Hace tres años me divorcié de mi marido. No teníamos nada en común aparte de nuestro hijo. Ni siquie…

Hace tres años me divorcié de mi marido. Sinceramente, no teníamos nada en común, salvo nuestro hijo. Ni siquiera me sorprendió cuando, al mes de separarnos, él ya tenía una novia jovencita como salida del televisor. Hace tres meses se casaron, así, sin despeinarse.
La verdad, ya ni me afecta. Pero ayer recibí un mensaje suyo, de la nueva, que me dejó más descolocada que una aceituna en una tortilla francesa. Me dijo que dejáramos en paz a Javier (sí, así se llama mi ex), y que dejáramos de exigirle dinero, que de ahora en adelante no íbamos a ver ni un euro más.
Mi hijo tiene cinco años. Antes yo estaba de baja maternal, así que Javier cubría todos los gastos. Ahora trabajo a media jornada, que ya es un logro con los horarios españoles.
Tras el divorcio, acordamos vender nuestro piso de tres habitaciones y comprar dos separados: uno para Javier, otro para el niño y para mí.
La pensión que paga mi ex no está nada mal, pero yo prefiero cubrir mis gastos por mi cuenta, por eso no paro de ir de entrevista en entrevista, soñando con un trabajo a jornada completa. Todo el dinero que Javier pasa religiosamente cada mes, va directo para Álvaro, nuestro hijo: la guarde, las actividades extraescolares, los juguetes, la merienda y algún caprichito. Un poquito también para los recibos de la luz, que no regalan la factura en Madrid.
El judo, que según Álvaro es imprescindible para su vida, también requiere su inversión. Los kimonos no crecen en los árboles.
Este verano, mi ex mandó un poco de dinero extra con la condición de que llevara a Álvaro de vacaciones. Así que nos fuimos a la Sierra de Guadarrama, y mi hijo estaba más contento que unas castañuelas.
Puede que Javier ya no sea mi media naranja, pero me alegra que no se olvide de su hijo tras el divorcio. Incluso si tengo un marrón de última hora, se queda con él sin rechistar. Se lo lleva a centros comerciales, pasean por el Retiro, van al cine… Aunque, curiosamente, Álvaro nunca ha ido a casa de su padre.
Siempre imaginé que la responsable era la nueva. No me importaba gran cosa, hasta que me escribió aquel mensaje.
No contenta, últimamente se ha animado a llamarme. En su última llamada me soltó que no tengo vergüenza, que mi ex se deja hasta el último euro en nosotros. Y claro, yo no me callé. Llamé corriendo a Javier y le conté la película. Se puso de un humor de perros y, por lo que me ha contado, le dijo a su mujer que no se metiera donde no la llamaban y que sus euros, los gestionaba él, y punto pelota.
Eso sí, sigo con el runrún de que esta chica consiga convencer a Javier de rebajar la pensión. Y entonces tendría que empezar a decirle no a demasiadas cosas a mi hijo.
Solo espero que Javier conserve esa humanidad, honestidad y bondad por la que me enamoré de él (aunque la tapa haya saltado).

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