A mis 54 años he salido a tres citas con mujeres de 37, 45 y 58 años y, al despertar de esta extraña ronda onírica por el amor, he entendido algunas cosas.
Mi buen amigo Tomás, también de 54, ha estado casado dos veces y ya tiene hijos mayores. Tras su último divorcio, vive en Madrid. Trabaja, cuida de sí mismo y no teme a los nuevos comienzos. Me contó, en el eco brumoso de un sueño, tres encuentros que le aclararon el laberinto de sí mismo.
Primera cita 45 años: «¿No tienes coche?»
Ella lucía impecable, irradiaba confianza, y las palabras saltaban como delfines en el aire. Pero en cuanto ella supo que Tomás no tenía coche, su voz, antes líquida, se volvió metálica:
«¿Y cómo te las apañas sin coche en Madrid?»
«¿Y si diluvia en la Gran Vía?»
«¿Cómo vas a La Vaguada de compras?»
Las preguntas giraban en círculos concéntricos, como si quisieran hipnotizarlo. Tomás sonrió, medio dentro de sí, medio fuera:
«Si lo que importa es el metal, y no el alma ese no es mi lugar».
Conclusión: aparentemente alguien puede tener seguridad en los andares y, bajo el abrigo, una infancia sin resolver.
Segunda cita 37 años: «Siempre me han gustado los hombres mayores»
Joven, viva, madre de dos hijos, atada a una hipoteca en euros. Fue franca: buscaba la seguridad inquebrantable de un hombre fiable. Tomás entendió rápido: aquí no había pasión, sino un deseo de estabilidad. Pero las risas fluían, ligeras, casi como burbujas de cava.
«Compartí un rato divertido, pero no me engañé. A veces basta con sentirte deseado, aunque no haya un mañana esperando en la mesa».
Conclusión: la juventud es un relámpago, pero no suele iluminar el fondo del pozo.
Tercera cita 58 años: «Ahora me lo debes»
La cita comenzó como en un café de otro tiempo: una mujer ágil, pulida, la conversación chispeante, bromas y respeto jugaban al escondite. Pero al día siguiente, como una campana inesperada, la llamada:
«Vámonos al pueblo, hay que quitar la nieve del tejado de la casa! ¡Ya salimos!»
Tomás parpadeó, dentro de aquel sueño madrileño.
«Ayudar, claro que sí. Pero cuando lo piden al galope, se me apaga el fuego».
Conclusión: la independencia es un vino exquisito, pero el tono imperativo amarga hasta las uvas.
Lo que Tomás entendió en este sueño
Las tres mujeres tenían sus caminos labrados en el rostro, y cada cita fue una ventana abierta a otro universo. Pero Tomás, al despejar la niebla matinal, comprendió:
«Ya no busco tormentas. Quiero a mi lado a una persona con la que reine la paz y la honestidad. Sin juegos, sin presiones».
Pasados los cincuenta, la pasión no desaparece: madura y aprende a abrigarse. Y quizás ahí, justo ahí, entre la verdad y la serenidad, nazca por fin el amor real, el que calienta de verdad, sin humo ni espejismos.







