Ayer estábamos sentadas en un banco con nuestra vecina María y ella lloraba. Decía que se siente mal…

Ayer por la tarde estábamos sentadas en un banco con nuestra vecina Dolores, y ella no podía contener las lágrimas. Dice que se siente muy mal, que quizá tenga que irse a una residencia de mayores. Y todo por las palabras de su hija.

Dolores crió sola a su hija, sin marido. Se quedó viuda muy pronto, y desde entonces le ha tocado cargar con todo el peso de la vida sobre los hombros. Su hija, Carmen, creció caprichosa y mimada.

Desde pequeña se acostumbró a que su madre le hiciera todo. Dolores siempre le daba hasta el último euro, compraba lo que ella quería, y la vestía como si fuera una muñeca. Para poder permitirse todo eso y dar a su hija una vida decente, trabajaba día y noche. Incluso hacía turnos dobles en la fábrica. Al menos antes no tenía que preocuparse por la vivienda: la empresa le asignó un piso. Pero ahora son otros tiempos. Nadie regala casas. Ahora, si quieres un piso, tienes que trabajar y ahorrar.

Carmen creció, se fue a estudiar a Madrid y después se casó.

Los padres de su marido tienen un chalé en las afueras de Toledo, pero los jóvenes no querían irse allí. Dolores tiene un piso en el centro de la ciudad, pero tampoco se entendieron con el yerno. Para los jóvenes, convivir con padres o suegros no compensa. Ellos quieren vivir a su manera; los mayores tenemos nuestras rutinas y manías. ¿Para qué molestarnos unos a otros?

Y ahora, al menos se pueden pedir hipotecas y comprar un piso. Lo importante es ahorrar para la entrada y después ir pagando poco a poco, que es mejor que andar de alquiler de un lado a otro. Antes regalaban pisos, pero eso se acabó hace mucho. Ahora toca esforzarse y conseguir uno propio, aunque cueste, porque así te independizas. Más aún cuando los dos trabajan y ganan lo mismo que cualquier otro. Tienen conocidos que ya han comprado piso así.

Pero claro, no ahorran. Primero fue un embarazo, luego el segundo. Se gastan mucho en pañales y leche en polvo. Ahora no quieren complicarse con lavar pañales o preparar potitos como antes.

Lo cómodo es sacar el biberón del paquete, añadir agua y listo. Cambias el pañal, lo tiras y pones uno nuevo. Todo limpio, todo rápido, y nadie se agobia lavando ni fregando. Así es la vida moderna.

Pero ¿a qué venía tanta prisa por tener hijos? Podrían haberse asentado primero, ahorrar algo, conseguir su propio piso. Después habría tiempo para niños. Pero no, ella quería tener más de uno desde el principio. Tanto Carmen como su marido han crecido siendo hijos únicos.

“A ver, tiene sentido que quieran que sus hijos tengan hermanos. Así se cuidan y pueden ayudarse entre ellos… y a nosotros. Igual así no se les sube todo a la cabeza, como le pasó a Carmen”, suspiraba Dolores. “Los niños traen alegría, por supuesto. Pero hay gente con hijos que consigue ahorrar. Ellos ni se lo plantean”.

Y ahí ya no lo entiendo. Si no tienes una vivienda propia, toca apretarse el cinturón: mejor ponerte el mismo abrigo tres inviernos y guardar unas monedillas para el piso. Así hicimos nosotros. Pero los jóvenes de hoy no son así. Lo quieren todo ya, y no han aprendido a esperar ni a ahorrar para sus sueños.

Además se gastan un dineral comiendo fuera; compran dulces a sus hijos como si no hubiera un mañana. ¿Para qué tanto? Antes nos apañábamos con dos coches y un par de muñecas. Pero ahora salen nuevas colecciones casi cada semana. Todos los niños las quieren.

Carmen es muy presumida, adora los cosméticos caros, y solo viste ropa de marca. Viven muy por encima de sus posibilidades. ¿Para qué comprarse tantas cosas? Si ni siquiera tienen tiempo de ponérselas… Luego pasa la moda y ya está buscando una blusa o abrigo nuevo. Los antiguos los tira o los lleva a reciclar. Es tirar el dinero.

En verano nunca fallan: vacaciones en la Costa del Sol o en Mallorca. “Es que los niños necesitan playa”, dicen. Y ellos, ya se ve, necesitan desconectar del trabajo.

Vacaciones están bien, no digo que no. Pero ¿por qué no descansar en el pueblo? Así podrían guardar más dinero. Con lo que se gastan en los hoteles, se podrían haber comprado un piso pequeño; aunque fuese solo de una habitación, al menos sería suyo. Pero no, prefieren vivir al día y gastar, y así siguen sin algo propio.

Y así, Dolores se echa a llorar. El otro día vino su hija. Otra vez hablaron del tema del piso. Carmen soltó, medio de broma, que para qué preocuparse por comprar ahora. Están bien de alquiler, viven, disfrutan, comen lo que quieren, visten como les apetece… y ya llegará el momento en que hereden. Su marido y ella son los únicos hijos en la familia.

Dolores se sintió herida. Le pareció como si lo que esperaran fuera que los padres se murieran. Carmen luego se disculpó, diciendo que lo decía sin pensar… Pero claro, al final el piso lo recibirán igual. ¿Entonces para qué quieren tantos?

“Quizás tenga razón y no es nada grave lo que ha dicho, pero no puedo evitar sentirme incómoda”, me confesó Dolores.

Ahora, cada vez que su hija la llama para preguntarle cómo está, se pone tensa. Siente que están esperando a que recoja sus cosas y se vaya a una residencia… o peor, hasta que se muera.

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Mi suegro me dijo que cogiera un martillo y rompiera el azulejo detrás del inodoro: vi un agujero detrás del azulejo y algo terrible estaba oculto en su interior.