Entré en el salón sin quitarme los zapatos. Todo era difuso y lejano, como si caminara entre nubes de algodón. Para mi sorpresa, vi a mi suegra, Adelaida, llorando; a su lado, un hombre desconocido, con un rostro que parecía cambiado por el vapor de un sueño. Mis hijas, Flavia y Eulalia, no estaban en casa. Traté de llamar desesperadamente a mi marido, Manuel, pero su voz llegó desde un túnel, fría como el mármol, negándose a venir.
Ese mismo día, cerré todas las puertas con nuevas llaves y me prometí no dejar que Manuel volviera a entrar en nuestro hogar.
Hace unos años, él trabajaba para una gran empresa en Madrid y ganaba mucho dinero, euros que parecían caer del cielo en una lluvia interminable. Pero su horario era tan apretado que las paredes de la casa parecían encogerse, arrinconando a la familia en sus esquinas. Salía antes de que nuestras hijas despertaran y regresaba cuando ya estaban sumidas en el sueño, y había noches en las que su sombra ni siquiera rozaba la puerta. Las niñas me preguntaban cuándo volverían a ver a papá, pero mis respuestas se evaporaban como leche derramada. Además, esos viajes largos de trabajo lo hacían desaparecer durante semanas, y yo quedaba sola enfrentando el ritmo frenético de nuestra vida.
Yo trabajaba en un colegio del barrio Salamanca y ayudaba de vez en cuando a una asistenta social, atendiendo a niños que se movían con la lógica impredecible de un sueño.
Por mi agenda apretada, dependía mucho de la ayuda de Adelaida. Pero, a pesar de su edad, parecía un espejo que sólo reflejaba su propia imagen. No permitía que las niñas la llamasen “abuela”, como si ese título fuese un disfraz que no quería vestir. Apenas prestaba atención a Flavia y Eulalia, y dedicaba más tiempo a sus intereses y a los hombres que aparecían como personajes fugaces en la trama de mi vida. Aunque temía dejar a mis hijas bajo su cuidado, rechacé la oferta de mi madre de contratar a una niñera.
Un día, al volver a confiar en Adelaida, recibí la llamada de mi vecina Rocío: me dijo que desde mi casa se escuchaban gritos y discusiones que se mezclaban con el aire como notas de un acorde discordante.
Corrí a casa, encontré la puerta abierta como un portal imposible. Sin quitarme los zapatos, atravesé el salón y vi a mi suegra, Adelaida, llorando con el extraño a su lado. Descubrí entonces que Flavia y Eulalia habían huido, escapando por un pasillo que no parecía conducir a ninguna parte, mientras Adelaida y su amigo estaban absortos en sí mismos, como si el mundo fuera sólo para ellos. Sentí una ira ardiente cuando Manuel, al que llamé para pedir ayuda, respondió con un silencio cruel.
Impulsada por el dolor, pedí a Adelaida y al hombre que salieran y que jamás volviesen a cruzar la puerta. En un gesto desesperado, corrí a la comisaría y lo conté todo; comenzaron a buscar a mis hijas, mientras mi corazón flotaba entre la angustia y la niebla.
Horas después, recibí la llamada de mi amiga Marisol, vecina y habitual visitante de nuestra casa. Las niñas le habían contado que “Vitoria” así llamaban a Adelaida les había gritado y las había castigado, obligándolas a quedarse en un rincón por jugar demasiado alto, molestando a la abuela y a su amante. Corrí, recogí a mis hijas, y agradecí con el alma a Marisol por su ayuda inesperada.
Al regresar y sin perder un instante, llamé a un cerrajero para cambiar todas las cerraduras. Empaqué las cosas de Manuel en una maleta y la dejé junto a la puerta principal. No era de extrañar que esa noche no volviera. Al día siguiente, pedí permiso en el trabajo y empecé los trámites del divorcio. A pesar de sus suplicas por reconciliación, decidí romper todos los hilos.
Con el tiempo, supe de sus infidelidades.
Ahora vivo feliz entre mis niñas, que han crecido hermosas y educadas. Hace poco conocí a Francisco, un hombre bueno que me respeta y nos quiere como si fuéramos hechos de la misma materia que él. Al mirar atrás, agradezco el extraño comportamiento de Adelaida; gracias a ella tomé la decisión de divorciarme. De no ser por aquel episodio, quizás me habría quedado atrapada en ese sueño triste por mucho más tiempo.





