Creo que cuantos más niños tengamos, mejor será…

Hoy, al escribir estas líneas en mi diario, me sorprende lo rápido que ha pasado el tiempo. Mi esposa y yo tenemos ahora cuarenta y cuatro años, y hace aproximadamente mes y medio que volvimos a ser padres. Ya teníamos cinco hijos todos chicos pero por fin hemos tenido una niña. ¡No puedo expresar la dicha que siento!

Nuestra relación comenzó muy temprano, durante los años de instituto. Recuerdo cómo nos enamoramos siendo apenas adolescentes, y ella dio a luz a nuestro primer hijo con solo dieciséis años. Eso no debilitó en absoluto nuestra unión; al contrario, nuestra conexión se fortaleció y nos casamos poco después.

Mis padres nos han apoyado siempre, y cuando, con veinte años, supimos que esperábamos nuestro segundo hijo, no hubo quien pudiera contener la alegría en casa. Aquella etapa estuvo marcada por mucha ilusión y respaldo familiar.

Mi madre solía decirme que le hubiese gustado tener al menos dos hijos, pero que no pudo ser. Por eso, tanto ella como mi padre disfrutan enormemente de cuidar y mimar a sus nietos. Siento que esa entrega y cariño han marcado mi manera de ver la familia.

La paternidad no es tarea fácil. Hay instantes de miedo cuando los niños se enferman, momentos de diversión y tristeza tras alguna discusión familiar. Pero todo eso no afecta el amor profundo que siento por mis hijos y por mi esposa, Isabel. Estoy convencido de que, mientras podamos, debemos dar vida y formar una familia. Isabel y yo nos sentimos plenamente felices y no perdemos la ilusión; aún deseamos tener más niños en el futuro.

A veces me pregunto si esta visión mía es la adecuada, si otros la comparten. Pero al final, pienso que en nuestro país, donde la familia es un pilar central y la vida se disfruta en torno a los seres queridos, quizá no sea tan descabellado. Mi corazón me dice que mientras haya amor y ganas, seguir creciendo como familia es un regalo que no quiero perder.

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six + twelve =

Creo que cuantos más niños tengamos, mejor será…
Una niña entró sola a un restaurante en Madrid. Vio restos de comida en un plato abandonado sobre una mesa y empezó a comer. Un camarero la sorprendió, se acercó y, sin decir palabra, le retiró el plato. ¡Una historia que tienes que leer hasta el final! María tenía 8 años, era la mayor de cinco hermanos. Su padre los había abandonado y su madre luchaba cada día para poner algo en la mesa. Cada jornada era una verdadera batalla por la supervivencia. En vacaciones, sábados y domingos, María solía ir al mercado a ayudar a una señora con su puesto, ganando unas monedas que entregaba a su madre con alegría. Aquel sábado, al mediodía, María volvía del mercado y como de costumbre pasó por delante de un restaurante. Los aromas eran irresistibles y, aunque solo tenía 8 años, soñaba con probar esos platos deliciosos… Y una tarta de chocolate, ¡eso era lo más grande que podía imaginar! Pero esa vez la tentación fue más poderosa y se atrevió a entrar con sus zapatos desgastados y su ropa humilde. Iba a volverse atrás cuando vio una pieza de carne con patatas fritas en un plato sin dueño. Olía tan bien, y hacía tanto que no probaba carne… Se sentó tímidamente y cogió los cubiertos. No sabía que un camarero la observaba desde que había entrado. El hombre se acercó rápidamente y, antes de que pudiera dar siquiera un bocado, le retiró el plato. María, con los ojos llenos de lágrimas, miró esperando una reprimenda o que la echasen fuera. Pero el camarero, con una mirada amable, se marchó a la cocina, dejándola confundida y asustada. Al poco, regresó: esta vez le sirvió una generosa ración de comida caliente, una bebida fresca y, de postre, ¡tarta de chocolate! María no podía creerlo. —He visto que tenías hambre —le dijo el camarero con una sonrisa—. Todo el mundo merece una buena comida, sobre todo una niña. María, emocionada, apenas pudo agradecer tanta bondad a aquel desconocido que le ofreció ayuda cuando menos lo esperaba. Tomó unos bocados y se levantó, secándose las lágrimas, para pedirle un favor: —Muchísimas gracias. No olvidaré nunca tu amabilidad. ¿Podrías ponerme lo que sobra en una bolsita? Quiero llevarlo a mis hermanos. Mamá no pudo comprar pan ayer. Conmovido, el camarero fue a la cocina y volvió con una bolsa llena de comida para toda la familia. —¡Toma! Para que tus hermanos también tengan una comida caliente —le dijo entregándole la bolsa. —Ay, señor, gracias de corazón. ¿Cómo podría devolverte este gesto? —preguntó la niña. —Tú ya me has dado una valiosa lección: hay que compartir y ayudarnos los unos a los otros para hacer de este mundo un lugar mejor —respondió el camarero. María salió del restaurante no solo con el estómago lleno, sino también con una lección de vida que nunca olvidaría. Desde entonces, siempre que podía, recordaba al camarero generoso y trataba de ayudar y dar una sonrisa a los que la rodeaban, compartiendo la lección aprendida aquel sábado en un pequeño restaurante de Madrid.