La mujer le habló a la otra con una ternura inmensa, confesándole su soledad, la falta de alguien que pudiera tenderle una mano. Aseguró que la pensión que recibía apenas le alcanzaba para pagar el alquiler y los medicamentos, y que con lo que sobraba jamás le bastaba para la comida. Una amiga pagó la compra de la anciana necesitada.
Un día, mi amiga de la infancia me llamó inquieta, preguntando si todo iba bien en casa. Resulta que su amigo había vislumbrado sin querer a mi abuela en un supermercado, aunque ella ni siquiera vive por ese barrio.
Mi abuela, Carmen, aún mantiene cierta energía pese a sus años. Antes había sido profesora de matemáticas. Está jubilada, sí, pero sus antiguos alumnos todavía la recuerdan con cariño y respeto. Sin embargo, lo que mi amigo vio en aquella tienda no era la Carmen firme de antaño, sino una anciana apagada y triste.
Con voz apenas audible, la abuela Carmen le confesó a aquella mujer comprensiva su soledad y su necesidad de ayuda. Explicó que la pobre pensión se la llevaba el alquiler de la casa y las medicinas, y que comer era casi un lujo. La amiga le compró alimentos, mitigando por un momento su hambre y su pena.
Mi amiga salió de la tienda junto a una anciana y se acercó a ella, pero esta, nerviosa, le dijo enseguida vuelve a casa y se alejó rápidamente. Pensé que sería alguna confusión. La abuela de mi amiga es acomodada y, además, siempre podemos socorrerla. Pero al final se supo que la mujer solo quería comprar algo de comida sencilla.
Esa misma noche fui a ver a la abuela Carmen. Sin rodeos, le pregunté la verdad. Cuando me respondió, sincera, no supe cómo reaccionar ante ella.
Solo estaba poniendo en práctica una idea que había tenido: irme lejos del barrio, tan lejos como pudiera para evitar encontrarme con conocidos. Y mira por dónde, ¡me encuentro a mi mejor amiga! Al final, mi supuesto experimento social tenía poco de secreto. Suele funcionar unas seis veces de cada diez. Y los alimentos que consigo así, de camino a casa, los dono a la parroquia en vez de quedármelos; de alguna manera, estas personas también ayudan a otros que lo necesitan.
No logro entender de dónde surge una afición tan extraña a esa edad. Si el aburrimiento te apremia, te buscas un perro o un canario, no este tipo de pasatiempos ¡Qué lástima! Una amiga me hizo prometerle que nunca hablaría de esto con nadie.







