Querido diario:
Por fin es domingo. Me estiro en el sofá, con las piernas sobre el cojín, sintiendo el alivio después de una semana infernal en la oficina. Por la casa flota ese aroma a café recién hecho, mezclado con el perfume de los días que no requieren reloj ni prisas. Por la cortina se cuela un rayo de sol y en él flotan partículas de polvo como si bailaran en el aire. Qué paz más inmensa.
La idílica pereza apenas dura tres minutos. De pronto, el móvil vibra primero, luego suena con esa llamada insistente. Sin abrir los ojos, alargo la mano hacia la mesita y miro la pantalla: Mamá Lucía.
Un suspiro se me escapa. Mamá Lucía es Lucía Fernández, mi suegra. Intento sonar amable al contestar, ocultando esa mezcla de resignación y cariño de cada vez.
Lucía, buenos días.
¡Hijo, qué lata, perdona que te moleste el domingo! responde su voz, siempre un poco aguda, al fondo golpes de algo, probablemente el martillo o un cazo contra la encimera. Tengo un pequeño problemilla…
Ese pequeño problemilla puede ser cualquier cosa, desde un cajón atascado hasta el asunto poco pequeño de arrastrar el armario empotrado.
¿Qué sucede? pregunto, presintiendo ya la que se me viene encima.
Es el baño… El grifo, ese plateado tan moderno, no deja de gotear. ¡Estoy por ponerle un barreño! Y mira que Jesús, con sus amigos, se ha vuelto a ir esta mañana de pesca. No vuelve hasta la noche.
Jesús es el nuevo marido de Lucía. Un señor robusto de sesenta y pocos, mofletes rojos y esa eterna caña en el maletero. La vida es como el río, hay que dejarse llevar, suele decir mientras repasa su caja de anzuelos delante de la televisión.
Lucía se casó con él hace solo seis meses, y yo ya pensaba, iluso de mí, que la era de los arreglos en casa de la suegra se había terminado. Pero no. Jesús resultó ser maestro del escaqueo. Puede hablar horas de cómo arreglar un grifo, pero ante la menor ocasión se lo apaña para estar ocupadísimo en cualquier otra parte y pasarme el marrón a mí.
Lucía, yo no soy fontanero ensayo, buscando escapatoria. ¿No prefiere llamar a uno? Le puedo pasar el teléfono…
¡Ni hablar! ¡Ya sabes cómo están las cosas! ¡Cobran un dineral por levantar una llave inglesa! Pero tú eres manitas. ¡Acuérdate de cómo me dejaste el vestidor! Y la lámpara sueca esa de mil piezas… ¡Tienes arte, hijo!
La adulación es su arma secreta. Es inútil resistirse. Lucía no contempla el no como opción, y menos aún cuando se trata de su pequeño reino.
Vale me rindo. En una hora voy.
Cuelgo y me quedo unos segundos mirando el techo. Sale Cristina de la cocina, mi mujer, con dos tazas humeantes. Al ver mi cara, lo entiende todo.
¿Otra vez mi madre?
Mmm. El grifo. Jesús de pesca.
Vaya novedad deja la taza a mi lado. Si quieres la llamo yo, le digo que tenemos planes…
Para qué, Cris… Ella siempre tiene razones para que sea ahora y yo. Después le restregará el grifo arreglado a Jesús en plan bandera: mira, mientras tú pescabas, Álvaro se ha encargado de todo. Para ella soy el suplente oficial.
Está tan acostumbrada a que le salves la vida… Y Jesús, bueno, es simpático pero poco hábil suspira Cristina.
Ja, poco hábil no… listo como el hambre replico, sorbiendo el café. Sabe arreglarlo todo, pero mejor si se lo hago yo.
Cuarenta minutos más tarde ya estoy en el portal de Lucía, recibida a base de abrazos.
¡Pasa, Álvaro, pasa! Te he hecho empanadillas de pisto, ¡llévate unas para Cris!
Me quito los zapatos y entro directo al baño. El grifo cromado, ese del que Jesús presumía por última tecnología, lanza ya un hilo caprichoso de agua. El suelo, un mar de bayetas empapadas.
¿Ves esto, hijo? ¡Menudo estropicio!
Lo veo, Lucía abro la bolsa de herramientas. Vamos a ver…
Cierro la llave de paso, aflojo tuercas y desmonto el grifo. La junta, hecha trizas.
Necesito una nueva. Voy a la ferretería.
Ay, Álvaro, qué apuro darte más vueltas…
Tranquila.
Mientras bajo a por el recambio, Lucía no para.
Ya que estás, ¿puedes mirar la puerta del balcón? Últimamente chirría que da miedo…
Lo miro.
Y la bombilla del horno… No me atrevo, por si me achicharro.
Vale, Lucía.
