¿Y el piso, qué? ¡Me lo prometiste! ¡Me estás arruinando la vida!

¿Y el piso qué? ¡Me lo habíais prometido! ¡Me estáis arruinando la vida!

Mi marido y yo estábamos encantados cuando nos enteramos de que nuestro hijo se casaba. Antes de la boda, en secreto, le contamos que queríamos regalarle un piso. Al enterarse, Eduardo se puso más contento que unas castañuelas. No tardó ni diez minutos en contárselo a todos sus amigos, ¡y por supuesto, se hizo eco hasta el apuntador! Pero justo cuando andábamos a vueltas con todos los preparativos, nos cayó una desgracia encima, de esas que no vienen nunca solas.

Nuestra hija, Lucía, fue directa del trabajo al hospital, porque empezó a encontrarse fatal. Mi marido y yo salimos pitando hacia allí. Tras unos cuantos sustos y pruebas, nos dijeron que tenía un tumor y debía operarse cuanto antes. Hacía falta un pastón, y rapidito. Menos mal que nos enteramos a tiempo.

Comprar un piso para nuestro hijo dejó de ser una opción en ese momento. Intentamos por todos los medios reunir la cantidad necesaria para la operación. Por suerte, la familia y los amigos se volcaron con nosotros. Nadie se quedó de brazos cruzados. Unos nos dieron euros sin pedirlos de vuelta, otros colaboraron como pudieron. Al final, entre todos, conseguimos reunir el dinero para la operación.

Pero lo que nos dejó de piedra fue la reacción de nuestro hijo.

¿Y el piso? ¡Me lo habíais prometido! ¡Me estáis destrozando la vida!

Os juro que después de oírle decir eso, a mí casi me da un patatús. ¿Cómo podía ponerse así? ¡Pero si es su hermana! Han crecido juntos, se han chinchado toda la vida, y ahora pone su boda a la altura de la operación de su hermana. Nos quedamos mudos, pero Eduardo, lejos de parar, siguió a la carga.

¿Por qué ella lo tiene todo y yo no tengo nada?

No aguanté más y le pegué un grito, bien dado, y le dije que no quería volver a verle el pelo. Dicho y hecho: recogió sus cosas y se largó con su futura esposa, dando un portazo. Durante las siguientes dos semanas, no nos dirigimos ni un WhatsApp.

Menos mal que la operación de Lucía salió bien. En unas semanas le dieron el alta y la llevamos a casa. Nunca le contamos nada del numerito de su hermano. Bastante faena tenía la pobre; para qué darle más disgustos. Y Eduardo, ni una llamada, ni un mensaje preguntando por su hermana. Se ve que para él, el piso era más importante que la familia. Realmente, hay cosas que no las arreglan ni cien años de tortilla de patatas.

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