Olechka, hija mía, te lo ruego – la madre se agachó junto a Olya –, tenemos que quedarnos aquí un tiempo, pronto todo pasará y volveremos a la ciudad. Olya miraba en silencio a su madre. – ¿Olya, me escuchas? ¿Lo entiendes? – la madre agitó a Olya. – Sí, mamá… – ¿Entonces por qué callas? – La madre estaba nerviosa, Olya lo percibía. – No callaba, mamá, pensaba. – Pensaba ella… Mira cuántos libros hay aquí, Olya… Ay, cómo me gustaba leerlos de niña… – Mamá… ¿tendremos que vivir aquí mucho tiempo? – No lo sé, cielo, de momento hay que quedarnos. Olya entendía todo lo que les había pasado, a ella y a su familia. Mamá pensaba equivocadamente que Olya era pequeña y no comprendía nada. – Olya, la tía Catalina te va a visitar, yo prepararé la comida del día, por la mañana me iré y por la tarde volveré. Y los fines de semana estaremos juntas, iremos al río a bañarnos… La madre se tapó la cara con las manos. – Perdóname, perdóname… – Mamá, no llores, no hace falta. Sé que papá nos ha dejado, sé que tenemos que buscar la manera de salir adelante, y tú pensaste que lo mejor era mudarnos a la casita de la abuela y alquilar el piso a extraños. – Sé todo, mamá… Seré buena, te lo prometo, te esperaré y leeré libros, además la tía Catalina me cuidará. – Podremos con esto, mamá… Y en otoño iré al colegio. – Mamá… ¿aquí hay colegio? – No, hija, antes había uno, pero ya no. Pero en otoño te prometo que volveremos a nuestra casa. Esto es temporal, hasta que encuentre un buen trabajo. – He alquilado el piso hasta agosto, nos da tiempo justo, luego lo reformaremos y viviremos bien. Todo irá bien, hija… – Lo sé, mamá… Aquella tarde la madre y Olya pasaron largo rato sentadas en el porche de su pequeña casa, y la madre le contó historias de su infancia y de la buena abuela que había tenido. – Mamá, ¿y tú tenías… mamá? – Sí, suspiró la madre, aún la tengo, solo que… yo no le hago falta. – ¿Cómo es eso? ¿Cómo que no le haces falta? – Así, pequeña. Llegué demasiado pronto en su vida, con papá no funcionó y él se fue a otra ciudad, allí formó una nueva familia. Mamá estuvo un tiempo viniendo y yendo, y después me llevó con la abuela Sonia, y ella se fue a la ciudad a buscar la felicidad… – ¿Y… la encontró…? – Encontró la felicidad, hija, pero de mí se olvidó del todo… Se casó, tiene dos hijos, y a mí… solo me felicitaba por mi cumpleaños, o en las fiestas. – Recuerdo que una vez vino porque uno de sus hijos estaba enfermo, y lo trajo para… la naturaleza, el aire limpio, pero ni siquiera les contó a ellos que yo era su hermana. – La abuela le dijo que pronto sería mi fiesta de fin de curso y que me comprara un vestido… Pero ella empezó a gritarle, diciendo que la abuela era una insensible, que su hijo estaba enfermo y la otra solo pensaba en vestidos. – “Zoe”, protestó la abuela, “Sonia también es tu hija, ¿cómo puedes?” – “Vaya, pues que se gane el vestido trabajando”, dijo ella por lo bajo. La abuela se enfadó y la echó… – Mamá, nunca la llamaste madre, solo dices ella… – Lo sé, perdóname, hija… no puedo llamarla madre, para mí madre fue siempre mi abuela Sonia. – Y a ti te llamaron Sonia por la abuela, ¿verdad, mamá? – Sí, supongo… Por la abuela… – ¿La querías mucho, mamá? – ¿A quién? – A la abuela Sonia. – Muchísimo, muchísimo, muchísimo. Cuando nos dejó, sentía que el mundo se había apagado… También quise a Zoe… mamá, la quería y la esperaba, cada cumpleaños, cada fiesta, la esperaba. – Cuando estaba enferma, cuando llegaba el primer día de clase, cuando la abuela se fue… siempre la esperaba. – No podía venir porque era el cumpleaños de la madre de su marido… Luego vino, lloró… Me mandó recoger las cosas, como era menor de edad. – Pensé que me llevaría con ella, pero no, me matriculó y me puso en una residencia de estudiantes. – Mi primera Nochevieja la pasé sin la abuela. Ingenua de mí, pensé que mi madre me invitaría, pero solo dijo: – Lo siento, Sonia, la casa está llena de gente, familiares vendrán, ¿cómo te voy a meter? – Decidí entonces volver a casa, mi casa. – Dame las llaves de la casa de la abuela, pedí. – ¿Para qué? – decía, nerviosa. – Esa casa es mía, si piensas que puedes disponer de mi herencia, te equivocas. – Esa casa también es mía – protestó ella –, y vamos a ir a celebrarlo en el campo. – Te advierto que si vas os estropearé la fiesta. ¡Las llaves! – No me las dio, pero no importaba. Fui, salté la valla y compré dos cerraduras nuevas. Llamé al vecino, el tío Federico, que me ayudó. Los vecinos dijeron que no dejarían que nadie me echara nunca, por