Vuelve a mí. Relato.

Llamó al atardecer de un martes. Almudena acababa de volver del instituto; ese día sus alumnos de cuarto de bachillerato redactaban un ensayo y ella no quería cargar los pesados cuadernos hasta casa, así que se quedó trabajando hasta entrada la noche.

—Hola, soy Vídeo.

Probablemente pensó que Almudena había borrado su número. No lo había hecho.

—¿Todo bien? —preguntó él.

Por un instante se asustó, temiendo que algo pasara con Andrés. Hace un mes su hijo se marchó al norte para trabajar en una pequeña estación de vigilancia. No había noticias y, curiosamente, eso le aliviaba: estaba harta de vivir con el temor constante de que algo le ocurriera. Ni ella ni Vídeo bebían nunca, no había alcohol en su familia, pero Andrés… la relación con esa Lena tan cínica había dejado una herida. Cuántas veces lo llamaron, cuántas veces ella lo recogía del hospital o de la comisaría…

—¿Por qué tienes que pasar algo para llamarme? —se ofendió él—. Solo quería saber si necesitabas ayuda. Ahora estás sola.

«Llevo diez años sola», pensó Almudena, pero respondió de otro modo:

—Gracias, me las arreglo.

—Si necesitas que arregle algo o lo que sea… dímelo.

Su voz no cambió, y por unos segundos Almudena imaginó que no existía ninguna Alba, que no había divorcio ni una década de vida separada. Que Vídeo llamaba del trabajo, que volvería pronto a casa y preguntaría qué se cenaría. Pero la ilusión se disipó rápido.

—Vale, gracias.

Se quedó mirando el móvil unos minutos después de que Vídeo colgara, y el horizonte de su ventana le resultó extraño: algo en su tono le recordó que, a diez años, todavía lo conocía demasiado bien. Él nunca había llamado a ella, solo al hijo.

Desesperada, buscó entre los cajones un cigarrillo. Dejó de fumar hacía tiempo, cuando pilló a su hijo con uno y le reprendió; él replicó: «¿Por qué a ti te lo permito y a mí no?». Guardó una cajetilla medio vacía detrás de la caja de especias, donde su hijo nunca husmeaba, y en los momentos duros se concedía uno, tosiendo al inhalar el humo.

El cigarro no sirvió. Entonces salió al puesto de frutas y verduras para comprar una ensalada, pues la nevera estaba vacía.

No fue por afición a los vegetales; lo que quería era conversar con Antonio. Él siempre le sacaba una sonrisa, le animaba y le regalaba siempre algo especial: una granada de primera temporada o un puñado de nueces selectas. Antes trabajaba con su esposa, ahora le ayudaba su hija. Tras los funerales de su mujer, confesó que la niña era en realidad su sobrina: él y su esposa no podían tener hijos, pero su hermano tenía siete y, cuando nació una décima hija, se la entregaron a Antonio y su esposa.

Esa historia golpeó a Almudena hasta lo más hondo; no comprendía cómo alguien podía entregar a su propio hijo. Para ella Andrés era lo más preciado, y ahora, separada de su hijo por tanto tiempo, sentía nostalgia, aunque entendía que aquel trabajo le ayudaría. Quizá, con siete hijos, el vínculo se vuelve menos intenso.

—¡Mira quién ha llegado! —exclamó Antonio, alegre—. ¡Almudena, qué tal! Mira estas manzanas, justo como te gustan.

A veces Almudena sentía que sus sonrisas y regalos eran más que una simple cortesía al cliente habitual, pero se reprendía: ¿qué necesita una tía gorda y mayor?

No eran sus propias palabras. Vídeo, cuando se fue con Alba, le había dicho que ella era joven y bonita, y Almudena se había convertido en la tía gorda y mayor.

Aun así, el ánimo le mejoró. Tras la ensalada y la manzana roja, leyó un poco, siguió pensando en Vídeo y se acostó decidida a llamarle mañana.

No tuvo que inventar excusa: el grifo del baño goteaba desde hacía tiempo y le daba pereza llamar al fontanero.

