Al corazón no se le manda
Cruzando a paso ligero la aldea hacia su casa, Javier empujó la verja y entró al patio. De repente, su madre salió disparada de la casa y lo abrazó tan fuerte que casi lo asfixia, mientras se secaba las lágrimas.
Hijo mío, ¡ya has terminado el servicio! Ay, Señor, pero si eres igualito a tu padre Qué pena que él no te pueda ver, decía y no paraba de decir Ascensión.
Hola, mamá, que me vas a dejar sin aire, se reía Javier. Anda, vamos dentro.
Javi, hijo, llevo toda la semana sin dormir bien, esperándote Gracias a Dios que ya estás en casa. Ahora podré descansar tranquila.
Javier volvió de la mili hecho un roble, siempre había sido robusto, pero ahora además estaba más estilizado. Antes de irse apenas tuvo novias, aunque alguna esperanza había.
No quiero empezar nada serio antes de irme a la mili. Si la chica no me espera, es un disgusto Mejor después, cuando vuelva me enamoro y me caso decía a los amigos.
Quizá tengas razón, le daba la réplica su colega Tomás. Siempre has sido demasiado cabal, y claro, también para esto le daba una palmada amistosa.
Venga, hijo, siéntate a la mesa, luego descansas un poco y por la noche No llegó a terminar porque entró Tomás a toda prisa y se abalanzó sobre Javier, abrazándolo con alegría.
¡Qué barbaridad, Javi! Estás cuadrado, ¡la mili te ha sentado de maravilla! reía su amigo.
¡Hombre, Tomás! Siéntate conmigo lo invitó Javier.
Mi madre te ha visto pasar desde el patio y me ha dicho: Javi ha vuelto. Y yo, corriendo detrás
Durante todo el día pasaron a saludarle amigos, familiares y hasta los viejos vecinos. Todos querían charlar con Javier.
Por la noche, Javier y Tomás se acercaron al centro social, donde la música ya atronaba y no cabía un alfiler en la pista de baile. Javier, que ya tenía ganas de ver caras nuevas, se ponía nervioso mirando a todas las muchachas, sin saber a cuál invitar. Sin decidirse, anunciaron el baile blanco y enseguida se le plantó delante Lucía.
¡Hola! ¿Bailamos? Te invito yo dijo, agarrándole del brazo con decisión.
Javier bailó con Lucía, pero la charla no fluía; ella le miraba fija y callada, él sudaba más de la cuenta y desviaba la mirada.
¿Me habré olvidado de hablar con chicas? pensaba. Pero Lucía dominó la conversación y al final se soltaron.
La conocía de antes, era tres años mayor que él, espabilada y bastante guapa. No se le despegó en toda la noche, así que tuvo que acompañarla hasta su casa. Fueron callados, hasta que Javier se animó a contarle algo de la mili pero Lucía se paró en seco y le plantó un beso de película. Javier se quedó de piedra, sin saber ni dónde meterse, mientras ella se partía de risa.
A Javier le daba un poco de apuro lo lanzada que era Lucía. No era su estilo, pero tampoco le disgustaba del todo.
Vaya, Javi, qué vergonzoso te has vuelto, te has asilvestrado le vacilaba ella.
La misma noche confirmaría lo evidente: Lucía era de todo menos recatada, y él apareció en casa al amanecer. Al día siguiente, Lucía fue directamente a casa de Javier, charló con Ascensión como si fueran viejas amigas. Era normal, allí todos se conocían. La madre de Javier, en un plis, captó que el asunto iba en serio y le cogió cariño a Lucía, que se ponía a barrer y a ayudar en todo, tan resuelta y con esa chispa.
Con el tiempo, Lucía iba a la casa por el día sola y Javier se preguntaba:
¿Y para qué vendrá Lucía durante el día si por la noche quedamos siempre en el centro?
Una mañana apareció don Eusebio, el vecino de toda la vida. Cada mañana salía a su portal, observaba el patio de Javier y, tras asegurarse de que todo seguía igual, soltaba un ¡Ajá! satisfecho. Curioso como él solo.
Javier estaba subiendo paja al granero cuando apareció el viejo:
Buenos días, vecino dijo, pegando un susto de muerte a Javier.
¡Anda, don Eusebio! No me aparezca así, que me da un infarto se reía Javier.
Sí, sí, asustarte a ti bromeaba el viejo entre canas y bigote, siempre con chascarrillos. Mira que veo a Lucía entrando y saliendo de tu casa, te va a tener atado en nada Si te descuidas, te mete en la cama en dos días. Es lista, no como la mía, que me costó Dios y ayuda convencerla. Pero la tuya viene, endulza a tu madre y, claro, ella tan feliz.
Javier escuchaba en silencio. La verdad, estaba ya saturado de tantas atenciones de Lucía, no le hacían gracia y no le llegaban al corazón. Don Eusebio seguía:
No pones pinta de enamorado, Javi. Si el collar aprieta, mejor quítatelo antes de que te ahogue.
