He tenido tres relaciones largas en mi vida. En las tres creía que llegaría a ser padre. En cada una, al final terminé marchándome cuando el asunto de los hijos empezaba a adquirir gravedad.
La primera mujer con la que estuve se llamaba Olalla, y ya era madre de una niña pequeña. Yo tenía veintisiete años, y al principio todo me parecía lejano, como si caminara tras ella por las cuestas de Toledo. Me acostumbré a su ritmo, al horario imposible de la niña, a las exigencias que parecían venir flotando como campanas. Pero cuando empezamos a hablar de tener un hijo propio, los meses pasaban como si fueran pájaros que cruzaban el Tajo y no ocurría nada. Ella fue la primera en ir al médico; todo en orden, según decía el informe que guardaba en una carpeta azul. Empezó a preguntarme si yo me había hecho pruebas. Le decía que no era necesario, que todo llegaría como llega la lluvia en marzo. Pero dentro de mí crecía una inquietud hueca y punzante; se volvía amarga la conversación, y el aire en casa se llenaba de electricidad. Empezamos a discutir por cosas mínimaspan quemado al desayuno, el color de las toallasy una tarde salí por la puerta sin saber si volvería.
La segunda relación fue un sueño distinto, con Amaya, que no tenía hijos y desde el primer café en la Plaza Mayor se habló de querer formar familia. Años pasaron entre intentos, ilusiones que duraban lo mismo que la espuma de la horchata en verano. Cada prueba negativa me disolvía por dentro, como si me perdiera en una estación de Atocha repleta de gente. Amaya empezó a llorar con frecuencia, y yo evitaba el tema con silencios largos o tardes fuera de casa. Cuando propuso ir juntos a un especialista en fertilidad, le respondí que exageraba, como si fuera una broma pesada. Me volví sombrío, llegaba tarde a menudo, perdí interés en todo lo que nos sostenía. Tras cuatro años, nos separamos, otro adiós en la estación bajo el cielo gris de Madrid.
La tercera mujer, Leonor, tenía ya dos hijos adolescentes, y me lo dejó claro desde el principio sentados junto a los leones de la Cibeles: no necesitaba más hijos en su vida. Pero la página reapareció, surrealista, como los cuadros de Dalí: esta vez fui yo el que trajo el tema, queriendo demostrarme que aún podía ser padre, como si eso fuera un pasaporte secreto. Y de nuevo: el silencio, la nada. Pronto empecé a sentirme forastero en su casa, espectador entre las fotos y las mochilas tiradas en el pasillo. Una sensación de no pertenecer, como si caminara sobre el empedrado antiguo de Granada con zapatos ajenos.
En las tres historias se repetía el mismo eco. No era solo la decepción, era un miedo antiguo, alojado en los huesos como la humedad de las casas viejas. Miedo a sentarme frente a un médico y escuchar que el defecto era mío. Jamás me hice pruebas; jamás confirmé nada. Prefería marcharmesumergirme en la niebla de la Puerta del Solantes que enfrentar una certeza que sentía más pesada que una siesta interminable en agosto.
Hoy, superada la cuarentena, contemplo de lejos a aquellas mujeres, veo en fotos sus nuevas familias, niños que no trajeron mi apellido. Y a veces me pregunto, como en un sueño en el que te despiertas y no sabes dónde estás, si realmente me fui por cansancio o porque no tuve el valor de quedarme y enfrentar lo que ocurría dentro de mí como la sombra persistente de un secreto que nunca se nombra.