la abuela. – Aquella Nochevieja la pensé pasar sola, pero vinieron unas amigas, pasamos una buena noche… – Y luego cumplí dieciocho. – ¿No la ves nunca más? – No… ¿Para qué? Ella y yo no tenemos ya nada que decirnos. – Mamá… tú… – ¿Qué? ¿Piensas que haría lo mismo que mi madre conmigo? Nunca, ¿me oyes? ¡Jamás! …Olya era ya mayor y no tenía miedo. Su madre iba a trabajar, la tía Catalina venía dos veces. Olya comía, recogía la mesa, lavaba su plato, daba de comer a la muñeca Galina y se sentaba a leer. Había aprendido a leer hacía poco y le encantaba hacerlo, también para la muñeca Galina y el osito Miguel. Los días pasaban igual para Olya. Lloró los primeros días, las lágrimas caían solas, pero luego venía mamá y todo pasaba. Pero un día mamá no vino. No venía, no venía… Se hizo de noche, Olya encendió la luz y corrió las cortinas. – No tengáis miedo, Galina, Miguel, María, Nina y el payaso Andrés, no tengáis miedo, tranquilizaba Olya a los muñecos. Pensó en salir a la estación a buscar a mamá, pero no recordaba bien el camino y temía perderse. Ahuyentaba los malos pensamientos: no, mi madre nunca haría eso conmigo, no, no, no… ¿Con quién se quedaría Olya si no tenía abuela Sonia? Veía en su mente a mamá casándose otra vez, con otros hijos, y olvidándola. Lloró Olya a todo llanto, le dolían los ojos y la garganta, se durmió llorando junto a la ventana. Oyó ruidos en el zaguán; ¿serán ratas? ¿O será la madre de mamá, la abuela Zoe, que nunca había visto y que venía a echarlas de casa? Olya sollozó bajito. De repente la puerta se abrió, la luz se encendió. – ¡Mamá! – Olya saltó de la silla, que cayó al suelo. – ¡Mamá, mamá mía! – Pequeña, Olechka, mi niña querida… perdona, perdona… he perdido el último tren, llegué a la estación vecina y vine andando. – ¿Mamá, tuviste miedo? – Mucho, Olechka, ¡tenía tanto miedo por ti! Lloré, te pedía que no lloraras y yo sola lloraba… hasta asusté a todos los lobos – reía y lloraba mamá. – Temía que pensaras que te había abandonado. Entonces… entonces Olya mintió por primera vez a su madre. – No, mamá, nunca pensé eso de ti, porque sé que nunca me abandonarás ni me traicionarás. Era mentira, porque sí lo pensó, pero no quería que mamá sufriera más. Olya y su madre estuvieron en la casa hasta finales de agosto, luego Olya fue al colegio y mamá encontró un buen trabajo. Papá quiso denunciar a mamá para tener a Olya los fines de semana. Mamá se reía, decía que nunca le había prohibido ver a la niña, pero él mismo nunca lo había intentado. Ahora Olya ve a papá los fines de semana. Primero iba con gusto… después… – Mamá, creo que mi padre es como tu Zoe, no me necesita, solo me ve por algún motivo que desconozco. Me lleva a la ludoteca del centro comercial y él solo habla por teléfono y se enfada. – Yo me siento a mirar a los niños, mamá… No quiero ir con papá… Díselo tú. El padre se enfadó y acusó a la madre de poner a la hija en su contra. – Soy el padre – gritaba él –, y tú me lo impides. – Papá… ya no soy pequeña, ¿para qué me llevas a esa sala absurda? Y no me gustan las patatas fritas… He crecido. – Cuando te fuiste y me quedé sola con mamá, papá… el día que mamá perdió el tren y vino andando por el bosque… la perseguían lobos, y yo sola en casa… Por segunda vez Olya mintió, esta vez a su padre. Lo de los lobos. Papá escuchó y se fue. Pero al mes volvió… Se disculpó y dijo que lo había comprendido, y se fueron juntos al cine… Ahora Olya espera con gusto a su padre… – Sonia… ¿de verdad huiste de los lobos? – preguntó papá un día a mamá. – Sí – respondió ella sin pestañear. Después mamá y papá hablaron… y él perdió el tren. Dijo mamá que su tren se había marchado. – Mamá, si el tren de papá se fue, ¿cómo volverá a su casa? ¿Que se quede aquí? Papá miró a mamá, pero ella fue tajante. – Llegará andando… aquí no hay lobos – dijo y lo despidió. – Mamá, ¿él quería quedarse, verdad? – preguntó Olya esa noche, ya acostada con mamá. – Sí… – ¿No le perdonarás? Mamá guardó silencio. – Es tu decisión, pero… yo os quiero a los dos… – Lo sé, Olya, hija. – Pero a ti más, porque eres la madre más valiente del mundo, corriste tanto por llegar hasta mí, que ni temiste a los lobos. …Pasaron los años. Olya ya se va a casar. – Mamá… te tengo que confesar algo. – Sí, dime. – Mamá… entonces pensé que me dejarías, como Zoe… – Mi niña… ¿crees que yo podría hacerlo…? – En aquel momento no lo sabía, mamá… perdóname. – Perdóname tú, por todo lo que tuvimos que pasar… Se abrazaron, madre e hija… siempre juntas. Mamá, siempre a mi lado.

