Marta subió al autobús en la parada como le tocaba. Solo quedaba un sitio libre, justo al lado de un hombre que aparentaba ser algo mayor que ella. Marta, al principio, ni siquiera se fijó en su compañero de asiento; tenía la cabeza hecha un lío con mil problemas de los que tenía que encargarse cuanto antes, y aún le quedaban siete horas de trayecto hasta llegar a casa de sus padres.
Se acomodó bien y, en cuanto el autobús arrancó, al cabo de unos minutos, le empezó a llegar un aroma sutil a almizcle y café bien tostado. El olor era tan agradable, con ese matiz amargo, que enseguida la llevó de vuelta a recuerdos de otra época.
Era verano, hacía calor, tenía diecisiete años y su entonces novio favorito, Andrés, que olía exactamente así. Estaban tumbados juntos en la hierba junto al río, se besaban bajo el cielo estrellado, y él le susurraba cada poco que nunca la dejaría, que estarían siempre juntos. Fue su primer amor: intenso y apasionado. Lo quería tanto que habría aparcado los estudios y su futuro solo por quedarse a su lado.
Pero el destino les separó. Andrés se fue a hacer la mili en Madrid y nunca regresó a ella; allí conoció a una chica y acabó casándose con ella. Marta se quedó con el corazón destrozado. No volvió a salir con nadie más, y aunque él le diera la espalda, Marta seguía sintiendo lo mismo por Andrés después de diez años.
Entonces, por un segundo, Marta giró la cabeza y miró bien a su vecino de asiento. No se lo podía creer. Moreno, ojos azules, nariz marcada, labios gruesos, alto. Se parecía muchísimo a Andrés, tanto que a Marta hasta le latía el corazón más rápido.
Perdona, ¿no te llamas Andrés, por casualidad? preguntó tímida.
No, me llamo Sergio respondió él sonriendo ampliamente, mirándola de frente. Es que hasta el gesto, igualito al de aquel primer amor de Marta.
¿Y tú cómo te llamas?
Yo… Marta se quedó muda unos segundos. Luego se dio cuenta y reaccionó. Soy Marta, encantada.
El gusto es mío. Mira que me recuerdas un montón a alguien…
¿Ah, sí? ¿A quién?
A mi primer amor, claro contestó él recordando. Lo nuestro acabó mal. Se enamoró de otro y la verdad, nunca he conseguido olvidarla después de diez años. Y ahora te veo aquí, es increíble Sergio hablaba con tanta sinceridad que cualquiera habría notado cómo se le subían los colores por los recuerdos.
Pues vaya casualidad a mí me pasa igual. Te pareces un montón a mi primer amor de hace diez años ¿será posible? dijo Marta.
¿Sabes qué, Marta? ¿Y si nos damos los teléfonos e intentamos seguir hablando?
Venga, sí aceptó ella.
Y así, los dos empezaron a charlar animadamente. ¿Quién sabe cómo acabará su historia? Quizás el destino les dé una segunda oportunidad, aunque sea con otras personas tan parecidas a quienes tanto quisieron. Al final, las casualidades no existen, ¿verdad?