Vídeo llegó esa misma tarde. Almudena se sorprendió de lo delgado que estaba; ¿Acaso Alba ya no lo alimentaba?

—Te ves bien —le dijo.

—¡Vaya, también lo crees!

—¿Hay noticias del hijo?

—No, ya sabes, no hay señal.

—Claro, claro.

Arregló el grifo, aceptó la pasta con albóndigas y no paró de elogiar su comida, su peinado y demás, lo que hizo que Almudena sospechara: ¿quisiera volver? ¿Tal vez Alba lo había dejado?

No se arriesgó a adivinar y preguntó directamente:

—¿Cómo está Alba, todo bien?

Vídeo apartó la mirada.

—Nos separamos hace un año. ¿No lo dijo Andrés?

—No.

Entendió que Vídeo nunca se había interesado por esas cosas domésticas y prefería volver a la tía gorda antes que vivir solo de empanadillas.

Se enfadó. ¿Qué se creía? ¡No tenía derecho a aparecer aquí!

Por suerte, Vídeo no habló de regresar. Cambió de tema, dijo que el grifo estaba arreglado pero que no duraría mucho, que habría que cambiar la llave.

—Te compraré una nueva, la traigo mañana —prometió.

Cuando Vídeo se fue, Almudena se acercó al espejo y se observó. ¿Podría gustarle a alguien otra vez? El pelo mostraba canas, no era sorprendente con tantos años enseñando y con los enojos de Andrés; la cintura parecía la de un hipopótamo, y cualquier vestido le quedaba ridículo; las piernas estaban cubiertas de medias de compresión. Pensó en todo eso, se dio la vuelta y se fue a dormir.

Vídeo la alcanzó en la parada, cargando la nueva llave, y dijo que hoy mismo la instalaría. No quiso acompañarla al puesto, pero comentó que le apetecía una ensalada fresca y que no rechazaría unas frutas. A Almudena le resultó incómodo, porque Vídeo, al elegir la fruta, le hablaba como si fueran pareja. No quería que Antonio interpretara eso.

En casa, mientras Vídeo manipulaba la llave, ella picaba verduras para la ensalada y calentaba la sopa de ayer. Vídeo puso las manzanas en su mochila y ella fue a cogerlas. Un montón de papeles en un archivo transparente llamó su atención; los hojeó y leyó varias palabras, y volvió a leer. Sacó el archivo y lo revisó rápido. No había duda: Vídeo estaba enfermo. Esclerosis múltiple. El diagnóstico se había dado hacía un año.

Era la razón por la que se había separado de Alba.

Almudena devolvió los papeles, fingió que no había visto nada, pero decidió en su interior que lo cuidaría, que lo ayudaría a vivir dignamente el resto de su vida.

Vídeo empezó a venir a menudo. Conversaban, recordaban la infancia de Andrés, cenaban juntos. Ella aguardaba el momento en que él le pidiera volver, pero Vídeo guardaba silencio. Arregló todo lo que pudo, encargó un nuevo armario para sus libros y lo montó él mismo. Ahora que conocía su enfermedad, notaba sus señales: no se quitaba las gafas oscuras al salir, torpemente se movía, caminaba más despacio incluso que ella con su sobrepeso.

Un día, Vídeo hizo algo inesperado: al despedirse, la abrazó fuertemente. Almudena quiso decirle que podía quedarse, pero él se apartó y se marchó rápidamente.

Al día siguiente, cuando Almudena volvió al puesto por manzanas, Antonio le entregó un sobre.

—¿Qué es eso? —preguntó, sorprendida.

—Tu ex te ha dejado.

—¿Vídeo?

—¿Tú tienes muchos?

—No, solo él.

Almudena apretó el sobre, sintiendo una mezcla de vergüenza y preocupación.

—¿Qué dice?