Lucía, hija mía, escúchame su madre se agachó a su lado en cuclillas tenemos que quedarnos aquí una temporada, no va a durar siempre, pronto terminará y volveremos a la ciudad.

Lucía la miraba en silencio.

Lucía, ¿me oyes? ¿Me entiendes? Su madre la zarandeó suavemente.

Te oigo, mamá

¿Y por qué no me contestas? Su madre estaba cada vez más nerviosa, Lucía lo percibía.

No estaba callada, mamá, solo estaba pensando.

Pensando, dice Mira cuántos libros hay aquí, Lucía Oh, cuánto me gustaba leer cuando era niña

Mamá ¿vamos a estar aquí mucho tiempo?

No lo sé, amor, de momento hay que quedarse.

Lucía entendía perfectamente lo que les había pasado a ellas, a su familia. Su madre creía que Lucía era pequeña y no entendía nada, pero se equivocaba.

Lucía, tu tía Carmen vendrá a verte, yo tendré que trabajar todo el día, por las mañanas saldré temprano y volveré por la tarde. Y los fines de semana estaremos juntas, iremos al río a darnos un chapuzón

La madre cubrió su rostro con las manos.

Perdóname, perdóname, hija mía

Mamá, no llores Ya sé que papá nos dejó, sé que ahora tenemos que arreglárnoslas y tú creíste que lo mejor era mudarnos a la casa de la abuela y alquilar el piso.

Lo sé todo, mamá Seré buena, te lo prometo, esperaré a que vuelvas y leeré libros, además la tía Carmen me echará un ojo.

Vamos a estar bien, mamá Y en septiembre iré al colegio. Mamá ¿aquí hay colegio?

