Vinimos a hacerte una visita y no estabas en casa. ¿Qué ha pasado?

Vivo en Madrid con mi marido. Llegué aquí hace quince años para estudiar en la universidad, terminé la carrera y conseguí un empleo. En esta ciudad también conocí a quien sería mi esposo. Un año después de conocernos, nos casamos.

Al principio, vivimos en casa de los padres de mi marido para ahorrar, y ahora por fin tenemos nuestro propio piso de dos habitaciones. Aunque decir propio no es del todo cierto, aún nos queda por lo menos seis años para terminar de pagarlo.

Como suele ocurrir, mis familiares empezaron a venir a visitarnos. Al fin y al cabo, todos quieren ver la capital y nadie quiere gastarse dinero en hoteles. Es mucho mejor quedarse en casa de los parientes, ¿no?

Este verano, mi marido y yo teníamos vacaciones y decidimos irnos unos días a la costa, disfrutar del mar y desconectar. Planeamos el viaje para el 16 de julio y comenzamos a hacer las maletas. Pero el 15 de julio me llamó mi prima, y me dijo que llegaría a nuestra casa el 18. Le expliqué que nos íbamos al mar y que no estaríamos en Madrid.

Ella me respondió: ¿qué mar ni qué mar? Cancela el viaje, hace un año que no nos vemos. Le repetí que ya estaba decidido, que nos iríamos. Y me colgó.

Nos fuimos, tal como habíamos planeado. El día 18 por la tarde, sonó el teléfono. Contesté y era ella, indignada:

¿Dónde estáis? Estamos delante de vuestra puerta. Llevamos un rato tocando el timbre y nadie contesta.

Pero, ¿quién iba a abriros la puerta, si nosotros estamos en la playa? Ya te dije que nos íbamos de vacaciones al mar.

Pensé que lo dijiste adrede, solo para que no viniéramos.

No, te aseguré que era verdad.

¿Y ahora qué hacemos?

Hay un montón de hoteles y hostales, podéis buscar alojamiento en alguno.

No tenemos dinero para pagar nada.

Pues no sé. Tendréis que decidir vosotros, sois adultos. Haced lo que creáis conveniente.

Me colgó y desde entonces no ha vuelto a llamarme. Cuando regresó a casa, contó a todos mis familiares que soy mala persona, que me fui de vacaciones y ni siquiera quise ver a mis propios parientes.

Lo peor es que muchos la apoyan. Yo, sinceramente, no entiendo qué culpa tengo. ¿Por decidir irme de viaje con mi familia? Les avisé claramente, y si no quisieron escuchar, pues es su problema, no el mío. ¿O me equivoco yo? Esta es la historia.

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Vinimos a hacerte una visita y no estabas en casa. ¿Qué ha pasado?
No en vano existe el refrán: “Dios te da un hijo, y él mismo te da el sustento para ese hijo”.