En nuestra primera cita, mi nuevo amor vio mi cabeza rapada e hizo algo totalmente inesperado

**Diario Personal – 15 de octubre**
Nunca imaginé que una enfermedad cambiaría tanto mi vida. Cuando empecé a perder el pelo, intenté restarle importancia, pero con el tiempo desapareció por completo y no volvió a crecer. Al principio usaba pelucas, luego me acostumbré a los pañuelos. Parece un detalle sin importancia, pero se convirtió en mi secreto más doloroso.
Siempre notaba miradas de lástima o curiosidad en la calle. Pero lo peor eran las relaciones. En cuanto un hombre veía mi cabeza sin pelo, desaparecía. Sin explicaciones, sin despedidas. Duele tanto que decidí que era mejor estar sola que sufrir otro rechazo. Pero a veces solo quiero amar y ser amada. Alguien que me tome de la mano, me mire a los ojos y me diga: «Para mí, eres la más hermosa».
Hace poco, me atreví a intentarlo de nuevo. Nos conocimos en internet, hablamos durante semanas, luego pasamos a llamadas. Reíamos, compartíamos sueños. Parecía el hombre que siempre esperé: educado, atento, fácil de hablar. Un día, me invitó a salir.
Acepté pero el miedo me corroía por dentro. «¿Y si es como los demás? ¿Y si termino otra vez con el corazón roto?», me repetía.
El día de la cita, me preparé con cuidado: me coloqué el pañuelo, me puse un traje elegante, me maquillé. Quería verme bien. En la cafetería, llegó con un ramo de flores, sonriente, tan cálido como en nuestras conversaciones. Pero antes de sentarnos, sentí que no podía seguir ocultándolo.
Lo miré a los ojos y susurré:
Hay algo importante que debes saber.
Y, sin darme tiempo a arrepentirme, me quité el pañuelo.
Vi cómo su sonrisa se desvanecía. Sus ojos recorrieron el local, como buscando la salida. Mi corazón se hundió. «Aquí vamos otra vez», pensé.
Perdona susurré. Puedes irte. No me enfadaré. No es la primera vez.
El silencio entre nosotros se hizo eterno. Me observó, mi cabeza, mis ojos. Ya esperaba que se levantara y se marchara, pero entonces habló:
Sabes dijo con voz serena. Cuando empezamos a hablar, ni siquiera sabía cómo eras físicamente. No me importaba si eras alta, baja, delgada o no. Solo me gustaba conversar contigo. Eres inteligente, amable, sabes escuchar Lo que importa es quién eres por dentro.
Sonrió levemente y añadió:
Si no te molesta ¿puedo sentarme y pedirnos algo de comer? La verdad, tengo mucha hambre.
Me quedé paralizada, sin creer lo que oía. Mi corazón latía tan fuerte que casi lo escuchaba. Tantos años esperando estas palabras, esta reacción No lástima, no falsa compasión, solo aceptación.
Sonreí de verdad por primera vez en mucho tiempo y asentí.
Sí claro.
En ese momento, entendí que, por fin, era feliz. Y tengo la sensación de que pronto habrá una boda

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Dos hilos