No, pequeña, antes sí hubo, pero ahora ya no. Pero te prometo que en otoño volveremos a nuestro piso. Esta situación es solo mientras encuentro un buen trabajo.

El piso lo he alquilado hasta agosto, así que nos da tiempo de sobra, después haremos algunas reformas y volveremos. Todo irá bien, hija

Lo sé, mamá

Aquel atardecer madre e hija pasaron mucho tiempo sentadas juntas en el porche de la casita, y la madre le contó cómo fue su infancia y lo mucho que quería a la abuela.

Mamá, ¿y tú tuviste mamá?

Sí, la tuve, suspiró ella todavía vive, pero no me necesita.

¿Cómo que no te necesita?

Así es, pequeña. Yo llegué muy pronto en su vida, ella y mi padre no se llevaron bien, él se fue a otra ciudad y formó otra familia. Mi madre deambuló un poco, pero luego me dejó con la abuela Sofía y se marchó a Madrid a buscar suerte

¿Y la encontró?

La encontró, sí, hija, pero se olvidó de mí. Se casó, tiene dos hijos, y de mí apenas se acuerda solo me felicitaba por el cumpleaños, o en Navidad.

Me acuerdo de que un día vino porque uno de sus hijos estaba enfermo y me llevó allí bueno, al campo, por el aire sano.

Nunca les contó nada de mí, no sabían que era su hermana.

Un día la abuela le dijo que tenía que comprarme un vestido para mi graduación y ella se puso a gritarle, diciéndole que era una insensible, que tenía un hijo enfermo y que solo pensaba en vestidos.

Carmen le dijo la abuela enfadada Sofía también es tu hija, ¿cómo puedes ser así?

Una burra sana, me llamó por lo bajo, que se busque la vida y se compre su vestido.

La abuela se enfadó tanto que la echó de casa.

Mamá, nunca la llamas mamá, siempre la nombras solo.

Lo sé, perdón, hija mía no me sale llamarla mamá. Para mí, mi verdadera madre fue la abuela Sofía.

¿Te pusieron tu nombre por ella, mamá?

Eso creo, sí en honor a la abuela.

¿La querías?

¿A quién?

A la abuela Sofía.

Muchísimo, ¡muchísimo! Cuando se fue, el mundo se me vino abajo Sabes, a Carmen bueno, a mi madre, también la quería, la quería y esperaba que viniese a verme, cada cumpleaños, cada fiesta esperaba verla

Cuando estaba enferma, el primer día de cole, cuando la abuela murió siempre la esperaba.

Pero ella no vino porque la madre de su marido cumplía años Vino luego, lloró un poco y me dijo que recogiera mis cosas porque yo era menor y me tenía que ocupar de mí.

Yo creía que me llevaría con ella, pero no, me puso a estudiar y me metió en una residencia de estudiantes.

Mi primer fin de año sin la abuela creí que me llevaría con ella, pero me dijo:

Lo siento, Sofía, no puedo, tengo la casa llena de gente, vendrán los parientes, como te voy a llevar.

Así que decidí volverme a casa, a casa de la abuela.

Dame las llaves de casa de la abuela le pedí.

¿Para qué? se le movían los ojos nerviosa.

Es mi casa también, si crees que puedes manejar mi herencia, te equivocas.

También es mía protestó, y pensábamos ir a pasar el fin de año allí, en el campo.

Pues si os presentáis, os estropeo la fiesta. Dame las llaves.

No me las dio, pero ¿para qué? Me salté la valla, fui a la ferretería y compré dos cerraduras nuevas. Llamé al vecino, don Ramiro, él quitó los cerrojos viejos y puso los nuevos.

Sobre la casa, todos los vecinos decían que si Carmen intentaba algo, ellos se interpondrían, en recuerdo de la abuela.

Ese fin de año pensaba estar sola, pero vinieron mis amigas y lo pasamos bien.

Y luego cumplí dieciocho.

¿No la ves?

No ¿para qué? Ella no tiene nada que decirme y yo tampoco a ella.

Mamá tú

¿Qué? ¿Te haría yo lo mismo? Jamás, hija. Jamás, ¿me oyes?

