Mi marido nos abandonó a mis hijos y a mí, dejándonos sin apoyo económico, y un año después sufrió u…

Te cuento la historia, porque de verdad, parece sacada de una novela. Mira, hace más de quince años empecé mi vida con Fernando, mi exmarido. Nos casamos con mucha ilusión y al principio vivíamos con mi suegra en Madrid, mientras los dos trabajábamos en una fábrica del polígono. Más adelante, nos mudamos a un piso en Vallecas y todo parecía ir viento en popa. Como Fernando tenía potencial, le animé a ir a la universidad; mientras él estudiaba, yo me encargaba de hacerle los trabajos, los informes y hasta los ensayostodo para que pudiera sacarse el título y subir posiciones en la empresa. Aunque yo también tenía carrera, al final mi vida profesional se quedó un poco estancada, pero me consolaba pensando en la felicidad y la unidad de nuestra familia.

Cuando nuestro hijo Daniel se hizo un poco mayor, me quedé embarazada de nuestra hija, que llamamos Inés. Al poco tiempo de que ella naciera, volví al trabajo, pero ya sabes cómo es: los niños estaban siempre con catarros y virus, así que necesitaban que estuviera pendiente de ellos constantemente, de médicos y todo eso. Pese a todo, seguía positiva y agradecida por el cariño que había en casa. Fernando cada vez se volcaba más en el trabajo y gracias a su esfuerzo, conseguimos comprarnos un piso luminoso aquí en el barrio, con habitación propia para cada uno de los niños, que estaban encantados. Sin embargo, empecé a notar que Fernando pasaba cada vez menos tiempo en casa.

Hasta que un día, una antigua compañera del coleque, fíjate tú, estaba pasando por algo parecido con su maridome contó lo que sospechaba: Fernando estaba con otra. No me lo pensé dos veces y fui al trabajo de la otra chica, Lucía se llamaba, para pedirle por favor que nos dejara en paz, pero ni caso. Va y me humilla delante de todos sus compañeros sin ningún pudor. Y claro, luego llega Fernando, lo pilla todo y, ni corto ni perezoso, me confiesa la infidelidad y me suelta que quiere divorciarse, que no puede seguir con la doble vida.

Pues nada, que se busca a los mejores abogados de Madrid y nos deja a los niños y a mí tirados, sin un duro, como si no fuéramos nada para él. Estaba tan ciego por su nueva relación que no le importó lo más mínimo cómo íbamos a salir adelante. Menos mal que mis padres me echaron una mano y con mucho esfuerzo pude comprar un piso chiquitito en Carabanchel y conseguí curro para mantener a la familia. La vida, poco a poco, empezó a mejorar.

Y atento: un año después aparece Fernando otra vez, buscando ayuda porque ha perdido el trabajo y su nueva novia lo ha dejado después de un accidente de coche que tuvo. Ni siquiera tuvo la decencia de pedir perdón por todo el daño que hizo; vino con aires soberbios, pidiéndome que le echara un cable. Por supuesto, le dije que no, que ya estaba biennos abandonó y nos dejó en la estacada, llevándose todo por delante. Ahora por fin me toca pensar en mis hijos y en mí, igual que él hizo sólo que ahora yo elijo cuidar de los nuestros y de mi dignidad ante todo.