Al volver, arreglo el grifo en media hora, engraso las bisagras del balcón y, casi dislocando el brazo, cambio la bombilla del horno.
Lucía no deja de hablar y de llenarme un tupper de empanadillas.
¡Así sí que da gusto! Gracias, hijo. No sé qué haría sin ti.
Me lavo las manos en el lavabo, ahora en silencio, y me sorprendo pensando que, pese a todo, me siento extraño satisfecho.
Vuelvo a ser el solucionador oficial de Lucía. Algo adictivo tiene eso.
Entonces se oyen pasos y una voz fuerte en el pasillo:
¡Lucía, ya estoy! ¡He traído una carpa que ni te cuento! Prepara la sartén.
Es Jesús, bronceado, sonrisa amplia, abrigo de pesca y caja de aparejos. Me ve y ni se inmuta.
Ah, Álvaro, ¡qué tal! ¿Otro apaño?
El grifo contesto, secándome las manos.
Bien hecho. Si llego a hacerlo yo tardo todo el día. Prefiero pescar que da más alegría.
Olisquea el aire.
Mmmm, ¡empanadillas! El momento perfecto.
Lucía le ayuda a quitarse la chaqueta y enseguida narra el episodio del grifo:
Jesús, ni te imaginas, ¡esto era una catarata! Menos mal que Álvaro estaba cerca.
Menos mal dice él, encantado de sí mismo. Álvaro, quédate a comer carpa. Llama a Cris, que venga también.
Los veo: Jesús, sacando la captura con aires de héroe, Lucía brillando de amor en los ojos para él, y para mí, una gratitud incondicional.
Y de pronto caigo en la genialidad y lo disparatado del asunto. Jesús le da emoción y batallitas para el café, yo apaño la fontanería.
Él: marido para los ratos buenos. Yo: marido para los apaños.
Gracias, Jesús, pero tenemos planes. Otro día acepto la carpa.
Tú sabrás ya rebusca aceite. Lucía, ¿dónde está el de oliva?
Salgo al descansillo. Cierro la puerta, oyendo sus risas de fondo.
En el coche, el tupper de empanadillas impregna todo de su olor. Llamo a Cristina.
Ya está, todo apañado.
Rápido. ¿Y Jesús?
Vuelto. Con carpa.
Imagino se ríe al otro lado. Te esperamos, rey.
Al caer la tarde, tumbado junto a Cristina, doy vueltas al asunto.
¿Sabes lo que pienso? Creo que nunca saldré de este papel. Hasta cuando seamos viejos y tu madre viva en una residencia, me llamará para que arregle la silla de ruedas. Y su octavo marido estará jugando a los bolos con los del geriátrico.
No exageres. Mi madre confía en ti. Y Jesús es bueno, distinto se ríe Cristina.
Distinto, desde luego me burlo. Encontró el chollo: mujer con piso, casa y yerno manitas. El pack completo.
Me quedo pensando en si yo mismo me he buscado esto. Ser el héroe que solventa lo que otros dejan correr tiene su gracia. Hay algo de adicción en esa sensación de ser útil, de que alguien te necesite. Lucía, quizá sin querer, lo aprovecha.
Una semana después, la historia se repite. De nuevo el teléfono y la vocecita:
Álvaro, cielo, se ha roto el cierrapuertas del portal.
Según Lucía, Jesús está en el garaje ayudando con un coche. Suspiro y cojo la caja de herramientas.
Me encuentro en la escalera, allen en mano, descifrando el mecanismo. Lucía sigue dando instrucciones.
Gira a la izquierda… no, ahora a la derecha… ¡cuidado con el muelle, Álvaro!
La puerta queda abierta; paso en ese momento Jesús con chándal nuevo y bolsas del súper.
¡Traigo pasteles! grita, pero al verme, se sorprende un segundo. ¡Anda, Álvaro! ¿Otra avería?
El cierrapuertas gruño por lo bajo.
Esos cacharros son imposibles Gracias, amigo. Yo me tiraría todo el día con eso.
Entra a la cocina. Pronto huele a café recién hecho.
Termino el trabajo y Lucía reluce de felicidad:
¡Qué haría yo sin ti! Ven, tomate un café.
Mejor marcho, Lucía.
En el fregadero lavo el aceite. Jesús engulle un pastel, brindando con la taza:
¡Ves como tienes manos de oro! Así sí da gusto.
En sus ojos brilla la satisfacción del que vive en el mejor de los mundos posibles. Me despido y bajo la escalera, dándome cuenta de que enfadarse es absurdo.
Lucía tendrá siempre ese afecto y asistencia. Jesús, su vida tranquila. Y yo, bueno empanadillas, un gracias, y la sensación rara y cálida de que pertenezco a algo que es casi, aunque no lo admita, mi propia familia.