Lucía era ya muy madura y nada le asustaba. Su madre se iba a trabajar, tía Carmen la visitaba de vez en cuando.

Comía, recogía, fregaba su plato, daba de comer a su muñeca Clara y se ponía a leer algún libro.

Había aprendido a leer hacía poco y le fascinaba leerle cuentos a Clara y al osito Mateo.

Los días pasaban igual. Al principio lloraba bueno, las lágrimas caían solas y ella intentaba reprimirlas, pero era imposible No lloraba por gusto, eran las lágrimas, esas traicioneras.

Luego venía mamá y se le pasaba todo.

Pero un día mamá no vino, pasaba la hora y nada. Anochecía, Lucía encendió la luz del techo y cerró bien las cortinas.

No os preocupéis, Clara, Mateo, Marisa, Nerea y el payaso Andrés, no os preocupéis consolaba Lucía a sus juguetes.

A lo mejor debía ir a la estación a buscar a mamá, pensó, pero no recordaba bien el camino y no fuese que se cruzaran y no se encontraran.

Lucía apartaba los pensamientos malos, no, su mamá no le haría eso, no, no, no Si ya no tenía a la abuela Sofía, ¿con quién se quedaría entonces?

Imaginó que su madre podría casarse de nuevo, tener otros hijos y olvidarse de ella. Y Lucía se quedaría en la casita, completamente sola.

De la pena rompió a llorar en voz alta, le costaba respirar, los sollozos no cesaban, los ojos le ardían, la garganta enronquecida, Lucía seguía llorando frente a la ventana hasta quedarse dormida en la silla.

Despertó al oír ruido en el zaguán ¿y si eran ratas, o y si era la madre de su madre, esa Carmen que nunca conoció, que venía a echarlas de su casita? Lucía se acurrucó y gimoteó bajito.

De pronto la puerta se abrió y se encendió la luz.

¡Mamá! saltó Lucía de la silla, que cayó al suelo ¡mamá, mamá mía!

Mi niña, Lucía, mi vida perdóname, perdóname perdí el último tren de cercanías y he tenido que ir andando desde la estación de al lado.

¿Tuviste miedo, mamá?

Mucho, Lucía, mucho me moría de miedo por ti. Lloraba y te pedía que no lloraras, y yo también lloraba Espanté a todos los lobos del bosque, su madre reía y lloraba a la vez.

Tenía terror de que pensaras que te había abandonado.

Y entonces entonces Lucía mintió, fue la primera vez en su vida que no le dijo la verdad a su madre.

Mamá, yo nunca pensé eso, sé que no me abandonarías ni me traicionarías nunca.

Sí, mintió, porque por un momento sí lo había pensado, pero no quería que su madre se sintiera peor.

Madre e hija se quedaron en la casita hasta finales de agosto, después Lucía empezó el colegio y su madre encontró un buen trabajo.

El padre quiso demandar a la madre para tener a Lucía los fines de semana. Pero su madre se reía, decía que nunca había mostrado interés en verla.

Yo nunca se lo he negado respondía ella pero él no quería

Ahora Lucía ve a su padre los fines de semana. Al principio iba entusiasmada, pero luego

Mamá, creo que mi padre es como tu Carmen, no me necesita. Solo queda conmigo porque toca. Me lleva a la ludoteca del centro comercial y él se pasa el rato hablando por teléfono y discutiendo.

Me siento en el banco a mirar a los pequeños mamá, no quiero ir más con él Hay que decírselo.

El padre empezó a gritar y culpar a la madre de que le estaba volviendo a la hija contra él.

Soy su padre vociferaba y tú no me dejas verla.

Papá ya soy mayor, ¿para qué me llevas a esa sala de niños? Y no me gustan las patatas fritas ya crecí.

Cuando te fuiste de casa y yo me quedaba sola todo el día Y mamá cuando perdió el tren y tuvo que venir andando desde la otra estación, cruzando el bosque, y la persiguieron los lobos, y yo estaba sola en casa

Lucía volvió a mentir, esta vez a su padre. Lo de los lobos no era cierto. Él se quedó callado y luego se fue.

