«Yo no pago por chicas» — escribió un hombre (52 años). En respuesta, fui a la cita sin tacones ni maquillaje

«Yo por las chicas no pago» escribió un hombre (52 años). Así que acudí a la cita sin tacones ni maquillaje.
Llevábamos ya dos semanas intercambiando mensajes. Rodrigo era de esos pocos con los que da gusto conversar. Nada de insinuaciones turbias, ni de intentar parecer mejor de lo que es o de usar disfraces emocionales. Rodrigo tenía cincuenta y dos años, divorciado, dos hijos mayores y dedicación plena a la obra. Era serio, con chispa y muy leído. Cuando me propuso quedar en persona, acepté sin pensarlo dos veces.
Entonces llegó el mensaje demoledor que puso todas las cartas sobre la mesa: «Mira, aclaremos las cosas desde el principio yo en las citas no pago por las chicas. Es mi filosofía, espero que lo lleves bien».
¿Y sabéis qué? Lo encajé sin más. Incluso le tenía cierto respeto a su franqueza. Siempre mejor reconocer la realidad desde el inicio, que después sentarse en un restaurante y dedicarse a calcular quién ha consumido más. Le respondí: «Perfecto, sin problema. Entonces nos vemos el sábado».
Pero luego me vino una idea brillante.
El sábado me desperté temprano, algo inusual en mí. Tengo cuarenta y seis años, así que ya me conozco el tiempo que necesito para conseguir ese aspecto presentable. Abrí el armario y busqué el vestido negro de siempre, ese que disimula hasta los pecados de juventud. Luego eché mano del arsenal de maquillaje base, corrector, sombras, rímel, pintalabios, iluminador… lo típico cuando tienes una cita a mi edad.
Y ahí me dio el ramalazo.
¿Para qué todo esto?
Si el plan es ser iguales, cada cual paga su parte y nadie debe nada al otro, ¿por qué yo debería tirarme dos horas produciéndome? ¿Por qué tengo que parecerme a una portada de revista, cuando Rodrigo seguramente venga en vaqueros y jersey, habiendo tardado quince minutos en arreglarse?
Decidí entonces hacer un experimento. Honesto y hasta el final.
Me puse mis vaqueros favoritos, un jersey gris suave y cómodo, de esos que me hacen sentir en casa, y me recogí el pelo en una coleta simple. Nada de maquillaje, ni tacones. Solo yo. La Lucía real, sin filtros ni florituras.
Me vi en el espejo y sentí algo raro. No mal, solo raro. Estoy acostumbrada a verme lista para salir. Pero ahora parecía una chica normal y corriente, de las que bajan a por el pan. En fin, vamos a ver qué pasa, pensé.
Café, el escenario del desvelo
Rodrigo ya estaba sentado cuando llegué. Me reconoció, sonrió y me saludó con la mano. Nos saludamos con esos dos besos propios entre conocidos y todo parecía correcto.
Durante los veinte primeros minutos charlamos sin parar. Que si el tiempo, que si una serie nueva, que si su última escapada al campo Él hablaba con gracia y soltura; yo incluso pensé que fue una lástima haberme preocupado tanto estaba siendo una tarde genial.
Hasta que de repente, entre frase y frase, se me queda mirando, valorando mi atuendo, y me pregunta:
Oye, ¿tú cómo decirlo no te has esmerado mucho para la cita?
No entendí al principio.
¿Cómo dices?
Que en tus fotos te veías bueno, muy arreglada, llamativa. ¿Recuerdas la del vestido rojo y el maquillaje? Y ahora se quedó dudando ahora pareces que vienes directa del súper.
No pude evitar esbozar una sonrisa. ¡Bingo, el experimento había funcionado!
Rodrigo, respondí tranquila, ¿te acuerdas de lo que escribiste sobre la cuenta?
Asintió, algo incómodo.
Sí, lo recuerdo. ¿Y?
Pues que tú propusiste igualdad. Cada uno lo suyo, sin deberes, sin papeles, sin expectativas. Tú, hombre hecho y derecho; yo, mujer autosuficiente.
Claro, replicó. ¿Dónde está el problema?
Ninguno. Solo pensé: si somos iguales, ¿por qué solo lo somos para lo del dinero? Tú has venido en vaqueros y jersey, tal cual te apetece. Yo igual. ¿No es justo?
Rodrigo abrió y cerró la boca varias veces.
Eh Pero es distinto balbuceó.
¿Por qué distinto? insistí, inclinándome. Explícamelo.
La matemática de la que nadie habla
Intentó explicarse: habló de tradiciones, de naturaleza femenina, de que a las mujeres os encanta ir monas. Yo escuchaba asintiendo.
Mira, proseguí. Pelo bonito, piel cuidada, uñas decentes, ropa, zapatos. Todo eso cuesta tiempo, energía y euros.