Javier aceptaba que tenía razón. Le soltó a su madre:
Mamá, hoy lo dejo con Lucía; todo esto me agota, se acabó.
¡Ay, hijo! Lucía es buena chica, te ayuda, es espabilada ¿Qué más quieres?
Quiero una que me intrigue, que me haga sentir mariposas esto me huele a rutina.
Ascensión se hizo la ofendida, no entendía qué misterio buscaba su hijo. Por la noche, Lucía volvió a atrapar a Javier, pero esta vez él le dejó claro, entre beso y beso, que era la última vez.
Dejó de ir al centro social; pasaba las noches leyendo en la cama. Si Lucía aparecía, él se largaba de casa. Algunas veces iba a pescar con Tomás o pasaba el día en la ciudad visitando a algún compañero. Pasaba de Lucía, haciéndole apenas un gesto de cabeza. Pero ella insistía; no se rindió fácil.
El tiempo pasó. Llegó al pueblo una nueva enfermera, Paula, jovencísima, sin una gota de maquillaje, sencilla y menuda, pero con un brillo de decisión en la mirada. Sus ojos, grandes y azules, eran un imán. No iba al centro social, aún no tenía amigas.
Don Eusebio fue a la consulta por su espalda. Salió enamoradísimo.
¡La nueva enfermerita es una chiquilla, pero a la hora de recetar, tela! Me ha puesto deberes, medicinas y me ha dicho que o pincho cada día, o nada. Y esos ojos, chico ¡brillan como dos luceros! Da gusto mirarla.
Javier no conocía aún a Paula, pasaba el día en el campo, y por las tardes caía rendido. Hasta que, a la mañana siguiente, no se pudo ni levantar de la cama, la espalda hecha un acordeón. Ascensión, preocupada, pidió ayuda a don Eusebio y este fue corriendo a avisar a la enfermera.
Paula apareció al rato en casa de Javier.
Una niña pensó Javier, ¿sabrá curar algo? Dudaba.
Seria, pero con esos ojos chispeantes y voz suave como terciopelo. Al ponerle las manos en la espalda, a Javier se le cortó la respiración.
Bueno dijo ella, te voy a poner inyecciones y dejarte unas pastillas. Volveré yo misma cada día.
Javier esperaba con ansias la visita diaria de Paula, mirando el reloj. Cuando empezó a sentirse mejor, en un arrebato, la cogió en brazos y fue a darle un beso. Pero recibió tal sopapo en la oreja que le silbó el oído.
Los ojos de Paula echaban chispas. Recogió sus cosas en silencio y se fue.
¿Y para qué habré hecho yo esto? se dijo Javier. Me lo he ganado por burro.
Desde entonces, Paula le hablaba lo mínimo, iba, pinchaba y se iba. Javier se disculpó al día siguiente, ella calló, pero en el fondo ambos se notaban el cosquilleo. Cuando terminaban los pinchazos, Paula veía que Javier estaba tan perdido por ella como ella por él, aunque ninguno lo decía.
Ya recuperado, Javier salió al campo sólo porque la cosecha ya estaba recogida. Una tarde fue al centro social. En cuanto entró, Lucía fue directa a por él, pero de reojo vio a Paula y se quedó embobado. Estaba allí, hablando con una amiga. Empezó la música y Javier se lanzó a invitarla a bailar.
Cintura de escándalo, una sonrisa tímida, y esos ojos… Javier sentía que flotaba, como en las películas. Después del baile, le susurró:
¿Nos escapamos? ella, con una sonrisa pícara, asintió.
En menos de nada, en el pueblo ya estaban de boda. Todos bailando, menos Lucía, que iba diciendo pestes de Paula, pero nadie le hacía caso.
Hoy, Javier se despertó temprano, salió y el aire fresco le abrazó el cuerpo. Iba a correr descalzo por el césped, pero cambió de idea y se metió de nuevo junto a su mujer en la cama. Paula pegó un salto del frío de su cuerpo, pero se acurrucó aún más.
Él la apretó con fuerza, y ella, riendo, le soltó:
Irás con cuidado, ¿eh?
¿Por? ¿Crees que te voy a romper? bromeó él.
¡Que no estoy sola! Vamos a tener un bebé
Javier saltó de alegría.
¿De verdad? ¿Me lo dices en serio?
Que sí, que sí se reía Paula, mientras él todavía parecía en shock. Anda, levanta, yo ordeño la vaca y tú la sacas al prado.
Más tarde, en la mesa le esperaba un pilete de tortitas con nata y té con aroma. Desayunó, plantó un beso en la mejilla a su mujer y, guiñando un ojo, le insinuó que aún había tiempo para retozos.
Paula se despidió de Javier en el patio; él, de pronto, la cogió en brazos y la hizo girar hasta marearla. Don Eusebio, desde su portal, lo contemplaba todo con una sonrisa.
¡Menuda luna de miel llevan estos!
Y Javier pasó el día con una sonrisa de oreja a oreja, con ganas de abrazar al mundo y gritar que iba a ser padre.
Gracias por el rato y por vuestro apoyo. ¡Suerte en la vida!







