Adán yacía empapado, hambriento y llorando – una historia sobre el ángel de la guarda

Adrián yacía empapado, hambriento y llorando. No hacía mucho estaba cómodo y abrigado. Y de repente, nació. Se encontró completamente solo. De vez en cuando, unas manos desconocidas lo cogían, le cambiaban el pañal mojado por uno seco y le introducían en la boca un chupete empapado de leche templada.

Después de saciar el hambre, Adrián se dormía y despertaba sintiendo otra vez la humedad y el frío. Viviendo en este mundo desde hacía apenas unos días, ya intuía que algo no iba bien, que no debía estar solo. Al cabo del tiempo, el pequeño comprendió que llorar de nada servía. Apenas emitía algún gemido, esperando pacientemente aquellas manos extrañas.

¡Lucía! ¿Dónde está el bebé? La vecina salió al encuentro de Lucía.
¡Y eso a ti qué te importa! No está Lo he dejado en el hospital. ¡No lo necesito! gritó Lucía.
¡Pero, mujer, has perdido el juicio! la vecina estaba indignada. ¿Cómo puedes dejarlo con extraños?

Lucía quiso responder de malas maneras, pero se contuvo. Aquella vecina le había ayudado tantas veces, dándole de comer, dándole cobijo cuando su madre perdía el control y llevaba a hombres a casa. Solo ella no la juzgó cuando quedó embarazada tan joven.

¡Ven aquí! La vecina agarró de la mano a Lucía. He hecho una tarta especialmente para ti y he comprado leche. ¿Y tú?
¿Para qué quiero eso? No tengo dinero, sigo estudiando, ¿cómo voy a criarle? se excusaba.
¿Y qué culpa tiene él? ¡Él sí que está peor que tú! Está solo, tirado en pañales mojados, con hambre y llorando. Nadie se acerca a él.

¿Pero qué esperas de mí? Toda tu infancia sufriste por falta de cariño y cuidado, ¿quieres que tu hijo pase por lo mismo?
Te tengo a ti Lucía sonrió entre lágrimas.
Eso es cierto. Pero él no tiene a nadie.

Lucía rompió a llorar.

¡Venga, ve por él y tráelo a casa! ¿A quién has dado a luz?
A un niño pequeño
¡Ve a por él! Si hace falta que se quede conmigo, aún tengo cosas de mi hijo. Tengo ropa de sobra para abrigarlo.

Adrián volvió a despertar con hambre. El silencio llenaba la habitación. Sentía ganas de llorar, pero sabía que no servía de nada. En ese momento, escuchó ruido. Alguien se acercó a la cuna y lo tomó en brazos.

Mi niño oyó Adrián una voz cálida y familiar.
En poco tiempo, Adrián vestía pantalones secos, un pañal limpio y una gorrita. Lo envolvieron en una manta calentita y lo acunaron, sintiendo un calor que atravesaba su propia ropa.

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Lucía depositó unas flores y miró la foto de una mujer sonriente.

Perdóname dijo con emoción. Sabes, el nacimiento de mi nieta fue largo. Ana, mi hija menor, tuvo un parto difícil. Pero gracias a Dios todo salió bien. Ya están en casa. Su marido es un encanto.

Otras dos personas llegaron al cementerio: Adrián y su esposa.
¿Cómo está nuestra abuela? preguntó él, sonriendo.
Descansa, escuchando respondió Lucía.
Queríamos contarte que pronto habrá un nuevo miembro en la familia anunció Adrián, abrazando a su esposa.
¡Qué alegría! exclamó Lucía, radiante. ¿Lo oyes? Tu nieto, por fin, va a ser padre.

Se despidieron y se encaminaron juntos a casa.

La vida a veces nos pone delante caminos difíciles, pero a cada paso, el cariño y la compañía pueden transformar hasta los momentos más duros en nuevas oportunidades para amar y crecer junto a los que de verdad importan.

