— Mientras paso la noche en vela al lado de nuestra hija, ¡tú le estás teniendo una aventura con mi propio amigo! ¿Y crees que no significa nada?

— ¡Mientras paso la noche en vela al lado de la cuna de mi hija, tú te estás liando con mi propia amiga! ¿Y crees que eso no tenga ninguna importancia?

Todo comenzó de golpe — mi pequeña, Lucía, se enfermó. Tenía apenas nueve meses y, de repente, la fiebre se disparó, empezó a vomitar y a tener diarrea. Entré en pánico; tenía 23 años, era madre primeriza y no tenía experiencia con esas cosas. Y Santiago, mi marido, como siempre, estaba en casa pegado al ordenador, con una caña de cerveza en la mano y jugando a su juego de tanques favorito.

—¡Santi, Lucía está mal, mírala! —le grité, intentando calmar a la bebé que lloraba desconsolada.

—Vamos, ¿seguro que no es la dentición? —se encogió de hombros sin despegar la vista de la pantalla—. Dale algo, pasará.

Suspiré. Discutir con él era inútil. En algún momento comprendí que, si no intervenía, la situación sólo empeoraría. Cuando quedó claro que la fiebre no bajaba y Lucía se volvía lánguida, dejaba de responder, llamé a una ambulancia.

Los sanitarios llegaron rápido, examinaron a la niña y, sin rodeos, anunciaron:
—Rotavirus. Hospitalización inmediata.

—¡Santi, prepárate, nos vamos! —grité mientras los paramédicos preparaban a nuestra hija para el traslado.

—… Tengo trabajo mañana —murmuró sin levantarse de su silla—. Tú lo arreglarás, ¿no?

Miré su lata de cerveza, la luz parpadeante del monitor y su postura relajada, y me limité a girarme y seguir la ambulancia. En ese instante sólo Lucía importaba; su indiferencia podía esperar.

En el Hospital nos enviaron al pabellón de enfermedades infecciosas. Lucía lloraba sin cesar; yo corría entre médicos, perfusiones y pruebas, intentando estar a su lado para tranquilizarla. La noche pasó como una niebla: apenas dormí, sosteniendo a mi hija hasta que, exhausta, cayó en un sueño profundo al alba. Y entonces, llegó la mañana de mi cumpleaños.

Exactamente a las ocho sonó el móvil. Era Santiago. Por un segundo sentí un leve alivio, pensando que al menos me felicitaría y preguntaría por Lucía.

En vez de eso escuché:

—¡Feliz cumpleaños, vieja! —se rió—. ¿Cómo lo llevas? ¿Sigues tirada en la cama?

Me quedé helada. ¿Vieja? Tengo solo 23 años, estoy en una habitación de hospital con mi hija enferma de rotavirus, sin haber dormido nada, y él se burla.

—¿Estás de coña? —mi voz tembló—. Lucía está con una perfusión, no he dormido en toda la noche. ¿Podrías al menos preguntar cómo está?

—Anda ya, no te pongas así —la dio por dismissiva—. Estás en el hospital, los médicos se encargan. Solo llamaba para felicitarte. ¿No puedo bromear un poco?

—No, no puedes —repuse con firmeza—. No es gracioso. ¿Vas a venir? ¿Traerás algo? No tenemos ni agua aquí.

—Lo pensaré —gruñó—. Tengo cosas que hacer.

Colgó. Ninguna palabra de cariño, ni un simple «ánimo», ni siquiera un «feliz cumpleaños». Sentí que algo dentro de mí se quebraba, sin saber que aquello era sólo el comienzo.

Unas horas después llamó mi suegra, María del Rosario. Siempre traté de respetarla, aunque sus constantes consejos y metiches me sacaban de quicio. Esperaba que al menos me apoyara ahora.

—¡Anita, feliz cumpleaños, querida! —exclamó con entusiasmo—. ¿Cómo estáis? ¿Lucía sigue viva?

—María del Rosario, Lucía está con una perfusión —respondí agotada—. Rotavirus, deshidratación grave. Aquí sola, Santiago ni se digna a venir.

—Ay, niña, los hombres son así. Trabajan, están cansados. Necesitan descansar.

