a cortejarla. A Ignacio le gustaba Carmen desde hacía tiempo, pero ella nunca dio el paso. Cuando él mostró interés, ella cedió. Empezaron a verse, él la invitó a mudarse con él. Carmen dudó, pero al final aceptó. No sabía cómo decírselo a Almudena y la reunión que tuvimos resultó desastrosa.

Poco después, Carmen descubrió que estaba embarazada a los cuarenta y tres años. Era tarde, pero no pensó en abortar. Ignacio se alegró: nunca había tenido hijos y ahora tendría un niño o una niña.

Después del café, Almudena dejó de contestar mis llamadas. Sólo yo sabía lo que ocurría con Carmen. Un día, en la consulta, una nueva visita inesperada cambió todo. Almudena dejó de hablarme por completo, bloqueó mi número y ignoró cualquier mensaje.

Cuando nació la nieta, Ignacio me lo contó primero:
— Una niña, 53 cm, 3 200 g — anunciaba orgulloso.
— ¡Enhorabuena! ¿Podemos ir a verla? — solté, casi llorando.
— Intentaré convencer a Almudena… — respondió.

Almudena se negó rotundamente. Carmen, ya en el sexto mes de embarazo, sufría mucho porque los médicos le prohibían cualquier sobresalto. Cuatro meses después dio a luz a una niña. Le escribió a Almudena diciendo que ahora tenía una hermana. El silencio fue la única respuesta, salvo un ramo y una llamada de Ignacio.

Pasaron los años. Las niñas crecieron. Almudena y yo llamamos a nuestra hija Celia. Carmen e Ignacio nombraron a su hija Nuria, en honor a la abuela. Ignacio a veces enviaba fotos: «¡Primer diente!» o «¡Ya camina sola!». Carmen esperaba que, al llegar al primer curso, Almudena se ablandara. Pero ella se mantuvo firme, aunque no tuviera motivos claros para estar enfadada.

El día del cumpleaños de Celia, de siete años, Ignacio llamó:
— Venid a casa con Celia. Os esperamos con ilusión.
— Lo intentaré… — respondí.

Esa tarde, Ignacio entregó la invitación.
— No iremos — cortó Almudena.
— Pero es tu madre y tu hermana — intenté persuadirla.
— Me traicionó. No quiero ver a esa niña.

Así seguimos viviendo paralelamente: Ignacio y Carmen en una casa de campo fuera de la ciudad, Almudena y yo en un barrio de la capital. De vez en cuando, amigos en común comentaban: «Ha ido al hospital», «Nuria tiene fiebre». En el fondo, Almudena deseaba volver, abrazar a su madre como antes, pero la envidia y la rabia la dominaban.

— Diego, aún tengo que comprarle a Celia lazos y ropa interior — decía Almudena durante la cena.
— Lo haremos a tiempo. No me creo que ya hayan pasado siete años… — respondí.
— Mamá, ¿puedo no ir a la clase de inglés? — entró Celia corriendo a la cocina.
— ¡No! Cambiamos de piso para que puedas ir a esa escuela — le contesté con firmeza. Al igual que hacía mi madre, quería darle a mi hija lo mejor.

El primero de septiembre, pedí el día libre para acompañar a Celia al primer curso. Viajamos lejos, a una escuela de prestigio con énfasis en idiomas. El timbre sonó, los profesores felicitaron, los niños recibieron sus sobres.

— ¡Clase 1ª “A”! — anunció la maestra.
— ¡Nuestro! — susurré, guiando a Celía hacia su grupo.

En medio de la multitud de padres, vi a Carmen. Un segundo, nuestras miradas se cruzaron. Ambas contuvimos la respiración; luego, sin pensarlo, corrí hacia ella y las lágrimas que llevaba guardadas durante años brotaron sin control. Carmen me abrazó con la fuerza de siempre, como cuando era niña, y en ese instante todas las rencillas se disolvieron, como si nunca hubieran existido.