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Adán yacía empapado, hambriento y llorando – una historia sobre el ángel de la guarda
POR SI ACASO Vera miró con indiferencia a su compañera que lloraba, se dio la vuelta hacia el ordenador y empezó a teclear rápidamente. —No tienes corazón, Vera —escuchó decir a Olga, la jefa de departamento. —¿Yo? ¿Por qué dices eso? —Pues porque si a ti te va bien en tu vida privada, no significa que a los demás también. Mira cómo está la chica, destrozada, y tú ni una palabra de consuelo, ni un consejo, ni compartir experiencia. Con lo bien que te va… —¿Yo? ¿Compartir mi experiencia con ella? Me temo que a nuestra Nadi no le gustaría. Ya lo intenté hace unos años, cuando venía al trabajo con moratones, supongo que para ver mejor el camino… Tú aún no estabas aquí. Y que no, que no era el marido quien le daba, era ella que tropezaba—malas caídas, ya sabes—y cuando él se largó, dejaron de aparecerle los moratones. Era el tercer novio que se le escapaba. Entonces intenté apoyarla, compartir mi experiencia, digamos. Y encima la mala fui yo. Luego me explicaron, compañeras también, que con Nadi no hay nada que hacer, que ella sabe más que nadie de todo esto. Resultó que yo era la mala del cuento, la que estropeó su felicidad. Por entonces hasta acudió a brujas a que le hicieran amuletos, y ahora ha cambiado brujas por psicólogos: superando traumas. No es capaz de ver que repite siempre el mismo patrón, solo cambian los nombres. Así que no, gracias, pero ni voy a compadecerla, ni a pasarle pañuelos. —Aun así, Vera, no puedes ser tan fría. A la hora de comer, todas alrededor de la misma mesa, solo se hablaba del sinvergüenza del ex de Nadi. Vera comía en silencio, luego se sirvió un café y se retiró a su rincón a despejar la cabeza mirando las redes. —Veri —se acercó Tanya, siempre tan positiva, pero hoy con la carita triste—, ¿de verdad no te da ni pizca de pena lo de Nadi? —Tanya, ¿qué esperáis de mí? —Bah, déjala —intervino Ira, de paso—, como está feliz con su Vasili, no puede entender lo que es quedarse sola con un crío y sin ayuda, ni ingresos ni nada. Hasta conseguir la pensión es una batalla… —No tenía que haber tenido el hijo, además, ni se sabe de quién y, perdonad chicas, ya a una edad… —opinó doña Tania, la mayor del equipo, a la que todas llamaban cariñosamente abuela Tania—. Vera tiene razón, cuántas veces lloró ya, aquel la volvía loca estando embarazada y antes también… Las mujeres, formando un corro en torno a la eternamente llorosa Nadi, daban sus consejos. ¿Que por qué? Pues porque la fuerte e independiente Nadi decidió transformarse. Llamó a su madre del pueblo a ayudarla con su hijo y el ingrato, y empezó a recuperarse. Flequillo nuevo, cejas perfectas, pestañas postizas, a punto estuvo de ponerse un piercing en la nariz, pero la frenamos todas juntas. Y así fue a mejor. —No te preocupes, Nadi, ya llorará él —la animaban las chicas—. Ya verá él lo que ha perdido. —No llorará —dijo Vera, como para sí, pero se la oyó—. No va a llorar, ni a arrepentirse. Y Nadi encontrará otro igual, tarde o temprano… —Claro, tú lo tienes fácil de decir, con tu Vasili tan perfecto… —No te creas, Vasili será el mejor hombre del mundo, no bebe, no pega, no va con otras, me adora. —¡Bah, todos son iguales! —Cuidado, Vera, que igual te lo birlamos. —No, no lo creo, no irá con vosotras. —Yo no estaría tan segura… —Pues estate. Con unas copas de más ya todas discutían como fieras. —¿Nos vamos a tu casa, a ver si Vasili aguanta la tentación? ¡No te atreverás a invitarnos, temiendo que cualquiera de nosotras te lo quite! —Vamos, venga. —¡Pues todas a casa de Vera, a conquistar a Vasili! ¿Abuela Tania, vienes? —No, chicas, que tengo a mi Mijaíl esperándome. Vosotras id a divertiros —sonrió. En tropel llegaron a casa de Vera, risas y nervios en la cocina. —Vamos