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Mi marido nos abandonó a mis hijos y a mí, dejándonos sin apoyo económico, y un año después sufrió u…
— No, mamá, ahora no tienes que venir. Piénsalo bien. El viaje es largo, toda la noche en tren, y ya no eres una jovencita. ¿Para qué quieres ese lío? Además, es primavera y seguro que tienes mucho que hacer en el huerto —me dice mi hijo. — Hijo, ¿cómo que para qué? Hace mucho que no nos vemos. Y tengo muchas ganas de conocer a tu esposa, ya sabes, quiero conocer a mi nuera más de cerca —le digo sinceramente. — Pues hacemos una cosa: espera hasta final de mes, que para Semana Santa hay muchos días libres, y venimos los tres a verte, ¿vale? —me tranquiliza mi hijo. La verdad, ya estaba decidida a ir, pero le creí y acepté esperarle en casa. Sin embargo, nadie vino a verme. Llamé varias veces a mi hijo, pero no contestaba. Luego él me llamó para decirme que estaba muy ocupado, que no me esperara. Me sentí fatal. Había hecho tantos preparativos para la visita de mi hijo y su esposa. Hace medio año que se casó y a mi nuera no la conozco. Mi hijo, Alejandro, lo tuve, como se dice, para mí. Ya tenía 30 años y nunca me casé, así que decidí tener un hijo para no estar sola. Quizá esté mal, pero nunca he lamentado esa decisión, aunque fuera difícil y apenas tuviéramos para vivir. Siempre trabajé en varios sitios para que a mi hijo no le faltara de nada. Alejandro creció y se marchó a estudiar a Madrid. Para ayudarle al principio, hasta me fui a trabajar a Francia y poder mandarle el dinero para la universidad y sus gastos allí. Como madre, me daba una alegría inmensa poder ayudarle. En tercero de carrera empezó a trabajar, y cuando se graduó se mantuvo solo. Volvía a casa, pero muy poco, una vez al año. Y yo, para mi vergüenza, nunca en mi vida había estado en Madrid. Pensé que si se casaba, iría seguro. Incluso ahorré para la ocasión. Llegué a juntar seis mil euros. Hace medio año me llamó para darme la noticia tan esperada —que se casaba. — Mamá, pero no vengas, que ahora sólo vamos a firmar, la boda la celebramos más adelante —me avisó. Me dio pena pero no dije nada. Alejandro me presentó a su mujer, Paula, por videollamada. Parecía buena chica y muy guapa. Además, rica. Su padre, el suegro, es un empresario importante. No me quedaba más que alegrarme de su suerte. Los meses pasaron y ni viene ni me invita a ir. Tenía ganas de conocer a mi nuera y abrazar a mi hijo, así que me preparé, compré un billete de tren, cociné comida casera, incluso pan, preparé conservas y me fui. Llamé a mi hijo justo antes de subir al tren. — ¡Mamá, no puede ser! ¿Para qué vienes? Yo estoy en el trabajo, ni te podré esperar. Bueno, aquí tienes la dirección, llama un taxi y vienes tú sola —me dijo Alejandro. Llegué a Madrid por la mañana, pedí un taxi y me sorprendió lo caro que era el viaje. Pero la ciudad es preciosa al amanecer, admiré las vistas por la ventanilla. Me abrió la puerta mi nuera. Ni una sonrisa ni un abrazo, sólo me indicó secamente que pasara a la cocina. Mi hijo ya se había ido temprano al trabajo. Empecé a sacar mis cosas: patatas, remolacha, huevos, manzanas secas, setas en vinagre, pepinillos, tomates, unos tarros de mermelada. Paula sólo lo miraba en silencio y al final me dijo que para qué llevaba eso, que no comen esas cosas, y que en casa ni cocina. — ¿Y entonces qué coméis? —le pregunté extrañada. — Nos traen comida a domicilio todos los días. Cocinar me da pereza, luego la casa huele fatal y es un asco —dice Paula. No me recuperé de lo que oía cuando entra un niño pequeño, de unos 3 años. — Te presento a mi hijo, Daniel —me dice Paula. — ¿Daniel? —pregunté. — No, Daniil, no Daniel. No aguanto que cambien los nombres. — Lo que tú digas, Paula. — No soy Paulita, soy Paula. En Madrid nadie cambia los nombres, pero bueno, usted no lo puede saber… Me daban ganas de llorar y no porque mi hijo se casara con una mujer que tiene un hijo, sino porque no me lo contó. Pero aún había más sorpresas. Miro la pared y veo un gran retrato de boda. — Vaya, al menos os habéis hecho unas fotos bonitas, aunque no hicierais boda —digo por cambiar el tema. — ¿Cómo que no hubo boda? Sí, claro que hubo, ¡con 200 invitados! Sólo faltaste tú; Alejandro nos dijo que estabas mala. Mejor así —añadió, mirándome de arriba abajo. — ¿Quieres desayunar? —preguntó. — Sí… Me puso una taza de té y unos trozos de queso caro. Para ella eso era un desayuno. No estoy acostumbrada, yo por la mañana necesito comer de verdad, y más de viaje. Decidí hacerme unos huevos y sacar mi pan casero. Pero Paula me lo prohibió, que no, que nada de freír huevos porque apestaba la cocina. El pan tampoco quiso probarlo, dice que están a dieta saludable. Se me quitó el apetito. Me dolía que mi hijo se avergonzara de invitarme a su boda. Tantos años esperando, ahorrando, y resulta que ha sido para nada. Me quedé tomando el té. Paula callada, una tensión incómoda. Entra el chaval y enseguida se pega a mí. Quiero abrazarle y ella salta, que ni se me ocurra tocarle, que a saber de dónde vengo, que es un niño pequeño. No llevaba regalos para el niño, así que le saqué un tarro de mermelada de frambuesa: “para que lo tomes con tortitas”. Paula me lo quitó de las manos: — ¿Cuántas veces se lo tengo que decir? ¡No comemos azúcar, estamos a dieta! Sentí que rompía a llorar allí mismo. Ni me terminé el té. Me fui al recibidor y empecé a calzarme. Paula ni me preguntó a dónde iba. Salí, me senté en un banco cerca del portal y me deshice en lágrimas. Nunca me sentí tan humillada. Al rato, la veo saliendo con el niño, llevándose todas mis conservas a la basura. Me quedé sin palabras. Cuando se fue, lo recogí todo, me fui a la estación. Tuve suerte, alguien devolvió un billete y pude coger el tren de vuelta esa misma noche. Cerca de la estación había una taberna. Me pedí un plato de cocido, carne asada, patatas y ensalada. Tenía un hambre… Pagué un dineral, pero me dije: al menos me merezco darme un capricho. Dejé las bolsas en la consigna y me quedaban unas horas para pasear por Madrid. Me gustó la ciudad, hasta se me pasó el disgusto por un rato. En el tren no dormí. Lloré. Lo peor era que mi hijo ni me llamó, ni preguntó si llegué bien. Antes esperaba que nevara en agosto a que mi propio hijo me tratara así. Es mi único hijo, todas mis esperanzas estaban puestas en él, y he resultado serle innecesaria. Ahora no sé qué hacer con esos seis mil euros que ahorré para su boda. ¿Dárselos, para que sepa que su madre siempre cuida de él? ¿O no darle nada, porque no se lo merece?