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Solo mi destino
¿Quién Vivirá con Nosotras…? El timbre resonó insistente, avisando que alguien había llegado. Laima se quitó el delantal, se limpió las manos y fue a abrir la puerta. En el umbral estaban su hija con un muchacho joven. La madre les dejó pasar al piso. – Hola, mamá –dijo la hija besándola en la mejilla–, Te presento: este es Víctor, él vivirá con nosotras. – Buenas tardes –saludó el joven. – Y esta es mi madre, tía Laima. – Laimita –la corrigió. – Mamá, ¿qué hay para cenar? – Puré de guisantes y salchichas. – Yo no como puré de guisantes –respondió el chico y, sin más, se metió en la sala. – Mamá, Víctor no come guisantes –dijo la hija abriendo los ojos de par en par. El chico se acomodó en el sofá, dejando la mochila en el suelo. – En realidad, esta es mi habitación –señaló Laima. – Víctor, ven, te enseño dónde vamos a vivir –gritó Laurita. – Pero aquí estoy bien –rezongó él, levantándose del sofá. – Mamá, ¿puedes pensar en algo para que coma Víctor? – No sé, todavía queda medio paquete de salchichas –encogió los hombros Laima. – Bien con mostaza, kétchup y pan –respondió él. – Vale –le contestó Laima mientras iba a la cocina–. Antes se traía a casa gatitos y perritos, ahora a este, y encima hay que alimentarlo. Se sirvió puré, un par de salchichas en el plato, sacó la ensalada y comenzó a cenar a gusto. – ¿Mamá, por qué cenas sola? –entró la hija en la cocina. – Porque he vuelto de trabajar y tengo hambre –contestó Laima masticando una salchicha–. Quien tenga hambre, que se sirva o que se prepare algo. Y te tengo una pregunta, ¿por qué Víctor vivirá con nosotras? – ¿Cómo que por qué? Es mi marido. A Laima casi se le atragantó la comida. – ¿Marido? – Sí. Tu hija ya es mayor y decide si casarse o no. Ya tengo diecinueve años. – Ni siquiera me invitasteis a la boda. – No hubo boda, solo lo firmamos y ya. Ahora somos marido y mujer y viviremos juntos –dijo Laura, mirando a su madre. – Bueno, pues felicidades. ¿Por qué sin boda? – Si tienes dinero para bodas, nos lo das y ya encontraremos en qué gastarlo. – Ya veo –siguió cenando Laima–. ¿Por qué vivir precisamente aquí? – Porque en su casa son cuatro en un piso de una habitación. – ¿Pues no pensasteis en alquilar? – ¿Para qué alquilar si tenemos mi cuarto? –se sorprendió la hija. – Ya veo. – ¿Nos das algo de cenar? – Laura, la olla con puré está en el fuego, las salchichas en la sartén. Si es poco, queda medio paquete en la nevera. Coged lo que queráis. – Mamá, no entiendes, tienes un YERNO –Laura subrayó la última palabra. – ¿Y qué? ¿Tengo que bailar una muñeira para celebrarlo? Mira, Laura, he vuelto cansada del trabajo, déjate de celebraciones. Tenéis manos y pies, encargaos vosotros. – Por eso sigues soltera. Laura miró furiosa a su madre y se fue a su cuarto, cerrando la puerta de un portazo. Laima terminó, fregó sus platos, limpió la mesa y se fue a su gimnasio, donde varias noches a la semana disfrutaba de la sala fitness y la piscina. A eso de las diez volvió a casa. Esperando un té caliente, encontró la cocina hecha un desastre; alguien había cocinado. La tapa de la olla había desaparecido, el puré estaba reseco y agrietado. El paquete de salchichas sobre la mesa, junto a un trozo de pan seco. La sartén quemada, su superficie rayada. El fregadero lleno de platos y un charco de bebida dulce en el suelo. El piso apestaba a tabaco. – Vaya, esto sí que es nuevo. Laura nunca haría esto. Laima abrió la puerta del cuarto. Los jóvenes bebían vino y fumaban. – Laura, ve y limpia toda la cocina. Mañana compras otra sartén –ordenó y se fue a su cuarto, dejando la puerta abierta. Laura saltó y la siguió. – ¿Por qué tenemos que limpiar nosotros? ¿Y de dónde saco dinero para la sartén si ya no trabajo y estudio? ¿Te da pena la sartén? – Laura, sabes las reglas de esta casa: si ensucias, limpias; si rompes, compras. Cada cual responde de lo suyo. Y sí, me da pena, cuesta dinero y está estropeada. – No quieres que vivamos aquí –gritó la hija. – No –respondió tranquila Laima. No tenía ganas de discutir y nunca antes se lo había dicho. – Pero este piso es en parte mío. – No, es completamente mío. Yo lo he pagado. Tú solo estás empadronada. No resolváis vuestros problemas a mi costa. Si queréis vivir aquí, cumplid las normas –explicó con calma Laima. – Toda la vida obedeciendo tus normas. Soy casada y ya no puedes mandarme. Además, ya viviste, deberías dejarnos el piso. Descubre más – Os dejo todo el portal y el banco de la calle. Ah, ¿que ya eres casada y no me avisas? Dormiste aquí sola o con tu marido, pero en otra parte. Él aquí no vivirá –respondió tajante Laima. – ¡Que se te atragante tu piso! ¡Víctor, nos vamos! –gritó Laura, empezando a recoger sus cosas. A los cinco minutos entró el flamante yerno en el cuarto de Laima. – Tranquila, suegra, no pasa nada, todo irá bien –dijo tambaleándose por el vino–. Laura y yo no nos vamos. Si te portas bien, hasta haremos el amor en silencio. – Qué padres somos… –Laima indignada–. Tus padres están en su casa, pues vete con ellos y con tu flamante esposa ahí. Aquí no. – ¡Ahora verás! –el chico levantó el puño ante ella. – Ah, ¿sí? Laima lo agarró con fuerza, hundiéndole las uñas. – ¡Aúúú, suéltame, estás loca! – ¿Mamá, qué haces? –chilló Laura tratando de separarlas. Laima empujó a su hija, dio un rodillazo a Víctor y un codazo en el cuello. – Os denunciaré por agresión –gimió él–. Os llevaré a juicio. – Espera, llamo a la policía, así lo dejamos en acta –respondió Laima. Los jóvenes huyeron del bien cuidado piso de dos habitaciones. – Ya no eres mi madre –gritó Laura al fin–. ¡Jamás conocerás a tus nietos! – Qué pena más grande –ironizó Laima–. Por fin, ¡libertad! Miró sus manos: varias uñas rotas. – Todo esto por vosotros –murmuró Laima. Cuando se marcharon, limpió la cocina, tiró el puré endurecido y la sartén destrozada, y cambió la cerradura. Tres meses después, al salir del trabajo, su hija la esperaba. Estaba muy delgada, ojerosa y triste. – Mamá, ¿qué hay para cenar? –preguntó. – No lo sé –Laima se encogió de hombros–. No he pensado. ¿Qué te apetece? – Pollo con arroz –dijo Laura tragando saliva–. Y ensalada rusa. – Pues busquemos pollo –respondió la madre–. La ensaladilla, te la haces tú. No preguntó nada a su hija, y a Víctor no se le volvió a ver.