Pero al mes volvió se disculpó y dijo que lo entendía todo, y salieron al cine solo él y Lucía.

Y desde entonces, Lucía volvía contenta a verle

Sofía ¿de verdad huiste de los lobos esa noche? le preguntó el padre a la madre una vez.

Claro contestó ella sin pestañear.

Después los padres estuvieron charlando y el padre perdió el tren. Fue la madre la que le dijo que ya había salido.

Mamá, si papá ha perdido su tren, ¿cómo volverá a casa? ¿Por qué no le dejamos quedarse aquí?

El padre miraba a la madre. Pero ella era firme.

Que se vuelva andando aquí no hay lobos contestó la madre y lo despidió.

Mamá él quería quedarse, ¿verdad? preguntó Lucía de noche, tumbadas juntas.

¿No le vas a perdonar?

La madre no respondió.

Mamá, tú sabrás pero yo os quiero a los dos

Lo sé, Lucía, hija.

Pero a ti más, eres mi mamá valiente, la que corría sin miedo hasta ahuyentar a los lobos.

Pasaron los años. Lucía ya se casa.

Mamá tengo que confesarte algo.

Dime, hija.

Mamá aquella vez sí pensé que me ibas a dejar, como Carmen

Ay, mi niña ¿cómo iba a hacerte yo eso?

En aquel momento no lo sabía perdóname, mamá.

Perdóname tú, hija, por lo que tuviste que pasar

Se abrazaron, madre e hija, inseparables. Mamá siempre a su lado.