La mítica belleza natural la suele defender quien jamás ha hecho cuentas de lo que supone cuidarse mínimamente.
¿Lo pillas? le pregunté. El hombre pide igualdad, con la intención de no pago la cena. Pero espera a una mujer radiante, impecable Solo que gratis. Tiempo, dinero y esfuerzo, como si nada.
Bueno ¿pero a vosotras os gusta? intentó defenderse Rodrigo. A las chicas os encanta arreglaros, ¿no?
Me reí de verdad, sin maldad alguna.
Sí, me gusta sentirme guapa pero me gusta más estar a gusto. Dormir una hora más en vez de planchar el pelo, no preocuparme por la máscara de pestañas ni por las uñas, llevar zapatos cómodos y no los que solo parecen bonitos.
Me miró como si hubiera visto a un marciano.
La dura verdad de la igualdad
Estuvimos allí unos cuarenta minutos más, hablando de trabajo y planes veraniegos. Se notaba la atmósfera tensa: él algo descolocado, yo un poco pensativa.
Cuando tocó irnos, dividimos la cuenta él su ensalada y su café, yo el mío. Todo limpio, ecuánime y en euros.
Nos despedimos educadamente. Me dijo que fue un placer; le respondí igual. No volvimos a escribirnos.
Y, sinceramente, no me arrepiento. El experimento fue revelador sobre Rodrigo y sobre la España actual.
Vivimos una época extraña. Todos repiten el mantra de igualdad, independencia y partnership. Ellos desean una mujer que se pague lo suyo, sin pedir ayuda financiera. Lógico.
Pero los requisitos hacia ella se han multiplicado: que luzca siempre de portada de revista, que gane bien, que tenga carrera, que crezca, que sea interesante… Y guapísima, claro.
Si aparece a la cita cómoda y sin maquillaje, el señor arquea la ceja: «¿No te has arreglado?»
La pregunta que ronda a todo el mundo
He pensado mucho en la igualdad. Que sea real no es solo dividir la cuenta, es también poner el mismo tiempo, la misma atención, el mismo mimo.
Si él no quiere pagar la cena, lo respecto. Pero que tampoco pretenda que yo pierda horas en mi arreglo.
Si somos iguales, igual en todo. Sin sorpresas ni dobles raseros. Que no le sorprenda que yo lleve vaqueros y zapatillas, ni que no me vea subida a un andamio de tacones.
No tengo nada contra la igualdad, estoy a favor. Pero empieza por la honestidad: con uno mismo y con el otro. La belleza, por mucho que digan, roba horas y euros.
Hoy veo en las redes a gente debatiendo acaloradamente. Unos claman: «¡El hombre debe pagar!». Otros: «¡Las mujeres solo van por el interés!» Todos tienen razón. Todos no la tienen.
La clave no está en pagar, sino en los valores sobre los que edificas una relación, en la sinceridad de las expectativas.
Rodrigo pedía igualdad. Pues la tuvo. Solo que se ve que no era lo que él imaginaba.
¿Y tú? ¿Dónde crees que está la línea entre justicia y cuidar al otro? ¿Entre independencia y cariño? ¿Entre igualdad en el papel y en la vida real? Yo, la verdad, sigo buscándoloSupongo que, al final, cada cita es un espejo. Si te plantas frente a alguien con tus miedos, tus manías, sin adornos ni teatrillos, descubres rápido lo que buscas y también lo que no vas a tolerar. Yo elegí mostrarme tal cual, sin envoltorio ni escenografía, y eso, a mi edad, es un lujo que pienso repetirme siempre.
Salí del café con los vaqueros aún arrugados, la coleta tirante y una sonrisa discreta de quien termina un examen largo y difícil y sabe que lo ha aprobado, aunque no salieran todas las respuestas perfectas. Ya no me pesa ir ligera de maquillaje ni de expectativas: ahora sé que el tiempo, mi presencia y mis ganas valen tanto como lo que está sobre la mesa.
Quizá para otros la igualdad sea solo una cuenta dividida o un debate eterno sobre el quién debe qué. Para mí, es la libertad de aparecer tal como soy y saber que el amor o la próxima cita no puede, ni debe, pedirme menos.
Desde entonces, cuando voy a encontrarme con alguien nuevo, me acuerdo de aquel ensayo rebelde: la Lucía real, la de los vaqueros rotos y las manos en los bolsillos, pero también la que espera, siempre, a quien quiera quedarse a mirar un poco más allá del envoltorio.
Porque si hay algo que aprendí entre cafés, cuentas divididas y medias sonrisas, es esto: la única cita imprescindible es la que tienes contigo misma. Y en esa, prometo, puede que hasta yo me invite el desayuno.

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