Me quedé sin palabras. ¿Descansar? Él está en casa jugando a los tanques mientras yo estoy sola con la bebé.

—¡Santiago no está trabajando, está jugando! —exclamé—. Ni siquiera ha preguntado por Lucía. ¿Es normal?

—Anita, no le des más vueltas —desestimó—. Todos los hombres son así. Mi nieto también se portó igual en su juventud, y hemos sobrevivido. Y Santiago… pues, no sirve de mucho, pero te acostumbrarás. Por cierto, pronto encontraremos a alguien que te ayude. ¡Tranquila!

Casi dejo caer el teléfono. ¿Qué? ¿Ahora me sugiere aceptar la infidelidad?

—¿En serio? —solté—. ¿Estás diciendo que…?

—Anita, no te hagas la santa —se rió—. Así viven todos. Los hombres engañan, las mujeres aguantan. Y cuando los niños crecen, tú también encontrarás a alguien. Así es la vida, niña.

Colgué en silencio, con el corazón a mil y la cabeza dando vueltas. ¿Era normal que la infidelidad se tratara como algo cotidiano?

Los días en el hospital se alargaron, pero Lucía mejoró. Nos trasladaron a una sala normal y pude respirar un poco. Sin embargo, cuanto más observaba a Santiago, menos comprendía quién era para mí. Sus llamadas se hicieron escasas, a veces un día, con evidente irritación:

—¿Cómo estás? ¿Ya os dan el alta?

Sin calor, sin implicación. Entonces llegó un mensaje de mi amiga Carmen, con la que compartía todo desde la escuela, una hermana de verdad. Su texto fue breve:

—Anita, tenemos que hablar. Es sobre Santiago.

Mi corazón se encogió al instante. Sabía que algo había pasado. Llamé de inmediato.

—¿Qué ocurre, Carmen? —intenté mantener la calma.

—Anita, no sé cómo decirlo… —vaciló—. Mientras estabas en el hospital, Santiago… está con Natalia.

—¿Qué Natalia? —pregunté, aunque ya sospechaba.

—Tu amiga Natalia. Los vi juntos, en casa.

El mundo se vino abajo bajo mis pies. Natalia, la amiga de toda la vida, la que jugaba con Lucía, le llevaba dulces, reía y charlaba con Santiago… y ahora eso.

—¿Estás segura? —mi voz tembló—. ¿No te has confundido?

—Lo siento mucho, Anita —susurró—. Los vi besándose, en tu casa. Me ha costado decirlo, pero tenías que saber la verdad.

Agradecí a Carmen, colgué y quedé sola con esa horrible revelación. Sentí náuseas, dolor, como si todo el universo se desmoronara. No sólo mi marido y mi amiga me habían traicionado, sino que todo mi entorno se había vuelto hostil.

Sin pensarlo, llamé a Santiago.

—¿Puedes explicarme qué pasa con Natalia? —exigí al instante, sin rodeos.

Silencio, denso como una pared.

—Anita, ¿qué quieres ahora? —gruñó—. Soy padre, no tengo tiempo para nada. No significa nada.

—¡¿Significa nada?! —grité, sin poder contener el llanto—. ¡Te acuestas con mi amiga mientras yo cuido a nuestra hija! ¿Y eso no vale nada?

—No grites —replicó irritado—.

