Sartén para tortitas
Te voy a contar lo que le pasó a Carmen el otro día, porque es de esas historias que te hacen pensar y hasta reírte un poco con el caos que puede ser la vida a veces por la mañana.
Por todos los relojes del mundo, Carmen iba ya tarde al trabajo. Como siempre, claro, pero esta vez con más probabilidad de que le cayera la bronca del jefe y, de paso, le descontaran algo de la nómina de ese mes. Todo empezó con una mañana que parecía maldita. La pequeña Lucía, que está en segundo de primaria, no quiso comer su tazón de cereales y empezó a quejarse con cara de tragedia de que le dolía la garganta. Carmen sacó las gafas del bolso para ver si veía aunque fuera una pizca de rojo en la garganta, pero cuando vio que no había nada aprovechó para dejarle claro a la niña que, si seguía con el teatro, le iba a caer una buena. Luego la ayudó a ponerse la mochila y la fue empujando hacia la puerta.
Mientras tanto, el mayor, Álvaro, corría como un loco de una habitación a otra buscando la agenda. Era tanta la bulla y el trasiego que a Carmen le empezó a doler la cabeza. Al final, entre gritos y carreras, agarró a la pequeña mentirosilla de Lucía de la mano y salieron pitando al portal.
Eso sí, lo de subirse al coche no fue tan rápido. Su marido, Gabriel, todavía estaba limpiando el coche y Carmen pensaba en que, por un lado, estaba bien tenerlo limpio pero, por otro, menuda faena. Entre que se organizaron todos, arrancaron y, cuando por fin tomaron la Gran Vía y se metieron en el monumental atasco mañanero de Madrid, ya estaba claro que Carmen no llegaba ni de broma a la oficina a la hora.
Llega a la calle donde está la oficina de venta de billetes de tren y, corriendo a lo loco, casi se va al suelo porque el asfalto estaba resbaladizo después de la lluvia. Menos mal que se agarró a una maleta gigante que había ahí y se salvó de caer de bruces al suelo. Al final, le dio las gracias entre risas nerviosas a la señora de la maleta y se fue directa dentro.
Por suerte, sus compañeras le contaron que el jefe aún no había llegado y Carmen pudo respirar tranquila, beberse de un trago un vaso de agua y sentarse. No pasó ni media hora cuando ya andaba tan liada con el curro que se le olvidó el caos de la mañana.
Durante la pausa de la comida miró por la ventana y vio a la anciana de la maleta gigante ahí sentada en el banco de la estación, temblando bajo la lluvia y el viento. Le llamó mucho la atención, sobre todo los ojos de la mujer, que transmitían un cansancio infinito, como si nada la sorprendiera ya en la vida, ni siquiera el viento que intentaba arrancarle el billete de la mano.
¿Hace mucho que está ahí esa señora? le preguntó a su compañera Amparo.
Dicen que desde ayer, incluso desde antes.
¿Y a dónde va?
A Salamanca.
¿A Salamanca? Pero si pasan trenes continuamente, ¿por qué no se va?
Carmen se llenó un vaso de té que quedaba en el termo, cogió un trozo de bizcocho casero y salió. Se sentó al lado de la mujer, le ofreció el té y el bizcocho y, sonriendo, le dijo:
Seguro que se acuerda de mí, esta mañana su maleta me salvó de una caída tonta. ¿Adónde va usted?
A Salamanca respondió la señora, sorbiendo el té sin emoción.
Carmen miró el billete y le extrañó.
Pero su tren se fue hace dos días. ¿Por qué no subió?
La señora, ajustándose su sombrero de fieltro de hace mil años, contestó con voz ronca y resignada:
Mire, hija, yo aquí no le hago daño a nadie. Si molesto, me cambio de banco, no se preocupe.
Intentó levantarse, pero Carmen la detuvo con suavidad:
No, no, por favor, quédese donde esté cómoda. Está lloviendo, hace frío
No te preocupes, no siento ya nada. Todo lo llevo por dentro, ya ni el frío me afecta suspiró la mujer mientras secaba las lágrimas con un pañuelo bordado que sacó de su bolsito gastado. La verdad, es que no tengo a dónde ir. Una historia de tantas… Con mi hijo y su novia no cuajo la cosa. Bueno, más bien con su novia… muy guapa, pero tela de interesada. A mi hijo se le fueron los ojos detrás y mis consejos le sonaron a críticas. Quisieron sacarme del medio comprándome un billete a casa de mi hermana en Salamanca, pero lo que ellos no sabían es que la pobre falleció hace tres años y su piso lo vendieron hace tiempo. Yo no tuve valor de decir nada… Pensé, que sea lo que Dios quiera, así quizás ellos sean más felices sin mí por medio. El caso es que aquí estoy, esperando no sé muy bien qué. Que la vergüenza me mate o que venga la ambulancia y me lleven a una residencia de ancianos. Gracias, hija, de verdad. Ahora me doy cuenta de que tenía hasta hambre dijo, agradecida.