chicas, preparamos algo rápido, que Vasili no está ahora pero cuando llegue le ponemos la mesa. —No os esforcéis, que come poco y es muy especialito, pero sí, ya viene de camino. Pasado el furor, fueron desfilando de vuelta a sus casas, quedaron solo Nadi, Olga y Tania. Tomaban té charlando, incómodas ante la llegada del misterioso Vasili. Decidieron irse ya… Cuando de repente se oyó la puerta. —¡Vasili, Vasílichu, mi vida! —canturreó Vera desde el recibidor. Las mujeres se sintieron fuera de lugar, cuando entra un chico guapísimo, muy joven. Ah, claro, el marido de Vera es mucho más joven… —Chicas, os presento a mi Denis. ¿Denis? ¿Pero no era Vasili? ¿Quién es Denis? —Mi hijo, Denis. ¿Y Vasili, hijo? ¿Le has dado la medicina? —Sí, mamá, ya sólo necesita reposar, en dos días vuelve a correr. Lo importante es no dejarle lamer la herida… Las mujeres se sonrojaron… —Bueno… nos vamos… —Un momento, ¡no habéis conocido a Vasili! Está recién operado, Denis y mi nuera lo llevaron al veterinario, que andaba marcando las cortinas, el sinvergüenza… Venid a verle. Mira, aquí está mi Vasili, durmiendo, el pobrecillo. Para ahogar la risa, salieron todas pitando de la habitación. —¡Vera, pero si es un gato! —¿Y qué esperabais? ¿Quién dijo otra cosa? —¿Pero el marido…? —Nada, marido no tengo. Vosotras solas os montasteis la película, sólo dije una vez que mi hombre Vasili es maravilloso, y no os dejasteis aclarar nada, os lo inventasteis todo. Me casé jovencísima, la primera historia de amor tal y cual, dejé los estudios, nació Denis. Tres años aguanté, lo dejamos, mis padres me ayudaron un montón. Me casé por segunda vez rozando los treinta. El típico plan: hijos, la parejita, Denis que se vaya a la mili o con mi madre… Se fue el marido y su madre echándome la culpa, menuda gracia, ella que es madrastra también. Viví sola con Denis mucho tiempo y ya la tercera vez, fui mucho más precavida; en el noviazgo me dejó un ojo a morado de celos, según él de mucho amor. Denis hacía artes marciales desde los seis años, a menudo entrenábamos juntos en casa, así que algo aprendí y le contesté al “Otelo” ese. Después de eso, me dije: ¡Basta! Denis se casó y yo me aburría, así que adopté a Vasili, mi gato, y así estamos, felices. Tengo con quién ir al cine, viajar, nadie debe nada a nadie. A veces le hago buena cena y viene encantado, nadie da la lata ni pide cuentas. Denis al principio no lo entendía, me preguntaba por qué no vivíamos juntos. ¿Para qué? Somos adultos, cada uno con su vida y sus manías. Si de jóvenes juntos, pues de cine, como mi hermano y su mujer, treinta años y piensan igual; pero a mí no me salió así, ¿voy a fingir sólo para decir que estoy casada? Qué va… Vasili y yo estamos bien así. ¿A que sí, cariño? Despierta, que ya te avisé: sigues gruñendo y marcando, y te vas a quedar sin colgajo. Se fueron a casa pensativas, sobre todo Nadi. Pero Nadi no pudo hacer como Vera. Al mes ya iba proclamando nuevo novio y presumiendo de flores en el trabajo. Vera y abuela Tania se sonreían discretamente. —¿Qué tal tu Mijaíl, Tania? ¿Cómo la pata? —Bien, Verita, la otra noche se pinchó en la calle pero ya curó, gracias a Dios, como un perro… Vinieron los nietos diciendo que lo lleve a exposición, ¡no voy a torturar al pobre animal!, estamos bien sin más premios… Vaya, parece que a Nadi le va bien otra vez. —Sí, Tania, hay quien adopta animales y quien… parejas. —Ya ves, cada loco con su tema. ¿Y si esta vez tiene suerte? —Ojalá… —¿De qué cuchicheáis? —De ti, Nadi, a ver si esta vez te va bien. —Chicas, ya sé cómo parece, pero no puedo estar sola, de verdad… —Cada una con su vida, deja de justificarte… —Verita —le dijo Nadi a Vera, mientras salía hacia el parking—. Si acaso… ¿me aconsejarías sobre gatos? ¿Mejor gato o gata? —Anda, tira, que te esperan… Ya lo hablaremos… —rió Vera. —Era solo… por si acaso…