—Pide que le

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Vuelve a mí. Relato.
¡Pero si dejé clarísimo que no trajerais a los niños a la boda! Las puertas del salón de banquetes se abrieron despacio y la cálida luz dorada se derramó sobre el vestíbulo. Yo estaba allí, con el vestido de novia, sujetando el bajo para no tropezar y disimulando el temblor en las manos. Sonaba jazz suave, los invitados sonreían, los camareros colocaban copas de cava… Todo era exactamente como habíamos soñado con Arturo. Casi. Mientras intentaba recuperar el aliento antes de entrar, escuché de repente un frenazo en la calle. A través de las puertas acristaladas vi llegar una vieja furgoneta plateada. De ella bajaron, ruidosos, la tía Pili, su hija con el marido… ¡y cinco niños que ya corrían dando vueltas al coche! Se me heló la sangre. — No puede ser… —susurré. Arturo se acercó. —¿Al final han venido? —preguntó, mirando en la misma dirección. —Sí. Y… con niños. Nos quedamos en el umbral, listos para entrar en la sala con los invitados; en vez de eso, inmóviles, como si fuéramos actores que olvidan el texto el día del estreno. Y entonces, lo supe: si me dejaba vencer ahora, el día se desmoronaría. Pero, para explicar cómo acabamos en semejante absurdo, hay que volver unas semanas atrás. Cuando Arturo y yo planeamos la boda, teníamos claro algo: algo íntimo, tranquilo, recogido. Solo 40 invitados, jazz en directo, luz tenue, ambiente acogedor. Y —sin niños—. No porque no nos gusten los niños. Solo queríamos una velada serena, sin carreras, gritos, caídas, zumos por el suelo ni broncas ajenas. Nuestros amigos lo aceptaron de maravilla. Mis padres también. Los padres de Arturo, algo sorprendidos, terminaron aceptándolo pronto. Pero la familia lejana… La primera en llamar fue tía Pili, que nació con el altavoz incorporado. —¡Inés! —sin saludo previo— ¿Pero eso de que no pueden venir niños a la boda va en serio? —Sí, Pili —contesté tranquila—. Queremos una tarde relajada para que los adultos descansen. —¿Descansar de los niños? —protestó, como si yo pidiera prohibir la infancia en España— ¡Si en esta familia vamos siempre todos juntos! —Es nuestra decisión. No obligamos a nadie, pero es la norma. Silencio denso, de los de granito. —Pues nada, no iremos —escupió y colgó. Me quedé con el móvil en la mano, como quien acaba de pulsar el botón nuclear. Tres días después llegó Arturo, serio. —Inés… ¿Hablamos? —dejó la chaqueta. —¿Qué ha pasado? —Carmen llorando. Dice que esto es una humillación. Que sus tres hijos no son gamberros ruidosos, que son personas normales. Y que si no pueden ir, ni ella ni su marido ni los padres de él vendrán. —¿O sea que perdemos cinco invitados? —Ocho —rectificó, desplomándose en el sofá—. Dicen que rompemos la tradición. Me entró la risa, histérica. —¿Qué tradición? ¿La de niños derribando camareros? Arturo sonrió. —Mejor no digas eso. Están calientes. Pero no fue el último asalto. Una semana después, cena con sus padres. Y entonces habló la abuela Antonia, siempre discreta: —Los niños son una bendición —dijo, seria—. Sin ellos, la boda está vacía. Iba a responder, pero la madre de Arturo se adelantó: —¡Mamá, por favor! —suspiró—. Los niños en las bodas son el caos. Siempre te quejas del ruido. Y hemos rescatado a más de uno debajo de las mesas. —Pero la familia debe estar unida. —La familia debe respetar la decisión de los novios —le cortó mi suegra. Quise aplaudir. La abuela solo negó con la cabeza: —No lo veo bien, la verdad. Y me di cuenta: esto ya era un drama de sobremesa, rollo “La que se avecina”. Y nosotros, el objetivo del motín. El golpe final llegó luego. Llamada. Era tío Miguel, el más sensato. —Inés, hola. Solo una duda… ¿Por qué