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— Mientras paso la noche en vela al lado de nuestra hija, ¡tú le estás teniendo una aventura con mi propio amigo! ¿Y crees que no significa nada?
¿Y cómo voy a dejaros semejante carga? ¡Hasta mi padre y Tania se negaron a llevárselo! —Marina, hija, recapacita, ¿con quién te quieres casar?—clamaba mi madre, ajustándome el velo. —Explícame, al menos, ¿por qué no te convence Sergio?—me desconcertaron aún más sus lágrimas. —¿Cómo que por qué? Su madre es dependienta y no para de gritar, el padre desaparecido y en su juventud sólo pensaba en beber y juergas. —Nuestro abuelo también bebía y perseguía a la abuela por todo el pueblo. ¿Y qué? —¡Tu abuelo era una persona respetada aquí! Casi cacique. —Pero eso no hacía la vida más fácil para la abuela. Yo era una niña y aún recuerdo el miedo que le tenía. Mamá, con Sergio será distinto. No juzgues a nadie por sus padres. —Ya vendrán los hijos, ¡ahí lo entenderás!—respondía mi madre, y yo sólo suspiraba. No sería fácil vivir si mi madre no cambiaba de opinión sobre Sergio. Aun así, Sergio y yo celebramos una boda alegre y comenzamos nuestra vida juntos. Por suerte, Sergio heredó una casa de sus abuelos en el pueblo, los padres de ese mismo padre desaparecido. Poco a poco, Sergio la reformó y pronto tuvimos un verdadero chalet moderno, todo comodidad y alegría. ¡Qué marido tan estupendo, y cuántas cosas dijo mi madre de él sin razón! Al año nació Iván, y cuatro años después Maricarmen. Pero cuando nuestros hijos enfermaban o hacían alguna travesura, mi madre aparecía con su famoso “¡Te lo dije!” Y nunca faltaba: “¡Niños pequeños, pequeños problemas! Cuando crezcan, te vas a enterar, con esa herencia…” Intentaba no darle importancia; al fin y al cabo, me casé sin su aprobación. Es que mi madre necesita que todo salga según lo dispuesto por ella. Aunque, hace tiempo aceptó mi decisión y, en el fondo, admitía que mi Sergio es estupendo. Eso sí, en voz alta jamás. ¡Sería reconocer que se había equivocado, imposible! Lo de los nietos era más miedo que otra cosa. En realidad los adoraba: si les pasaba algo, sería la primera en saltar al río y arrancarse el pelo por esas palabras. A veces, los temidos “grandes disgustos” me inquietaban, por la experiencia de otras generaciones, siempre acompañando el crecimiento de los hijos. Y los niños crecían. Ya Iván terminó bachillerato y se marchaba a la ciudad a un prestigioso universidad, sólo a 143 kilómetros. Pero para una madre esa distancia era más bien de planeta a planeta… ¡lejísimos! No dormí las primeras noches pensando todo el tiempo en Iván: ¡Si le hacen daño, si come mal, si esa ciudad me corrompe al buen chico que es! Primero vivió en una residencia de estudiantes, pero mi corazón no soportó la idea y convencí a Sergio para alquilarle un piso. Iván quiso aportar y empezó a trabajar online. ¡Listísimo, mi hijo! Cada fin de semana iba a la ciudad, a ver cómo estaba Iván, a ayudarle… aunque todo estaba sorprendentemente limpio y la comida siempre lista: croquetas, guisos… ¡Un genio ese chico! Pronto, mis viajes preocuparon a Sergio. —¡Marina, basta de tener a Iván pegado a la falda! ¡Déjale respirar! ¡Y a mí no me dedicas ni un rato! ¡Me voy con la cartera Lari sí sigues así, que saluda a todo el pueblo! Me lo dijo en broma, pero me preocupó. ¡No podría vivir sin Sergio! Tenía razón: era hora de dejar volar a Iván. Todavía fui madre gallina un tiempo, pero acabé aprendiendo a convivir con el hecho de que mi hijo ya era adulto. Le dí libertad, pero resultó que lo hice justo cuando no debía. Un día me llaman de la universidad: Iván falta a clases y casi lo echan. ¡Imposible! ¿Mi Iván? ¡No puede ser! Cogí dos días libres y corrí a la ciudad. Ni Sergio logró pararme. Iván no esperaba mi visita. Ni siquiera tuvo tiempo de ocultar la causa de sus ausencias. La causa: una chica, Ana, de aspecto angelical. Pero, además, ¡un niño pequeño! Un bebé de un año. Me quedó clarísimo: esa chica, con bebé en brazos, quería atrapar a mi hijo y casarse con él. Soy madre moderna, pero Iván es muy joven para criar hijos ajenos y casarse… y la chica, como mucho, dieciocho años, ¿cuándo ha tenido tiempo? Por dentro me hervía la sangre, pero me contuve. Saludé a Ana y me encerré en la cocina con Iván para hablar. —Iván, ¿estás muy enamorado?