Lo de hija le tocó a Carmen hondo. De pronto, se le vinieron encima recuerdos de su infancia en el centro de menores. Cuántos años sintiéndose diferente, con envidia de ver cómo otros niños eran adoptados y ella, pelirroja, poco agraciada y con poca gracia para los poemas, nunca elegida.
Cuando salió del centro, la mandaron como aprendiz a una fábrica de tejidos y le dieron una habitación en una vieja pensión. Allí estuvo hasta que se casó. Por suerte, con un hombre bueno y sencillo.
Ese hija le llegó tan adentro que se atrevió a decirle a la señora:
Por favor, no se mueva de aquí. Cuando termine yo el turno, nos vamos a casa. Es grande, sobra espacio para todas. Si luego ve que no se siente cómoda, siempre puede volver, pero pruébelo. ¿Vale?
Cuando subieron después al coche, ya con la familia, Carmen presentó a todos:
Yo soy Carmen, mi marido es Gabriel y estos son Álvaro y Lucía. ¿Y usted cómo se llama?
Llámame abuela Eulalia respondió la señora, ya más relajada y con las mejillas más rosadas.
Al día siguiente era fiesta y Carmen se despertó con un olor increíble a tortitas recién hechas. Se puso la bata y salió a la galería, donde vio a abuela Eulalia moviéndose con soltura, dándoles la vuelta a las tortitas en la sartén y sirviendo con una sonrisa a Gabriel y los niños. Al verla, la señora intentó excusarse:
No te enfades, hija. He encontrado en el horno una sartén que no se pega y me he animado a preparar el desayuno. Siéntate y prueba, que seguro que te salen mejor que a mí.
Después de desayunar, salieron todos al jardín para recoger hojas y quemarlas. No faltó tirar unas patatas a las brasas, como manda la costumbre. Carmen asistía asombrada al ánimo de Eulalia, cómo canturreaba una melodía desconocida mientras trabajaba.
No te extrañes de mi fuerza, hija. Mira que me decían Eulalia la yegua en el frente. Saqué a muchos heridos de entre las bombas. Al final me hirieron y me mandaron a la retaguardia. Allí me casé y tuve a mi hijo, aunque el pobre marido duró poco por culpa de los pulmones. Se fue cuando llegó la primavera y yo me quedé sola con el chiquillo. Pero mira, tiré para adelante, saqué a mi hijo, y aquí me tienes.
El lunes volvió el trajín habitual de la casa: el pequeño lloriqueando porque no encontraba el libro del colegio, el mayor buscando la mochila, Gabriel terminando de limpiar el coche Cuando por fin salieron, Carmen vio a Eulalia vestida y con la maleta en la mano:
Gracias, hija, ya he descansado bastante. Ahora me toca marcharme.
¡Abuela Eulalia! ¿No le ha gustado estar con nosotros?
Claro que sí, pero ¿para qué quiere una familia alguien de fuera?
¡Abuela, quédese! ¡Por favor! ¿Quién nos va a hacer unas tortitas tan ricas? Yo nunca he conseguido que me salgan así. ¡Quédese, se lo pido! Si ya es de la familia
Carmen agarró la maleta, que de repente no pesaba nada, le ofreció el brazo a Eulalia y subieron juntas al porche.
Mientras todos se subían al coche para ir al cole y al trabajo, oyeron la voz de Eulalia:
Hija, cuando tengas un rato, cómprame otra sartén, que con dos me arreglo mejor para las tortitas
Y Carmen, en voz baja, casi sin que la señora la oyera, murmuró:
Lo que tú digas, mamá EulaliaComo si aquel simple gesto, ese aferrarse al brazo ajeno, le devolviera a Eulalia un trocito de valentía que creía perdida, la mujer suspiró y, por primera vez en mucho tiempo, dejó la maleta caer a sus pies.
Lucía se acercó de puntillas y le plantó un beso en la mejilla. Álvaro, algo más tímido, sonrió y le dio la mano, como si sellara un pacto invisible. Gabriel, desde la puerta, alzó una taza de café y dijo con voz ronca:
Aquí siempre habrá café y jardín para quien lo necesite.
Eulalia miró a Carmen y, con los ojos humedecidos, susurró:
Quizá, después de todo, una familia se escoge cada día.
Y así, entre el aroma de tortitas, el bullicio cotidiano y el calor de un hogar inesperado, la vieja abuela Eulalia se quedó. No como invitada, sino como raíz nueva en tierra fértil.
Dicen que desde entonces, en aquella casa, nunca faltó un desayuno caliente ni una risa compartida. Y cada vez que la lluvia golpeaba los cristales, alguien se acordaba de la mujer de la maleta y, sin saber cómo, se sentía menos solo en el mundo.







