Sobre Lucía: A Lucía, una mujer que, tras doce años de matrimonio, es súbitamente abandonada por s…

Te cuento lo de Lucía, que es de esas historias que te dejan con una sonrisa torcida. Resulta que a Lucía, su marido, Manuel, la dejó de un día para otro. Sin anestesia, vamos. Cambió los cuarenta recién cumplidos de ella por los veinticinco frescos de una tal Marta, tirando por la borda quince años de vida juntos como si nada. Mientras hacía la maleta le soltó que, al fin, se había dado cuenta de que Lucía no era para él, que era demasiado sosa, que ni chispa ni iniciativavamos, que parecía una gallina puesta, de verdad. Y desapareció.

Imagínate el disgusto. Lo típico: ¿Por qué a mí? seguido poco después por el clásico Mi vida se ha acabado. En estos casos, lo que manda es ir de cocina en cocina de amigas, llorar mucho, compartir pastas y confidencias. No es que resuelvas nada, pero tras cinco o seis visitas de sofá y vaso de vino algo dentro se suelta.

Pero claro, Manuel, que era de los celosillos, se había encargado desde el primer año de matrimonio de apartar a todas las amigas. Así que Lucía, sin más recursos, acabó yendo a una terapeuta en relaciones y temas de depresión, la famosa doña Carmen López de la Vega.

Carmen, en plan solemne, le soltó que lo prioritario era mirar hacia adentro, reconocer sus defectos y descubrir qué la había llevado al abandono. Primero hay que destruir a la vieja Lucía, dejarla atrás y luego construir una versión renovada, irresistible para cualquier hombre. Preparada estaba para empezar la odisea. Decía doña Carmen que su método patentado era mano de santo.

Bueno, pues en la primera sesión ya quedó claro: el marido era un santo de paciencia, que aguantó un calvario bendito de mujer, con la espalda llena de cardenales. Porque, según la terapia, las virtudes de Lucía eran de risa y los defectos daban para repartir en procesión. Una pecadora sin remedio, vamos.

Total, que la pobre Lucía terminó con la vieja Lucía hecha escombros, la nueva Lucía ni rastro, y eso sí, un complejo de inferioridad estupendo por el que pagó un dineral en euros.

A la décima sesión, harta ya de oír lo mala que era, salió tambaleándose y se fue directa al parque del Retiro. Se sentó en un banco, y ahí mismo había una señora mayor, que repartía pan a las palomas. La abuela, que olía las penas, la miró y le preguntó: ¿Qué te pasa, hija, te ha dejado el marido o qué?

Lucía, que parecía que no había soltado suficiente con la terapeuta, le largó toda la tragedia de sus años de martirio conyugal. Y la abuela le dijo: ¿Quince años juntos? ¿No tenéis hijos? Mira, eres joven, guapa, ¿y para qué quieres a ese cabrito de vuelta? ¡Si yo tuviera tu edad! Vamos, ni lo pienses.

Luego, la psicóloga Carmen la llamó hecha una furia, diciendo que si ya no quería terapia, tendría al menos que pagar la mitad de las sesiones que quedaban, y que estaba convencida de que Lucía acabaría como una menesterosa, que eso lo veía claro como profesional. Es más, que Lucía debería replantearse si no necesitaría mejor un psiquiatra, porque esa incapacidad para relacionarse con la gente en general, y con ella en particular, era señal clarísima de psicopatía disocial.

Seis meses después, Manuel quiso volver, con historias de que si la crisis de los cuarenta, de que si había estado perdido, que si lo uno y lo otro.

Pero Lucía ya estaba en otra. Había empezado un curso de conducción extrema con don Sergio Ramírez, que decía que Lucía era la mejor alumna del grupo, que ni los hombres le llegaban a la suela del zapato. Y que jamás podría estar con una mujer que fuera un desastre conduciendo, como una gallina sin cabeza.

Menos mal que Lucía ya no era aquella.

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