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Olechka, hija mía, te lo ruego – la madre se agachó junto a Olya –, tenemos que quedarnos aquí un tiempo, pronto todo pasará y volveremos a la ciudad. Olya miraba en silencio a su madre. – ¿Olya, me escuchas? ¿Lo entiendes? – la madre agitó a Olya. – Sí, mamá… – ¿Entonces por qué callas? – La madre estaba nerviosa, Olya lo percibía. – No callaba, mamá, pensaba. – Pensaba ella… Mira cuántos libros hay aquí, Olya… Ay, cómo me gustaba leerlos de niña… – Mamá… ¿tendremos que vivir aquí mucho tiempo? – No lo sé, cielo, de momento hay que quedarnos. Olya entendía todo lo que les había pasado, a ella y a su familia. Mamá pensaba equivocadamente que Olya era pequeña y no comprendía nada. – Olya, la tía Catalina te va a visitar, yo prepararé la comida del día, por la mañana me iré y por la tarde volveré. Y los fines de semana estaremos juntas, iremos al río a bañarnos… La madre se tapó la cara con las manos. – Perdóname, perdóname… – Mamá, no llores, no hace falta. Sé que papá nos ha dejado, sé que tenemos que buscar la manera de salir adelante, y tú pensaste que lo mejor era mudarnos a la casita de la abuela y alquilar el piso a extraños. – Sé todo, mamá… Seré buena, te lo prometo, te esperaré y leeré libros, además la tía Catalina me cuidará. – Podremos con esto, mamá… Y en otoño iré al colegio. – Mamá… ¿aquí hay colegio? – No, hija, antes había uno, pero ya no. Pero en otoño te prometo que volveremos a nuestra casa. Esto es temporal, hasta que encuentre un buen trabajo. – He alquilado el piso hasta agosto, nos da tiempo justo, luego lo reformaremos y viviremos bien. Todo irá bien, hija… – Lo sé, mamá… Aquella tarde la madre y Olya pasaron largo rato sentadas en el porche de su pequeña casa, y la madre le contó historias de su infancia y de la buena abuela que había tenido. – Mamá, ¿y tú tenías… mamá? – Sí, suspiró la madre, aún la tengo, solo que… yo no le hago falta. – ¿Cómo es eso? ¿Cómo que no le haces falta? – Así, pequeña. Llegué demasiado pronto en su vida, con papá no funcionó y él se fue a otra ciudad, allí formó una nueva familia. Mamá estuvo un tiempo viniendo y yendo, y después me llevó con la abuela Sonia, y ella se fue a la ciudad a buscar la felicidad… – ¿Y… la encontró…? – Encontró la felicidad, hija, pero de mí se olvidó del todo… Se casó, tiene dos hijos, y a mí… solo me felicitaba por mi cumpleaños, o en las fiestas. – Recuerdo que una vez vino porque uno de sus hijos estaba enfermo, y lo trajo para… la naturaleza, el aire limpio, pero ni siquiera les contó a ellos que yo era su hermana. – La abuela le dijo que pronto sería mi fiesta de fin de curso y que me comprara un vestido… Pero ella empezó a gritarle, diciendo que la abuela era una insensible, que su hijo estaba enfermo y la otra solo pensaba en vestidos. – “Zoe”, protestó la abuela, “Sonia también es tu hija, ¿cómo puedes?” – “Vaya, pues que se gane el vestido trabajando”, dijo ella por lo bajo. La abuela se enfadó y la echó… – Mamá, nunca la llamaste madre, solo dices ella… – Lo sé, perdóname, hija… no puedo llamarla madre, para mí madre fue siempre mi abuela Sonia. – Y a ti te llamaron Sonia por la abuela, ¿verdad, mamá? – Sí, supongo… Por la abuela… – ¿La querías mucho, mamá? – ¿A quién? – A la abuela Sonia. – Muchísimo, muchísimo, muchísimo. Cuando nos dejó, sentía que el mundo se había apagado… También quise a Zoe… mamá, la quería y la esperaba, cada cumpleaños, cada fiesta, la esperaba. – Cuando estaba enferma, cuando llegaba el primer día de clase, cuando la abuela se fue… siempre la esperaba. – No podía venir porque era el cumpleaños de la madre de su marido… Luego vino, lloró… Me mandó recoger las cosas, como era menor de edad. – Pensé que me llevaría con ella, pero no, me matriculó y me puso en una residencia de estudiantes. – Mi primera Nochevieja la pasé sin la abuela. Ingenua de mí, pensé que mi madre me invitaría, pero solo dijo: – Lo siento, Sonia, la casa está llena de gente, familiares vendrán, ¿cómo te voy a meter? – Decidí entonces volver a casa, mi casa. – Dame las llaves de la casa de la abuela, pedí. – ¿Para qué? – decía, nerviosa. – Esa casa es mía, si piensas que puedes disponer de mi herencia, te equivocas. – Esa casa también es mía – protestó ella –, y vamos a ir a celebrarlo en el campo. – Te advierto que si vas os estropearé la fiesta. ¡Las llaves! – No me las dio, pero no importaba. Fui, salté la valla y compré dos cerraduras nuevas. Llamé al vecino, el tío Federico, que me ayudó. Los vecinos dijeron que no dejarían que nadie me echara nunca, por la abuela. – Aquella