—le pregunté forzando una sonrisa. —Muchísimo, mamá,—me sonrió. —¿Y los estudios, qué piensas hacer?—cautelosa. —Sé que he descuidado los estudios, pero es sólo esta época. Tranquila, lo arreglaré. —¿Y qué época es esa? ¿Vas a contármelo? —No puedo, no es mi secreto, quizá más adelante cuando conozcas mejor a Ana. No quise ponerlo en contra, así que me retiré a casa. —¡Esto es cosa tuya!—le solté a Sergio—¡Le has dado tanta libertad que ahora míralo! ¿Qué hacemos ahora? —¿Pero cuál es el problema? ¿No te gusta tener al niño listo? Si Iván ya le quiere, no es ajeno. —¿Y te parece bien ser abuelo? —¿Por qué no? Desde que nacieron los niños lo sabía. —¡Pero de un niño ajeno! —¡Marina, parece que no hablo contigo! ¡Ningún niño es ajeno! Piénsalo. Sergio se fue a dormir en otro cuarto, y yo estuve vagando por la casa, enfadada con todos. Vida, Ana, Iván, Sergio, por ponerse de su parte. Pero me fui calmando y comprendí que Sergio, como siempre, tenía razón. Un niño no tiene culpa, y Ana tampoco. Al amanecer, lloré de alegría y fui junto a Sergio. —¡Perdona, Sergio!—me abracé a él—He abierto los ojos. ¡Os quiero! —¡Ven aquí, mujer!—me recibió bajo la manta. Dormimos juntos; por fin sonriente. ¡Seré abuela! ¿Y qué? El niño, Miguel, es para comérselo. Pero la vida da más giros. Iván anunció que cambiaría a turno nocturno en la universidad y se casaría con Ana. No me apresuré; primero digerí la noticia. Luego, junto a Sergio, fuimos a la ciudad el finde. Sabía que él nos aclararía las ideas para no meter la pata. Porque ganas de desbaratarlo todo no me faltaban. Ana nos recibió en el recibidor, secándose una lágrima. —¡Perdonadme! No quiero que Iván haga esto, pero es terco… Vosotros debéis saberlo. —Y terco se queda corto—dijo Sergio, quitándose los zapatos—pero nuestro hijo no es tonto. Si lo ha decidido, será por algo. Relájate, Ana, y vamos a hablar. Pasamos a la cocina. Iván no estaba. —Ha ido por leche, enseguida vuelve,—dijo Ana. —¿Por qué pides perdón?—preguntó Sergio—aún no has hecho nada. Empecemos por entenderlo todo. ¿Un té para los agotados viajeros? Me he chupado 143 kilómetros al volante. —¡Ay, perdón!—se agitó Ana. Sergio rodó los ojos, Ana sonrió. Ya sabía que Sergio aprobaba a Ana. Yo sólo suspiré. Con el té y las galletas caseras (nunca vi a Iván preparar galletas), volvió Iván con cara seria. Iván fue sacando la compra, pero noté en sus ojos algo nuevo, madurez de hombre. Me sentí incapaz de dictarle nada a mi hijo adulto. —¿Entonces queréis casaros?—preguntó Sergio en la mesa. —Sí, y no hay discusión—dijo Iván tajante. —De acuerdo. Pero, ¿por qué tanta prisa? ¿Esperáis otro hijo? —¡No, qué va!—Ana negó, avergonzada. Pensé, loca, si sus relaciones ni siquiera han llegado a tener hijos. Imposible, pero… —¿Por qué la prisa? —Si no, a Miguel lo llevarán a un centro de menores—explicó Ana cabizbaja. —¿Por qué lo podrían llevar?—preguntó Sergio severo. —Su madre murió…—susurró Ana, con voz temblorosa. —¡Ana, no tienes que explicarlo!—saltó Iván—Papá, mamá, sólo quiero que aceptéis lo que os dije por teléfono. Lo demás es asunto de Ana y mío. —Iván, espera,—interrumpió Ana—si estamos juntos, tu familia es mi familia. No quiero esconder nada. Ana quedó callada; nosotros dos nos miramos. —Ana, ¿Miguel no es tu hijo?