no pueden ir los niños? Para nosotros son parte de la familia. Siempre vamos todos juntos. —Miguel —suspiré— sólo queremos una boda tranquila. No obligamos a nadie… —Sí, sí, ya, lo entiendo. Pero Olga dice que si sus hijos no van, ella tampoco. Y yo con ella. Cerré los ojos. Baja dos más. La lista de invitados adelgazaba a ritmo de dieta exprés. Arturo me abrazó. —Lo hacemos bien —susurró—. Si no, la boda dejaría de ser nuestra. Pero la presión seguía. Si no era la abuela diciendo que “sin risas infantiles todo está muerto”, era Carmen poniendo indirectas en el grupo familiar: “Qué pena que algunos no quieran niños en sus celebraciones…” Llegó el día de la boda. La furgoneta paró justo en la puerta. Los críos bajaron haciendo ruido, tía Pili detrás, recolocándose el pelo. —Me va a dar algo… —respiré. Arturo me cogió la mano. —Calma. Lo solucionamos. Salimos al encuentro. Tía Pili ya en la escalera. —¡Hola, pareja! —abriendo brazos dramática—. Perdón por el retraso. Al final hemos venido. ¡Somos familia! No podíamos dejar a los niños. Pero estarán callados. Sólo un rato. —¿Callados? —murmuró Arturo mirando a los chavales, que intentaban colarse bajo el arco nupcial. Inspiré hondo. —Pili… Lo hablamos. Dijimos que no habría niños. Lo sabías. —Pero una boda… Intervino la abuela. —Venimos a felicitaros —dijo seria—. Pero los niños son parte de la familia. Separarlos está feo. —Antonia, de verdad valoramos que estéis aquí. Pero es nuestra decisión. Si no la respetan, nos obligáis… No terminé. —¡MAMÁ! —salió la madre de Arturo del salón— Dejadles en paz. Hoy celebran los adultos, los niños se quedan en casa. Basta. Vamos. La abuela dudó. Pili se paró. Hasta los críos, por el ambiente, se callaron. Pili suspiró. —Bueno… No queríamos líos. Pensamos que era mejor así. —No hace falta que os vayáis —respondí—. Pero los niños tienen que volver a casa. Carmen puso cara de póker. Su marido resopló. Dos minutos de silencio y se llevaron a los niños al coche. El marido de Carmen arrancó y se los llevó, los mayores se quedaron. Por primera vez, por voluntad propia. Entramos al salón: velas, jazz, voces suaves. Amigos brindando, caballeros apartándose, el camarero con el cava. Y entendí: lo hicimos bien. Arturo susurró: —Bueno, esposa… Hemos ganado. —Creo que sí —le sonreí. La noche fue perfecta. Primer baile sin niños bajo los pies, nadie chillando, sin pasteles por el suelo ni móviles con dibujos animados. Solo conversaciones, risas y música. Al cabo de un rato, la abuela se acercó. —Inés, Arturo… —voz baja—. Me equivoqué. Hoy… está bien. Muy bien. Sin jaleo. Sonreí. —Gracias, Antonia. —Es que los mayores necesitamos tiempo para cambiar. Pero veo que sabíais lo que hacíais. Sus palabras valieron más que todos los brindis. Casi al final, se acercó tía Pili, copa en mano, como escudo. —Inés… Me pasé. Lo siento. Siempre lo hacíamos así. Pero hoy… ha sido precioso. Tranquilo. De adultos. —Gracias por venir —dije de corazón. —Con niños nunca descanso. Y hoy… me he sentido persona —confesó—. Pena no haberlo pensado antes. Nos abrazamos. Tensiones de semanas se derritieron. Al acabar, salimos Arturo y yo, bajo la luz suave de las farolas. Se quitó la chaqueta y me la echó encima. —¿Y bien, qué te ha parecido nuestra boda? —Ha sido perfecta —contesté—. Porque ha sido nuestra. —Y porque la defendimos hasta el final. Asentí. Eso era lo importante. La familia importa. Y las tradiciones. Pero respetar los límites también. Si los novios dicen “sin niños”, no es capricho: es su derecho. Y aunque los engranajes familiares chirríen, al final se ajustan… Si ven que la decisión es firme. Nuestra boda fue una lección —para todos—: a veces, decir “no” es lo que hace un verdadero día feliz.