Nochevieja la pensé pasar sola, pero vinieron unas amigas, pasamos una buena noche… – Y luego cumplí dieciocho. – ¿No la ves nunca más? – No… ¿Para qué? Ella y yo no tenemos ya nada que decirnos. – Mamá… tú… – ¿Qué? ¿Piensas que haría lo mismo que mi madre conmigo? Nunca, ¿me oyes? ¡Jamás! …Olya era ya mayor y no tenía miedo. Su madre iba a trabajar, la tía Catalina venía dos veces. Olya comía, recogía la mesa, lavaba su plato, daba de comer a la muñeca Galina y se sentaba a leer. Había aprendido a leer hacía poco y le encantaba hacerlo, también para la muñeca Galina y el osito Miguel. Los días pasaban igual para Olya. Lloró los primeros días, las lágrimas caían solas, pero luego venía mamá y todo pasaba. Pero un día mamá no vino. No venía, no venía… Se hizo de noche, Olya encendió la luz y corrió las cortinas. – No tengáis miedo, Galina, Miguel, María, Nina y el payaso Andrés, no tengáis miedo, tranquilizaba Olya a los muñecos. Pensó en salir a la estación a buscar a mamá, pero no recordaba bien el camino y temía perderse. Ahuyentaba los malos pensamientos: no, mi madre nunca haría eso conmigo, no, no, no… ¿Con quién se quedaría Olya si no tenía abuela Sonia? Veía en su mente a mamá casándose otra vez, con otros hijos, y olvidándola. Lloró Olya a todo llanto, le dolían los ojos y la garganta, se durmió llorando junto a la ventana. Oyó ruidos en el zaguán; ¿serán ratas? ¿O será la madre de mamá, la abuela Zoe, que nunca había visto y que venía a echarlas de casa? Olya sollozó bajito. De repente la puerta se abrió, la luz se encendió. – ¡Mamá! – Olya saltó de la silla, que cayó al suelo. – ¡Mamá, mamá mía! – Pequeña, Olechka, mi niña querida… perdona, perdona… he perdido el último tren, llegué a la estación vecina y vine andando. – ¿Mamá, tuviste miedo? – Mucho, Olechka, ¡tenía tanto miedo por ti! Lloré, te pedía que no lloraras y yo sola lloraba… hasta asusté a todos los lobos – reía y lloraba mamá. – Temía que pensaras que te había abandonado. Entonces… entonces Olya mintió por primera vez a su madre. – No, mamá, nunca pensé eso de ti, porque sé que nunca me abandonarás ni me traicionarás. Era mentira, porque sí lo pensó, pero no quería que mamá sufriera más. Olya y su madre estuvieron en la casa hasta finales de agosto, luego Olya fue al colegio y mamá encontró un buen trabajo. Papá quiso denunciar a mamá para tener a Olya los fines de semana. Mamá se reía, decía que nunca le había prohibido ver a la niña, pero él mismo nunca lo había intentado. Ahora Olya ve a papá los fines de semana. Primero iba con gusto… después… – Mamá, creo que mi padre es como tu Zoe, no me necesita, solo me ve por algún motivo que desconozco. Me lleva a la ludoteca del centro comercial y él solo habla por teléfono y se enfada. – Yo me siento a mirar a los niños, mamá… No quiero ir con papá… Díselo tú. El padre se enfadó y acusó a la madre de poner a la hija en su contra. – Soy el padre – gritaba él –, y tú me lo impides. – Papá… ya no soy pequeña, ¿para qué me llevas a esa sala absurda? Y no me gustan las patatas fritas… He crecido. – Cuando te fuiste y me quedé sola con mamá, papá… el día que mamá perdió el tren y vino andando por el bosque… la perseguían lobos, y yo sola en casa… Por segunda vez Olya mintió, esta vez a su padre. Lo de los lobos. Papá escuchó y se fue. Pero al mes volvió… Se disculpó y dijo que lo había comprendido, y se fueron juntos al cine… Ahora Olya espera con gusto a su padre… – Sonia… ¿de verdad huiste de los lobos? – preguntó papá un día a mamá. – Sí – respondió ella sin pestañear. Después mamá y papá hablaron… y él perdió el tren. Dijo mamá que su tren se había marchado. – Mamá, si el tren de papá se fue, ¿cómo volverá a su casa? ¿Que se quede aquí? Papá miró a mamá, pero ella fue tajante. – Llegará andando… aquí no hay lobos – dijo y lo despidió. – Mamá, ¿él quería quedarse, verdad? – preguntó Olya esa noche, ya acostada con mamá. – Sí… – ¿No le perdonarás? Mamá guardó silencio. – Es tu decisión, pero… yo os quiero a los dos… – Lo sé, Olya, hija. – Pero a ti más, porque eres la madre más valiente del mundo, corriste tanto por llegar hasta mí, que ni temiste a los lobos. …Pasaron los años. Olya ya se va a casar. – Mamá… te tengo que confesar algo. – Sí, dime. – Mamá… entonces pensé que me dejarías, como Zoe… – Mi niña… ¿crees que yo podría hacerlo…? – En aquel momento no lo sabía, mamá… perdóname. – Perdóname tú, por todo lo que tuvimos que pasar… Se abrazaron, madre e hija… siempre juntas. Mamá, siempre a mi lado.
Nunca creí en los milagros de Año Nuevo hasta que escuché un suave maullido detrás de la puerta.