—pregunté. —No, es mi hermano. De madre, padre diferente. En ese momento, hubiera dado besos a todo el mundo, pero me senté tranquila. Ana continuó: —Mi madre murió en prisión, tenía una cardiopatía. Dicen que vivió bastante con ello, pero tuvo mala suerte. Era de carácter explosivo. Ana sorbió el té y suspiró. Le costaba hablar, Iván y nosotros intentábamos evitarle el mal trago. —La primera vez que terminó en la cárcel fue tras una pelea con mi padre, atropelló a una anciana en un paso de cebra. Salió en los periódicos. Mi padre nos llevó a vivir aparte. Antes de que mi madre saliera de prisión, él se volvió a casar. No le juzgo, la convivencia era dura con mi madre. Su nueva esposa, Tania, es encantadora, tenemos muy buena relación. Gracias a ellos mi vida fue feliz. Ana prosiguió. Vi cómo se cogía de la mano con Iván bajo la mesa, y entendí que lo peor de su relato estaba por llegar. —Hace tres años mi madre se enamoró perdidamente, de Denis; era diez años más joven que ella; tuvieron a Miguel. Fui feliz de tener un hermanito; pero los vecinos dijeron en el juicio que había peleas y gritos. Una vez, tras una discusión por celos, mi madre empujó a Denis, tropezó con la manta y se golpeó la cabeza contra la esquina de la mesa. Dos días después, Denis falleció en el hospital, y a mi madre la arrestaron. Ana apuró las palabras: —Mi madre murió en prisión preventiva, antes de juicio. El corazón se le paró. Os pido que no la juzguéis duro, era como un colibrí: brillante, inquieta, incontrolable. Pero siempre la quise. —Ahora discúlpanos tú, Ana—dijo Sergio—por obligarte a contarlo todo. Pero tienes razón, ya somos familia y debemos apoyar. Me avergüenza admitirlo, pero en ese momento quise gritar: “¡Pero qué haces, Iván! ¡Hijo, recapacita! ¡No queremos esa familia! ¡Nunca hemos tenido líos con la justicia!”. Pero me contuve, pues recordé la imagen de mi boda, con mi madre llorando y rogando que no me casara con Sergio. Me reprendí: “¡No puedes juzgar a nadie por sus padres! ¡Si alguien lo sabe, eres tú!” Ese auto-castigo obró un milagro. Me vino a la cabeza una idea loca—pero brillante. Miré a Sergio, vi que sonreía. ¡Ya lo había entendido! Sergio, para confirmar, asintió: —¿Qué os parece una cosa? Nosotros nos hacemos cargo de Miguel, lo acogemos. Así podéis esperar antes de casaros y continuar con los estudios. —¿Cómo sería eso?—preguntó Ana. —¡Papá, basta!—exclamó Iván. —A Miguel le irá bien en el pueblo, ¿recuerdas tu infancia, Iván? Si queréis, siempre podréis llevároslo todo. —Iván, tu hermana ya sólo piensa en chicos. Ana, la última palabra es tuya. —¿Cómo voy a dejaros esa carga? ¡Mi padre y Tania tampoco quisieron! No nos dimos cuenta cuando el protagonista del dilema se despertó, bajó del sofá y vino a la cocina, extendiendo los bracitos—directos a Sergio. —Vaya carga más pesada—bromeó Sergio, alzando a Miguel. —Sergio, todavía tienes madera de padre y no de abuelo—me reí. —Espera—me amenazó con el puño y me susurró—esta noche te demuestro lo de ser abuelo. Los chicos aún dudaron, pero aceptaron y nos encargamos de Miguel. La acogida fue sorprendentemente fácil. La asistente social dijo que hoy en día muchas familias cuidan niños así, aún llenos de amor por dar. Nosotros, con Sergio, rejuvenecimos cuidando a Miguel. En las noches, levantándome para él, entre lágrimas celebraba mi suerte. Mi madre, como siempre, se quejaba de nuestra decisión. Nos reñía, pero era la que más quería a Miguel… y él a ella. —¡Ay, Marina! ¡Qué estáis haciendo!—repetía mi madre mientras, acariciando a Miguel, le susurraba—¿Quién tiene esos ojitos, quién tiene sueño…? Y otra vez: —¿En qué pensáis, Marina? ¿Quién ha ensuciado esos deditos tan pequeños? ¿Cómo vais a arreglároslas ahora? ¿Dónde está mi Miguel, dónde se ha escondido?